Dr. Ismail YILDIZ

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Mis articulos

IDENTIDAD DEL PSICOANALISTA

 

IDENTIDAD DEL PSICOANALISTA*

Publicado en la revista de Asociación Psicoanalítica Colombiana, Psicoanálisis (APC), XVIII, (1), 31-57, 2006.

*: Parte de este trabajo fue presentado en el simposio “colegues en formación” de Asociación Psicoanalítica Colombiana (APC), 2001.

 

Ismail YILDIZ, MD, MSc., Psicoanalista.

Miembro Titular de Asociación Psicoanalítica Colombiana (APC), Federación Psicoanalítica de America Latina (FEPAL) y de International Psychoanalytical Association (IPA).

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RESUMEN

En la primera parte de este trabajo se revisan el concepto de identidad personal, los mecanismos de su formación, su evolución y sus crisis, la identidad sexual, los roles sociales y la identidad profesional. La identidad personal se define como un sentimiento de sí mismo, o la imagen que el individuo tiene de sí mismo. Todos los pacientes que vienen al psicoanálisis tienen defectos en su identidad y el proceso psicoanalítico integra esa identidad.

En la segunda parte, se revisan la formación y evolución de la identidad psicoanalítica. La identidad psicoanalítica empieza a formarse desde las motivaciones para ser psicoanalista a través del análisis didáctico, los seminarios, las supervisiones y finalmente en la intimidad con la adquisición y aplicación del autoanálisis. Después de la graduación es necesario consolidar y mantener la identidad psicoanalítica.

Finalmente, se considera que no es el psicoanálisis sino los psicoanalistas los que están en crisis debido a los cambios en la vida de cada uno. Parece necesario construir una nueva identidad psicoanalítica que pueda adaptarse mejor al postmodernismo.

 

SUMMARY

 

In the first part of this work are reviewed the concept of personal identity, the mechanisms of its formation, its evolution and its crisis, the sexual identity, the social role and professional identity. Personal identity is defined as a feeling of one’s self or the imago that the person has of its self. All the patients who come to psychoanalytic therapy have defects in their identity, and psychoanalytic process integrates that identity.

In the second part, the formation and the evolution of psychoanalytic identity are reviewed. The psychoanalytic identity begins to form from the motivations for being a psychoanalyst through the didactics analysis, the seminaries, the supervisions, and finally in the intimacy with the acquisition and the application of the autoanalysis. After the graduation it is necessary to consolidate and maintain the psychoanalytic identity.

Finally, it is considered that it is not psychoanalysis but psychoanalysts who are in crisis because of changes in each one’s lives. It seems necessary to construct a new psychoanalytic identity that may fit better to postmodernism.

 

1. INTRODUCCIÓN

 

El concepto de identidad del psicoanalista es complejo y controvertido. Me referiré principalmente a las opiniones de psicoanalistas experimentados que reflexionaron sobre este tema y añadiré también mis opiniones actuales. Espero también despertar nuevas reflexiones y preguntas sobre la identidad.

Cuando empecé a investigar este tema me di cuenta que era necesario aclarar primero el concepto de identidad personal para una mejor comprensión de identidad psicoanalítica. Además, como veremos, la identidad personal interviene en las actividades profesionales del psicoanalista.

 

2. IDENTIDAD PERSONAL

 

La identidad es un término ambiguo y controvertido no solamente en sus connotaciones psicoanalítica y filosófica, sino en el sentido general (Ferrater Mora, 1994): de una parte, significa la cualidad de idéntico, hecho de ser una persona o cosa la misma que se supone o se busca. Identificarse uno con otro se define como llegar a tener las mismas creencias, deseos, etc. que el otro (Real Academia Española, 1992). La identidad también significa totalmente lo contrario de la definición anterior, es decir que alguna cosa o alguien es perfectamente único (Grinberg y col., 1971).

 

La necesidad y la dificultad de la definición de identidad personal surgen con las preguntas ¿quién eres?, ¿quién soy?, ¿de dónde venimos? y ¿hacia dónde vamos? Efectivamente, todas las culturas intentaron e intentan responder a esas preguntas en sus mitologías, religiones, filosofías y ciencias. Las religiones dan respuestas dogmáticas sobre los orígenes y los destinos del ser humano, y de esta manera afectan la identidad de los creyentes. Toda la filosofía es también una búsqueda de identidad personal a través de las respuestas filosóficas a las mismas preguntas (Reale y col., 1985; Gaarder, 1991). La pregunta de ¿de dónde venimos? queda todavía sin respuesta científica convincente. La teoría astronómica cosmogónica más aceptada actualmente, denominada la teoría de Big Bang, infiere que el Universo tuvo origen a partir de una explosión muy grande. Las preguntas de ¿qué es lo que provocó esta explosión?, ¿qué es lo que había antes? y ¿por qué existen las leyes físicas? quedan sin respuestas (Trefil, 1983; Davies, 1983). Los desconocimientos anteriores empujan al ser humano a seguir investigando sobre los misterios de sus orígenes y de su devenir para definir mejor su identidad y su destino dentro del Universo.

 

Las teorías sobre el origen de nuestro planeta, de la vida sobre ella, y la evolución biológica que generó al Homo sapiens tienen argumentos más convincentes (Darwin, 1859; Ayala, 1987). La parte constitucional del ser humano, que afecta también una gran parte de su identidad, está determinada por su herencia genética. Sabemos, hasta cierto punto, que lo genético determina el fenotipo que incluye el metabolismo básico, la fisonomía corporal, los órganos sexuales, una parte de la inteligencia, una parte de la capacidad de la resistencia a las frustraciones, el programa interno del desarrollo y maduración fisiológicos que afectan también las funciones psicológicas, las funciones de autonomía primaria del Yo (Hartmann, 1964).

 

En lo siguiente resumiré lo que es la identidad personal desde el punto de vista psicoanalítico. También trataré los temas de cómo ella se forma y evoluciona durante el ciclo de vida, qué es la identidad sexual, si roles sociales e identidad profesional hacen parte de la identidad personal.

 

2.1. Formación de la identidad personal

 

Empíricamente podemos decir que la identidad personal corresponde a la imagen que un individuo tiene de sí mismo, lo que cree que es; es semejante pero al mismo tiempo diferente de otras personas; es un sentimiento de sí mismo particular que es continuo a pesar de cambios internos y externos; tiene un nombre, un apellido, una familia, una nacionalidad, una profesión; tiene una identidad. La imagen que tenga un individuo de sí mismo puede estar muy distante de su realidad: en estados de fuga, el individuo olvida a veces hasta su nombre y apellido; en casos de personalidades múltiples, el individuo se siente con identidades diferentes en momentos diferentes.

 

En las teorías psicoanalíticas existe cierto consenso que la identidad personal se construye por identificaciones del individuo con las figuras parentales, hermanos, compañeros y otras figuras significativas como maestros, profesores, líderes nacionales, internacionales o religiosos. La identificación comprende un conjunto de procesos inconscientes, preconscientes y conscientes, adaptativos y defensivos por medio de los cuales el yo hace suyos rasgos y características de otras personas o de normas de ideologías sociales. La identificación es particularmente activa para la estructuración de la personalidad en los primeros años de la vida, empero el ser humano continúa haciendo identificaciones a lo largo de su existencia (Brainsky, 1984).

 

Freud no desarrolló una teoría sobre la identidad personal aunque sí habló una vez de su íntima identidad judía (Freud, 1926*). Según la teoría freudiana, la diferenciación del yo como una estructura separada del ello se apoya también en factores madurativos y en la capacidad de identificación con otros seres humanos. El carácter de un individuo puede considerarse como un precipitado de las catexis objétales abandonadas. Freud consideraba que la identificación interviene en la estructuración del aparato psíquico y en muchos procesos psicológicos como la formación del yo y del superyó, la formación de los grupos, el control de la agresión, las elecciones de objetos, la evolución del complejo de Edipo, la elaboración onírica, los actos fallidos, la formación de síntomas, etc.

 

Para la teoría kleiniana el yo existe y opera desde el nacimiento, y se va desarrollando como resultado de un interjuego proyectivo-introyectivo; pero será primero la identificación introyectiva del pecho, más tarde de la madre como un objeto total, que determinan la base de la estructuración yoica (Klein, 1975; Etchegoyen, 1985).

 

Erikson es quien hizo de la identidad personal un concepto psicoanalítico y desarrolló en varias de sus obras este concepto (Erikson, 1959, 1975, 1982). Para él, la formación de identidad yoica es un proceso que surge de la asimilación mutua y exitosa de todas las identificaciones fragmentarias de la niñez. La gradual selección de las identificaciones significativas, la anticipación de la identidad y la resíntesis al final de la adolescencia, son funciones de integración y síntesis del yo, donde el yo es considerado como una instancia de la teoría estructural.

Según Erikson, el desarrollo humano psicosocial procede con pasos críticos o crisis, siendo la “crisis” una característica de los cambios decisivos, de los momentos de elección entre el progreso y la regresión, la integración y el retardo. Efectivamente, este autor describe ocho edades del hombre en el ciclo de vida y en cada una la identidad personal va formándose y evolucionando. Pero es durante la adolescencia que se vuelve más álgida la crisis y la reformación de identidad personal (Carvajal, 1993). Erikson no solamente toma en cuenta los componentes biológicos y psicológicos, sino enfatiza mucho más en el papel de la historia personal, en los factores sociales dentro de una cultura determinada. Considera que la identidad se forma progresivamente en una relación de mutualidad entre el individuo y la madre, y más tarde con la sociedad, y siendo gran parte de la identidad inconsciente al individuo y a la sociedad. La identidad yoica es la experiencia acumulada de la capacidad del yo para integrar todas las identificaciones con las vicisitudes de la libido, con las aptitudes desarrolladas a partir de lo congénito y con las oportunidades ofrecidas en los roles sociales.

 

2.2. Mecanismos de formación de la identidad personal

 

A parte de las inferencias de algunos autores (Rascovsky, 1960), el psicoanálisis no ha desarrollado teorías sobre el psiquismo fetal. Considero que los niños tienen una cierta “predestinación” aún antes de nacer, una cierta “preidentidad”, debido a que el niño, aún antes de haber nacido, ha sido objeto de expectativas conscientes e inconscientes por parte de sus futuros padres y del grupo social al que éstos pertenecen. Además, las características de sus padres, el momento histórico y el lugar geográfico de nacimiento hace parte del “destino” del recién nacido que afectan la formación de su identidad.

Todas las teorías metapsicológicas sobre el desarrollo de las relaciones interpersonales, de la personalidad, del self o de la identidad personal durante los primeros años son adultomorfos, es decir que el adulto imagina desde sus propias vivencias lo que puede sentir o pensar un bebé. Las teorías de desarrollo psicogenético realizadas por Freud, Abraham, y Kohut se basaron sobre reconstrucciones desde los tratamientos psicoanalíticos de adultos, mientras que las teorías de Klein, Erikson, Winnicott, Spitz, Mahler, Bowlby y Stern se basaron mucho más sobre observaciones más o menos sistemáticas de bebés y niños. Aún así, no existe unanimidad sobre el desarrollo psicogenético de la identidad personal.

 

Jacobson propuso el término de “identidad del self” en el sentido de que el self se desarrolla progresivamente como una entidad organizada y diferenciada, separada y distinta del ambiente que lo rodea, que tiene continuidad y capacidad de seguir siendo el mismo en la sucesión de cambios y forma la base de la experiencia emocional de la identidad. Se trataría de una “identidad del self”, y no de una identidad del Yo como instancia de la teoría estructural (citado en Grinberg y col., 1971 p. 19).

 

León y Rebeca Grinberg,en su obra “Identidad y cambio” (1971), revisaron los conceptos de yo, no-yo, self, no-self e identidad, y los redefinieron para proponer un nuevo modelo de la mente. Más tarde, L. Grinberg profundizó y complementó esos conceptos en su obra “Teoría de la identificación” (1976a). Según ellos, el self o personalidad total o mundo interno tiene una parte nuclear y una parte orbital. El self nuclear es el asiento de las identificaciones introyectivas, de las fantasías de la totalidad del self, del yo y de la identidad. En este modelo, el yo corresponde a la instancia psíquica de la teoría estructural, que incluye además las fantasías inconscientes del self. La parte orbital del self corresponde al no-yo y contiene las representaciones de los objetos internos (introyectos), de objetos externos y de los fragmentos disociados del yo. El self incluye entonces al yo (self nuclear) y al no-yo (self orbital), y es la totalidad de la propia persona; incluye también al cuerpo, el vínculo con los objetos externos e internos. El no-self comprende los objetos externos. En este modelo, el yo sigue siendo, como en la teoría estructural, el agente actual del self, como receptor, organizador y efector del self en cada momento.

Según este modelo, la introyección nuclear (identificación introyectiva) forma una identificación que hará parte de la identidad del sujeto, mientras que la introyección orbital forma la representación de un objeto interno. En la introyección nuclear, el self siente “con” el objeto; en la orbital, siente “hacia” el objeto. Ciertas características de los objetos internos (orbitales) pueden también pasar al núcleo del self y hacer parte de la estructura yoica central y de la identidad del individuo. Entonces, la experiencia de la identidad se construye por medio de una secuencia continuada de identificaciones introyectivas que llevan a una integración de estados sucesivos de la mente y de relaciones objétales.

La identificación madura (introyectiva), que tiene prerrequisito de diferenciación entre representaciones del self y de objeto, es selectiva, es decir los aspectos parciales del objeto son incorporados en forma estable a la representación del self en el yo, enriqueciéndola con una nueva habilidad o cualidad.

Los Grinberg plantean que el sentimiento de identidad se adquiere y se mantiene como resultante de un proceso de interrelación continua entre tres vínculos que denominaron vínculos de integración espacial, temporal y social respectivamente. El vínculo de integración espacial comprende la relación entre las distintas partes del self entre sí, incluyendo el self corporal, manteniendo así su cohesión y permitiendo la comparación y el contraste con los objetos; y tiende a la diferenciación self-no self como una individuación. El vínculo de integración temporal comprende las relaciones entre las distintas representaciones del self en el tiempo, estableciendo una continuidad entre sus representaciones en el pasado, en la actualidad e incluyen cierta previsión del self en el futuro, otorgando así la base del sentimiento de “mismidad”. El vínculo de integración social es el que se refiere a la connotación social de identidad y está dado por la relación entre los aspectos del self y aspectos de los objetos. Las interrelaciones de esos tres vínculos y sus integraciones, es decir el sentimiento de identidad, tienen partes conscientes, preconscientes e inconscientes.

Mismos autores consideran que el sentimiento de identidad es experimentado por el sujeto, mientras que el concepto de personalidad se refiere al individuo tal como es visto por un observador, y el carácter haría parte de la personalidad.

 

El concepto del self definido por la psicología del sí mismo (o psicología del self) (Kohut, 1971) se imbrica con el concepto de identidad de los Grinberg. Según la psicología del self, el self es el núcleo de la personalidad sin corresponder a ninguna instancia de la teoría estructural (ello, yo, superyó); un concepto más cercano a la experiencia; el self tiene cohesión, unicidad, continuidad, recuerdos, experiencias propias.

 

Se puede también considerar los diferentes sentidos del self descritos por Stern (1985) (selfs emergente, nuclear, subjetivo y verbal) durante el desarrollo psicogenético como componentes de la identidad personal. Esos sentidos del self se imbrican, se conservan y evolucionan durante toda la vida de cada individuo.

 

 

2.3. Evolución de la identidad personal

 

Según los Grinberg (1971), las integraciones temporales se basan en recuerdos de las experiencias pasadas, a la vez que configuran nuevos recuerdos que quedan almacenados en el inconsciente. Estos recuerdos incorporados, asimilados y automatizados, posibilitan el proceso de aprendizaje y el reconocimiento de la propia identidad a través del tiempo. El devenir temporal de la identidad es sacudido por sucesivas crisis de la vida. A las crisis evolutivas (nacimiento, destete, situación edípica, adolescencia, edad media de la vida, vejez) se agregan las crisis vitales particulares. Cambios en el medio social, político y económico ponen también a prueba el sentimiento de identidad y obligan a continuas reelaboraciones. La capacidad de seguir siendo el mismo a través de la sucesión de cambios forma la base de la experiencia emocional de identidad.

Ellos consideran que la evolución de cada individuo es una serie ininterrumpida de cambios, pequeños y grandes, a través de cuya elaboración y asimilación se va restableciendo el sentimiento de identidad. La cohesión del self, que sustenta la identidad, se mantiene dentro de ciertos límites y puede experimentar alteraciones o pérdidas en determinadas circunstancias. Cuando esto ocurre normalmente da tiempo al yo para restablecerse de las transitorias perturbaciones cotidianas de la identidad, que la mayor parte de las veces pasan desapercibidas. En casos patológicos se producen graves perturbaciones de la identidad y de la cohesión del self (despersonalización, psicosis, etc.).

Los Grinberg consideran que todos los pacientes que acuden al psicoanálisis tienen su identidad afectada, en mayor o menor grado. Según ellos, el encuadre y el analista sirven como continente que integran los “pedazos de identidad” disociados en sus vínculos espaciales, temporales y sociales. Las transferencias del analizando y su resolución durante el proceso psicoanalítico consolidan el sentimiento de identidad y la cohesión del self. La regresión es otro de los factores esenciales dentro de la adquisición y consolidación de la identidad en el análisis, ya que lleva al paciente a revivir distintos momentos de su evolución, que determinaron la patología de su identidad. Winnicott (1954) y Balint (1967) consideraron también necesaria la regresión para la curación, ya que permite volver atrás para deshacer el “falso self” y reinstalar el self auténtico, o para un “renacimiento” (new begining), respectivamente.

Según los Grinberg, el sentimiento de identidad pasa por distintas crisis a lo largo de su evolución en el proceso psicoanalítico. Estas crisis comienzan, generalmente, con marcadas características esquizo-paranoides y se resuelven a través de mecanismos depresivos. Cuando las seudo-identidades y las fachadas empiezan a desmoronarse predominan los aspectos esquizoparanoides, mientras que en etapas finales del proceso analítico predominan los aspectos depresivos de las crisis de identidad.

Pienso que, en el proceso psicoanalítico, cada insight induce una microcrisis de identidad, pero su elaboración como un nuevo conocimiento de sí mismo integra también cada vez más el sentimiento de identidad y la cohesión del self.

 

Según Erikson, el concepto de crisis de identidad tiene un carácter psíquico y social; puede ser consciente o inconsciente; puede provocar estados mentales contradictorios, como sensación de vulnerabilidad acentuada y al mismo tiempo también la expectativa de grandes posibilidades individuales.

Pienso que el enfoque actual del campo político-social, económico y aún científico, nos muestra un panorama sumamente complejo, confuso y confusionante de nuestra identidad personal. La era de posmodernidad cuestiona todo lo establecido durante la evolución cultural e induce más confusión del sentimiento de identidad.

 

2.4. Identidad sexual

 

Considero que Freud fue “falocentrico” y definió la identidad de la mujer por lo que no tiene, como no-varón (envidia de pene), en lugar de identificarla por todo lo que tiene y por lo que es. Mientras que Klein fue “pechocéntrica” en sus teorizaciones metapsicológicas en general y sobre la identidad personal (Etchegoyen, 1985). Ni Freud ni Klein tomaron en cuenta suficientemente los aspectos familiares y culturales que afectan el desarrollo biopsicosocial de cada sujeto.

Según los Grinberg (1971), uno de los aspectos más importantes de la identidad personal es el sentimiento de identidad sexual, que se basa en experiencias corporales desde la más temprana infancia hasta la adultez, correlativas de fantasías muy complejas, de carácter libidinoso y agresivo en relación con los objetos primarios, preedípicos y edípicos. Esas fantasías toman un carácter específico en cada individuo en función de su historia personal y la experiencia vivida, se agregan también los significados asignados a la masculinidad y feminidad por las pautas culturales de una sociedad determinada.

Kernberg (1995) considera que la bisexualidad psicológica deriva de la identificación inconsciente del infante con ambos padres, que es controlada por la naturaleza de la interacción madre-infante, en la cual se establece la identidad genérica nuclear. Según el autor la identidad genérica predominante es una adquisición sobre todo psicológica promovida por el ambiente social. Además, él considera que la identidad se construye a partir de identificaciones con la relación con un objeto, y no con el objeto en sí. Esto implica una identificación con el propio self y también con el otro en su interacción, y una internalización de los roles específicos de esa interacción. El vínculo entre la identidad genérica nuclear y la elección del objeto deseado sexualmente explicaría la bisexualidad intrínseca del desarrollo humano. Durante la adolescencia se produce normalmente la integración de la sexualidad en el self. En condiciones de mayor madurez, de una identidad más integrada, la relación sexual se integra en un vínculo afectivo más completo y fortalece el sentimiento de identidad.

 

2.5. Roles sociales e identidad profesional

 

Los Grinberg (1971, 1976a) consideran que la identidad incluye también la combinación específica de roles de cada individuo, aceptando que cada individuo llena sus roles a su manera. Hay que anotar que el rol puede también asociarse con el falso self o personalidad “como si”. En esto caso el rol no haría parte de la identidad personal sino se ejecutaría por imitación como resultado de una introyección orbital de ese rol. La identidad auténtica sería el “ser algo”, mientras que el estar funcionando “como algo” sería una seudo-identidad. El desempeñar roles para funcionar “como algo”, alienado de sí mismo, implica una identidad precaria, falsa, que se asume por carecer de la capacidad para “ser algo” y de autenticidad, y que expresa el sometimiento pasivo a la sociedad y a sus exigencias.

La identidad auténtica se produciría por la asimilación como la culminación de las identificaciones maduras que implica autenticidad en la manera de pensar, sentir y actuar del individuo. La asimilación supone la metabolización en términos propios, de lo incorporado e internalizado, y sus fallas se reflejarían en síndromes clínicos del tipo “personalidad como si” de Hellen Deutch y “falso self" de Winnicott, en los cuales se observan individuos caracterizados por adaptaciones poco profundas, entusiasmos intensos pero transitorios, sensación frecuente de vacío y falta de autenticidad (Brainsky, 1984).

Según los Grinberg la identidad profesional conforma uno de los aspectos complementarios importantes de la identidad total del individuo. Algunos la consideran como una subidentidad o identidad parcial. Eso dependería de la importancia y lugar que esa actividad ocupe en la vida del individuo, de la continuidad con que sea ejercida y de cuánto de sí mismo el sujeto sienta comprometido en ella.

Considero que la identidad psicoanalítica es una identidad profesional “singular” que veremos su significado, formación y evolución a continuación.

 

3. IDENTIDAD PSICOANALÍTICA

 

En esta parte trataré algunos aspectos de las motivaciones para ser psicoanalista, lo que es el psicoanálisis, la construcción de la identidad psicoanalítica a través del análisis didáctico, seminarios y las supervisiones, y la evolución de esa identidad.

 

3.1. Motivaciones para la vocación a ser psicoanalista

 

Cada aspirante a la formación ya tiene una identidad profesional, más o menos integrada con su identidad personal previa. Seguramente existen múltiples factores conscientes e inconscientes, en combinaciones diferentes, en cada aspirante a la formación en psicoanálisis que determinan su vocación. Al lado del factor de progreso en la profesión y el prestigio existe el deseo de conocer el funcionamiento de la propia mente. Orientarse hacía la formación en psicoanálisis puede ser también la justificación de psicoanalizarse sin aceptar conscientemente que necesitamos tratamiento de nuestros “malestares. Otro factor principal es la realización de un ideal, valorado culturalmente, de ayudar a nuestros semejantes en sus sufrimientos, que ayuda también a repararnos.

Greenson (1967) considera que el deseo de comprender a otro ser humano de modo tan íntimo, y de obtener insight, procede tanto de los impulsos libidinales como agresivos. Puede hallarse su origen en los anhelos de fusión simbiótica con la madre o en los impulsos hostiles y destructivos contra las entrañas de la misma. La obtención de insight puede ser también un remanente de anhelos de omnipotencia, de la curiosidad sexual de la fase edípica, del voyeurismo frustrado de la infancia, así como una compensación tardía por haber sido excluido de la vida sexual de los padres. La transmisión de la comprensión a un paciente puede ser inconscientemente una actividad de cuidado maternal, una forma de dar de comer, de proteger o de enseñar al paciente-niño.

Greenson opina también que el lugar de origen de una motivación dada no es el factor decisivo para determinar su valor o descrédito. Lo más importante es el grado de desinstintualización y neutralización alcanzado que permita que la función de ser transmisor del entendimiento se convierta en una función yoica confiable, autónoma y relativamente libre de conflictos. Lo importante es que la alimentación, la protección o la enseñanza estén exentas de matices sexuales o agresivos y por eso no sean indebidamente excitantes ni causen sentimiento de culpabilidad.

Crisanto (1989) piensa que, indagando en otro ser humano, queriendo conocer a los demás, buscamos estudiarnos, conocernos a nosotros mismos. Gastelumendi (1989) considera que la motivación para formarnos como psicoanalistas es similar a las motivaciones de cualquier persona para buscar análisis: es decir querer librarse del sufrimiento neurótico y el deseo de conocerse mejor y más profundamente. Además, es el querer conocer y comprender el mundo, un deseo filosófico.

Villareal y col. (1981) consideran que la labor diaria de la terapia psicoanalítica es difícil y a menudo dolorosa para el analista y que necesita algo de placer en el cumplimiento de sus obligaciones para poder tener un vivo interés por lo que ocurre a sus pacientes. El placer de escuchar, mirar, explorar, imaginar y comprender no sólo es lícito sino necesario para una óptima eficacia del analista. Además, el analista comparte sus conocimientos y descubrimientos con el paciente mucho más que otros doctores y esto lo acerca más a la profesión docente. El psicoanalista puede expresarse en sus actividades en forma única y personal, es decir creativa y artística con todas las retribuciones narcisistas legítimas, que trae consigo también un acercarse al ideal del yo analítico.

 

3.2. ¿Qué es el psicoanálisis?

 

Considero que si no tenemos claridad de lo que es el psicoanálisis no podemos tampoco construir, consolidar y mantener una identidad psicoanalítica definida.

Freud mismo había definido el psicoanálisis como, primero, un método de investigación de los procesos anímicos inconscientes; segundo, una psicoterapia especial de las enfermedades nerviosas; y tercero, como una nueva psicología.

Hay que añadir que el psicoanálisis como psicoterapia ha evolucionado de ser una técnica para tratar los síntomas de enfermedades nerviosas a un tipo de relación donde se trata y se analiza toda la personalidad; donde se busca no solamente ausencia de enfermedades sino presencia de bienestar, autenticidad, integración de la identidad personal, cierta armonía consigo mismo y con los otros, que incluye la aceptación de la inevitabilidad de conflictos, de ambivalencia y de la muerte.

En cuanto a la discusión epistemológica de si el psicoanálisis es una ciencia natural (empírica, explicativa, causal, determinista) o una ciencia humana (espiritual, comprensiva, indeterminista, interpretativa o hermenéutica) (Diazgranados, 2000), coincido con los que consideran que el psicoanálisis es a la vez una ciencia natural (busca generalizaciones sobre el funcionamiento mental de los seres humanos construyendo modelos de la mente y teorías del desarrollo, e intenta predecir el futuro) y también una ciencia humana (se interesa al caso particular único de cada persona, a cada historia, a sus intensiones y al sentido de sus acciones) (Wallerstein, 1976).

El psicoanálisis considerado como ciencia natural no tiene el mismo grado de certidumbre estadístico que las ciencias físicas, pero adquiere cada vez más certeza en sus teorías que se basan sobre los estudios y observaciones que utilizan comparaciones estadísticas (Stern, 1985; Bowlby, 1997) en lugar de basarse únicamente en las construcciones a partir de casos clínicos de adultos. De otra parte, el psicoanálisis, en su aplicación terapéutica, considera que cada persona es única, muy compleja y multideterminada, además tiene cierto grado de libertad de elegir y que no se puede prever con exactitud la evolución del proceso psicoanalítico de un paciente. Además, en la situación analítica esperamos y ayudamos a que el paciente tenga y ejerza cada vez más su libertad, en lugar de ser sometido a sus compulsiones, síntomas, inhibiciones y a su pasado.

 

La existencia de escuelas psicoanalíticas, a veces con puntos de vistas totalmente contradictorias, llevó a la comunidad psicoanalítica, en las últimas dos décadas, a buscar convergencias, coincidencias o bases comunes entre ellas (Kulka, 1988; Plata, 1988; Wallerstein, 1988; Killingmo, 1989; Márquez, 1990; Hamburg, 1991). Según Kernberg (1993) se constata también cierto acercamiento en las técnicas de las diferentes escuelas. Soy partidario que se construya un “supermodelo” del funcionamiento mental o un modelo multiaxial (Kolteniuk (1987) que integre una visión convergente de la multiplicidad conceptual que amenaza con fragmentar nuestro campo de estudio. Este supermodelo o modelo multiaxial no debe necesariamente suprimir la riqueza y las diferencias de los modelos existentes.

 

El psicoanalista busca las “verdades” de su paciente en colaboración con él, y no las “verdades” de sus propias teorías. Es por esto que las interpretaciones se formulan en forma de hipótesis de tal manera que da la posibilidad de ser refutadas o confirmadas por el analizando (Crisanto, 1989; Álvarez, 1996). Coincido con Millonschik de Sinay cuando dice: “Todo sentimiento del otro es cognoscible por introspección e inferible por homología: solo se puede conocer el propio dolor e inferir el ajeno... El analista, en realidad, sabe de sí; y, apoyado en el concepto de identificación, aplica este conocimiento al otro. Todo el énfasis puesto en la teoría de la contratransferencia y en la importancia del análisis del analista tiene que ver con este aspecto.” (1989 p. 203 y 204).

 

El paradigma freudiano ha introducido una revolución científica, y está en su fase “normal” de evolución; es decir que deben descartarse las hipótesis cuya invalidez fueron demostradas (Kuhn, 1962; Pollock, 1976; Thomä, 1976). Laverde (1998) da los argumentos para refutar varias teorías freudianas en su articulo “Errores más notorios de la teoría psicoanalítica”.

 

Una de las particularidades fascinantes del psicoanálisis es el hecho de que el psicoanalista aplica técnicas y teorías a situaciones que son siempre nuevas y únicas. La buena interpretación, la que ayuda, lleva el marco de una pequeña creación. El psicoanalista en el consultorio, más allá de las discusiones epistemológicas, tiene una intención terapéutica. Pero la interpretación psicoanalítica puede volverse también un arma violenta y mortífera si se utiliza fuera del consultorio, o en el consultorio pero sin empatía, sin timing ni dosificación (Sterba, 1947; Castoriadis-Aulagnier, 1975). Hay que reconocer que los analistas podemos tener (y tenemos a veces) intervenciones antiterapéuticas y aún iatrogénicas que pueden traumatizar a nuestros pacientes (Álvarez, 1996). Podemos disminuir esas intervenciones iatrogénicas si sentimos por nuestros pacientes un amor serio considerando que todos son, en cierto modo, hijos enfermos y necesitados de ayuda, cualquiera que sea la máscara que lleven (Racker, 1960; Greenson, 1967).

 

3.3. Formación de la identidad psicoanalítica

 

El psicoanálisis, como ciencia y terapia, después de sus inicios difíciles, fue reconocido y aceptado ampliamente por la sociedad durante las tres décadas siguientes a la segunda guerra mundial. En los años setenta empezaron a surgir muchas otras formas de psicoterapia y también cierto cuestionamiento del psicoanálisis. Los directivos de La Asociación Psicoanalítica Internacional (API), sintiendo cierto malestar de sus sociedades componentes, organizaron en el año 1976 un primer simposio con la participación de unos 40 psicoanalistas experimentados para tratar y discutir únicamente el tema de la identidad del psicoanalista (Joseph y col., 1976). Desde entonces han sido más frecuentes las reflexiones de los psicoanalistas sobre su identidad profesional (De Blondet y col., 1989; Gómez, 1998; Bransky, 2003; Plata, 2003; Villareal, 2003). Es posible que la crisis sea el motivo de definir o redefinir mejor nuestra profesión y nuestra identidad personal y profesional; porque, a diferencia de otras áreas de la ciencia, en donde la identidad profesional se basa principalmente en la suma de conocimientos adquiridos y en la habilidad para ponerlos en práctica, la identidad analítica reposa, además de esto, y en gran medida, en la personalidad del sujeto, y en la transformación de la personalidad del sujeto. Esta transformación de la personalidad ocurre no sólo en el análisis personal, sino también a través de los seminarios y de las supervisiones. Una formación psicoanalítica bien llevada debería conducir a un sujeto hacia una identidad psicoanalítica.

 

Aunque el concepto de identidad se volvió explícitamente psicoanalítico con Erikson, ya se había dado previamente, sin palabras, a través de una actitud y compromiso inconsciente y consciente en Freud. Efectivamente, Freud, nuestro mítico y genial fundador, ha creado y construido a través de todos sus escritos una nueva identidad profesional. Su gran genialidad se encuentra en haber descubierto los procesos inconscientes no solamente en sus pacientes sino también en sí mismo. Freud hizo un cambio radical en la autopercepción y el concepto de roles de médico y de paciente. Además, se instauró más tarde la necesidad de que el propio analista se sometiera a tratamiento con el fin de reconciliarse con su propio inconsciente, con sus propios demonios, y adquirir la capacidad de explicar en lugar de eludir o condenar.

Creo que la principal identidad que compartimos todos los psicoanalistas con Freud es aceptar que existe el inconsciente dinámico sistémico y que es eficaz en la producción de los sueños, delirios, mitos, cuentos de hadas, actos fallidos, chistes y el humor, ansiedades, síntomas, inhibiciones, y también en las acciones decididas. La identidad psicoanalítica es entonces una identidad compartida entre los psicoanalistas, pero no excluye los diferentes puntos de vistas.

Wallerstein (1976) opina que no podemos descansarnos más sobre la única fuerza de nuestra identificación colectiva con Freud. Además, la identidad psicoanalítica se elabora a partir de un funcionamiento mental específico que no viene naturalmente y debe ser aprendida y reaprendida por cada generación y debe ser siempre renovada y redescubierta por cada uno de nosotros.

 

La identidad psicoanalítica empieza a construirse durante la formación que incluye un análisis didáctico suficientemente bueno que permite la integración de la identidad personal del candidato, los seminarios donde se estudian y se critican las teorías y técnicas de maestros del psicoanálisis, y las supervisiones colectivas e individuales donde el candidato aprende de sus errores.

Se considera en permanente cambio la identidad en formación de un estudiante de psicoanálisis como el resultado de su propio análisis, el aprendizaje de diferentes teorías hasta a veces contradictorias entre sí y las supervisiones. El permanente proceso de cambio de identidad personal y profesional del estudiante de psicoanálisis induce también crisis permanentes con intensidades variables que requieren de mucha flexibilidad para elaborarlas de manera adaptativa y creativa.

Joseph (1976) considera queel periodo que caracteriza la formación psicoanalítica es marcado por una sucesión de identificaciones al analista didacta, a los supervisores, a los docentes y a los otros candidatos que da al final nacimiento de un sentimiento de identidad como psicoanalista. Según él, esta identidad está marcada interiormente por la capacidad de pensar, de sentir y de reaccionar como un analista. En otras palabras, cuando se observa una conducta humana, se debe considerar la existencia y la obra del funcionamiento mental inconsciente, de las fantasías, de las resistencias y de los afectos, y que las comunicaciones verbales o no verbales del analista son filtradas a través de sus propias reacciones idiosincrásicas que son conocidas y tomadas en cuenta en el momento de la respuesta. Algunas cualidades ideales de la función psicoanalítica serían: empatía, comprensión, creatividad, integridad y ética personal que favorezcan la confianza básica del paciente; facultad de pensar en circunstancias adversas, evitando las actuaciones y las seducciones que resultan de la transferencia y de la contratransferencia; tolerancia a un cierto tipo de frustración que resulta de los mecanismos de aislamiento, falta de resultados inmediatos, imposibilidad transitoria de comprender; capacidad de esperar y de sostener una atención libre; capacidad de hacer frente a incertidumbres, misterios, dudas y semi-verdades, sin sentirse obligado a buscar las razones y la realidad de los hechos. Las pulsiones y los conflictos que el terapeuta no debe resolver utilizando a sus pacientes son la sexualidad, la agresividad y el narcisismo patológico. Cada una de esas pulsiones pueden manifestarse con “mil y una” caras diferentes, y que su satisfacción puede adoptar formas muy sutiles.

Idealmente, se considera que sin la neutralidad y la abstinencia no existe el psicoanálisis, sino otro tipo de psicoterapia. Pero, al mismo tiempo, se piensa que la neutralidad es un ideal inalcanzable pero se puede intentar acercarnos permitiendo constantemente al paciente que tenga la capacidad de discrepar o coincidir con el analista.

 

Comparto la opinión de Kestemberg (1976) quien considera que la meta de la formación es la adquisición de la capacidad de analizar, es decir adquisición de una función analítica propia que implica autoanálisis, lo que asegura la identidad psicoanalítica.

 

3.3.1. Psicoanálisis didáctico

 

A. Freud (1976) comenta el caso de un candidato que acababa de terminar su análisis didáctico y ser aceptado al instituto, que declaró: “Ahora voy a comenzar un verdadero análisis, y esta vez, esto será para mi, y no para mi carrera!”. Esta anécdota caricaturiza la particularidad del psicoanálisis, llamado de manera ambigua, o tal vez equivocadamente, didáctico.

 

Ante todo el aspirante viene al análisis con el presupuesto consciente y/o inconsciente que debe ser “normal” para poder tratar a los “anormales”. Éste factor y la posibilidad que su analista pueda rechazar su candidatura (el derecho de veto en los institutos con analistas didactas que comunican) son elementos que perturban necesariamente el inicio del proceso analítica del aspirante.

Después de la aceptación del aspirante como candidato viene el sentimiento de ser elegido para ser psicoanalista, que induce generalmente más idealización del analista didacta y también una autoidealización del candidato.

Algunas otras particularidades y dificultades del psicoanálisis didáctico se pueden enumerar como sigue (Kestemberg, 1976; Kohut, 1984; Laverde, 1988; Parodi, 1989; Laverde, 1992; Wallerstein, 1993; González, 1994; Laverde, 1999):

1. El análisis didáctico sería vivenciado al inicio por algunos, como una alteración de metas de análisis; tendría como objetivo la adquisición de un poder que sería el de la institución a través del analista didacta.

2. El aspirante y el candidato desean conocer no solamente su propio funcionamiento sino también el de los otros cuando se han formado como psicoanalistas. Este elemento es específico del análisis didáctico.

3. La identidad común y la ilusión de no separación no es únicamente dado al candidato sino también al analista, porque después de la culminación del análisis van a encontrarse en la misma sociedad, lo que puede estimular el sentimiento de eternidad y de inmortalidad. Ese factor debe afectar profundamente la transferencia y la contratransferencia y dificultar sus resoluciones.

4. Generalmente, el sometimiento del paciente-candidato a su analista didacta, que representa también el “superyó institucional”, es mucho mayor que el de otros pacientes. De una parte, para el candidato y para el analista didacta es una obligación del instituto de proseguir el análisis hasta acabar al menos las supervisiones. De otra, en casos de dificultades del candidato es mucho más difícil abandonar o interrumpir el análisis, porque el candidato perdería mucho más que su análisis personal.

5. Es más frecuente que el candidato escinda los sentimientos perturbadores con su analista didacta y descargue su agresión, envidia y rivalidad sobre “blancos seguros” (docentes, otros candidatos, familiares, pacientes). Según Parodi (1989), estos mecanismos se acentúan cuando el analista didacta, aparte de ejercer su función analítica, brinda apoyo de otra manera a la carrera profesional de su analizando.

6. Históricamente existieron dificultades de analizar la transferencia negativa y de narcisismo patológico de los candidatos. Se puede aceptar que cada nueva generación ha sido mejor analizada que la anterior (Gitelson, 1976; Kohut, 1984).

 

Según Widlöcher (1976), el análisis didáctico tiene como objetivo principal no solamente prevenir las reacciones contratransferenciales excesivas del candidato y de facilitar su insight, sino también ayudarlo a vivir sin temor y aún con placer un modo complejo de pensar donde se combinan procesos primarios y secundarios, participación pulsional y afectiva, y la conciencia de esta participación.

 

Delgado-Aparicio (1989) piensa que la idealización del analista por el candidato, en la que este último experimenta la grandiosidad personal a través de la identificación, puede ser altamente gratificante para ambos, como un “folie à deux”. Opina que sin neutralidad del analista didacta no hay transferencia ni contratransferencia y menos interpretación, por lo tanto, tampoco se puede construir la identidad psicoanalítica en el candidato.

El candidato debe vivir también un proceso de desidealización y desidentificación de su analista para ir construyendo su propia identidad psicoanalítica. Idealmente, el candidato-paciente se identificará solamente con la función psicoanalítica de su analista, pero pueden existir y persistir otros tipos de identificaciones.

De otra parte, el análisis didáctico debe incluir el análisis de “carácter” por cuanto reviste suma importancia poder separar las distorsiones y proyecciones de los pacientes de sus percepciones exactas, que revelan su sensibilidad y agudeza, porque los pacientes nos analizan también, a veces con acierto.

 

Un análisis didáctico suficientemente bueno implica no solamente el análisis y la elaboración de los puntos arriba mencionados, sino y sobre todo que el candidato-paciente vivencia la existencia y eficacia de sus procesos inconscientes, descubra y elabora lo mejor que pueda sus partes neuróticas, perversas y psicóticas para aumentar la capacidad de resonancia con sus pacientes, para integrar cada vez más su identidad personal y psicoanalítica.

 

A. Freud (1976) piensa que el candidato aprende también la devoción a la profesión de su analista, de su exigencia para buscar la verdad, la inspiración, el amor al psicoanálisis, que cada generación de analistas reciben de la anterior. De esta manera, la identidad del analista, o mejor la identificación con el psicoanálisis, es transmitida de generación en generación.

 

3.3.2. Seminarios

 

En los seminarios no solamente se investigan las principales obras de S. Freud y de otros grandes maestros del psicoanálisis, sino se aprende a criticarlas constructivamente para favorecer el pensamiento y la creatividad de cada participante (Diazgranados, 1994; Kernberg, 1996; Fernández, 1998).

Durante los seminarios se comparten y se contrastan las teorías psicoanalíticas comunes a la institución, a los analistas, y a los candidatos, lo que incluye la autonomía del candidato y un encuentro en la identidad del psicoanálisis que trasciende las identidades de cada uno de los participantes (Kestemberg, 1976). Se producen no solamente identificaciones parciales con Freud y con otros maestros estudiados, sino también entre los miembros del grupo que participan a los seminarios.

La convicción de la validez de los postulados fundamentales del psicoanálisis y la adhesión apropiada a esos postulados tanto en sus aplicaciones científicas como terapéuticas hacen parte de la identidad del analista. Una buena técnica psicoanalítica es indispensable para un buen proceso psicoanalítico (Etchegoyen, 1986, Thomä y col.1985, 1988). El trabajo con pacientes, los seminarios de casos clínicos y la lectura de historias de casos proveen la materia prima que se va espigando para formar el armazón teórico y ayuda también a la formación de la identidad psicoanalítica.

La importancia de la adhesión a un grupo de psicoanalistas para el desarrollo de la identidad psicoanalítica ha llevado a numerosos institutos y sociedades a crear categorías de miembros para los candidatos en diferentes comités cuya formación no está todavía terminada (Joseph, 1976; Gitelson, 1976).

 

3.3.3. Supervisiones colectivas, supervisiones individuales y la contratransferencia

 

El candidato pone en práctica sus conocimientos teóricos y su función psicoanalítica experimentando y vivenciando en su relación terapéutica con sus pacientes. Las supervisiones colectivas e individuales de estos tratamientos generalmente ponen en evidencia la existencia y la actuación de las contratransferencias inconscientes.

Las supervisiones individuales son realizadas por psicoanalistas didactas que son no-directivos y permiten así al candidato la adquisición de una identidad psicoanalítica propia (Grinberg, 1975; Blomfield, 1985; Vargas, 1994).

Durante las supervisiones el candidato se encuentra también con el contraste de técnicas psicoanalíticas de su propio analista ya introyectadas y las diferentes técnicas de sus supervisores. Es el momento también de la necesidad de intentar alguna integración de varias teorías de técnicas aprendidas en los seminarios.

 

Hubo una evolución histórica en la identidad del psicoanalista. El psicoanálisis ya no es una reconfortante concepción como un método para analizar determinados aspectos del comportamiento de los demás. Se dio cuenta que la participación del analista con sus conflictos en el proceso no era la excepción sino la regla. Se comprendió así, no sin dolor, que la “objetividad” del analista, evaluada como neutralidad y/o como empatía, se da después que resuelve su conflicto del momento y no antes. De este modo la contratransferencia pasó a ser instrumento sin por esto dejar de ser obstáculo (Thomä y col.1985, 1988; Etchegoyen, 1986, 1989).

Coincido con los psicoanalistas (Finell, 1985; Parodi, 1989) que consideran la lucha contra el propio narcisismo patológico como esencial de la identidad analítica. Tomar conciencia de este desafío es importante porque la práctica analítica está expuesta y tentada a gratificaciones narcisistas de idealización y grandiosidad. Cuando la dinámica narcisista de promover la idealización y el poder opera en el analista, éste asumirá una posición dominante con relación al analizando, quien, por otra parte, se mostrará esencialmente sumiso y masoquista. Remplazar la relación empática por la simpática, por ejemplo operar como una suerte de autoridad cultural aprovechando de los conocimientos psicoanalíticos para imponer a nuestros pacientes nuestras “verdades” personales como “verdades” universales, es una de las deformaciones de la identidad psicoanalítica. De hecho, el analista tiene memoria y deseos y no está mal que los tenga si es capaz de aceptarlos como parte de su contratransferencia y de su identidad personal.

 

Considero que, tradicionalmente, los psicoanalistas se exoneraron de la intervención de su personalidad en la situación psicoanalítica. Durante mucho tiempo se “prohibió” a los analistas tener contratransferencia aunque el psicoanálisis naciera de la contratransferencia de Breuer con Anna O. Además, dando nombres de contra-transferencia, contra-actuación, contra-identificación, contra-resistencia se quiso centrar únicamente a las reacciones del analista ante las transferencias, actuaciones, identificaciones y resistencias de los pacientes. Actualmente se aceptan cada vez más que las identificaciones proyectivas (transferencias) ocurren en ambas direcciones entre el analista y su paciente (Grinberg, 1976a; Delgado-Aparicio, 1989: Hamilton, 1990; de Cabrera y col., 1993).

Hay que recordar también la consideración de Strachey (1947-48) que para poder hacer interpretaciones mutativas, el analista debe evitar cualquier conducta real que pueda confirmar al paciente que él es un objeto bueno o malo. En casos de identificaciones proyectivas del analista hacia su paciente (por ejemplo su superyó arcaico) la comprensión de las transferencias y sobre todo las interpretaciones mutativas se vuelven imposibles (Caper, 1995).

En casos de contraidentificación proyectiva (Grinberg, 1976a), la actuación del analista dependería de un umbral crítico variable según el psicoanalista. Este umbral dependería, en cada caso, de la personalidad del analista, de su análisis previo y del grado de conocimiento o conciencia que tenga de este fenómeno.

Los amplios conocimientos de las transferencias y de las contratransferencias posibles del candidato-analista hacia sus pacientes y sus detecciones (insight) antes, durante o después de las sesiones de supervisiones integran cada vez más la identidad personal y psicoanalítica del candidato.

 

Una de las importantes tareas de la supervisión consiste en la revisión crítica de las intervenciones del supervisado y las reacciones del paciente a esas intervenciones, porque resulta más fácil apreciar la capacidad del analizando de “evaluar” (refutar o confirmar) las interpretaciones en la supervisión que en las sesiones mismas de análisis (Grinberg, 1975; Engelbrecht, 1989). El analizando evalúa (analiza), supervisa permanentemente el trabajo del analista, el analizando no lo sabe necesariamente, pero lo “dice” indirectamente con sus asociaciones. Los prejuicios y conflictos del analista hacen difícil ver, oír los juicios que “manifiesta” su analizando de su trabajo. Una buena interpretación debe darle al analizando la posibilidad de pensar por sí mismo y de no de pensar lo que quiere el analista. Si se toma en cuenta la respuesta consciente e/o inconsciente del analizando a nuestras intervenciones se puede completar y/o rectificar las interpretaciones (Rosenfeld, 1987; Coderch, 1995; Álvarez, 1996; Méndez, 2005).

 

Me parece muy significativa también la opinión de Gastelumendi (1989 p.119) sobre la formación de identidad psicoanalítica: “Al inicio de un análisis y durante gran parte de éste, el paciente idealiza a su analista, supone que ese sujeto sabe qué le sucede a él. Hacia el final del largo proceso descubre que no es así, y que le toca a él decidir su vida por sí mismo. Quizá algo análogo ocurra durante la formación analítica. Creemos o queremos creer que los seminarios y las supervisiones, además de nuestro análisis, nos harán analistas. Durante el proceso vamos descubriendo que no es así, que el camino es mucho más largo de lo que habíamos pensado, y que si bien estamos acompañados, lo más importante ocurre en la intimidad”.

 

3.4. Evolución de la identidad de los psicoanalistas graduados

 

3.4.1. Consolidación y mantenimiento de la identidad psicoanalítica

 

Muchos psicoanalistas experimentados consideran que el psicoanalista joven tiene que elaborar también el duelo de no ser ya candidato y la separación de su analista, y que la identidad analítica del inicio es precaria y necesita de otras experiencias y del aprendizaje para consolidarse. Opinan que el analista joven debe dedicar la mayoría de su tiempo al psicoanálisis en el curso de los primeros años que siguen su formación para reforzar la organización mental interna que permite a las funciones yoicas consolidar la autonomía de la identidad psicoanalítica. Los grupos de estudios con pares, las reuniones científicas y la redacción de artículos juegan todo un papel dentro de esta formación permanente y dentro del mantenimiento de la identidad psicoanalítica. Un autoanálisis continuo prolonga el análisis didáctico durante todo la vida de la mayoría de los analistas. Después de algunos años, ese sentimiento de identidad se vuelve más sólido, más estable y adquiere cierta autonomía, pero necesita sin embargo, esfuerzos permanentes para mantener el nivel de autonomía obtenido.

La existencia de instituciones oficiales del psicoanálisis asegura al nuevo analista nuevos vínculos e intercambios científicos o personales que refuerzan su identidad. Estos le permiten sentirse en continuidad con las etapas precedentes y el devenir del psicoanálisis. Algunos psicoanalistas consideran el movimiento psicoanalítico como una ideología progresista (Grinberg y col., 1971) (no dogmática sino abierta al cuestionamiento y al cambio) y consideran que los grupos ideológicos sirven de continente y afianzan el sentimiento de identidad.

Según Grinberg (1976b), la consolidación de la identidad psicoanalítica se hace a partir de la interrelación de los tres vínculos: espacial, temporal y social. La integración espacial incluye la asimilación de la relación que el analista ha logrado establecer entre los diferentes aspectos de su teoría de psicoanálisis y los de su experiencia. Este vínculo tiene objeto de diferenciación y la individuación del analista. La integración temporal corresponde a la asimilación de la evolución de relaciones entre las actitudes, el insight y las experiencias, a través del tiempo. El vínculo de integración social corresponde a la asimilación de vínculos que se crean con un grupo o una comunidad institucionalizada, sobre la base de identificaciones selectivas con otros miembros.

 

3.4.2. ¿Crisis del psicoanálisis y/o de la identidad de los psicoanalistas?

 

Muchos psicoanalistas consideran que la crisis de identidad no es del psicoanálisis, todos pueden reconocer su contribución al conocimiento del hombre y de su cultura (Peña, 1989; Ballesteros Rotter, 1998). Piensan que el problema de crisis es de algunos o de todos los psicoanalistas que tienen un vínculo de lucidez suficiente para vivir y enfrentar las inevitables crisis a través de su desarrollo, no sólo como psicoanalistas, sino como seres humanos.

Otros psicoanalistas piensan que el psicoanálisis sí está en crisis en sus diferentes aspectos: político administrativo, ideología psicoanalítica y, en algunas regiones, a nivel socioeconómico (Ahumada, 1998a; Gómez, 1998).

Sin entrar en las controversias anteriores en este trabajo, considero que hay que ir construyendo una nueva identidad psicoanalítica con más flexibilidad y más abertura para poder adaptarse mejor a los cambios acelerados de posmodernidad y de medios de comunicación, (Ahumada, 1998b; Carlisky y col. 1998; Santacruz, 1998).

 

Considero que el psicoanálisis, como ciencia y como terapia, esté o no esté en crisis, el psicoanalista, como un ser humano, puede tener todas las crisis inherentes a su ciclo de vida. El psicoanalista puede también entrar en crisis de su identidad psicoanalítica debido a factores internos y/o externos (Ballesteros Rotter, 1998; Soulier, 1998).

King (1976) considera que ciertos analistas encuentran dificultades y atraviesan una crisis de identidad en los momentos cuando deben redefinirse, reprecisar sus metas, sus esperanzas y sus maneras de verse. El autor menciona las siguientes crisis particulares:

1. Crisis “permanente” de identidad del estudiante del psicoanálisis que ya hemos comentado.

2. Crisis de identidad del psicoanalista recién graduado. Cuando, finalmente, el estudiante alcanza su ambición (que fue muy costoso en sufrimiento, tiempo, dinero), es confrontado a la necesidad de conciliar la diferencia entre lo que imaginaba sobre su profesión y la realidad de ser psicoanalista recién calificado. Toma también conciencia que su psicoanálisis personal no ha alcanzado todo lo que él esperaba, y que es todavía sujeto a la ansiedad, miedo y depresiones transitorias. Algunos analistas recién graduados siguen con su análisis personal hasta superar su decepción de ver que el hecho de ser graduado no es garantía de una existencia sin angustia.

3. Crisis de identidad de los psicoanalistas forzados a dejar su país. Los efectos de la migración y del exilio son estudiados en profundidad por los Grinberg (1984).

4. Crisis de identidad de los psicoanalistas que envejecen. Cuando el psicoanalista depende de su papel de psicoanalista, sirviéndose de sus pacientes y de su actividad profesional como una extensión de sí mismo, fuente mayor de su identidad como un ser humano, es cuando el retirarse puede amenazar la estabilidad de su personalidad.

Según King, estas reevaluaciones son particularmente dolorosas y necesitan una elaboración adaptativa y creativa. Algunos reaccionan a estas situaciones abandonando totalmente el psicoanálisis o trabajando de manera muy solitaria. Existen también psicoanalistas que evitan confrontarse con su propia crisis de identidad: suprimen o anulan la necesidad de hacer el balance sobre sí mismos o de su situación, se vuelven muy conformistas con la institución sin poder criticar constructivamente las metas y el funcionamiento de la institución, y rechazan cualquier cambio en la institución por temor a perder su seguridad ontológica.

 

Según Grinberg (1976a) existe también la patología de la identidad psicoanalítica: por ejemplo, la seudo-identidad o identidad “como si”, que es falsa, precoz y no elaborada. La tendencia a adherir al último autor “de moda”, que es susceptible de ser reemplazado por el siguiente, está incluida en esta identidad.

 

 

4. CONCLUSIONES

 

Durante nuestra formación descubrimos que la identidad profesional anterior tiene intereses limitados para nosotros como analistas, y hasta puede oponerse a los requerimientos de la actitud psicoanalítica. La formación en psicoanálisis es siempre una ruptura con la formación anterior, cualquiera que ésta sea.

La mayoría de los autores parecen coincidir en que la formación analítica no es sólo proveer al estudiante con conocimientos y técnica de psicoanálisis, pero es un proceso de formación personal, de formación psicológica, es decir, de formación de identidad. La formación de una identidad o la identidad en formación es un proceso dinámico de cambio permanente que genera sentido de pérdida y angustia. Seguramente hay tantas opiniones al respecto como individuos en formación, y sin embargo parece que la formación de identidad psicoanalítica es un proceso de cambio cuyo objetivo es preparar al estudiante para una continua experiencia de transformación que no debería detenerse una vez que él se haya graduado.

No solamente el analista está implicado en la observación, sino que él es el instrumento mismo de la observación. El tomar en cuenta la contratransferencia en el proceso analítico ha modificado la percepción de nuestra identidad personal y psicoanalítica. Ya no es la mezcla de un arqueólogo y un detective, ese observador un poco distante que se limita a descifrar un material. Se podría decir, al extremo, que el psicoanalista está también en el análisis con cada paciente y que su identidad personal y profesional se transforma, se reintegra y se enriquece también con cada paciente. La realidad psicológica del paciente es más rica y compleja que cualquier fantasía sobre ella o que cualquier tentativa de explicación científica. Si aceptamos que no nos conocemos completamente podemos seguir no solamente con amor a los misterios de nuestros analizandos y sus interacciones con nosotros, sino también con amor a los misterios de nosotros mismos como personas y como psicoanalistas.

 

Nota. Una conferencia posterior suplementa este tema: "Identidad psicoanalítica y formación en psicoanálisis".

 

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