Dr. Ismail YILDIZ

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TEORÍAS SOBRE AFECTOS Y SÍNTOMAS II. Psicología del Yo, Klein y postkleinianos y el grupo “independiente”

 

TEORÍAS SOBRE AFECTOS Y SÍNTOMAS II

Psicología del Yo, Klein y postkleinianos y el grupo “independiente”

Publicado en la revista de Asociación Psicoanalítica Colombiana, Psicoanálisis (APC), XIX, (1), 56-88, 2007.

Ismail YILDIZ, MD, MSc., Psicoanalista.

Miembro Titular de Asociación Psicoanalítica Colombiana (APC), Federación Psicoanalítica de America Latina (FEPAL) y de International Psychoanalytical Association (IPA).

MEDICENTRO. Calle 93B No.17-26, Consultorio 406. Bogotá. Tels: 618 26 29/25 18

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Después de revisar las teorías de S. Freud sobre afectos y síntomas en una publicación anterior (Yildiz, 2006), resumiré en este escrito las consideraciones sobre afectos y síntomas de tres escuelas principales de psicoanálisis surgidas después de nuestro fundador. No tengo pretensión de considerar los aportes de todos los autores ni de todos los aportes de cada autor, sino los conceptos más pertinentes para mi objetivo.

 

1. AFECTOS Y SÍNTOMAS SEGÚN PSICOLIGÍA DEL YO

 

Desde el punto de vista teórico los fundadores de esta corriente se basaron en los últimos trabajos de Freud, en particular los referidos a la formulación de la segunda tópica (estructura tripartita de la mente: ello-yo-superyó) (Freud, 1923, Conferencia XXXI de 1933), y en la obra de Anna Freud “El yo y los mecanismos de defensa” (1936).

Los síntomas son interpretados en términos de conflictos entre el yo y el superyó, entre el ello y el yo, y entre la realidad y alguna de las instancias psíquicas.

Dentro de este enfoque psicoanalítico se pueden incluir Hartmann, Kris, Loewenstein (principales fundadores), Fenichel, Rapaport, Waelder, Reich, Federn, Spitz, Nunberg, Erikson, Jacobson, Mahler, Brenner, etc. (Bleichmar y col., 1989).

 

1.1. H. Hartmann

 

Heinz Hartmann (1939, 1964) redefinió el self como la persona total diferenciado del mundo externo, el yo como una instancia dentro de la teoría estructural, y el objeto como objeto externo. Añadió los puntos de vista genético (desarrollo biopsicosocial), estructural (segundo tópico) y adaptativo a los tres puntos de vista de la metapsicología freudiana (tópico, económico y dinámico).

Los mecanismos de defensa se elaboran por el yo para luchar contra la angustia y para la adaptación al medio externo. El yo se convierte cada vez más en un agente central de control, modulación y regulación afectiva al servicio de la adaptación a la realidad. Sus partes autónomas (primarias y secundarias) tienen un papel de neutralización de las pulsiones libidinales (desexualización) y agresivas (desagresivización). La neutralización de las pulsiones refuerza al yo y al superyó. La fuerza, la cohesión y la capacidad adaptativa del yo dependen de su capacidad de enfrentar la ansiedad sin escindirse o fragmentarse, de resolver mejor sus distintas tareas. Se acepta la existencia de los conflictos intrasistémicos al lado de los intersistémicos.

Considera importantes los estados emocionales de seguridad que son diferentes de gratificaciones de necesidades pulsionales. El influjo desorganizador de la angustia disminuye el sentimiento de seguridad y favorece el retorno de reacciones desadaptadas. Considera sobre todo las raíces narcisistas del afecto. La función afectiva se encuentra en un estado de alerta para evaluar permanentemente las respectivas imágenes del self y del objeto, y se esfuerza por alcanzar los estados ideales del yo. Los afectos tienen una función comunicativa no sólo en relación con los demás sino también con uno mismo. Los afectos relacionados con la herida narcisista (vergüenza y humillación) atestiguan el fracaso en el dominio del self.

Hartmann considera que los actos son ejecutados por el yo, pero las acciones pueden tener motivaciones del ello, del superyó o bien del yo. Existen acciones racionales e irracionales que intervienen en la adaptación. Hartmann destaca el papel de la parte irracional del ser humano en su adaptación (costumbres irracionales) abogando contra la definición del ser humano como un ser racional. Sin embargo se adjudica cierto grado de libertad de elección, creatividad y responsabilidad al yo al lado del determinismo psíquico (Rangell, 1989).

Una actividad que demanda mucho esfuerzo (hasta dolor y sufrimiento) puede ser placentera si cumple con las expectativas del superyó o de ciertas identificaciones (placer funcional). En esos casos no funciona el principio de placer sino de realidad.

 

1.2. O. Fenichel

 

En su obra monumental “Teoría psicoanalítica de las neurosis” (1945), Otto Fenichel considera que los afectos bloqueados o inconscientes también crean derivados, y se delatan en los sueños, síntomas y otras formaciones sustitutivas, o bien a través de una rígida conducta contraria a la disposición afectiva, o por una simple lasitud general. Pueden también descargarse de vez en cuando en forma de explosiones repentinas de afectos (crisis emocionales), aun ante estímulos ordinarios, contra la voluntad del sujeto.

Fenichel califica de “angustia primaria” las sensaciones de descargas vegetativas involuntarias de emergencia (vivencias traumáticas o estados de pánico) que serían similares al trauma de nacimiento. La angustia señal aparece con el desarrollo de la imaginación anticipatoria para hacer frente a un peligro, para evitar la angustia traumática. Además, todos los afectos pueden ser utilizados como señal anticipatoria.

 

El dolor de los sentimientos de culpa es una angustia del yo frente al superyó. La regulación de la autoestima depende más de la sensación de haber procedido, o no, como corresponde. El hecho de complacer al superyó en sus exigencias no sólo procura un alivio sino también sensaciones definidas de placer y de seguridad. La pérdida de la protección del superyó o el castigo interno llevado a cabo por el superyó son experimentados en forma de una disminución sumamente dolorosa de la autoestima (depresión y melancolía), y en ciertos casos extremos, como una sensación de aniquilamiento (que puede llevar eventualmente al suicidio). El temor de ser castigado o abandonado por el superyó es el temor al aniquilamiento por falta de suministros narcisistas. El miedo a la pérdida de amor o a ser abandonado es también una angustia a perder la autoestima, regulada primitivamente por suministros externos.

La sensación melancólica de aniquilamiento es comparable al pánico abrumador paralizante, mientras que la admonición por una culpa anticipatoria eventual es análoga a la angustia señal ante un peligro. El remordimiento y la mala conciencia pueden también producir las mismas sensaciones circulatorias y respiratorias que la angustia. El perdón del otro facilita la recuperación de la autoestima perdida y reasegura contra posibles sentimientos de aniquilamiento.

Según Fenichel, la timidez y la vergüenza están principalmente dirigidas contra las pulsiones de exhibicionismo y escoptofilia. La vergüenza se genera por la equiparación de ser visto con ser despreciado. La señal de vergüenza no actuaría en las personas bloqueadas, de manera que éstas se sienten a veces sobrecogidas por una vergüenza abrumadora, como ruborizarse, semejante a una angustia traumática.

La angustia social exagerada es un constante temor a ser criticado, excluido, castigado, muy afín al fenómeno de la vergüenza. El que necesita demasiado la aprobación de otros se angustia con la posibilidad de no aprobación o rechazo. Todos los casos graves de angustia social presentan algunas tendencias paranoides. En casos de imposibilidad del control de relaciones interpersonales y del mundo externo las funciones del superyó pueden ser fácilmente reproyectadas a figuras revestidas de autoridad induciendo temor social y aun de ideas persecutorias.

El asco y la repugnancia son otros afectos displacenteros que son dirigidos contra exigencias pulsionales, hecho que los vincularía con sentimientos de culpa. Los “ataques neuróticos de asco” corresponden al “pánico” de la angustia.

 

Toda defensa contra las pulsiones es una defensa contra los afectos dolorosos o desagradables, y sobre todo para evitar que se vuelvan vivencias traumáticas. Pero existen también defensas que tienden, ya no para evitar los actos instintivos o situaciones que implican tentación o castigo, sino para evitar directamente esos sentimientos después de realizar los actos instintivos. Esos mecanismos de defensa contra los afectos serían: 1. Bloqueo (represión); 2. Postergación; 3. Desplazamiento; 4. Equivalentes de afectos (Todos los afectos pueden ser reemplazados por equivalentes de sensaciones somáticas. Por ejemplo, un dolor mental puede expresarse por un dolor corporal); 5. Formaciones reactivas (el descaro puede llegar a convertirse en una defensa contra los sentimientos de culpa; la actitud temeraria, en defensa contra el miedo y la angustia; la timidez, la vergüenza y el asco pueden ser defensas contra la excitación sexual); 6. Cambio de cualidad de los afectos; 7. Aislamiento de los afectos de sus conexiones psíquicas (disociación ideo-afectiva); 8. Proyección; 9. El sentimiento de culpa tendría además otros mecanismos de defensa como compartirlo, buscar la aprobación de los demás, la proyección del superyó al exterior creando objetos persecutorios. Las defensas contra los afectos pueden fracasar, y la persona puede ser arrollada por el retorno de sus afectos, y eventualmente crear síntomas.

 

El temor de “volverse loco” es una simultaneidad de tentación y castigo. El temor de enloquecer es un caso de temor a la propia excitación. En el fondo lo que se teme no es la expresión instintiva sino sus consecuencias externas (castración, pérdida de amor).

En muchas fobias el estado físico de excitación sexual o agresiva temida es proyectado y representado por una situación externa. La claustrofobia y el temor a ser enterrado vivo representan temores al vientre materno.

 

En forma leve, la tristeza y la depresión se presentan en casi todas las neurosis, al menos bajo la forma de sentimientos neuróticos de inferioridad. En las personas deprimidas la hostilidad dirigida hacia los objetos externos puede dirigirse más hacia adentro induciendo hipocondría y conversiones pregenitales. La depresión es un intento desesperado de obligar a un objeto incorporado a conceder perdón, protección, amor y seguridad. En el suicidio del depresivo, el perdón que se ha buscado no se puede ser logrado. El suicidio es una expresión del hecho de que la terrible tensión producida por el superyó se ha hecho insoportable. A menudo se expresa en renunciar a toda lucha activa. La pérdida de autoestima es tan completa que se abandona toda esperanza de recuperarla, se deja morir. Tener el deseo de vivir significa poseer cierta dosis de autoestima, sentirse apoyado por las fuerzas protectoras del superyó. Cuando esta sensación se desvanece, reaparece la primitiva sensación de “aniquilamiento”, de desvalimiento psicológico (que puede expresarse también con despersonalización y/o crisis de pánico con sensación de muerte inminente).

 

1.3. D. Rapaport

 

Según David Rapaport (1953), los afectos tienen constituyentes innatos que consisten en canales y umbrales de descarga, y existen previamente a la diferenciación del yo y del ello. En ese momento, los afectos están al servicio del principio del placer y se descarga sin dilación (conducta primaria). En el curso del desarrollo se adquiere una capacidad para postergar las descargas. Ese modelo secundario se adquiere al conformarse el aparato psíquico que controla la tensión y la descarga. A esta nueva capacidad Rapaport la llama domesticación de los impulsos. En este modelo, las pulsiones pueden tener tres destinos: la descarga inmediata, la dilación para una descarga posterior y la represión. El camino que siga una moción pulsional depende de su intensidad, las condiciones de la realidad y la estructura de la personalidad. Los afectos domesticados, su cualidad anticipatoria como afectos señales, juegan un rol adaptativo al medio ambiente. Una vez organizada la estructura del ello-yo-superyó, los afectos pueden expresarse no sólo como tensiones con la realidad sino también como tensiones entre las distintas subestructuras (conflictos intersistémicos).

 

1.4. H. Nunberg

 

Según Herman Nunberg (1955), el sentimiento de culpa se manifiesta en formas variadas: un sentimiento de malestar, una tensión interna sorda, el esfuerzo de hacer obsequios o de gastar dinero, el cortejo de favor de otras personas o una exagerada servicialidad para buscar reconciliación con el mundo externo. Puede manifestarse también como un intento de autocastigo en forma de anticipación constante de un desastre inminente, sentimiento de inferioridad, humillación, deseo de ser castigado, predisposición al sacrificio, compulsión a purificarse. El sentimiento de culpa se expresa también en fracaso perpetuo como lo había descrito Freud (1916) en el masoquismo moral, en actos de expiación y de renuncia, ideas suicidas, conversiones histéricas, ascetismo, automartirio de neurosis obsesiva y persecuciones de paranoicos y esquizofrénicos.

El remordimiento es un arrepentimiento martirizador por un “crimen” cometido y exige deshacer lo que ha ocurrido (reparación) para recuperar el objeto perdido y añorado.

Las angustias se producirían en la histeria por la amenaza de pérdida de amor del objeto, en la fobia por temor a la castración, y en la neurosis obsesiva por el superyó.

Considera que el dolor físico y la angustia somática son primeramente una misma reacción a un trauma que ha perforado la protección antiestímulo. La angustia psicológica se desarrolla a partir de la angustia somática, y el dolor psicológico (tristeza, aflicción) a partir del dolor físico. Cuando la añoranza es insaciable genera dolor psíquico y puede inducir una situación traumática de desvalimiento.

 

1.5. B. D. Lewin

 

Bertram D. Lewin (1953) considera que en la elación y la exaltación desaparece el superyó reuniéndose con el yo. La elación expresaría directamente la regresión a la situación de lactancia, en donde no existe el tiempo ni la mortalidad. En el éxtasis (pagano o místico), el yo se identificaría con un superyó inmortal (el pecho), para hacerse así partícipe de su inmortalidad; junto con las fantasías activas de devorar (comunión) se manifiesta la sensación de abandono a la figura inmortal, relajándose en ella. Los estados de transporte religioso son ejemplos de la fusión del yo y del superyó en un gozo inefable e inexpresable verbalmente que repite la situación de la lactancia. En el orgasmo la identidad también se diluye, hay una fusión transitoria.

 

1.6. E. Bibring, M. Katan y P. Greenacre

 

Edward Bibring (1959) considera que la depresión no es solamente la expresión emocional de un estado de desamparo e impotencia del yo (un golpe a la autoestima) sino es el mantenimiento fuerte de ciertas metas y objetos narcisistícamente significantes. Se pueden distinguir tres grupos de aspiraciones persistentes: 1. el deseo de ser digno de valor, de ser amado, de ser apreciado, de no ser inferior o indigno; 2. el deseo de ser fuerte, superior, grande y seguro; y 3. el deseo de ser bueno, cariñoso, de no ser agresivo, malévolo y destructivo. La depresión resulta de la tensión entre estas aspiraciones altamente cargadas narcisísticamente y la conciencia plena de desamparo (real e/o imaginaria) e incapacidad (impotencia subjetiva) del yo de alcanzar esos estándares.

En contraste a la depresión, la elación (el estado de autoestima excitado o regocijado, el yo triunfante o exaltado) es la expresión de una realización real o imaginaria de las aspiraciones narcisísticas de la persona.

Cuando las defensas se dirigen contra los afectos de la depresión se produce la apatía o la hipomanía. Mientras que el bloqueo de la percepción emocional de las pulsiones agresivas puede producir una despersonalización.

 

Mauritis Katan (1959) considera que, en la depresión, el yo intenta recobrar fuerzas para curarse, con una tendencia a alejarse de la realidad que es muy dolorosa. Así, la herida narcisista producida por el objeto es expuesta en menor grado a los estímulos externos que pueden traumatizar de nuevo, y puede recobrarse y curarse hasta cierto grado.

 

Phyllis Greenacre (1959) considera que, en la depresión, en anticipación a nuevos eventos traumáticos, surge en el yo una agresión en contra del objeto externo, la cual se torna inmediatamente en forma secundaria contra sí mismo y representa así una amenaza de suicidio.

 

1.7. R. A. Spitz

 

René A. Spitz (1958) considera que, durante los dos primeros meses de la vida del infante (fase de no-diferenciación) los afectos son indiferenciados y caóticos, como el llanto de perturbación o quietud y placidez de la saciedad. Considera la sonrisa, que aparece ante el rostro humano entre 2 y 6 meses, como el primer afecto discriminado. Hacia el sexto mes el bebé empieza reconocer a su madre como imagen única que iniciaría las verdaderas relaciones objetales. Hacia el octavo mes, el infante se angustia más o menos ante un rostro no reconocido y lo rechaza. Según Spitz, ésta sería la primera manifestación de angustia propiamente dicha, y la denomina la angustia del octavo mes, que es una angustia de pérdida del objeto. La madre se ha convertido en un objeto privilegiado en el ámbito afectivo. Al mismo tiempo empiezan a aparecer más actitudes emocionales diferenciadas como la cólera, la alegría, la posesión, los celos, etc. Spitz describió una depresión anaclítica en los niños separados de sus madres o carenciados, sobre todo alrededor del octavo mes.

 

 

 

1.8. M. S. Mahler

 

Margaret S. Mahler (1979a, 1979b; Mahler y col. 1975, 1983) propuso una nueva teoría psicogenética, discriminando tres grandes etapas en el desarrollo hasta los 3 años:

1. Fase autista normal. 4 primeras semanas. El lactante engramaría en forma de trazas mnemónicas las sensaciones agradables y dolorosas.

2. Fase simbiótica normal (fase de indiferenciación entre el yo y el no-yo). Del segundo mes a 9-12 meses. Las engramas se registrarían por representaciones fusionadas del self y del objeto parcial simbiótica. En esta fase se realiza la transición de una organización puramente biológica a una organización psicobiológica.

3. Fase del proceso de separación-individuación. Se produce una evolución hacia la diferenciación, la formación de límites y de identidad.

La separación física que el niño lleva a cabo es generadora de angustia. Al aumento de la angustia de separación se añade la angustia de perder el objeto de amor y el amor de objeto. Surgiría una nueva angustia cuando el niño se acerca de nuevo a la madre: la del engullimiento en la fusión simbiótica que significaría el fin del placer de la independencia.

El logro de la constancia objetal emocional y la consolidación de la individualidad comenzarían al cumplir los dos años, aproximadamente, pero que no tienen fin. La constancia objetal implica que el niño ha podido realizar la unificación del objeto bueno y del objeto malo en una sola representación psíquica global.

Puede existir madre engolfante que no tolera el proceso de separación-individuación del niño induciendo una simbiosis patológica. En la psicosis simbiótica irrumpe bruscamente una intensa angustia (severas reacciones de pánico) cuando el niño debe separarse de su madre. Ese pánico sería una respuesta del niño ante el peligro de fragmentación del yo, que estaría mantenido gracias a la relación simbiótica con el yo auxiliar que le proporciona la madre. Las sensaciones patológicas de soledad y aislamiento en serían síntomas de la ansiedad de separación-individuación. Los adultos con síntomas de pánico extremos, con sentimientos de despersonalización y desrealización, sufrirían también de no separación-individuación suficientes, con folie à deux.

 

1.9. C. Brenner

 

Charles Brenner (1974) propuso una teoría unificada de los afectos. Según su teoría, los afectos son fenómenos mentales que incluyen: a- sensaciones de placer, displacer o ambas; y b. pensamientos, recuerdos, deseos, temores, en síntesis, ideas. Las ideas (conscientes o inconscientes) y las sensaciones de placer o displacer (conscientes o inconscientes) constituyen en su conjunto un afecto como un fenómeno mental o psicológico. El autor reserva el término ansiedad para un afecto que la expectativa del peligro despierta en el yo, que no estaría presente como tal desde el nacimiento. Prefiere denominar simplemente “displacer”, o congoja (distress) (o afectos primarios) a la respuesta innata intensa a las situaciones traumáticas de la muy temprana infancia.

El desarrollo de los afectos y su diferenciación dependen del desarrollo del yo y, más tarde, del superyó. Los afectos surgen muy temprano en la vida cuando las ideas quedan asociadas por primera vez a sensaciones de placer y displacer. Tales sensaciones están asociadas a la tensión pulsional (falta de gratificación) y a la descarga pulsional (gratificación), y constituyen la matriz indiferenciada a partir de la cual se desarrolla toda la gama de los afectos en los años posteriores de la vida.

El autor considera que no es posible diferenciar un afecto de otro de manera nítida y clara por su superposición entre sí, y además, los afectos no son uniformes en todas las personas sino tienen una naturaleza individual según la historia evolutiva individual, familiar y cultural. Cada afecto sería único para cada individuo.

Considera que el dolor físico resultante de enfermedades o heridas es también un afecto. Además, la intensidad del dolor físico o su expectación ansiosa aumenta o disminuye según los significados y afectos inconscientes que los acompañan.

 

1.10. E. Erikson

 

Según Erik Erikson (1959, 1975, 1982; Smelser y col., 1980), el transcurrir del ser humano, desde el nacimiento hasta la muerte, tiene momentos críticos (ocho edades) en los cuales se plasman las metas, las dificultades, los logros y las frustraciones con sus afectos y eventualmente sus síntomas correspondientes.

En la primera edad (confianza básica versus desconfianza básica), el infante adquiere, o no, una confianza básica en función de sus relaciones mutuas con su madre durante el primer año de su vida. La confianza básica sería la base de los sentimientos de seguridad, esperanza, bondad y amor. En caso contrario predominaría desconfianza, ansiedad, pesimismo, maldad, depresión, aislamiento o esquizofrenia.

En la segunda edad (autonomía versus vergüenza y duda), de 2 a 3 años, el niño aprende los controles de esfínteres y de otros músculos con cierto grado de autonomía, orgullo, autoestima, dignidad y libertad. En caso contrario, predominaría la vergüenza del fracaso y dudas sobre sus producciones y sus capacidades de autocontrol.

En la tercera edad (iniciativa frente a culpa), de 4 a 6-8 años, se agrega a la autonomía la capacidad de iniciativa, de construcción, de participación en la estructuración de las cosas y actividades. En vista de que los deseos incestuosos y rivalidades suelen ser por lo menos parcialmente fallido, sobrevienen en el niño sentimientos de resignación, culpa y ansiedad (de castración). El complejo de Edipo se cristaliza en una crisis difícil para el ser humano que se transforma gradualmente en otra persona portador de tradiciones.

En la cuarta edad (laboriosidad versus inferioridad), período de latencia, el niño sublima en buena parte sus pulsiones y busca el reconocimiento a través de hacer cosas con metodología y producción, más allá del juego puro. Los sentimientos de inferioridad y de minusvalía pueden surgir de una imposibilidad de identificarse con sus compañeros de juego y labores, lo que le puede llevar a retraerse nuevamente en el núcleo familiar.

En la quinta edad (identidad versus confusión de roles), la pubertad y la adolescencia, el joven debe reelaborar de nuevo muchas batallas de etapas anteriores, las angustias del complejo de Edipo y de autoridad, de identidad personal y sexual. En casos de dificultad de identidad personal y sexual se producen las angustias y la confusión de roles que pueden precipitar en una descompensación psicótica.

En la sexta edad (intimidad versus aislamiento), el adulto joven, vivencia el deseo y la angustia de fusionar su identidad (intimidad) recién adquirida con la de otros. Desea comprometerse y afiliarse estrechamente con algunos de sus semejantes. La elección de pareja, que lleva a un compromiso ético y nuevas responsabilidades, ayuda al desarrollo de una genitalidad verdadera. El evitar la intimidad por miedo a perder la identidad puede causar un profundo sentimiento de aislamiento y absorción en sí mismo. Pienso que devenir eventualmente padre o madre incluye también las nuevas emociones de esta etapa.

En la séptima edad (generatividad versus estancamiento), la adultez, la persona necesita que otros lo necesiten, para guiar, cuidar y estimular aquello que se ha generado. Cuando no se produce o falla la inversión de la libido en los hijos y en una expansión gradual de los intereses del yo, se da una regresión a etapas anteriores, a una necesidad obsesiva de pseudointimidad y al sentimiento de estancamiento y empobrecimiento. Es cuando puede producirse también una crisis, denominada la crisis de la mitad de la vida (Brainsky, 1986).

En esta época algunas personas cuestionan sus elecciones de profesión, de pareja, de convicciones. Las reacciones varían desde crisis graves y dramáticas hasta una transición menos perturbada y modificada. La elaboración de la crisis de la mitad de la vida exige un “insight” maduro de la muerte que se acerca. Como consecuencia de la elaboración depresiva de esta crisis se produce un refuerzo de la capacidad de aceptar y tolerar el conflicto, la ambivalencia y la imperfección. El resultado negativo de la crisis está constituido por la depresión o por los resultados de las defensas contra ansiedades depresivas, que se reflejan en los mecanismos maníacos, la hipocondría o deterioro de carácter con una sensación de futilidad.

La octava edad (integridad del yo versus desesperación) es la madurez y la vejez. Las cualidades de un ego integral se caracterizan por la seguridad de la propia dirección hacia lo significativo y lo ordenado, por la aceptación del ciclo único de la vida, por la confianza en la integridad del estilo de vida que se ha llevado, por la relativización de momentos históricos y de ideologías. Como virtud de esta etapa se adquiere la renunciación y la sabiduría. Las deficiencias en esta integración se reflejan en la actitud que se tiene ante la muerte y el miedo que ella produce. La desesperanza en esta etapa es un sentimiento de que se ha malgastado el tiempo asociado a amargura y resentimiento consigo mismo y con los demás.

Erikson considera que los logros citados de cada edad no se adquieren de una vez ni se conservan sin dificultades. Ante nuevos conflictos o traumas pueden ocurrir regresiones en “edades” anteriores.

 

2. AFECTOS Y SÍNTOMAS SEGÚN M. KLEIN Y POSTKLEINIANOS

 

2.1. M. Klein

 

Melanie Klein, basándose sobre sus investigaciones con los niños, propuso una nueva teoría del desarrollo psicológico y de psicopatología (Klein, 1975). Considera que desde el nacimiento existe un yo primitivo, que se relaciona con objetos parciales (pecho materno), y está expuesto a la angustia suscitada por el conflicto entre la pulsión de vida y la pulsión de muerte.

Según Klein, durante los primeros meses de vida se manifiesta la angustia persecutoria y los meses siguientes predomina la angustia depresiva. Esos dos tipos de angustia corresponden a dos posiciones propuestas también por la autora: la posición esquizo-paranoide y la posición depresiva.

1. La posición esquizo-paranoide. El recién nacido proyectaría hacia el exterior la pulsión de muerte creando el objeto parcial malo (frustrador, odiado, “pecho malo”). Al mismo tiempo proyectaría una parte de la pulsión de vida para crear un objeto parcial bueno (gratificador, amado, “pecho bueno”). Esta escisión del objeto es uno de los primeros mecanismos de defensa utilizado por el yo contra la angustia persecutoria. Durante todo este período, con la ayuda de las buenas experiencias vividas, el yo puede integrarse y adquirir confianza en el buen objeto parcial. Si por razones internas y/o externas las fuerzas destructivas ganan la mano al buen objeto, los mecanismos de defensa pueden no ser suficientes para dominar la angustia persecutoria y el bebé puede llegar a sentirse fragmentado, desintegrado o aniquilado (Klein, 1946, 1952, 1955)

2. La posición depresiva. La integración del yo hacia la finalización de la posición anterior permite reconocer la madre como un objeto total. Las fantasías destructivas del infante contra la parte mala del objeto total alimenta la angustia de pérdida de objeto y de pérdida de amor de objeto, ya que creería haber dañado y destruido el objeto total. Las ausencias son vividas como una desaparición total y las frustraciones como una represalia. Entonces aparece un intenso sentimiento de culpabilidad y preocupación por el objeto. Como un mecanismo de defensa principal ante esas angustias depresivas (mezcla de angustia de pérdida y sentimiento de culpa) surgen la preocupación por el objeto y los intentos de repararlo: atender, cuidar, preservar, recrear, reparar y preocuparse por el estado del objeto (interno y externo). Se tolera también el dolor psíquico y la culpa por las fantasías agresivas hacia los objetos amados (Klein, 1935, 1936, 1937, 1940, 1946, 1952, 1955).

La repetición de las experiencias positivas ayuda al infante a superar su sentimiento de pérdida. Todo aquello que simbolice la ausencia y la reaparición permite que el niño integre un sentimiento de seguridad. La disminución de la agresividad y las actitudes reparatorias (en la fantasía y en la realidad) ayudan a disminuir la angustia depresiva. Cuando la reparación fracasa (por factores internos y/o externos) se puede producir una regresión en la posición ezquizo-paranoide o en la situación de pérdida de objeto (depresión).

 

Ante angustias insoportables persecutorias y/o depresivas pueden también instalarse otras defensas con organizaciones patológicas narcisistas, obsesivas, histéricas, maníacas, perversas, psicosomáticas y psicóticas. Por ejemplo, en casos de defensas maníacas se producen la negación de la pérdida, la idealización (del pecho bueno en un pecho ideal, omnipresente e inagotable), el control omnipotente sobre el objeto (que daría ilusión de seguridad) y como consecuencia el sentimiento de triunfo sobre el objeto y su desprecio (Steiner, 1987).

 

Para Klein, la envidia primaria, como la agresión, serían constitucionales (y no resultado de la frustración) y resultarían de las pulsiones de muerte (Klein, 1957). La envidia se generaría por la voracidad ante un pecho imaginado inagotable, y se transformaría en odio y en pulsiones destructivas contra la fuente de la bondad. Otra fuente de la envidia es la rivalidad que aumenta las ambiciones. Las pulsiones hostiles del analizando por envidia y rivalidad pueden inducir una intolerancia a recibir algo bueno que el analista tiene y da, y pueden provocar las reacciones terapéuticas negativas para atacar al proceso y al vínculo (ya no son defensas sino ofensas). Algunas defensas contra la envidia serían: 1. la desvalorización del objeto para disminuir el ataque envidioso; 2. la desvalorización de la propia persona como forma de negar la envidia; 3. despertar envidia en otras personas para no sentir la propia, lo que lleva a una incapacidad de gozar con los propios logros por la culpa generada y por temor a dañar a los objetos amados. Lo que puede explicar también el temor al éxito; 4. sofocar tanto los sentimientos envidiosos como los de amor, lo que se expresa en indiferencia y aislamiento emocional.

El sentimiento de gratitud y el amor hacia el objeto total se adquiere por el reconocimiento de ser amado, ser comprendido emocionalmente, ser “creado” y criado por la bondad de los padres, incluyendo su sexualidad. Los sentimientos de gratitud se acompañan de preocupación por el objeto, de culpa y reparación, y de responsabilidad. Son también fuentes de la generosidad, de capacidad de amar y crear que permiten el reconocimiento de la propia bondad.

 

Klein describe el sentimiento de soledad (1963) como una sensación intensa de soledad interna incluso estando rodeado de amigos o recibiendo afectos. Este sentimiento resultaría del anhelo omnipresente de un inalcanzable estado interno perfecto, que derivaría de angustias paranoides y depresivas.

 

Klein considera la angustia de muerte como resultante de angustias psicóticas de desintegración y no como Freud consideraba como transformación de angustia de castración edípica o social. La despersonalización sería otra manifestación de la angustia de desintegración.

 

Para Klein existe una psicosis (posición ezquizo-paranoide) y una neurosis infantil en el desarrollo de todos los niños que se expresan en grados diferentes. La psicosis y la neurosis infantil y la posición depresiva se superarían normalmente cuando comienza el período de latencia, cuando se han obtenido las modificaciones cuantitativas y cualitativas de las angustias arcaicas (angustias persecutorias y depresivas) y edípicas.

De otra parte, la posición depresiva nunca acabaría de elaborarse totalmente durante la vida y un sujeto puede tener una regresión en la posición esquizo-paranoide y/o crear defensas con formaciones patológicas ante situaciones adversas. Porque, para Klein, persisten las angustias psicóticas en alguna capa profunda de todo ser humano como restos de angustias psicóticas de la primera infancia. Reaparecen en las pesadillas, en los procesos regresivos psicóticos y ansiedades extremas que experimentan los pacientes durante el tratamiento, aunque se trate de estructuras neuróticas. Bion les denominará más tarde como la “parte psicótica de la personalidad” a esos restos en cada individuo.

 

En Klein, la idea del conflicto mental cambia, no es una lucha entre las pulsiones y las defensas sino entre sentimientos de amor y odio que se enfrentan en el vínculo emocional con los objetos (internos y externos). La emocionalidad es la base del funcionamiento psíquico y las fantasías inconscientes dan significación permanente al acontecer mental. Las pulsiones tienen sentido en la medida en que están dirigidas a los objetos (Stein, 1990). Klein no acepta el narcisismo primario ni la existencia de procesos anobjetales. Considera que existen “estados narcisistas” cuando la libido retorna a los objetos internos idealizados. De otra parte, las identificaciones omnipotentes introyectivas y proyectivas se volvieron, en el pensamiento poskleiniano, sinónimos de relaciones objetales narcisistas (Hinshelwood, 1989).

Una buena parte del pensamiento psicoanalítico posfreudiano, iniciado principalmente por Klein, reconoce la importancia crucial que tiene la relación emocional con la madre en las etapas tempranas de la vida.

De otra parte, Klein remplazó la oposición freudiana clásica de representación y afecto por la unidad elemental de afecto fantaseado (relaciones objetales entre el yo y los objetos internalizados y entre los objetos internalizados) subyacente en todo lo que dice un paciente. Klein centró siempre su atención en las angustias del paciente, y no únicamente las manifiestas sino las latentes, y, según ella, la interpretación debe dirigirse en cada sesión, desde el inicio del tratamiento, hacia esas angustias prevalentes y mecanismos de defensa característicos de la relación de objeto fantaseada (punto de urgencia). El insight consiste en juntar emociones cariñosas y hostiles hacia un mismo objeto, con los consiguientes sentimientos de culpa y responsabilidad. La terapia psicoanalítica tiene metas de elaborar o reelaborar las posiciones esquizo-paranoide y depresiva, tolerando la angustia y el dolor mental que producen, y “penando” por los objetos perdidos para siempre (elaborando el duelo de la separación de la madre, el destete y otras pérdidas reales o fantaseadas) (Coderch, 1995).

 

2.2. W. R. Bion

 

Wilfred R. Bion (1961, 1962, 1963, 1967, 1974, 1977, 1981), uno de los psicoanalistas posfreudianos más creativos, sitúa los afectos en un estado de conexión con el pensamiento. La función alfa transformaría los datos sensoriales y emocionales en elementos alfa que pueden ser utilizados en el pensamiento inconsciente, los sueños, los recuerdos, y en la represión (Grinberg y col., 1972). La función alfa (función psicoanalítica de la personalidad) se desarrollaría en el infante con la ayuda de la función de reverie de la madre, en una relación de contenido y continente que implica principalmente una comunicación emocional. Bion describe el “terror sin nombre” como el tipo de angustia que puede tener un bebé que ha proyectado su miedo a morir en su madre y ésta, en lugar de metabolizar este temor con su función de “reverie” devolviéndoselo mitigado, despoja al sentimiento del niño de su significado específico y le devuelve un “terror sin nombre”, que es mucho más grave que el miedo a morir que antes sentía el bebé.

Los fenómenos sensoriales y emocionales que no se transforman en elementos alfa se sienten como “cosa en sí”(elementos beta) y no pueden reprimirse ni utilizarse al servicio del pensamiento, sino son evacuados por identificación proyectiva patológica, acting outs individuales o actitudes grupales de supuestos básicos, alucinosis, objetos “bizarros”, y por trastornos psicosomáticos (De Bianchedi, 1998).

Según Bion, la parte psicótica de la personalidad se refiere más a un estado mental que a un diagnóstico psiquiátrico, ya que para él (como M. Klein) cualquier individuo posee en potencia aptitudes mentales y reacciones derivadas de la parte psicótica de su personalidad. Las partes psicóticas de la personalidad se deben, de una parte, al predominio de la pulsión de muerte, y de otra, a la incapacidad de la madre de cumplir con su función de reverie, o sea recibir, contener y modificar las emociones violentas proyectadas por el lactante. La personalidad psicótica implica un recurso masivo del mecanismo de identificación proyectiva que se convierte en patológica, con el cual se expulsa todo lo que se refiere a la frustración y al dolor. La parte psicótica de la personalidad proyecta montos masivos de afecto y sus objetos “bizarros” y reintroyecta utilizando identificación proyectiva inversa, que inunda y altera el desarrollo del pensamiento, porque este giro se vive como una penetración agresiva y dolorosa del objeto en represalia al ataque inicial.

De otra parte, la parte psicótica se manifiesta con actitudes de ataques al vínculo, crueldad, perversión, esterilidad, curiosidad obstinada, estupidez y orgullo transformado en arrogancia en lugar de autorespeto y autovaloración.

La experiencia emocional llamada “pánico psicótico” (Bion, 1967) puede ser concebida como el fracaso de una parte de la mente para actuar como continente de emociones muy violentas (terroríficas) que no pueden ser toleradas. Otro concepto de Bion sobre los afectos es la “turbulencia psicológica” que corresponde al sufrimiento doloroso que puede experimentarse al pasar de la “transformación en K”, que otorga un conocimiento intelectual de una situación dada, a las “transformaciones en cero (O)”, que llevan a un insight o experiencia vivencial (emocional) mucho más profunda y abrumadora.

 

Cambio catastrófico es un término elegido por Bion para describir los eventos que desequilibran demasiado (con violencia) a un sistema (continente) en equilibrio relativo por la introducción de nuevas fuerzas (nuevos contenidos, nuevas ideas, nuevas creencias, nuevas interpretaciones…). El sistema puede ser la mente de una persona, un grupo o una sociedad. El cambio catastrófico puede dejar el sistema en desorden total o en caos, o puede también favorecer el crecimiento posterior cuando el sistema se reorganiza incluyendo las nuevas fuerzas.

 

La pasión, para Bion, al contrario de muchos otros que la consideran como una emoción primitiva y violenta, es una emoción expresada con intensidad y calidez pero sin violencia, entre dos mentes vinculadas, que derivan de los vínculos L (amor), H (odio) y K (conocimiento). La contraparte de la pasión es la falta de emocionalidad. El odio a las emociones genera vínculos lógicos y desapasionados, pero sin vida, perversos, crueles y estériles (De Bianchedi, 1998).

 

Para Bion, el terapeuta debe tener una función de reverie y de continente para recibir, contener las emociones violentas proyectadas de su paciente y devolverlas desintoxicando, mitigando y dando sentidos. Su consejo en la sesión de “no memoria no deseo” se refiere a tener nuestra mente abierta en cada sesión para poder recibir, contener y dar sentidos a las nuevas emociones del paciente, y no condicionarnos con nuestras representaciones anteriores y nuestros deseos personales. De otra parte, las angustias y las actuaciones de los pacientes durante las separaciones de su analista se explican por la pérdida de la función continente auxiliar del analista.

 

2.3. D. Meltzer

 

Donald Meltzer (1967) considera que todo el proceso psicoanalítico es el análisis (modulación y modificación) de los conflictos, las angustias y las otras emociones intolerables conscientes e inconscientes. Durante el desarrollo del proceso psicoanalítico, el analista es utilizado como un “pecho-inodoro” por el paciente para depositar en él las ansiedades y emociones intolerables. Mientras que en su última fase se elaboran las ansiedades depresivas de separación final (destete), el dolor de pérdida del objeto nutricio (analista) y el paso del tiempo.

Meltzer (1973) describe distintos padecimientos psíquicos incluidos en la denominación amplia de ansiedades paranoides de la posición esquizoparanoide como la confusión, ansiedad catastrófica, desesperanza, desvalimiento, persecución, terror, etc. La angustia persecutoria no derivaría solamente de las relaciones con objetos malos y dañinos sino también de áreas narcisistícamente dominadas por partes malas del self. Esas partes malas del self estarían bajo el dominio de los impulsos del instinto de muerte, idealizarían la violencia y dominarían a las partes buenas de la personalidad por intimidación o seducción. Esta organización sería típica de individuos fronterizos y francamente psicóticos.

Meltzer (1984) considera que las emociones y motivaciones hacia los objetos (el amor y el odio, los celos, la envidia y la reparación) son el centro de los problemas de la vida mental. Piensa que la transferencia (y los sueños) no es tanto revivir el pasado (como proponía Freud) sino desplegar el mundo interno (realidad psicológica) en que cada persona vive su actualidad.

 

2.4. H. Rosenfeld

 

Herbert Rosenfeld (1965, 1987) intentó elaborar una teoría sobre el narcisismo dentro del enfoque kleiniano. Opina que el rasgo distintivo de los estados narcisistas es una identificación omnipotente por proyección o introyección, consumada con violencia que borra el límite entre el yo y el objeto, provocando así una pérdida de percatación de la realidad interna y externa, como ocurre en la posición esquizoparanoide. Piensa que en las relaciones de objeto narcisistas se erigen defensas contra toda noción que implique una separación que conduce a tener sentimientos de necesitar del otro, de dependencia, de reconocimiento de la independencia y de la bondad del otro. Todo lo anterior se produce para evitar la ansiedad, la agresión y el dolor producidos por las frustraciones inevitables de la separación y para evitar los sentimientos de envidia o de celos que se pueden despertar. Las relaciones de objetos narcisistas rechazan la envidia y los celos que son difíciles de tolerar.

Rosenfeld, al lado de reconocer la reversión de la libido sobre el yo en el narcisismo que lleva a una autoidealización por identificaciones omnipotentes introyectivas y proyectivas con objetos buenos y sus cualidades, elaboró la idea del aspecto agresivo del narcisismo debido a la envidia y a la reversión del instinto de muerte sobre el yo. Denominó a esto último narcisismo negativo o destructivo y lo relacionó además con la reacción terapéutica negativa. En este caso se formaría una idealización de las partes destructivas omnipotentes del self (como una “mafia”). Esas partes se opondrían contra toda relación objetal libidinal y toda parte libidinal del self que experimente la necesidad de un objeto y el deseo de dependencia de éste (Hinshelwood, 1989). Rosenfeld, en su última obra “Impasse e interpretación” (1987) cambió bastante su posición sobre los fracasos en los tratamientos psicoanalíticos introduciendo los errores y aún de efectos iatrogénicos de los psicoanalistas.

 

De otra parte, Rosenfeld describió dos tipos de confusión y sus angustias correspondientes: la confusión primaria sería la no discriminación entre el objeto bueno y malo; y la secundaria sería la no discriminación entre el self y el objeto, debida a la identificación proyectiva o introyectiva masivas (Steiner, 1989; Tuckett, 1989).

 

2.5. H. Racker

 

Heinrich Racker (1960) es uno de los primeros psicoanalistas, sino el primero, que amplió la conceptualización de la contratransferencia y su uso como instrumento terapéutico. Demostró la importancia de la transferencia y sobre todo de la contratransferencia como instrumento afectivo. Consideró el concepto de contratransferencia en su sentido amplio que incluye el conjunto de los estados emocionales que tiene el analista dentro de la situación psicoanalítica. Esto incluye la contratransferencia restringida donde los conflictos inconscientes del analista entorpecen el proceso analítico, la contratransferencia como reacción a la transferencia del paciente y la contratransferencia como resultado de la interacción entre ambos. Consideró la contratransferencia como instrumento de observación y fuente para la construcción de las interpretaciones. Lo anterior implica que el analista procura investigar sus propios afectos como ecos empáticos del analizando, viviéndolos en una suerte de identificación con el self del analizando, o identificación con el efecto que ese self desea tener sobre el analista.

Racker diferenció la contratransferencia concordante y complementaria según que el analista se identifique con las partes del paciente (ello, yo, superyó) o con sus objetos internos respectivamente. Describió también la neurosis de contratransferencia y la contraresistencia que se producen en el analista. Racker propuso que el analista inspeccione y discrimine todos esos aspectos de su contratransferencia antes de formular sus interpretaciones sobre el material que trae el paciente.

 

2.6. L. Grinberg

 

Uno de los aportes de León Grinberg fue el concepto de la contraidentificación proyectiva como reacción emocional y su actuación por el analista ante la identificación proyectiva masiva de un paciente. Añadió posteriormente el concepto de un umbral crítico variable según el psicoanalista a partir del cual se produciría la contraidentificación proyectiva y su actuación (Grinberg, 1976). Este umbral dependería, en cada caso, de la personalidad del analista, de su análisis previo y del grado de conocimiento o conciencia que tenga de este fenómeno.

 

Otro de los aportes de Grinberg (1983) es su discriminación entre la culpa persecutoria y la culpa depresiva. La culpa depresiva requiere un yo integrado para ser vivenciado plenamente y utilizada con sus efectos reparadores, mientras que la culpa persecutoria se evidencia en forma precoz, aun con un yo débil e inmaduro, y se incrementa en forma automática junto con las angustias de la posición esquizoparanoide o ante cualquier frustración o fracaso en la evolución hacia la posición depresiva. Es el tipo de culpa que colorea el cuadro de toda neurosis o psicosis determinando inhibiciones de toda índole, o actitudes masoquistas extremas. En la culpa persecutoria el sujeto puede apaciguar (y no reparar) un objeto temido y perseguidor; mientras que en la culpa depresiva domina la preocupación por el objeto y por el yo, la pena, la nostalgia, la responsabilidad y la reparación.

 

2.7. J. Bleger

 

José Bleger, en su obra audaz “Simbiosis y ambigüedad. Estudio psicoanalítico” (1967), para explicar principalmente las angustias de estados confusionales, propuso una posición que existiría antes de la posición esquizoparanoide kleiniana (antes de la discriminación del objeto bueno y malo, yo y no-yo): la posición glischro-cárica (glischros=viscos; karion=núcleo) que se caracteriza por el objeto ambiguo o aglutinado (núcleo aglutinado o parte psicótica de la personalidad), la ansiedad confusional catastrófica, las defensas de clivaje (splitting), inmovilización y fragmentación, y por estados confusionales en casos de fijación o regresión a esta posición.

El núcleo aglutinado o ambiguo se formaría durante los primeros estadios de la vida donde existe una indiferenciación primitiva por una estructura que incluye siempre al sujeto y su medio. El remanente de núcleos de esta indiferenciación primitiva en una personalidad “madura” es responsable de la persistencia de la simbiosis. La invasión masiva del yo más integrado por este núcleo aglutinado desorganiza el yo con sensaciones de confusión, obnubilación, estado crepuscular, despersonalización, aniquilamiento y desintegración (crisis de pánico). Una invasión de menor grado se manifiesta por intensificación de la observación y control, insomnio, y perplejidad, o refuerzo de la disociación entre el yo más integrado y el núcleo aglutinado que se manifiesta por desconcierto, escalofrío, lipotimias y ausencias. El sujeto utilizaría la proyección de este núcleo como defensa principal y el control se lograría evitando la reintroyección por: a. simbiosis y control del depositario; b. bloqueo afectivo por el autismo y la disociación cuerpo-mente; c. defensas frente a la ruptura de simbiosis por mecanismos de enamoramiento, fobias, hipocondría, enfermedades psicosomáticas y actuación psicopática.

La personalidad con núcleo ambiguo tendría un déficit en la utilización de la represión y de la ansiedad como señal de alarma. En lugar de angustia señal se reaccionaría directamente con pánico.

El temor a la soledad y a la claustrofobia resultarían por el temor a reintroyectar todo lo proyectado previamente. El miedo a dormir se explicaría como miedo al descontrol de la disociación (equivalente a un retorno de lo reprimido).

El objeto aglutinado no es confuso sino indiscriminado, pero cuando deja de estar inmovilizado o controlado es un objeto que confunde, produciendo también una vivencia de lo siniestro (espeluznante, retorno de lo reprimido, borramiento de límites entre lo externo e interno, confusión, amenaza de locura). La necesidad del depositario se impone como una relación simbiótica u objeto acompañante en la agorafobia. En la simbiosis se produce una fusión entre lo proyectado y el depositario con una identificación proyectiva masiva y mutua. Cuando se pierde el objeto protector simbiótico aparece la catástrofe, el pánico de quedar a la merced de la muerte y de la aniquilación. No hay posibilidad de deprimirse ni de activar defensas graduadas. La simbiosis, que es, en la última instancia, la inmovilización y el control del objeto aglutinado, preserva de una fragmentación psicótica destructiva, aniquilante. El autismo es una negación omnipotente de la dependencia simbiótica. La simbiosis y el autismo siempre coexisten.

En las personalidades ambiguas faltaría, en la más temprana infancia, depositarios “confiables”, que tendrían que haber cumplido dos roles fundamentales: uno, el de servir de depositario a la parte psicótica (ambigua) de la personalidad; y, segundo, y en función de lo anterior, permitir la interiorización por una discriminación de la experiencia de objetos y de núcleos del yo, que devuelve “sentidos” o “significados”, y que al mantener “fijada” la ambigüedad pueda permitir identificaciones estables. Cuando la relación simbiótica ha sido deficitaria, distorsionada o excesiva, hay un escape prematuro de esta simbiosis muy agobiadora y asfixiante con el resultado de que la simbiosis no queda resuelta o satisfecha.

La función del tratamiento psicoanalítico es proveer una simbiosis segura que faltó o fue distorsionada, y resolverla gradualmente. Es el encuadre (que incluye la persona del analista) que cumple fundamentalmente esta función donde se deposita inicialmente la parte psicótica de la personalidad. La de-simbiotización progresiva de la relación analista-paciente sólo se alcanza con el análisis sistemático del encuadre. En este caso no se interpreta lo reprimido ni lagunas mnésicas sino lo que nunca formó parte de la memoria.

 

2.8. H. Garbarino

 

Hector Garbarino (1968) propuso una fase umbilical, similar a la fase de indiscriminación descrita por Bleger, para explicar las angustias confusionales, la simbiosis y las fobias. Garbarino designa el período entre el tercer mes de la vida intrauterina y el momento en que se corta el cordón umbilical como período “umbilical”, y considera que los fóbicos y los “simbióticos” regresan a este período con fantasías de necesitar un”‘cordón umbilical” (ayuda y suministro de otra persona) para sobrevivir. Denomina núcleo confusional o núcleo muerto-vivo a las partes indiscriminadas y persistentes que estarían formadas por partes vivas y muertas del yo y de los objetos, mezcladas en forma indiscriminada. Esas partes predominarían en los fenómenos confusionales, fóbicos y simbióticos.

 

2.9. T. Ogden

 

Más recientemente, Thomas Ogden (1989, 1991) amplió también la teoría kleiniana de dos posiciones proponiendo una posición autista-contigua más primitiva que tendría tipos específicos de defensa, formas de relaciones de objetos y angustias características. Considera que la posición autista-contigua tiene un periodo de primacía anterior a los de las dos organizaciones psicológicas descritas por Klein, sin embargo coexiste dialécticamente con éstas en la vida psicológica. En esta posición la madre y el infante no estarían separados totalmente, y correspondería a la fase de autismo normal o autosensual descrita por Tustin (1987, 1991). El infante se relacionaría con “formas y objetos autistas” antes de la construcción de su mundo interno con objetos para crear una sensación de delimitación de la experiencia sensorial de su sí-mismo rudimentario. La angustia autista-contigua involucra la experiencia de la desintegración inminente de la cohesión y de la superficie sensorial, sensación de tener fugas, de estarse disolviendo, desapareciendo o cayendo en un espacio sin límites ni forma, temor constante de enloquecerse. Son también sentimientos aterradores de estar pudriéndose, que los esfínteres y otros mecanismos que uno tiene para retener el contenido corporal (saliva, la orina, las heces, la sangre, etc.) están fallando, la angustia asociada a caerse mientras uno duerme. La “segunda piel”, propuesta por Bick (Bick, 1968; Kogan, 1988), se formaría para intentar crear un sustituto para un self en desintegración y la deteriorada sensación de la superficie de la piel. De la misma manera, la identificación adhesiva y los procesos de imitación serían las relaciones objetales predominantes en un modo autista-contiguo, y se utilizarían para aliviarse de la angustia de desintegración. Las sensaciones, las emociones y síntomas de esta posición se observan con frecuencia en pacientes graves.

Esta posición autista-contigua es bastante similar (existen muchas manifestaciones convergentes), en mi entender, a la posición autista y simbiótica de Mahler y a la posición de simbiosis de Bleger o a la fase umbilical de Garbarino.

 

3. AFECTOS Y SÍNTOMAS SEGÚN EL GRUPO “INDEPENDIENTE” o “INTERMEDIO”

 

En los años cuarenta, con la subdivisión de la Sociedad Británica de Psicoanálisis en escuela kleiniana (escuela inglesa) y freudiana (escuela de Viena), algunos psicoanalistas como Fairbairn, Guntrip, Balint y Winnicott se distanciaron progresivamente de esos dos grupos, dándose más autonomía en sus teorizaciones. A ese pequeño grupo de psicoanalistas lo llamaron el grupo intermedio, independiente o británico (Villar C., 1993).

 

3.1. W. R. D. Fairbairn

 

Ronald Fairbairn (1952) fue el primer psicoanalista que rechazó radicalmente la idea de Freud sobre la meta de la libido como buscador de descarga y placer, y propuso que la libido es, principalmente, buscador de objeto. Además no aceptó la existencia de pulsiones de muerte y consideró que la agresividad es una reacción a las frustraciones.

Fairbairn destacó los factores esquizoides (división de los objetos y del yo) en todas las personas. La libido está siempre ligada a relaciones objetales que implican emociones. Además consideró que el origen de todas las condiciones psicopatológicas debe buscarse en las perturbaciones de las relaciones de objeto en desarrollo. Según Fairbairn, las neurosis son intentos de establecer relaciones adecuadas con otras personas y con el mundo.

El fóbico externalizaría los objetos malo y bueno e intentaría huir del objeto malo y refugiarse en el objeto bueno. El histérico externalizaría el objeto bueno y se aferraría a él en su mundo externo, al mismo tiempo internalizaría y rechazaría su objeto malo en su mundo interno. La conversión histérica se caracteriza por la sustitución de un problema personal con objetos internos significativos en un estado corporal, es una reacción a situaciones específicas externas actuales traumáticas que favorecen una reactivación de una situación reprimida. Además, considera que la histeria es próxima a la fase oral. Los síntomas psicosomáticos y la anorexia nerviosa pueden también ser equivalentes a las conversiones histéricas (Fairbairn, 1953).

 

3.2. M. Balint

 

Michael Balint (1967, Stewart, 1989) destacó la importancia de la relación emocional sintónica y no verbal entre la madre y el hijo en el periodo preedípico. Denominó amor primario la necesidad y el sentimiento del infante de ser comprendido y amado sin exigencias y sin explicaciones verbales, lo que sería también el anhelo último de todos los adultos. Consideró que se produce una falla básica como consecuencia de falta de armonía entre la madre y el infante en este periodo preverbal, donde no se formarían conflictos sino un hueco o una falla (déficit). La falla básica se reactivaría en la situación psicoanalítica por regresión con sentimiento de un vacío interior, de haber perdido algo irrecuperable, con gran susceptibilidad ante imperfecciones del analista y también con exigencias inhabituales al analista. Balint aconseja en esas situaciones acompañar al paciente, en abstinencia, pero con comprensión y sin interpretaciones perturbadoras. Piensa que la revivencia de la falla básica en la situación psicoanalítica no colma el hueco o el déficit pero ayuda a cicatrizar y a restañar para que duela menos que antes. Opina que cuando se elabora la falla básica en la situación psicoanalítica el paciente progresa con un sentimiento de renacimiento (nuevo comienzo).

 

3.3. D. W. Winnicott

 

Donald W. Winnicott no elaboró expresamente una concepción del afecto, pero no hace otra cosa que referirse al desarrollo emocional primitivo (1945, 1958b, 1965, 1984, Davis, 1987, Golse, 1987). Destacó las comunicaciones afectivas entre la madre y el hijo. La importancia que acordó a los afectos de los dos participantes de la situación analítica lo llevó a escribir su artículo “El odio en la contratransferencia” (1947).

Según Winnicott, el proceso de maduración emocional se realiza según tres esquemas principales (1945, 1949b, 1952, 1965):

1. el proceso de integración que conduce al infante a un estado de unidad, constituyendo el yo y el self. Cuando el ambiente falla en el proceso de integración el yo permanece inmaduro y las experiencias instintivas favorecen el desmembramiento del yo. Entonces el niño siente una angustia extrema, de la que se defiende recurriendo a la desintegración, es decir, la producción activa de un estado de caos para luchar contra la no-integración, como ocurre en el caso de ciertos niños psicóticos.

2. la personalización o interrelación psicosomática, es la instalación de psique en el soma y el desarrollo del funcionamiento mental.

3. la edificación de las primeras relaciones objetales que desemboca en la capacidad de utilizar el objeto.

Estos tres procesos son intrincados, y todos participan en la constitución del yo. También permiten al niño llegar a lo que Winnicott designa como “la capacidad de estar solo”.

 

Winnicott diferencia tres fases en la evolución de la relación madre-hijo (1952): 1. La fase de dependencia absoluta, corresponde a los cinco primeros meses. El niño está fusionado con su madre. 2. La fase de dependencia relativa, se extiende entre el sexto mes y el fin de primer año (fase de desilusión óptima). 3. Hacia la independencia, que comienza al inicio del segundo año.

Al inicio, el bebé es cruel, sin inquietud, sin compasión o preocupación por el objeto, tiene satisfacción de autoexpresión (periodo de amor instintivo o de preinquietud). Mientras que en la fase depresiva (kleiniana) empieza la inquietud y compasión por la madre. La madre de la relación dependiente (anaclítica) es, asimismo, el objeto del amor instintivo (biológicamente impulsado).

 

Winnicott considera que la agresividad está presente antes de la integración de la personalidad y que en su origen es casi sinónimo de actividad y un cierto potencial innato de motricidad primitiva. La frustración (desilusión óptima) tiene como consecuencia que el lactante odie el objeto y este odio (agresividad) es lo que conduce al niño a la manifestación del deseo y a la diferenciación de su self respecto del mundo exterior. Así, para Winnicott, la agresividad tiene un valor totalmente positivo en la creación del objeto y en la individuación de sí mismo. Winnicott descarta la pulsión de muerte y considera que la agresión humana es producto de fallas ambientales.

 

Winnicott (1965) describe su concepto de holding (sostenimiento físico y emocional) del bebé por la madre como una conducta emocional que facilita el desarrollo emocional primitivo. La madre funciona como un yo auxiliar hasta tanto el bebé logre desarrollar sus capacidades innatas de integración y síntesis. Después de dejar vivir al bebé el periodo de ilusión (omnipotencia) la “madre suficientemente buena” desilusiona progresivamente.

Según Winnicott (1949a, 1952) existen tres tipos de angustia que resultan del fracaso de holding: la no integración, que se trasforma en un sentimiento de desintegración; la falta de relación entre la psique y el soma, que se transforma en un sentimiento de despersonalización y, finalmente, el sentimiento de que el centro de gravedad de lo consciente se desplaza desde el núcleo a la cáscara que lo envuelve, desde el individuo a la técnica de cuidado, generando un falso self (Winnicott, 1960a).

 

Cuando ha fallado la ilusión durante la fase de dependencia absoluta puede ocurrir el replegamiento (personalidad esquizoide). La ausencia materna (física o emocional) da origen a una fantasía en que tanto el reencuentro como el reemplazo son impensables. Toda la vida quedará marcada por una vivencia de pérdida irreparable y sin esperanza. La otra posibilidad es el aferramiento patológico a un único objeto que sustituye a la madre, como cronificación patológica del objeto transicional (fetichización) (Winnicott, 1951). En esta alternativa no hay proceso simbólico y se produce la concretización del vínculo con la realidad y con los otros (extravertidos con falso self). La vida se condena al hacer y al tener como únicas formas de relación sin contacto emocional con el mundo interno (Winnicott, 1971).

 

Cuando el holding (estable, seguro y confiable) fracasa, la continuidad existencial se interrumpe y el infante vive amenazado por las angustias primitivas. Esta experiencia con las angustias primitivas deja una marca traumática en el psiquismo. La organización de defensas tempranas de emergencia genera una escisión del self con el fin de mantener sitiado el trauma, que queda así inscrito en el inconsciente, sin acceso al recuerdo ni a la palabra, pero con la potencialidad de reactualizarse posteriormente.

Winnicott llamó “angustia inconcebible” (o agonías primitivas) a aquellas ansiedades muy primitivas a las que se halla expuesto el bebé en la etapa de dependencia absoluta, en ausencia del holding. Éstas forman la matriz de las angustias psicóticas. Las clasificó según varias modalidades de vivencia subjetiva: fragmentarse, desintegrarse, caer interminablemente, no tener relación con el cuerpo, confusión, no tener orientación en el espacio. El temor al derrumbe es un fenómeno universal y es el temor a la falla en la organización de las defensas que mantiene unida la integración yoica. El paciente en regresión pasaría por un período de desintegración reviviendo las angustias primitivas (Winnicott, 1954, 1955).

 

Las patologías de la capacidad para estar a solas en presencia del otro son, en un extremo, el aislamiento esquizoide o narcisista, y en el otro, la dependencia patológica, las adicciones a sustancias, objetos o personas.

 

Winnicott pone en evidencia las similitudes entre la madre suficientemente buena y el terapeuta en su función de espejo y de holding en la consecución del paso de la dependencia a la autonomía, del acceso a la capacidad de jugar conjuntamente, del descubrimiento de sí (verdadero self) a través de la creatividad. Winnicott afirma que jugar es un tratamiento en sí. Considera la situación psicoanalítica como un juego particular, un juego serio, donde se solapan dos áreas de juego, la del paciente y la del terapeuta. El trabajo terapéutico consiste en hacer posible el juego ahí donde antes no le era, es decir, restituir al paciente la “capacidad de jugar” (Winnicott, 1971).

 

Winnicott aconseja tomar conciencia del odio en la contratransferencia y hacer frente a la transferencia del paciente sin morirse ni vengarse (1947, 1960b), como los padres suficientemente buenos ante sus hijos (1993, 1994). Cuando el odio en el analista se reprime puede manifestarse como formaciones reactivas (sentimentalismo) en forma de horarios insostenibles, honorarios simbólicos, intervenciones y actuaciones apaciguadoras. El exceso de cuidado puede paralizar al analista generándole sentimientos de desesperanza y depresión.

 

De otra parte, Winnicott considera como orgasmos yoicos las vivencias de plenitud emocional y el éxtasis, espiritual o estético en los campos creativos y culturales. Son también experiencias satisfactorias que se despliegan en ciertos momentos de empatía con el otro, en la relación amistosa, o en el vínculo amoroso fuera de los momentos de perentoriedad del deseo sexual. Se caracterizan por una vivencia de placer máximo y por una mínima descarga pulsional. Los orgasmos del yo trascienden el concepto de sublimación freudiano, ya que no se tratan sólo de las pulsiones eróticas y agresivas sublimadas del ello, sino de una calidad particular de placer que proviene del yo. La alegría de jugar de los niños corresponde a uno de esos placeres (Abadi, 1996).

 

4. ALGUNAS CONSIDERACIONES PERSONALES

 

A través de esta revisión de teorías sobre afectos y síntomas nos damos cuenta de qué manera se han ampliado y enriquecido las teorías de Freud. Los afectos se limitaban principalmente al placer de la descarga pulsional y al displacer de la frustración. Y los síntomas se producían por conflictos intersistémicos y entre las diferentes instancias y la realidad exterior.

 

Los psicólogos del yo reorganizaron y ampliaron el modelo estructural de Freud. Enfatizaron más el papel de la realidad exterior añadiendo el punto de vista adaptativo. Separando el concepto del self del concepto del yo conceptualizaron mejor el narcisismo y los afectos y síntomas relacionados. De hecho, uno de los representantes de esta escuela, Heinz Kohut, desarrolló un nuevo enfoque sobre el narcisismo normal y patológico. Otro representante, Otto Kenberg, desarrolló otro nuevo enfoque psicoanalítico tomando partes de conceptos de psicología del yo y de M. Klein. Espero poder presentar en un escrito posterior los enfoques de estos dos autores sobre afectos y síntomas.

Erikson, con su descripción convincente de ocho edades del hombre, demostró que el desarrollo emocional no se limita a los primeros años de la vida, sino continúa formándose y/o remodelándose durante toda la vida.

 

Klein y sus seguidores ampliaron enormemente las relaciones objetales y los afectos asociados que Freud ya había empezado a describir. Dieron también mayor importancia a las fantasías y los afectos fantaseados (realidad psicológica del mundo interno). Con las nuevas comprensiones de esta escuela fue también posible de tratar psicológicamente (psicoanalizar) a los niños, los psicóticos y la parte psicótica de los analizandos.

 

Los psicoanalistas “independientes” tuvieron también sus aportes originales. Winnicott, como Bion, es uno de los primeros psicoanalistas que enfatizó intensamente la importancia de la función materna en el desarrollo biopsicosocial del infante. Para ellos, lo que cada sujeto logre hacer con sus emociones depende principalmente de algo que viene de afuera y se internaliza, una capacidad que la madre debe proporcionar (función de espejo, holding físico y emocional para Winnicott; función continente, función alfa y la función de reverie para Bion). El desenlace patológico depende tanto de que el niño tenga muchos problemas internos, como de la madre perturbada emocionalmente. Ni Freud, ni Hartmann, ni Klein habían considerado suficientemente el papel que podían tener las perturbaciones emocionales de los padres en la génesis de las psicopatologías en los hijos. En coherencia con estas teorías, se ampliaron también las funciones del psicoanalista: no tiene que hacer solamente consciente lo inconsciente sino tiene que ejercer también las funciones de holding, espejamiento, continente, reverie y función alfa. De esta manera el analista no solamente devela las representaciones reprimidas, disociadas, renegadas y contradictorias sino da también sentidos (creando representaciones) a las sensaciones y las emociones desbordantes del pasado y a los hechos nuevos de los pacientes.

 

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