Dr. Ismail YILDIZ

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TEORÍAS DE S. FREUD SOBRE AFECTOS Y SÍNTOMAS

 

TEORÍAS DE S. FREUD SOBRE AFECTOS Y SÍNTOMAS

Publicado en la revista de Asociación Psicoanalítica Colombiana (APC), Psicoanálisis (APC), XVIII. (2), 128-150, 2006.

 

Ismail YILDIZ, MD, MSc., Psicoanalista.

Miembro Titular de Asociación Psicoanalítica Colombiana (APC), Federación Psicoanalítica de America Latina (FEPAL) y de International Psychoanalytical Association (IPA).

MEDICENTRO. Calle 93B No.17-26, Consultorio 406. Bogotá. Tels: 618 26 29/25 18

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I. INTRODUCCIÓN

 

El conocimiento, la comprensión y el tratamiento de los afectos se han vuelto cada vez más importantes en psicoanálisis porque la transferencia y la contratransferencia implican principalmente procesos emocionales.

Ante la ausencia de una teoría psicoanalítica unificada y hasta la existencia de teorías a veces contradictorias, consideré necesario revisar las teorías sobre los afectos y síntomas. Con esta revisión busco también, si posible, cierta convergencia y/o complementariedad de las teorías existentes que pueden determinar a su vez una mejor coherencia y congruencia de nuestra técnica psicoanalítica.

 

Según Chiozza (1998), el término “afecto” deriva del latín afficere, “influir”, “obrar sobre alguno”, “afectar”. Un afecto es, en primera instancia, algo que afecta al yo. La palabra “emoción” proviene del francés emouvoir, que significa “conmover”, “emocionar”, y está formada por “mover”, “poner en movimiento” y por la partícula e- que significa “fuera”, “sin participación en”. De allí que el término “emoción” puede aludir a estar fuera del movimiento que implica una acción sobre el mundo exterior, o puede referirse al movimiento afectivo que, como conmoción neurovegetativa, recae sobre el yo. A veces se considera la emoción sinónimo del afecto primario intenso, poco elaborado por el proceso segundario, como una pasión que domina al sujeto. Mientras que los sentimientos serían los afectos segundarios, más elaborados, modulados y controlados por el sujeto.

El término “sentimiento” deriva del latín sentire, que condensa los significados de “sensación”, “percibir a través de los sentidos” y “darse cuenta de algo”, “pensar, opinar”. En un sentido más restringido, la palabra “sentimiento” designa a los afectos que, atemperados por los procesos de pensamiento, llegan a la conciencia y allí reciben un nombre.

Los afectos constituyen una clase determinada de procesos de descarga con sensaciones directas de placer y displacer que prestan al afecto su tono dominante, con diferentes gamas y matices: son actos motores y/o secretores que se realizan en el propio cuerpo, a diferencia de la acción específica, eficaz, que se desarrolla sobre el mundo exterior. Una acción eficaz es aquella que logra hacer cesar las excitaciones que emanan de las fuentes pulsionales. Cuanto menos eficaz resulta la acción, mayor es el remanente de excitación que se descarga hacia adentro como afecto displacentero. Cuando la descarga eficaz resulta lograda, el remanente afectivo queda integrado con la acción, constituyendo un acto pleno de sentido (con sus afectos placenteros).

Chiozza (1998) considera que determinados afectos permanecen, en algunas personas, como disposiciones inconscientes que nunca fueron actuales. Tales disposiciones pueden desarrollarse plenamente, actualizándose como emociones y sentimientos que son “nuevos” para esa persona. El crecimiento emocional de un sujeto dependerá, por lo tanto, no solamente de la posibilidad de atemperar algunas pasiones, sino también de cuales serán las disposiciones afectivas inconscientes que se actualizarán en su vida, permitiéndole “desplegarse” en la plenitud de su forma.

 

Según el “Diccionario de Psicoanálisis” de Laplanche y Pontalis (1968), el afecto designa todo estado emocional, penoso o agradable, vago o preciso, ya se presente en forma de una descarga masiva o como una tonalidad general.

Los afectos son emociones y sentimientos, son estados de ánimo o del alma (Bettelheim, 1982), o del espíritu (Racker, 1957). Los afectos son al mismo tiempo estados del cuerpo, sensaciones corporales que se evidencian mejor cuando son intensos. El dicho “El corazón tiene sus razones que la razón no entiende” refleja, de una parte, la participación del corazón en las emociones y los sentimientos (se lo consideró como el órgano del amor y del odio), y de otra parte, indica que los afectos pueden ser irracionales e incomprensibles aún para la misma persona que los siente.

Existieron muchos intentos de clasificar los afectos pero es probable que ellos sean también, como las ideas, infinitos en cantidad, cualidad y en sus diferentes combinaciones y matices, pero generalmente son más difíciles de identificar, discriminar, describir y precisar con palabras (Eibl-Eibesfeldt, 1976; Goleman, 1996; Chiozza, 1998).

Dentro de los afectos placenteros de gran intensidad se pueden incluir las sensaciones y emociones de la excitación sexual y del orgasmo, los estados de éxtasis (místicos o paganos), la elación, la euforia, el júbilo, la dicha, la alegría, la felicidad, etc.; mientras que dentro de los afectos penosos de gran intensidad entrarían las sensaciones de un dolor físico intenso, las angustias de crisis de pánico, los sentimientos de desamparo e impotencia, los dolores mentales de la tristeza, la desesperanza de estados depresivos y melancólicos, las emociones que acompañan a estados de furia, ira, odio, resentimiento, envidia, celos, etc. Los sentimientos de culpa, humillación y de vergüenza también pueden llegar a ser muy intensos.

Dentro de los afectos agradables más moderados podemos citar el optimismo o entusiasmo para vivir todos los días, el sentimiento de bienestar y de realización; mientras que dentro de los afectos displacenteros más moderados podemos incluir el disgusto ante alguna frustración poco importante, el pesimismo con desánimo y el aburrimiento transitorio o persistente.

 

En este escrito hago una revisión de las teorías de afectos y síntomas de S. Freud. En mis escritos posteriores sobre mismos temas revisaré teorías de la psicología del yo, Klein y los poskleinianos, el grupo “intermedio”, los existencialistas, los culturalistas, Lacan, la psicología del self, Green, Tustin, Kernberg, la psicología evolutiva y el enfoque multidisciplinario.

 

II. TEORÍAS DE S. FREUD SOBRE AFECTOS Y SÍNTOMAS

 

Aunque el concepto de afecto adquirió gran importancia desde los primeros trabajos de Freud sobre la histeria (1893, 1894, 1895a), su teorización fue una de las áreas más contradictoria y hasta a veces oscura de sus teorías. Freud fue, muchas veces, ambiguo y contradictorio sobre los afectos, aun a veces en un mismo escrito. Lo anterior permitió y permite interpretaciones diferentes de sus escritos y desarrollo de las teorías divergentes posteriores.

En esta revisión intento seguir cierto orden cronológico de escritos de Freud sobre los afectos y síntomas para mostrar la evolución de sus teorías. Mi propósito no fue abarcar todos los escritos de Freud donde trata algún tipo de afecto sino tomar en cuenta sus escritos que me parecieron más pertinentes para este trabajo.

 

II.1. Los conceptos iniciales

 

Freud redujo todas las emociones y sentimientos en dos afectos principales: placer y displacer (o dolor). El placer se produce por la satisfacción de la necesidad y del deseo, mientras que el displacer por la frustración. Los instintos de origen somático cargarían constantemente un sistema neuronal produciendo una tensión que provocaría el displacer y su descarga el placer (1895d, 1910). Posteriormente reconoció que en algunos casos el aumento de la tensión puede también ser placentero (1924b). El displacer sería el origen de la repulsión (odio) mientras que el placer de la atracción (amor). Otros afectos se derivarían de esos dos afectos principales.

En las primeras conceptualizaciones de Freud (1893, 1894, 1995a), el síntoma histérico es la reminiscencia de una o varias situaciones traumáticas no descargadas de sus afectos por abreacción. Freud y Breuer definen el trauma psíquico como “Cualquier suceso que provoque los afectos penosos del miedo, la angustia, la vergüenza o el dolor psíquico,... De la sensibilidad del sujeto... depende que el suceso adquiera o no importancia traumática” (Freud y Breuer, 1893, p.43). El trauma psíquico no necesariamente tiene que ser único; varios traumas parciales poco intensos pueden producir también el mismo efecto que uno de gran magnitud.

La magnitud de estímulo, o el montante de excitación (cuantum de afecto) bloqueado puede no seguir el camino de la inervación somática como en la conversión y ser separado de la idea intolerable, adherirse a otras representaciones, no intolerables en sí, convirtiéndose en representaciones obsesivas y fóbicas (1894, p.172).

Para Freud el afecto es una cantidad (de energía) que acompaña a los sucesos de la vida psíquica. El papel del yo (considerado como la persona o el sujeto hasta 1923) es moderar las variaciones excesivas de los afectos para impedir su desorganización y preservar la capacidad de pensamiento. Para realizar lo anterior, el yo utiliza la descarga de una cantidad de afecto por la motilidad y la secreción, con una acción específica y/o establece lazos por medio de trabajo asociativo por el cual el monto de afecto se liga dividiéndose y distribuyéndose a varias representaciones entrelazadas. La solución que ofrece la psicoterapia al bloqueo de afectos, la “cura por la palabra”, es que el lenguaje puede obrar como sustituto de la acción, lo que abre para el afecto una solución alternativa para ser abreaccionado (catarsis). Freud expone en ese tiempo tres destinos del afecto bloqueado: conversión somática (histeria de conversión), desplazamiento (la histeria de angustia o fobias y la neurosis obsesiva) y permutación en angustia o en sus equivalentes (las neurosis actuales).

 

En una segunda etapa (carta No.29 de 1895, 1895b, 1895c, 1896a, 1896b, 1896c), Freud considera que las situaciones traumáticas que se repiten en los síntomas son de origen sexual y han ocurrido en la temprana infancia del sujeto. Esta convicción duró hasta su Carta No. 69 de 1897 donde dice que ya no cree en sus neuróticos. Desde entonces, en la etiología de las psiconeurosis, el recuerdo de la seducción fantaseada tiene el mismo valor psíquico que la seducción real.

En el mismo periodo, Freud describe por la primera vez la neurosis de angustia y la separa de la neurosis neurasténica típica (1895b, 1895c, 1898). La neurosis de angustia se caracteriza por los ataques de angustia, rudimentos del ataque de angustia, o equivalentes de ataques de angustia, aislada o en combinación con otras neurosis. Freud ya había propuesto en esta época la sobredeterminación de las neurosis, pero enfatizó que la neurosis de angustia tiene como factor etiológico específico el impedimento de la elaboración psíquica de la excitación sexual somática actual por un coito normal. Consideró entonces como neurosis actuales la neurosis de angustia, la neurastenia y la hipocondría, suponiendo que tienen su origen en perturbaciones de la vida sexual actual del sujeto. Mientras que las psiconeurosis o neuropsicosis de defensa (histeria, neurosis obsesiva, paranoia) tendrían su origen en las fantasías sexuales pretéritas y movilizadas.

Para Freud de esta época, la angustia es siempre la expresión de la libido reprimida. Más tarde, opinará que es la angustia señal ante un peligro (externo o interno) que causa la represión de la libido (1926). Aunque ya había descubierto el complejo de Edipo y la hostilidad contra los padres (Manuscrito N, en la carta No. 64 de 1897, Carta 71 de1897) y la angustia de castración, Freud no incluyó el papel de la agresividad en la génesis de la angustia ni de síntomas. Aun después que propusiera la existencia de pulsiones agresivas (1920), mantuvo que es la libido reprimida que induce la angustia o la libido reprimida por la angustia señal que induce los síntomas (1923). Aunque más tarde (1924a) reconoce el papel del superyó (hacia donde se dirigiría las pulsiones de muerte) en todas las formas de enfermedad psíquica, volvió a enfatizar que es la libido reprimida que induce la angustia y los síntomas, mientras que las pulsiones agresivas reprimidas aumentan el sentimiento de culpa (1930, 1933).

 

 

 

II.2. La primera teoría del aparato mental (primera tópica)

 

En “La interpretación de los sueños” (1900), Freud elabora su primera teoría del aparato psíquico, que contiene un sistema Inconsciente (Inc.) y otro sistema Pre-consciente-Consciente (Prec-Cc), con una sobrevaloración de las representaciones en detrimento de los afectos. La vivencia del sueño importa menos que su significado, del que brota la interpretación. Los sueños son realizaciones (disfrazadas) de deseos (reprimidos) para poder seguir durmiendo. Freud afirma que los síntomas, como los sueños, son creados para la realización de deseos (aunque sean deseos punitivos) y para evitar el desarrollo de sensaciones penosas de displacer en forma de angustia, miedo, dolor psíquico, vergüenza, culpa. Más tarde (1906a), dirá que la enfermedad es el resultado de un conflicto entre la libido y la represión sexual, y los síntomas son transacciones entre ambas corrientes anímicas.

Los afectos penosos intensos en los sueños que a veces despiertan al sujeto (pesadillas) son considerados como un fracaso del trabajo del sueño. En esos sueños existiría un deseo inconsciente de castigo por un deseo ilícito reprimido.

En sus conferencias imaginarias (Lección XXIX de 1933), Freud considera que el sueño es una tentativa de un cumplimiento de deseos. En la fijación a un trauma, como en las neurosis traumáticas, el sueño puede no conseguir sino muy imperfectamente su propósito (guardián del dormir) o tiene que abandonarlo por la falla de la elaboración onírica. Las vivencias de estados postraumáticos, incluyendo sus pesadillas repetitivas, serían intentos de dominar activamente las vivencias experimentadas pasivamente, o, como teoría alternativa, serían una forma de compulsión a la repetición como expresión de pulsiones de muerte.

 

II.3. El placer en el chiste, lo cómico y el humor

 

Freud demostró tanto la naturaleza como la importancia de los procesos mentales inconscientes que forman parte de la formación y del goce de los rasgos del chiste y adelantó una teoría que explica la fuente de la energía psíquica descargada al reír. El placer y la risa de lo chistoso derivan de dos fuentes separadas. La primera de ellas es la sustitución regresiva del pensamiento del proceso secundario por el del proceso primario. La segunda es la consecuencia de la liberación o escape de energías de pulsiones agresivas, sexuales o de ambas, que de otro modo hubiesen sido reprimidas (1905a, 1928).

Reímos de lo cómico (los payasos, la parodia, la caricatura, etc.) o de todo movimiento que nos sugiere un gasto desproporcionado de energías, porque comparando los movimientos de los demás con los que hubiéramos hecho nosotros en su lugar, tenemos la sensación de “nuestro ahorro de energías”, y la expresión de un placiente sentimiento de superioridad. Mientras que experimentamos asombro o admiración cuando el gasto somático de la persona observada se nos muestra menor que el nuestro.

Las fuentes del placer del chiste residen en lo inconsciente; en cambio, las de la comicidad en lo preconsciente, en la comparación de dos gastos de energía.

Loingenuo se produce cuando otras personas dan la sensación de vencer una coerción que, en realidad, no existe en ellas. Un gasto de coerción efectuado habitualmente por nosotros resulta de pronto superfluo por la presencia de la ingenuidad y es descargada en risa. Por su índole, lo ingenuo aparece sobre todo en los niños y luego en los adultos poco cultivados como en los chistes pastusos en Colombia.

Según Freud, el humor es diferente del chiste. El humor es un medio para conseguir placer a pesar de los afectos dolorosos. Por lo tanto, el placer del humor surge a costa del ahorro de un gasto de afecto doloroso. El humor no sólo tiene algo librante, como el chiste y lo cómico, sino también algo grandioso y exaltante (1928). Lo grandioso reside en el triunfo del narcisismo, en la victoriosa confirmación de la invulnerabilidad del yo. El yo rehúsa dejar ofenderse y precipitarse al sufrimiento por los influjos de la realidad exterior; más aún, demuestra que sólo le representan motivos de placer. En casos de burlarse de sí mismo la persona catectiza más a su superyó que a los intereses de su yo, y el superyó consuela al yo con el humor, protegiéndolo del sufrimiento. Efectivamente, el placer humorístico no alcanza la intensidad de lo cómico o del chiste, y no se expresa en risa franca.

 

II.4. Los afectos y síntomas según las tres teorías instintivas

 

Durante los años de la Gran Guerra, Freud escribe varios artículos, dichos de metapsicología (1915a, 1915b, 1915c, 1915d, 1917a, 1917b) y sus “Lecciones introductorias al psicoanálisis” (1916-17) donde intenta sintetizar sus teorías que estaba construyendo paulatinamente. Su primera teoría instintiva era la oposición de instintos de autoconservación e instintos sexuales. Añade una segunda teoría instintiva en “Introducción al narcisismo” (1914a), y pocos años después propone la existencia de un instinto de muerte opuesto a los instintos de vida en “Más allá del principio de placer” (1920).

Para Freud, los afectos son expresiones de instintos “instinkt” y de pulsiones “Trieb”. Aclaremos que Freud utilizó el término alemán “instinkt” para referirse a un esquema de comportamiento heredado, que varía poco de un individuo al otro. Mientras que utilizó el término alemán “Trieb” para referirse a los grupos de pulsiones innatas, pero sus expresiones son más flexibles en el ser humano que los instintos (Laplanche y col., 1968). El ser humano tiene actitudes instintivas que intervienen en su supervivencia fisiológica (la respiración, la sed, el hambre, etc.) y en actitudes afectivas comunes a todas las culturas como mímicas afectivas primitivas (sonrisa, riza, mímica de disgusto y de ira, etc.) (Eibl-Eibesfeldt, 1987). Mientras que la sexualidad humana se manifiesta de manera más flexible y más individual y en consecuencia es más una pulsión que un instinto.

Según Freud, la pulsión es la expresión psíquica de las excitaciones endosomáticas. Lo que actúa en el nivel de psiquismo no es la pulsión misma sino el representante psíquico de la pulsión, que se compone de una representación (ideas, imágenes o fantasías) y de un afecto. En este caso, el afecto es el estado emocional que acompaña a la representación de la pulsión. El afecto tiene un aspecto cuantitativo (cuantum de afecto) que puede ser más o menos intenso en el plano energético (punto de vista económico) y otro cualitativo (placer o displacer).

 

II.4.1. La primera teoría pulsional

 

Freud opone inicialmente dos grupos de pulsiones principales (1905b, 1915a): pulsiones de autoconservación (hambre, o pulsiones del yo) y pulsiones sexuales (amor). El primer grupo de instintos sirven para la conservación del individuo, mientras que el segundo grupo para la conservación de la especie. Freud llamó la energía psicológica del primer grupo el “interés” y del segundo la “libido”. Según esta primera teoría de pulsiones, la angustia y los síntomas se deben a los conflictos entre esos dos grupos de pulsiones. Los síntomas se generan para evitar la angustia y otras emociones penosas, y en lo último para la autoconservación.

Freud propone 4 destinos (como defensa) a las pulsiones sexuales no descargadas (1915a): 1. la transformación en lo contrario (amor-odio, actividad-pasividad); 2. la orientación hacia la propia persona (sadismo-masoquismo); 3. la represión; y 4. la sublimación.

Para Freud, el odio es más primitivo que el amor, porque el objeto empieza a ser conocido inicialmente por la frustración. Mientras que cuando el objeto demuestra luego ser fuente de placer, es amado. Según Freud, después de la sustitución de la etapa puramente narcisista por la objetal, el placer y el displacer significan relaciones del yo con el objeto. El odio puede intensificarse hasta la tendencia a la agresión contra el objeto y el propósito de destruirlo. En esta teoría Freud considera el odio y la agresión como reacciones ante las frustraciones y como una lucha del yo por su conservación y afirmación (Ibíd. p.2050).

Para Freud, los objetos que sirven a la autoconservación no son amados sino necesitados (que pueden agradar, gustar o interesar). La palabra “amar” se fija a los objetos estrictamente sexuales y a aquellos otros que satisfacen las necesidades de las pulsiones sexuales sublimadas.

Freud considera que los destinos de representaciones y afectos son diferentes y enumera tres destinos posibles de los afectos (1915b): 1. El instinto (la idea y el afecto asociado) puede quedar totalmente reprimido (suprimido, sofocado) y no dejar vestigio alguno observable; 2. puede aparecer bajo la forma de un afecto cualitativamente coloreado de una forma u otra, y 3. puede ser transformada en otro montante de afecto, especialmente en angustia. Una represión fracasaría si no consiguiera impedir la producción de sensaciones de displacer o de angustia, aunque haya alcanzado su meta en la represión de la representación.

Freud es ambiguo y contradictorio sobre la existencia de los afectos inconscientes cuando dice “... todo aquello que corresponde en esta sistema (Inc.) a afectos inconscientes es un comienzo potencial cuyo desarrollo está impedido. Así, pues,... no hay, estrictamente hablando, afectos inconscientes, como hay ideas inconscientes.”...”El desarrollo de afecto puede emanar directamente del sistema Inc., y en este caso tendrá siempre el carácter de angustia, la cual es la sustitución regular de los afectos reprimidos. Pero con frecuencia el impulso instintivo tiene que esperar a hallar en el sistema Cc. una idea sustitutiva, y entonces se hace posible el desarrollo de afecto, partiendo de dicha sustitución consciente, cuya naturaleza marcará al afecto su carácter cualitativo” (1915c, p.2068-69).

Freud, en su conferencia sobre la angustia (Lección XXV de 1916-17), ratifica sus conceptos sobre las angustias de las neurosis actuales y además acepta la existencia de una angustia real (miedo) como una reacción a la percepción de un peligro exterior, y la considera una manifestación del instinto de conservación. Mientras que considera el “susto” como el efecto de un peligro al que no nos hallábamos preparados por un previo estado de angustia.

Según Freud, la naturaleza de estados afectivos proviene de sucesos pretéritos, vividos por la especie (filogénesis) y por el sujeto (ontogénesis). Considera que la angustia ontogénica tiene su origen en el trauma de nacimiento (Ibíd. p.2369).

En cuanto a la angustia neurótica, Freud la clasifica en tres formas. La primera forma sería la angustia flotante. Se denomina también angustia de espera, o espera ansiosa. Cuando se intensifica este estado de angustia se denomina la neurosis de angustia. La segunda forma de angustia es la que caracteriza las fobias. En la tercera forma de angustia ya no hay ninguna relación entre la crisis de angustia y el posible peligro que quiere advertir y puede manifestarse únicamente en forma de uno de los equivalentes de la angustia (temblores, vértigos, palpitaciones, u opresión, etc.). En la neurosis obsesiva, la angustia es reemplazada por los síntomas y aparece siempre que se le impide al sujeto llevar a cabo sus actos obsesivos.

Freud dice claramente en esta conferencia que la represión de cualquiera de las excitaciones afectivas (libidinosas o sentimientos hostil y agresivo, como furor y cólera) pueden transformarse en angustia (Ibíd. p.2374).

Para Freud de esta época, los conflictos, las angustias (a parte de la angustia real) y todas las enfermedades mentales (las neurosis actuales, las neurosis de transferencia (histeria, fobia y neurosis obsesiva) y las neurosis narcisistas (esquizofrenia, paranoia, melancolía) son causadas por la insatisfacción de la libido en el mundo externo y su insuficiente sublimación (Lección XXVI de 1916-17). Esta insatisfacción de la libido se debe a varios factores (serie complementaria) que incluyen la susceptibilidad genética, la inhibición de desarrollo, la fijación y/o la regresión, la frustración en la actualidad y la incapacidad de la adaptación a las exigencias de la realidad (1912a, Lección XXIII de 1916-17).

 

II.4.2. La segunda teoría pulsional

 

Freud consideró que la libido dirigida originalmente hacia el yo (al sujeto) (narcisismo primario) se dirige después parcialmente hacia el objeto externo. La retirada de la libido objetal hacia el yo constituye el narcisismo secundario, que se observa especialmente en los estados psicóticos (delirio de grandeza) (1914a). Con la introducción del concepto de narcisismo, las pulsiones de autoconservación siguen oponiéndose a las pulsiones sexuales, si bien estas últimas se encuentran ahora subdivididas en libido objetal y libido del yo. Freud consideró que el egoísmo es el interés (la energía de las pulsiones de autoconservación) del yo por sí mismo, mientras que el narcisismo es el complemento libidinoso del egoísmo (Lección XXVI de 1916-17).

Según esta teoría, el conflicto (la angustia y el síntoma) se genera entre la libido del yo (amor a sí mismo) y la libido objetal (amor objetal). Además, existe un equilibrio energético entre estos dos modos de catexis, disminuyendo la libido objetal cuando aumenta la libido del yo, y viceversa (1914a, Lección XXVI de 1916-17). Freud considera que amar y no ser amado disminuyen la autoestima, pero el ser amado, la incrementa. De otra parte, el ser amado constituye el fin y la satisfacción en la elección narcisista de objeto.

En “Duelo y melancolía” (1917b), Freud trata los afectos “normales” de dolor y de sufrimiento en el duelo y “patológicos” en la melancolía. El dolor de duelos normales provendría de la pérdida del objeto querido porque la persona querida hacía parte del propio yo (sujeto) (1915d). Freud, en 1926, compara el dolor anímico con el dolor físico. En el dolor físico nace una elevada carga narcisista del lugar doloroso del cuerpo. La intensa carga de anhelo del objeto perdido, imposible de satisfacer, crea las mismas condiciones económicas que la carga de dolor del lugar del cuerpo herido. La transición desde el dolor físico al dolor psíquico corresponde al paso desde la carga narcisista a la carga de objeto (Ibíd. p.2882).

En la melancolía, se formaría una identificación del yo con el objeto erótico perdido y decepcionante. La sombra del objeto cae sobre el yo. Así, la pérdida del objeto se transforma en una pérdida del yo. Los autoreproches y la tendencia autoagresiva serían inicialmente dirigidos hacia el objeto decepcionante. En la manía, el sujeto se liberaría totalmente del objeto perdido y triunfaría sobre él.

Freud atribuye la angustia ante un peligro real a la libido del yo en la Lección XXVI de 1916-17 y no a las pulsiones de autoconservación como había afirmado en la Lección XXV, mientras que la acción (la fuga o la lucha) es producida por las pulsiones de autoconservación.

Freud no siguió desarrollando su teoría de narcisismo ni la integró con sus otras teorías. El narcisismo, en alusión al mito de Narciso, significa el amor exagerado a la imagen de sí mismo. El concepto de narcisismo sigue siendo un tema de controversias. Los psicoanalistas como Lacan, Rosenfeld, Kohut, Green, Kernberg desarrollaron teorías divergentes sobre el narcisismo normal y patológico.

 

En “Lo siniestro” (1919), Freud describe los afectos intensos displacenteros producidos por la amenaza de la organización del yo (sujeto). Lo siniestro se refiere a lo “no familiar”: miedoso, peligroso, angustiante, espeluznante, espantable, lúgubre, trágico, demoníaco, terrorífico, animación de las cosas y cadáveres, ser enterrado vivo, omnipotencia del pensamiento, terror a la castración, despersonalización, locura, psicosis, develación del inconsciente (psicoanálisis). Lo siniestro se daría cuando se desvanecen los límites entre la fantasía y la realidad como durante la primera infancia, cuyas vivencias “familiares” son reanimadas por una impresión exterior, o cuando convicciones primitivas superadas parecen hallar una nueva confirmación, haciendo retornar lo reprimido. Con lo siniestro, Freud describe de cierta manera las angustias primitivas, es decir las angustias psicóticas que se vuelven traumáticas con posibilidad de desintegración del sujeto y de su narcisismo (imagen del sí mismo) (terror a la castración, a la fragmentación o a la desintegración de sí mismo, etc.).

 

 

 

 

II.4.3. La tercera teoría pulsional

 

Freud, como una especulación, postula la existencia de una pulsión de muerte para explicar la muerte de los seres vivientes, la agresividad y la destructividad humana (1920). Mientras que denominó como pulsiones de vida (Eros) a la totalidad de otros instintos y pulsiones (la libido objetal, la libido narcisista e instintos de autoconservación). Según esta tercera teoría de pulsiones, el conflicto, la angustia y los síntomas se generan por la lucha entre las pulsiones de vida y de muerte.

Las pulsiones de muerte se dirigirían primero hacía el interior (masoquismo primario) (1924b) y tenderían a la autodestrucción (muerte), y luego se dirigirían parcialmente hacia el exterior, manifestándose entonces en forma de pulsión agresiva y destructiva, pulsión de apoderamiento o de dominio y voluntad de poder. Mientras que las pulsiones de vidatenderían a constituir unidades de vida cada vez mayores, a ligarlas y a mantenerlas (1940).

Normalmente las pulsiones de vida y de muerte funcionan fusionadas en proporciones variables según las circunstancias, como otra serie complementaria (1920, Lección XXXII de 1933). Freud habla de desunión (defusión) de esas pulsiones en casos de destructividad o de autodestructividad cuando la agresividad logra romper todo nexo con la sexualidad y la autoconservación (1940).

En el caso de la melancolía, se produciría una defusión de las pulsiones, donde el superyó se volvería como “un cultivo de la pulsión de muerte” (1923). Freud explica también la compulsión a la repetición y la reacción terapéutica negativa por la pulsión de muerte (1937a).

La pulsión de muerte, una hipótesis especulativa de Freud, sigue siendo uno de los conceptos más controvertidos de psicoanálisis.

 

II.5. Los afectos y síntomas en las relaciones interpersonales, los grupos sociales y la cultura

 

Freud, en “Psicología de las masas y análisis del yo” (1921), indica que la afectividad predomina en los miembros de un grupo. El individuo puede sentir exaltación emocional cuando se siente unido a un grupo idealizado (ideal del yo) y hasta puede sacrificar sus intereses personales (egoísmo) al interés colectivo (altruismo). Freud acuña el término ideal del yo (Ichideal) a partir de 1921 y lo incluye en el superyó a partir de 1923. Define la sensación de triunfo como la coincidencia del yo con el ideal del yo, y el sentimiento de culpabilidad (o de inferioridad) como un estado de tensión entre el yo y el ideal del yo.

Freud acepta la existencia, a parte del amor sexual al objeto y del amor a sí mismo (narcisismo), del amor desexualizado y sublimado como el amor paterno y filial, el amor entre los hermanos, entre los amigos, a la Humanidad, el amor a objetos concretos y a ideas abstractas.

Describe el fenómeno del pánico (Ibíd. p.2580) (miedo inmenso) en grupos como una reacción ante un peligro muy grande o como una reacción insensata por la ruptura de lazos libidinosos (afectivos) entre sus miembros. Considera como una angustia neurótica la reacción de pánico producida por la ruptura de los lazos afectivos entre miembros de un grupo. La angustia o el pánico en un individuo, igual que la reacción de pánico en una masa, sería provocada por la descomposición de los vínculos afectivos que lo hacían sentir protegido y seguro.

 

En “Malestar en la cultura” (1930), Freud enfoca el conflicto (y la angustia) entre el hombre como ser aislado (egoísta) y el hombre como ser social con un superyó cultural (altruista). Considera que la inhibición de las pulsiones agresivas hacia el exterior las hace dirigir hacia adentro aumentando la culpabilidad, el remordimiento y la necesidad de castigo. El instinto de muerte actuaría en la formación de síntomas por medio de la acción del superyó, incrementando su severidad, exigencia, crueldad y tiranía.

En el mismo escrito considera que la angustia y el sufrimiento nos amenaza por tres lados: desde el propio cuerpo (temor a perder el control ante las enfermedades orgánicas y las pulsiones), el mundo exterior (la crueldad de la Naturaleza), y las relaciones con otros seres humanos. Considera que las restricciones impuestas por la cultura a nuestras pulsiones sexuales y agresivas suponen una pesada carga psíquica. Piensa que las sublimaciones, las religiones, los trastornos del carácter, las adicciones a las drogas, las perversiones, las neurosis y las psicosis son mecanismos de defensa y de adaptación ante las angustias y los sufrimientos mencionados.

 

II.6. La teoría estructural (segunda tópica)

 

En “El yo y el ello” (1923), Freud vuelve sobre el problema de los afectos inconscientes. Ya aceptaba la existencia de los sentimientos inconscientes de culpa, pero el problema general permanecía no resuelto. Dice “Lo mismo que las tensiones provocadas por la necesidad, puede también permanecer inconsciente el dolor... Resulta, pues, que también las sensaciones y los sentimientos tienen que llegar al sistema P (percepción) para hacerse conscientes... Sintéticamente y en forma no del todo correcta, hablamos entonces de sensaciones inconscientes, equiparándolas, sin una completa justificación, a las representaciones inconscientes. Existe, en efecto, la diferencia de que para llevar a la conciencia una representación inconsciente es preciso crear miembros de enlace, cosa innecesaria en las sensaciones, las cuales progresan directamente hacia ella...las sensaciones… no pueden ser sino conscientes o inconscientes. Incluso cuando se hallan enlazadas a representaciones verbales no deben a éstas su acceso a la conciencia, sino que llegan a ella directamente“ (Ibíd. 2707). Así, se concede a los afectos un estatuto inconsciente. La particularidad de los afectos de poder volverse conscientes sin unirse a las palabras en lo Prec. explica también la limitación del lenguaje verbal para dar razón de ellos.

El ello, como instancia, se vuelve la fuente de las pulsiones, las pasiones y del yo-ideal (yo placer-purificado), mientras que el yo, como instancia, se vuelve la representación de la razón, la reflexión y el agente de control de las pulsiones. Hay que anotar que lo inconsciente no incluye solamente el ello sino también las partes inconscientes del yo y del superyó (Lección XXXI de 1933). Pienso que la existencia de los sentimientos inconscientes de culpa y las actitudes inconscientes de autocastigo indican que las partes inconscientes del yo y del superyó funcionan a veces con proceso secundario o mixto, con intensiones teleológicas.

El superyó se formaría como heredero del complejo de Edipo, incluiría en su seno el ideal del yo, y sería responsable de la represión ejecutada por el yo, la censura onírica, la conciencia moral, los sentimientos conscientes e inconscientes de culpa, la necesidad de castigo, y la reacción terapéutica negativa. Tendría como energía las pulsiones de muerte que se expresarían intensamente en la neurosis obsesiva y sobre todo en la melancolía.

El yo tendría tres servidumbres y estaría amenazado por esos tres peligros: la libido del ello, el rigor del superyó, y el mundo exterior. El yo buscaría todo el tiempo con sus mecanismos de defensa y de adaptación compromisos entre esas tres exigencias y sería la verdadera residencia de tres clases de angustias correspondientes.

Freud consideró que el temor (y la angustia) del yo ante el superyó es, en última instancia, una elaboración de la angustia de castración. La angustia de muerte se generaría ante un peligro exterior o ante las pulsiones internas. En este último caso sería como una angustia neurótica y tendría como origen la angustia de castración. El yo criticado por el superyó se angustiaría ante la posibilidad de perder la función protectora y salvadora de los padres interiores (superyó) que son también representados por la Providencia o el Destino. El sujeto se castigaría por temor al superyó para que le perdone, siga amándole, o no le castigue más fuerte “matándole”.

Freud (1924a) considera que la neurosis es el resultado de un conflicto entre el yo y el ello, y, en cambio, la psicosis entre el yo y el mundo exterior. Enfatiza el papel del superyó en la generación de angustias y síntomas cuando dice: “No puede objetarse que al proceder el yo a la represión obedece en el fondo a los mandatos del superyó,... Tal es la situación en todas las neurosis de transferencia” (Ibíd. p.2742). Y “En todas las formas de enfermedad psíquica habría de tenerse en cuenta la conducta del superyó, cosa que no se ha hecho hasta ahora” (Ibíd. p.2743).

 

II.7. Los afectos de angustia señal y de angustia traumática

 

En “Inhibición, síntoma y angustia” (1926), Freud propone una nueva teoría de angustia discriminando la angustia señal de la angustia traumática. La angustia señal se origina ante un peligro anticipado, y el yo entonces posterga la satisfacción, renuncia conscientemente o reprime las pulsiones peligrosas, o hace frente a un peligro externo con fuga o luchando. Mientras que la angustia traumática irrumpe a través de barreras antiestímulo y de la represión, y es automática, involuntaria, intolerable, indecible e inunda al yo. La angustia señal es producida por el yo para evitar la angustia traumática.

Freud duda en aceptar que el trauma de nacimiento sea el origen y prototipo de todas las otras angustias traumáticas y explique todos los síntomas como acababa de proponer Rank (Rank, 1923). Según Freud, en el acto de nacimiento se produce un peligro objetivo para la conservación de la vida, pero debe carecer aún de contenido psíquico en el sentido de anticipación de un peligro. El feto no puede advertir sino una extraordinaria perturbación de la economía de su libido narcisista. Llegan a él grandes magnitudes de excitación que deben generar sensaciones de displacer no experimentadas aún. Luego se producirían vivencias similares en el niño de pecho por fracaso de cuidados maternales. Su estado de desamparo psíquico deja al bebé impotente frente a las demandas de sus pulsiones primitivas, lo que genera una perturbación seria y una desorganización del yo, que es todavía incapaz de poner en operación defensas capaces de alejar esa angustia intolerable e indecible. Entonces, la angustia traumática es consecuencia del desamparo psíquico del niño de pecho. Y este desamparo psíquico es análogo al biológico en el trauma de nacimiento, que obra como una situación traumática. Freud acepta así la existencia de angustias anteriores a la angustia de castración de la etapa fálica que se explican por el trauma del nacimiento y por el desamparo psíquico del infante. Así, Freud desplazó también el acento del complejo de Edipo -y su corolario, la angustia de castración- a la angustia de desamparo psíquico y a la angustia de separación. Un movimiento paralelo nos traslada del papel del padre al de la madre: ella ocupa el centro de las angustias del hijo consiguientes a la catástrofe de su pérdida o a la aflicción por su ausencia prolongada, que se manifiestan en una angustia traumática.

Freud considera que durante el desarrollo psicosexual “..cada una de las edades del desarrollo tiene adscrita cierta condición de angustia adecuada a ella. El peligro del desamparo psíquico corresponde a la época de la carencia de madurez del yo; el peligro de la pérdida del objeto, a la dependencia de otros en los primeros años infantiles; el peligro de la castración, a la fase fálica; y el miedo al superyó, al periodo de latencia. Pero todas estas situaciones peligrosas y condiciones de la angustia pueden subsistir conjuntamente y provocar la reacción angustiosa del yo en épocas posteriores a las correspondientes o actuar varias de un modo simultáneo” (1926, p.2865).

Freud considera el factor biológico como uno de los factores universales que participan en la causación de la angustia y el desarrollo de las neurosis, que obliga a la criatura humana a una larga invalidez y a una dependencia que aumenta la importancia de la madre para sobrevivir, y crea la necesidad de ser amado, que ya no lo abandonará jamás.

Se puede concluir que, la angustia señal se produce en situaciones juzgadas peligrosas (externa o interna) por el yo (expectación de trauma), mientras que cuando el yo se siente desamparado e impotente ante un peligro real o pulsional se produce automáticamente e involuntariamente la angustia traumática. El yo vive pasivamente esta angustia porque pierde el control, se desorganiza, siente un peligro inminente de muerte fisiológica y/o psicológica similar a las vivencias del trauma de nacimiento y de estados posteriores de desamparo psicológico. En la angustia traumática toda la reacción se agota en el desarrollo de angustia, el estado afectivo se hace entonces paralizante e inadecuado al presente (Lección XXXII de 1933; 1940).

 

II.8. Los afectos en la transferencia y la contratransferencia

 

En su escrito “Psicoterapia. Tratamiento por el espíritu” (1905d), Freud explica el poder curativo de la palabra a través de la relación emocional del paciente (docilidad, entrega, confianza, etc.) con su terapeuta (hipnotizador, médico, sacerdote u otro curandero). Conceptualiza por primera vez la transferencia en “Caso Dora” (1905c). Considera inicialmente los afectos intensos en la transferencia (transferencias negativas que incluyen transferencia hostil y el amor de transferencia) como obstáculos (resistencias) al tratamiento psicoanalítico (1912b, 1913, 1914b, 1914c). Consideró más tarde todas las transferencias, sin dejar de ser obstáculos a veces, como instrumentos y de cuya comprensión y elaboración surge el proceso curativo. Freud consideró también las emociones en transferencia como “...repeticiones de los afectos que pertenecen al material reprimido.... la relación de transferencia que se establece hacia el analista se halla particularmente calculada para favorecer el regreso de esas conexiones afectivas” (1937b, p.3365).

En cuanto a la contratransferencia, Freud la consideró siempre como un obstáculo, un punto ciego del analista, y aconsejó evitar las tendencias afectivas y tener cierta frialdad de sentimientos con los pacientes, dando como ejemplo las metáforas del cirujano y del espejo (1912c, 1914b).

 

II.9. Las últimas elaboraciones teóricas sobre los afectos y síntomas

 

En sus últimos escritos (Lección XXXII de 1933; 1940), Freud ratifica sus conceptos sobre la angustia real, la angustia de conciencia moral ante el peligro de superyó (culpa anticipada), y las tres clases de angustias neuróticas. Sostiene la etiología de excitación sexual frustrada en la actualidad en la neurosis de angustia, mientras que en otras formas de neurosis es el resultado de la represión de las pulsiones, sean libidinosas o agresivas (Lección XXXII, p.3147). Pero más tarde, en el mismo texto, vuelve a afirmar que es la libido no utilizada que genera todas las angustias neuróticas, mientras que la agresión reprimida se transforma en sentimiento de culpa.

Como un nuevo destino posible de la pulsión instintiva, idea asociada a su afecto, propone una completa destrucción o aniquilamiento en el ello (y no simplemente una represión) cuando dice: “...parece suceder que experimenta un completo aniquilamiento, en el cual su libido queda definitivamente encaminada por otras vías. Así sucedía, a mi juicio, en la solución normal del complejo de Edipo...” (Ibíd. p.3152).

De otra parte, considera que, en las mujeres predomina el miedo a la pérdida del amor, en lugar de la angustia de castración (Lección XXXII de 1933, 1940).

Freud ratifica también sus tres teorías de pulsiones pero las relativiza diciendo: “La teoría de pulsiones es, por así decirlo, nuestra mitología. Las pulsiones son seres míticos, grandiosos en su indeterminación” (Ibíd. p.3154). Concluye que el ello persigue exclusivamente el beneficio placentero y el yo tiene por función la autoconservación y está dominado por la consideración de la seguridad. Utiliza las sensaciones de angustia como señales que indican amenazas para su integridad (1940, p.3413).

 

En resumen, según las teorías freudianas, los conflictos, los afectos desagradables y dolorosos, y los síntomas se generan, de una parte, por la contradicción o dualismo de las pulsiones (tres teorías dualistas de pulsiones), y de otra parte, por la contradicción entre la instancia “pulsante” (el ello) y la instancia defensiva (la censura en la teoría tópica y el yo y superyó en la teoría estructural) (conflictos intersistémicos). Además de conflictos anteriores pueden existir también conflictos dentro de una misma pulsión principal (por ejemplo, entre las tendencias homo y heterosexuales dentro de pulsiones sexuales, o entre las pulsiones de autoconservación y sexuales o entre la libido narcisista y la libido objetal dentro de Eros) y dentro del mismo sistema (conflictos llamados intrasistémicos, dentro del ello, yo y superyó). Además de todo lo anterior, existen también las angustias reales ante las enfermedades orgánicas, los peligros de la Naturaleza y los peligros de no ser amado en las relaciones interpersonales o en un grupo.

 

III. ALGUNAS CONSIDERACIONES PERSONALES

 

La revisión anterior resume las teorías de S. Freud sobre los afectos y síntomas. Se puede también considerarla como un resumen de modelo metapsicológico de S. Freud sobre el funcionamiento mental normal y patológico.

Comparto la postura de los que consideran que una teoría comprensiva (modelo, metáfora, metapsicología) es útil, no es ni correcta ni equivocada, no hay que tomarla como un dogma. Si un modelo ya no sirve, hay que modificarlo o reemplazarlo por uno mejor según los conocimientos actuales (Laverde, 1993, 1998; Sánchez Medina, 2001).

 

Señalaré dos desacuerdos míos sobre las teorías de S. Freud sobre afectos y síntomas que he resumido. Primero, considero que su teoría de afectos como cuantum de energía es insatisfactoria. Las nuevas teorías consideran los afectos como combinaciones de pautas etológicas y relaciones de objetos internalizados y vigentes en la actualidad. Además, pienso en una capacidad afectiva del ser humano que trasciende el marco de la determinación biológica, posee un universo de significación o de creación de nuevos sentidos que es casi infinito en sus posibilidades.

 

Mi segundo desacuerdo es sobre la utilización del concepto especulativo de pulsiones de muerte descrito por Freud para explicar el desarrollo biopsicosocial, los afectos, los síntomas, la agresividad y la destructividad humana.

No me parece que existan dudas acerca de que la criatura humana ya viene preprogramada o “precableada” con pautas de comportamiento innatas que facilitan su supervivencia individual y de su especie, que se adquirieron por evolución biológica y se conservan gracias a la selección natural. Aunque no comprendamos totalmente la biología de la ejecución del código genético y epigenético (embriogénesis), la existencia de pautas del comportamiento innatas no debe obligarnos a aceptar los dos tipos de energías específicas (Eros y Tánatos) con intensiones teleológicas de formar compuestos orgánicos cada vez más complejos (instinto de vida), o de transformar los seres vivos (moléculas orgánicas) en moléculas inorgánicas (instinto de muerte). La aceptación de estas intensiones teleológicas y místicas nos obligaría a creer, de nuevo, en el animismo en la naturaleza en contra de todas las evidencias científicas sobre el origen de la vida sobre nuestro planeta y sobre la teoría de la evolución biológica (De Rosnay, 1966; Monod, 1970; Leakey, 1981; Spinel, 2002).

 

Lo anterior no es una negación de la destructividad humana sino una preferencia para buscar otras explicaciones para comprenderla mejor biológicamente, psicológicamente y socialmente, en el contexto histórico y en la actualidad, y sobre todo en cada sesión en la transferencia y contratransferencia. Considero que la tendencia a la agresividad en el ser humano fue necesaria para su supervivencia como individuo, familia, tribu, raza, cultura y especie; es decir, como una defensa legitima de su self y sus valores (Storr, 1968; Rochlin, 1973; Eibl-Eibesfeldt, 1976; Likierman, 1987). Pero sabemos también que el ser humano ha tenido y tiene también agresividad y destructividad ya no para defenderse sino para ofender y destruir a los otros. Estas últimas formas de agresividad y destructividad son consideradas ilegitimas y hay indicios que muestran que se generan por los trastornos psicológicos como, por ejemplo, para compensar las heridas narcisistas (venganza, identificación con el agresor), para enaltecer un narcisismo precario (megalomanía como un narcisismo patológico) (Kohut, 1977), para defender una construcción psicótica (Likierman, 1987) o por la idealización individual, grupal o cultural de la agresividad y del dominio sobre los otros. Si alcanzamos a explicar la destructividad humana con mecanismos psicológicos, podemos eliminar el instinto de muerte (no la muerte) como una fatalidad biológica (otro tipo de pecado original) y tener más esperanza sobre el futuro de la humanidad.

Pienso que no existen dos tipos diferentes de energía en el ser humano sino un solo tipo que puede ser utilizado para construir o para destruir, o para ambos al mismo tiempo, según la historia particular y las circunstancias de cada individuo, cada grupo y también de cada cultura.

 

IV. BIBLIOGRAFÍA

 

Aclaración. Cuando hay una sola fecha en una bibliografía corresponde generalmente al año de su publicación; cuando hay dos fechas, la primera corresponde a su publicación original y la segunda a la edición o a la reimpresión consultada.

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