Dr. Ismail YILDIZ

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Mis libros

PERSPECTIVAS PSICOANALÌTICAS DE PAREJA Y DE FAMILIA

 

PERSPECTIVAS

PSICOANALÍTICAS DE

PAREJA Y DE FAMILIA

 

 

Ismail YILDIZ, MD, MSc., Psicoanalista.

Miembro Titular de Asociación Psicoanalítica Colombiana (APC), Federación Psicoanalítica de America Latina (FEPAL) e International Psychoanalytical Association (IPA).

MEDICENTRO. Calle 93B No.17-26, Consultorio 406. Bogotá. Tels: 618 26 29/25 18

La persona o pareja que desea una primera entrevista para un tratamiento psicoanalítico puede concertar una cita llamando a mi secretaria (Tels: 618 26 29/25 18) o escribiéndome un email a Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

La terapia psicoanalítica por Internet (videoconferencia usando skype o messenger) es también posible. Para más información puede consular el link "PSICOANÁLISIS Y PSICOTERAPIA ONLINE".

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(Texto revisado y ampliado en noviembre de 2010)

Este texto se preparó especialmente para los estudiantes de posgrado en terapia de pareja y de familia. Se supone que tienen un mínimo de conocimiento de la psicología y psicopatología dinámicas. En caso contrario sugiero leer mis libros “Fundamentos de psicología dinámica y de psicoanálisis” y “Teoría y técnica de psicoterapia psicoanalítica”, que están también en mi sitio Web: (http://www.psicoanalistaiyildiz.com/ ). Puede también ser de utilidad para los psicólogos, psiquiatras o psicoanalistas, o simplemente para personas curiosas y estudiosas, para profundizar en la comprensión de relaciones de pareja y familia. Hago también una introducción en las técnicas de terapia de pareja y de familia.

 

 

CONTENIDOS

 

CAPÍTULO I. ELECCIÓN DEL COMPAÑERO DE PAREJA

I.1. Introducción

I.2. Factores de vinculación según la visión sociobiológica y etológica de pareja y de familia

I.2.1. Solicitación de asistencia y la imploración infantil

I.2.2. La solidaridad en el combate y la vinculación por el miedo

I.2.3. El vínculo sexual

I.3. Los factores conscientes de elección del compañero de pareja

I.4. Los factores inconscientes de elección del compañero de pareja

I.4.1. Lenguajes y modos de interpretación en la pareja

I.4.2. El inconsciente y la elección del compañero de pareja

I.4.2.1. Datos psicoanalíticos iniciales

1- La especificidad de un tipo de elección conyugal

2- La elección referida a las imágenes parentales

3- Elección de objeto y pulsiones pregenitales

4- Elección conyugal y organización defensiva

I.4.2.2. Datos psicoanalíticos posteriores

1- Escisión, idealización y elección de compañero de pareja

2- Diferentes maneras de limitar la relación para mantener la idealización de un objeto bueno

3- Racionalizaciones justificadoras de la idealización

4- Elección de tipo de relación y lucha contra la depresión

5- Elección de un compañero de pareja como protección contra el riesgo de un amor intenso

6- Elección de pareja y reacción ante la intrusión

I.5. De la comprensión psicoanalítica a la comprensión sistémica y vincular

I.5.1. Engranaje de los procesos individuales y estructuración diádica

I.5.2. Distribución de papeles e inducción por el grupo

I.5.3. Elección de la debilidad “mutua”

I.5.4. Atracción mutua y colusión

 

CAPÍTULO II. EVOLUCIÓN DE LA PAREJA Y DE LA FAMILIA

II.1. Encantamiento amoroso y luna de miel

II.1.1. Las primeras fases

II.1.2. Luna de miel

II.1.2.1. Luna de miel y simbiosis

II.1.2.2. Procesos intrapsíquicos: aspectos tópicos; maduración

II.2. Crisis de la pareja y trabajo psíquico de duelo

II.2.1. Reacciones precríticas

II.2.2. Crisis y evolución poscrítica

II.2.2.1. Decepción, falla y relación de objeto

II.2.2.2. Ruptura de idealización y de la escisión

II.2.2.3. Trabajo psíquico de duelo y “desconfirmación” mutua

II.3. Crisis y distanciamiento del objeto

II.4. Los que “aman” demasiado

II.5. Retorno de lo reprimido

II.5.1. Retorno de Edipo

II.5.2. Retorno de la homosexualidad

II.5.3. Retorno de lo pregenital

II.5.4. El compañero como soporte de las representaciones de los objetos malos interiorizados

 

CAPÍTULO III. COMUNICACIÓN DE LA PAREJA

III.1. Multiplicidad de los canales de comunicación

III.2. Significantes fácticos

III.3. Actitudes como significantes y su interpretación variable

III.4. Disminución de comunicación y comunicación confusa

 

CAPÍTULO IV. PODER EN LA PAREJA

IV.1. Pareja y sociedad

IV.2. Lo que se espera de la pareja

IV.3. Relaciones de poder y factores económicos

IV.4. Otros apoyos de relaciones de poder

IV.5. Relaciones de fuerza y factores afectivos

IV.6. El poder eficaz está oculto

 

CAPÍTULO V. FUNCIONES PSÍQUICAS DE LA PAREJA

V.1. No todas las funciones de la pareja son psíquicas

V.2. La pareja de tipo conyugal y la duración

V.3. Compromiso y sus beneficios

V.4. Ventajas, riesgos y efectos patógenos

 

CAPÍTULO VI. TERAPIA DE PAREJA Y DE FAMILIA

VI.1. Criterios para una psicopatología de la vida de pareja

VI.2. Introducción a la teoría de la técnica de la terapia de pareja y de familia

VI.2.1. Entrevistas de “evaluación” de la pareja o de familia

VI.2.2. Los modos de intervención del terapeuta

VI.2.2.1. Fomentar la comunicación

VI.2.2.2. Descripción

VI.2.2.3. Señalamiento

VI.2.2.4. Interpretación

VI.2.3. Transferencia, contratransferencia, identificación proyectiva, contraidentificación proyectiva

VI.3. Algunas conclusiones

 

CAPÍTULO VII. CASOS CLÍNICOS Y COMENTARIOS

VII.1. Elección referida a la imagen del padre del sexo opuesto

VII.2. Elección referida negativamente a la imagen del padre del sexo opuesto

VII.3. Elección referida negativamente a la imagen del padre del sexo opuesto

VII.4. Mantenimiento de la idealización de un objeto bueno anulando la perspectiva del tiempo

VII.5. Pobreza afectiva, ruptura de una relación amorosa y suicidio

VII.6. Elección de un compañero de pareja como protección contra el riesgo de un amor intenso

VII.7. Reacción ante la intrusión

VII.8. Elección de la debilidad mutua; pareja como sistema

VII.9. Elección neurótica; el síntoma y el poder; masoquismo

VII.10. Desconfirmación sutil, crisis de pareja

VII.11. Desconfirmación, crisis de pareja; pareja de psicólogos analizados

VII.12. Retorno de Edipo

VII.13. Evolución diferente de uno de los integrantes; quiere “salir” del Edipo

VII.14. El retorno de la homosexualidad

VII.15. Pareja “terapéutica”

VII.16. El poder y los factores afectivos

VII.17. Cierta distribución del poder

VII.18. “Juego” de poder

 

BIBLIOGRAFÍA

 

 

CAPÍTULO I

ELECCIÓN DEL COMPAÑERO DE PAREJA

 

I.1. INTRODUCCIÓN

 

La pareja es la base de la familia, sin la pareja y la familia no podríamos existir, ni nuestra especie podría sobrevivir. Somos el resultado de una relación de pareja, hicimos y hacemos parte de una familia.

En este trabajo trataremos de comprender, bajo el enfoque psicoanalítico, el fenómeno del enamoramiento y la elección de pareja, la evolución de relaciones de pareja y de familia. Estudiaremos también los problemas más frecuentes de relaciones de pareja y de familia, y las posibilidades de un tratamiento psicoanalíticamente orientado. Es necesario conocer los conceptos básicos de la psicología dinámica para poder comprender cabalmente lo expuesto.

 

Recordemos que cada persona es única genéticamente y psicológicamente, en consecuencia cada selección de pareja y vida de pareja es y será única. Si es cierto lo que acabo de afirmar, ¿cómo podemos hablar de este tema? Al lado de que somos personas únicas, somos también humanos, quiero decir una especie con programas genéticos, con instintos y finalmente pautas de conductas similares, aunque haya diferencias de matices de una cultura a otra. Entonces, sí podemos tratar de comprender al ser humano, tratar de acercarnos a nosotros mismos y a otras personas.

 

Quiero insistir que somos subjetivos y todas las personas que escribieron y escriben la historia o hicieron y hacen investigación fueron y son también subjetivas. Aun cuando no haya motivos conscientes de parcialidad, añadimos nuestras creencias, prejuicios, valores e intereses.

Para ilustrar nuestras limitaciones en captar la realidad daré dos ejemplos: primero, como seres humanos tenemos una percepción limitada de la realidad, es biológica. Nuestros ojos y oídos son capaces de captar únicamente una fracción de ondas. Pero nosotros creemos ver todo y oír todo. Segundo, cada persona ve cosas diferentes de la misma realidad en función de sus paradigmas. Paradigmas son los límites que tenemos cada persona, en función de nuestro pasado, cultura, creencias, intereses y de nuestro inconsciente. Son como puntos de referencias que nos ayudan para interpretar la realidad a nuestra manera, tener una filosofía de la vida. Por ejemplo, nos escandalizamos con un hecho normal de otra cultura o de otra persona, porque no entra dentro de los límites de nuestros paradigmas.

Los paradigmas sobre la elección y vida de pareja existieron, existen, y cambian en el tiempo y en el espacio. Aún actualmente, hay paradigmas culturales muy diferentes sobre los mismos temas según las culturas, clases sociales, y según cada persona.

El psicoanálisis considera al ser humano como el resultado de la interacción de su genética y de su ambiente. Para darnos cuenta mejor de las pautas genéticas del ser humano, que comparten las diferentes culturas, consideraremos la visión sociobiológica y etológica sobre la vida de pareja y familia.

 

I.2. FACTORES DE VINCULACIÓN SEGÚN LA VISION SOCIOBIOLÓGICA Y ETOLÓGICA DE PAREJA Y DE FAMILIA

 

Según la teoría de evolución biológica, la supervivencia del más apto significa sobre todo tener descendencia. Dentro de esto, hubo y hay una lucha por la selección sexual (una competencia) para tener más descendencia que juega todos los hombres y mujeres. Hasta hace poco, en muchas culturas, se consideraba una riqueza tener muchos hijos. El hombre que tenía más poderes poseía varias mujeres y tenía más descendencia. Esta costumbre sigue vigente todavía en algunas culturas.

Somos una especie consagrada a la sexualidad. Miremos a nuestro alrededor y a nosotros mismos: tantos esfuerzos para la atracción sexual; maquillaje, adornos, coqueteo, seducción, conquista, chistes eróticos, cortejo, galantería, minifalda, etc. En este sentido, Freud fue acusado de considerar al ser humano como pansexualista, nosotros constatamos que lo es por su “naturaleza”.

 

¿Cómo se explica la evolución del hombre y sobre todo de la mujer para formar una pareja, sabiendo que muchas especies muy cercanas a nosotros no lo hacen?

Con la pérdida del periodo de celo, la hembra humana pudo copular casi todo el tiempo. Así la mujer se habría convertido en una atleta sexual comparada con las hembras de otros primates, para permitir la evolución de su especie, creando un contrato sexual con los machos.

Según esta teoría, el nacimiento prematuro de la cría, obligó a la mujer buscar un pacto con los machos, generando el contrato sexual. Ellas serían promiscuas al inicio, pero las que tenían más actividad sexual obtenían más favores de los machos y sobrevivían más sus crías.

 

La vida de pareja, al final de la evolución (biológica y cultural) de nuestra especie, es mucho más que un contrato sexual: nace con la relación reciproca, con el compartir y con un vínculo afectivo. El macho que establece la relación sexual y económica con una hembra, de hecho comienza alimentar y proteger a las crías. Quedaría establecida así la vida de pareja y de familia. ¿Cómo se explicaría la vinculación afectiva profunda, desde el punto de vista de evolución biológica?

Se considera la vinculación como otras pautas de conducta que adquirió el ser humano en su pasado biológico. Para afirmar esto se basa sobre las muchas similitudes de comportamiento entre el ser humano y otros primates. Aún nos saludamos como los monos, con apretones de manos, palmadas, besos y abrazos. Aún gesticulamos y hacemos muecas y ademanes para transmitir nuestros sentimientos. Aún, nos hacemos cosquillas, nos perseguimos, y nos remedamos e imitamos. Y en toda congregación de individuos hay un orden jerárquico. Estas pautas de conductas forman parte de nuestra herencia primate.

Sobre estas pautas primates, desarrolló el ser humano la vinculación y, con ella, todas las emociones humanas básicas que construyen y mantienen los vínculos. En nuestro mundo industrial podríamos no necesitar esas emociones, podríamos no necesitar vínculos, sin embargo seguimos estableciéndolos. Vincularse es humano. Empezó hace mucho, con el contrato sexual y, aunque cambien las normas del contrato al cambiar los tiempos, el instinto que impulsa a establecer un vinculo prevaleció.

 

Parece que señales del amor y del odio (muecas, gestos, mímica de cólera y de furia) son innatas. Los señales de amor como la sonrisa, el coqueteo, el acercamiento (contacto visual con mirada dirigida) y la fuga ritual (puede ser únicamente la bajada de los parpados o desviación de mirada o esconder el rostro detrás de los manos) parecen ser universales culturalmente. Esto indica que nos movemos por impulsos internos, estamos programados en gran medida en nuestro comportamiento social. Pero al mismo tiempo, el control de nuestras pulsiones innatas se efectúa mediante normas culturales. Gracias a la gran plasticidad del desarrollo del cerebro humano después de su nacimiento, el hombre puede adaptar de muchas maneras las respuestas a sus pulsiones innatas, comparado con la rigidez que se presenta en otras especies animales.

Desde este punto de vista la vinculación es un instinto, una pulsión del ser humano. Veremos ahora de qué manera se manifiesta las pulsiones de vinculación y los factores que favorecen la vinculación que intervienen también en la vinculación de pareja.

 

Muchos de los ritos de vinculación derivan de cuidado materno de los hijos. Entrega de la comida, contacto físico de apoyo como abrazo, tomar las manos como hace una madre con su bebé, cuidado corporal, etc. Los comportamientos de la relación amorosa son también muy infantiles, son regresiones hacia los derivados de la relación madre e hijo.

Los bebés y los niños buscan refugio ante todo en su madre. Este refugio los tranquiliza aun que no haya desaparecido el peligro, les da protección y seguridad. El apego de la madre al niño es motivado en cambio por el instinto de cuidado maternal. El hijo es un objeto de asistencia. En los mamíferos, los pequeñuelos emiten señales que provocan en la madre una actitud solicita. Hay personas que no aceptan el instinto materno en el ser humano, pero hay argumentos biológicos evidentes en todos los mamíferos para no rechazarlo, aun que en el ser humano lo aprendido puede dominar sobre lo instintivo.

 

Los factores principales que vinculan a los seres humanos son:

 

I.2.1. La solicitación de asistencia y la imploración infantil

 

Estos comportamientos humanos son innatos. Derivan del repertorio de las relaciones entre padres e hijos. Cuando es menos “civilizado” un grupo étnico, más directos y espontáneos son sus gestos de afecto o aversión. Abrazo mutuo como abrazo de la madre, comer juntos como con los padres y hermanos, compartir las cosas como en la familia, regalos comestibles, ayuda mutua como en la familia, cuidados corporales, desgreñar los cabellos, caricias, poner la mano en la cabeza para consolar, etc. La madre cuida a su hijo con actividades propias del cuidado de la progenie, y con las mismas se conquista al hombre. Las seguridades de protección y consuelo pertenecen al repertorio de conversación tierna, parece preprogramada mediante adaptaciones filogenéticas. La conversación en si misma es un ritual de vínculo aunque se habla de "banalidades" -¿Estás ahí?- Aquí estoy, del niño y de la madre.

 

Las personas que necesitan socorro o, como en el cortejo, quieren provocar un comportamiento tierno, caen casi involuntariamente en el papel de bebé. Los enamorados se hablan como niños y emplean muchos diminutivos. El comportamiento infantil forma parte generalmente del repertorio natural de la mujer. Con el maquillaje se acentúan las características infantiles: se colorean las mejillas, se da a la boca forma que recuerda la del lactante y se realza el tamaño de los ojos. Porque en todas las culturas la figura del bebé y del niño despierta la ternura y la paz en general.

La pulsión del cuidado de la prole que liga los padres con los hijos, se utiliza también para consolidar el vínculo existente entre los adultos y particularmente el vínculo de la pareja.

 

II.2.2. La solidaridad en el combate y la vinculación por el miedo

 

En todas las épocas, el peligro común ha reforzado la cohesión de los grupos humanos. La agresión contra un enemigo común es un claro factor de unión, que origina una solidaridad para el combate. La defensa o la agresión en común crean un vínculo extraordinariamente fuerte. Así es en los pueblos primitivos, y no cabe duda que nosotros sigamos el mismo patrón. Los grupos se unifican incluso con los juegos de combate ritualizados (fútbol y semejantes).

Así, se forman parejas por razones ideológicas o para luchar contra los mismos peligros para cada uno de los integrantes (peligro económico, etc.).

 

Los niños corren hacia su madre cuando algún peligro los amenaza, de igual manera, corren los adultos unos hacia otros cuando sienten algún temor. El temor ha sido siempre una gran fuerza cohesiva, que entre otros han utilizado y siguen utilizando los políticos.

Se forman parejas también para buscar seguridad ante un miedo real o imaginario.

 

Si hay un instinto de vinculación (Bowlby, Winnicott), ¿porqué tantas personas tienen dificultades en vincularse bien, y sufren y hacen sufrir a los otros o se aíslan en su mundo personal llevando una vida media autista?

Instinto de vinculación es como la tierra, hay que cultivarla para que dé cosecha. La capacidad de ser amigo de alguien en el hombre se va formando poco a poco durante su crecimiento. La apetencia innata de contacto es la verdadera raíz de vínculo que une madre e hijo.

Las madres están primariamente vinculadas a sus crías por una serie de señales desencadenadoras de asistencia. Con la sonrisa y la pauta de fijación de la mirada, el lactante establece el contacto con la madre de una manera automática y totalmente inconsciente. El niño está preprogramado de modo tal que busca el contacto con el mundo exterior, pero ese contacto debe ser posibilitado.

Normalmente, el niño aprende en el trato con la madre, que siempre hay alguien ahí, que está solícitamente cuidado y que sus necesidades sociales están cubiertas como las materiales. Aprende como actitud fundamental el enfoque positivo de que uno puede fiarse de sus semejantes, actitud que E. Erikson calificó de confianza básica. Esta confianza original es el pilar básico de una personalidad sana. Esperamos de nuestros semejantes fundamentalmente lo bueno, y nada más amargo como la confianza decepcionada. La capacidad de amar a nuestros semejantes presupone la capacidad de contraer amistad.

“Los niños que crecen sin amor estarán de adultos llenos de odio”, dice R. Spitz. La actitud de estos desdichados no es una confianza básica, sino una desconfianza básica.

 

No hay ningún pueblo primitivo que no conozca el matrimonio. La unión matrimonial no es de ningún modo exclusiva de las sociedades burguesas. La vida experimental de comunes, con liberalización sexual entre otros, fracasaron hasta ahora. Todo indica que el ser humano viene al mundo con una preprogramación a una relación conyugal privilegiada.

La familia procura a los niños amor y seguridad, y de ellos nace la confianza básica en sus semejantes. Esa confianza es condición indispensable para el libre desenvolvimiento del individuo. Ciertamente, la educación familiar puede producir deformaciones autoritarias, pero ése no es necesariamente el resultado de toda educación familiar. En la familia se despiertan y se cultivan las predisposiciones sociales positivas del hombre, y con ellas la facultad de responsabilidad social.

 

I.2.3. El vínculo sexual

 

El comportamiento sexual desempeña un papel extraordinario como vínculo, sirve para consolidar la pareja. El desarrollo de este mecanismo de vinculación ha sido necesario por la larga duración de la infancia. El lazo que la pulsión sexual ofrece es muy apropiado, por su fuerza. El cumplimiento de un deseo instintivo se convierte en firme base para una vinculación. Para que en el ser humano la pulsión sexual pudiera realizar la función adicional de vincular la pareja, fue necesario lograr que dicha pulsión se independice de la rigidez de los ciclos de reproducción. Asimismo, el varón no solamente tiene una continua disposición sexual, sino que la conserva hasta una edad muy avanzada. Porque la unión sexual tiene tanto la misión de ligar a los dos miembros de la pareja como la de servir a la procreación. Desde el punto de vista de la selección natural, es muy importante que el varón siga con la mujer y cuide a niños mientras crecen, aun cuando hubiese desaparecido la capacidad reproductora de la mujer.

 

La entrega personal al otro es la condición imprescindible de la intimidad y de la unidad amorosa, lo que exige que el vínculo sexual sea individualizado. Este implica que las relaciones pasajeras con cambios continuos de pareja sólo pueden considerarse “naturales” en una fase transitoria juvenil de búsqueda y experimentación. El amor de pareja es una relación individualizada y privilegiada, y el continuo cambio de compañía lo contradice.

 

Como conclusión, se puede afirmar que el comportamiento sexual del ser humano, a parte de su función reproductora, tiene una importante misión que cumplir, que es la vinculación de los miembros de la pareja. La represión de lo sexual priva a los individuos de sus valores específicamente naturales. Sin embargo, en el ser humano lo cultural puede llegar a dominar a veces partes de sus pulsiones o su naturaleza biológica. Esto puede ocurrir como síntomas de trastornos mentales (autismo, anorexia, impotencia, suicidio como acting out, etc.) o como resultado de acciones razonadas y decididas (mutismo, castidad y celibato por un ideal religioso u otro, suicidio o autosacrificio por alguna ideología o fe religiosa, etc.).

 

I.3. LOS FACTORES CONSCIENTES DE ELECCIÓN DEL COMPAÑERO DE PAREJA

 

El primer escrito que se conoce en Occidente sobre la pareja es la Biblia. Dice: “Y de la costilla aquella que había sacado de Adán, formó el Señor Dios una mujer: la cual puso delante de Adán.” Este relato afectó y sigue afectando de una manera u otra la elección y la vida de pareja en las civilizaciones occidentales. Aunque haya muchas diferencias en función del lugar y del tiempo, estas civilizaciones fueron y son patriarcales. Es decir que la elección y la vida de pareja estaban determinadas activamente por los varones; las mujeres tenían el orgullo de ser elegidas o la obligación de admitirlo. Actualmente estamos en un proceso de transición, la mujer tiene mucho más poder de elección que en el pasado y muchas veces es ella quien decide la separación.

 

Desde el inicio debemos distinguir el vínculo que llamaremos “conyugal” de otros tipos de vínculos amorosos. Por regla general, una relación amorosa concebida como pasajera debe aportarle al sujeto satisfacciones inmediatas, y que es abandonada en cuanto deja de darlas, o en cuanto se acompaña de dificultades considerables. Lo que caracteriza, por el contrario, el vínculo conyugal, es la capacidad de soportar el sufrimiento y el conflicto; y ese vínculo puede mantenerse a pesar de estas dificultades. Otro factor muy importante es la duración; en el vínculo de tipo conyugal no hay límite de tiempo comparado a otras relaciones pasajeras. En el funcionamiento de relaciones de pareja sin límite de tiempo aparece el papel de las pulsiones agresivas, lo que hace indispensable la posibilidad de asumir esta carga agresiva. Así, en el plano psicológico, la distinción más importante no es la que se puede hacer entre los lazos “conyugales” de los sujetos casados y no casados, sino entre los lazos amorosos pasajeros, sin intención latente de duración, y los lazos amorosos considerados implícitamente como duraderos y capaces por lo tanto de superar la eventualidad de los conflictos.

Convendremos, pues, en llamar lazo conyugal al lazo amoroso caracterizado por una intención, admitida o no, de durar, y no forzosamente a un compromiso institucional que afecte a la existencia entera.

 

El casamiento en el pasado era más que nada un contrato que unía a dos familias y conducía a una forma de organización que aseguraba la procreación, la distribución del patrimonio y su conservación, sin que por eso los dos integrantes de la pareja tuvieran mayor “obligación” de mantener relaciones amorosas. Sólo la obligación sexual formaba parte del contrato, y se expresaba como el “deber conyugal”. El lazo no suponía necesariamente una unión psíquica profunda, como hoy se exige con frecuencia.

Aunque los casamientos ya no son arreglados, siguen sufriendo toda clase de presiones exteriores. ¿Quién se casa con quién? Hay un alto grado de homogamia social y cultural, aunque haya más movilidad y más intercambios actualmente. La presión del medio de origen sigue siendo muy viva en lo que se refiere a la elección del cónyuge. En general, no se siente “obligado” como antes; a lo sumo, alentado o desaconsejado. No se siente sometido, y casi siempre experimenta el sentimiento de una libertad, porque los condicionamientos que se ejercen han sido asimilados.

La movilidad creciente tiende a aliviar las coerciones, y las elecciones pueden ser más individualizadas en la medida en que estas coerciones sean menos poderosas.

Entre los matrimonios -en el sentido institucional- figuran alianzas, matrimonios de “conveniencia”, “asociaciones de intereses”, “células de procreación”, etc., que no corresponden en el plano psicológico y subjetivo a lo que caracteriza a las parejas. El lazo del matrimonio es jurídico; el de la pareja es afectivo. El carácter legal de la unión es más sensible a las presiones sociales, administrativas y materiales que su aspecto afectivo.

 

En nuestros días es muy grande la exigencia de intimidad en las relaciones de pareja. Durante muchos años de vida en común, se le exige a la pareja que aporte todo lo que es deseable en el plano afectivo: el amor pasión, el amor ternura, la amistad, la convivencia intelectual, la distribución del trabajo, la educación de los hijos en común; a lo que se agrega todavía, no ya la antigua obligación sexual, sino la obligación del placer. Además, el monopolio de la vida afectiva en el seno del grupo familiar es más grande porque los objetos ideales (la religión, la patria, la familia extensa) hacia los que se orientaban muchos afectos y tensiones, se han desdibujado en un vacío ideológico. Las iglesias, tanto religiosas como políticas, atraen cada vez menos y ya no comparten con la familia la carga de la vida afectiva. ¿Qué tiene de sorprendente, entonces, que la pareja se vea sobrecargada?

 

Podríamos incluir los factores conscientes siguientes que intervienen en la elección de pareja:

1. El factor económico afectó la elección de pareja durante toda la historia de la humanidad y sigue afectando. La tendencia general de la clase alta es que su hijo o hija no baje de categoría como resultado de la elección de pareja. Mientras que la clase media quiere subir como resultado de la elección de pareja. Esta esperanza era más evidente para la mujer cuando no había costumbre que ella trabajara afuera de la casa. En la clase baja la mujer busca al menos un hombre trabajador.

2. El prestigio es otro factor consciente que afecta la elección. Hay profesiones que tienen un valor simbólico muy alto en muchas culturas, como médico, abogado, piloto, militar, etc.

3. Los factores conscientes intervienen en la elección de pareja pero no son suficientes para una atracción profunda, o que dos personas se enamoren. Durante ese proceso de atracción inexplicable o del enamoramiento, que la gente le atribuye a la “química”, intervienen masivamente los factores inconscientes que nosotros estudiaremos principalmente.

 

I.4. LOS FACTORES INCONSCIENTES DE ELECCIÓN DEL COMPAÑERO DE PAREJA

 

Estudiaremos en este subcapítulo y en los siguientes los factores inconscientes de esta atracción tan profunda que interviene en la elección de pareja y su estructuración.

 

Los fenómenos psicológicos son muy complejos que animan al ser humano y contribuyen a la formación y a la deformación de la pareja. Una reflexión sobre esta actitud que conduce a la mayoría de los individuos a establecer una relación privilegiada con otro, abre muchas preguntas. Habría que entrar a todas las dimensiones humanas buscando un acercamiento a su realidad. Habría que abarcar las dimensiones biológicas, sociológicas, antropológicas, filosóficas y psicológicas.

Nosotros hemos estudiado brevemente el aspecto innato transcultural y histórico y los factores conscientes de la elección de pareja. Ahora nos limitaremos a los aspectos psicológicos, aún más, nos limitaremos a los aportes del psicoanálisis, es decir a los efectos del inconsciente en la elección del compañero de la pareja. Este entendimiento nos ayudará a prever el modo de intervención de una terapia psicoanalíticamente orientada de la pareja y de la familia.

 

El psicoanálisis parecía destinado inicialmente a una psicología individual porque teorías freudianas trataban más de los procesos intrapersonales. Pero aún en análisis individual hay dos personas, y el tratamiento se basa sobre esta relación diádica. Por eso que varias corrientes posfreudianas de psicoanálisis desarrollaron más las relaciones interpersonales (teorías objetales, teoría intersubjetiva, teoría vincular) que se aplican bien a las relaciones de pareja y de familia. Además, la comprensión psicoanalítica fue y sigue siendo el primer sostén del desarrollo de la psicopatología del niño, y de la misma manera destapó los efectos negativos de las relaciones familiares conflictivas sobre la salud mental del niño.

De otra parte, el enfoque psicoanalítico no niega de ninguna manera otros puntos de vista u otras lecturas del comportamiento humano.

 

I.4.1. Lenguajes y modos de interpretación en la pareja

 

La pareja es un importante ámbito de expresión de la ambivalencia del deseo. Pero su lenguaje es complejo y contradictorio. El discurso que se expresa en este lenguaje utiliza simultáneamente múltiples canales de comunicación y varias redes de significación. Los significantes no lingüísticos y los significantes no verbales tienen una importancia comparable a la de los significantes lingüísticos.

 

El concepto de relación de objeto encuentra una aplicación decisiva en el estudio de la pareja. De ese modo se podrá ver al compañero de pareja como soporte de las proyecciones de un buen objeto interiorizado o también como soporte de las proyecciones de un buen objeto absorbente, o aun como soporte de las proyecciones de un mal objeto interiorizado.

 

El estudio de la pareja humana no puede concebirse sin el apoyo del psicoanálisis, pero tampoco puede reducirse únicamente a la dimensión psicoanalítica, puesto que se trata de un grupo humano, que obedece al menos parcialmente a las leyes de los grupos del mundo social. Es así, en el estudio de pareja humana como grupo también se utiliza conceptos provenientes de la teoría de sistemas, de las teorías de comunicación, etc.

 

Las fuerzas que impulsan a los seres humanos a formar una familia - pulsiones, afectos, presiones sociales y culturales, determinismos económicos - también más tarde pueden tender a disociarlas. Así, insatisfacción de los impulsos eróticos, intereses materiales, conflictos de familias, impulsos agresivos, proyecciones más o menos delirantes pueden acabar con la vinculación conyugal.

 

Si se reflexiona acerca de las principales influencias que tratan de arrojar luz sobre los procesos inconscientes en los grupos, podemos distinguir esquemáticamente varias corrientes o varios modos de interpretación.

 

1. El primero, tanto en fecha como en importancia, es de inspiración psicoanalítica. El propio Freud trató de interpretar los procesos que intervienen en los grupos: por ejemplo, la identificación de sus miembros con un mismo ideal del yo, como base de la cohesión del grupo. Ante todo, él suministro un primer esquema de funcionamiento mental, basado en la relación con cada padre, organizado en el triangulo de Edipo, articulación universal de la estructuración del inconsciente. En cuanto al funcionamiento mental en la pareja, es evidente que la dimensión del inconsciente individual es particularmente importante, mucho más que en cualquier otro grupo. O sea que nos veremos llevados a utilizar en gran medida el aporte psicoanalítico.

 

2. Kurt Lewin subrayó que los comportamientos humanos no son solamente el resultado de las fuerzas psicológicas individuales, sino también de las fuerzas de los diversos grupos de que forma parte el individuo. Él definió entonces al grupo como campo de fuerzas, irreductibles a los individuos que lo componen, y como doble sistema de interdependencia entre sus miembros y entre variables del campo de fuerza. Dentro de la misma perspectiva, Bateson se ha interesado en los modelos homeostáticos de la familia. Estas posiciones tienen en común la idea de que la modificación de uno de los elementos puede ocasionar la del grupo, y recíprocamente. Las teorías llamadas familiares de la esquizofrenia proponen un modelo de comprensión que ha inspirado a la dinámica llamada antipsiquiátrica.

Estas teorías consideran que el grupo familiar- y por consiguiente su punto de partida inicial, la pareja- es un conjunto estructurado, una unidad en sí misma, diferente de la simple suma de sus elementos. Estas teorías explican mejor las perturbaciones de la comunicación y los desplazamientos sintomáticos. Estas interpretaciones no son antipsicoanalíticas en sí, al menos que la persona tenga un dogmatismo psicoanalítico individualista.

 

De otra parte, la comprensión de algunos procesos fundamentales de la relación amorosa exige que superemos la perspectiva intrapsíquica que se reducía a considerar un sujeto y un objeto. No sólo resulta insuficiente limitar la explicación de esta opción particular por medio de la interpretación que la reduce a las tentativas del sujeto de “reencontrar” en el objeto nuevo lo que ya había tenido (y había “perdido” cuando se separó del primer objeto de amor), sino que hay que comprender qué beneficios encuentra, o “reencuentra”, el objeto (otro sujeto) en su unión. Sobre todo hay que captar cómo y por qué la díada se organiza con el fin de mantener el desconocimiento común de una cierta realidad, y por ello la idealización conjunta de los integrantes de la pareja, aun cuando uno “elija” las fallas del otro como una manera de ocultar las propias. Estamos obligados a interesarnos en el conjunto que ambos forman, sobre todo cuando se trata de relaciones particularmente densas, que ponen en juego los procesos fundamentales del ser y los más ricos en cargas afectivas. De ese modo, sin renunciar a la comprensión psicoanalítica, nos vemos llevados a extenderla a los aportes que nos puedan conducir al esclarecimiento de una comprensión sistémica (ver I.5).

 

3. No se puede reducir la pareja tampoco a esta dimensión diádica (sistémica), como no se puede interpretársela exclusivamente con el vocabulario de una metapsicología elaborada a partir de los fenómenos intrapsíquicos individuales (psicoanalítica). Debe verse también su arraigo en el socius, ver los determinismos que condicionan a los factores macrosociológicos, los factores culturales e ideológicos, los factores económicos, las relaciones de producción, etcétera.

La falta de esta tercera perspectiva invalida o esteriliza muchas tentativas demasiado parciales de comprensión de los procesos familiares. El desconocimiento del aspecto institucional, los lazos con la organización sociopolítica, las realidades materiales y los mecanismos de toma de poder conducen a una sobrevaloración idealista de la dimensión grupal diádica en la existencia individual: desconocimiento e idealización que son el reflejo de una ideología que pretende sin duda minimizar el papel de los conflictos de clase en la vida afectiva de los individuos.

 

Estas tres perspectivas principales en las que hemos agrupado los diferentes enfoques posibles de la pareja, no pueden asimilarse en ningún caso, ni reducirse unos a otros. Sólo la multiplicidad de los ángulos de observación permite reducir las zonas de sombra del objeto de estudio. Sin olvidar, también que hay conjunciones y zonas de continuidad entre los aspectos intrapsíquicos, los aspectos psicosociológicos diádicos y los aspectos económicoculturales.

 

I.4.2. El inconsciente y la elección del compañero de pareja

 

En la terapia de pareja, el primer descubrimiento, casi siempre confirmado después, revela que los conflictos que se observan conservan la huella que tiene su origen en los compromisos inconscientes que condujeron a dos personas a preferirse, a ligarse de manera más o menos estrecha, en el momento de mutua elección.

En los motivos de la elección de pareja, la observación corriente se opone a la conciencia común de los interesados y a los prejuicios habituales. Preguntarle a una pareja, al margen de una fase crítica, qué los ha reunido, sólo aporta un discurso explicito de una gran pobreza. La respuesta hace referencia al fatalismo mágico del “azar” y a la noción vaga de “química”, lo que encubre el desconocimiento de los efectos inconscientes que han “atraído” tan profundamente el uno hacia el otro a los dos sujetos, en general de un modo tan pasional como ambivalente.

 

Con esta introducción parece que la falla de la pareja tiene su origen ya en esa primera selección. Pero no debe entenderse ésta como reflejo de un determinismo fatal e inexorable. Por el contrario, se observa la muy grande evolución de estas fuerzas y la maduración decisiva que puede producir, aun tardíamente, una experiencia amorosa. En algunos será sin duda demasiado tarde para que la primera elección amorosa precoz pueda ser confirmada como feliz; pero por otra parte estas evoluciones madurativas tardías, desencadenadas con motivo de una crisis de pareja y de una terapia, atestiguan la gran capacidad evolutiva de los procesos psíquicos. El psicoanálisis descubrió la importancia de las vivencias del pasado, sean reales o fantaseadas (los dos son realidades psíquicas para el sujeto), para entender el presente, no por esto que considera imposible los cambios.

 

I.4.2.I. Datos psicoanalíticos iniciales

 

La elección del objeto (Freud lo llamo primero objeto de pulsión y más tarde objeto de amor o de odio) no es cualquiera sino sumamente tributaria de la historia del sujeto. Según Freud:

- Se ama a la mujer que alimenta o al hombre que protege (1905, Tres ensayos). Son elecciones por necesidad de autoconservación (anaclíticas).

- El segundo tipo de elección (1915, Introducción al narcisismo) es la elección de objeto narcisista basado en la relación del sujeto consigo mismo. Según este tipo, se ama:

a- a lo que es sí mismo (especular o alter ego),

b- a lo que ha sido (self auténtico),

c- a lo que se querría que fuese (ideal del yo),

d- a la persona que fue una parte de la propia persona.

 

Se trata entonces de una imagen, y en particular de la imagen de lo que se querría ser o ideal del yo. Así, la dimensión imaginaria (ficticia o ilusoria) aparece como fundamental en la organización de la elección amorosa y subraya su lazo con la historia propia del sujeto.

 

Según Freud, la elección de objeto de amor es totalmente egoísta, no cabe el altruismo. Las elecciones de pareja aparentemente altruistas pueden incluirse dentro varios otros mecanismos que veremos en seguida, sin excluir la existencia de altruismo.

 

1- La especificidad de un tipo de elección conyugal

 

El esquema anterior remite a una elección por un sujeto sometido a sus deseos y busca un objeto capaz de satisfacerlos, pero no se advierte en ellos la presencia de una especificidad de tipo conyugal de las elecciones amorosas. Pero la dimensión conyugal tiene características propias, que generan modalidades particulares en la organización de esta elección:

 

Primero, porque supone reciprocidad, y por consiguiente que el presunto objeto sea a su vez sujeto y que encuentre en la búsqueda del otro, satisfacciones simétricas o complementarias de las primeras. Para que se establezca la pareja, y pueda perdurar, es preciso que sus dos componentes encuentren alguna ventaja psicológica en la relación que van a constituir (este punto no fue anotado hace un siglo probablemente debido a que era más bien el hombre que cortejaba lo primero y escogía la mujer para casarse, como ocurre todavía en varias culturas). Por ejemplo, si uno encuentra en el otro el ideal de su yo, el otro encuentra en el primero la debilidad o la falla buscada (es uno de los mecanismos de elección de pareja que explicaremos más adelante).

 

Segundo, la esquematización de una elección de objeto en la relación amorosa deja de lado el hecho de que lo que se espera del objeto del amor, difiere, según lo que se espere de la nueva relación principalmente una satisfacción a corto plazo, o más que nada una contribución al equilibrio personal y a la organización defensiva del yo frente a un conjunto pulsional jamás controlado por completo. Este segunda situación se puede acercarse a la “curación por el amor”, donde, a veces, un hombre desequilibrado se casa y se vuelve “un hombre juicioso”. Es sin duda esta última dimensión la que confiere su verdadera especificidad a la elección de objeto en la relación conyugal.

 

Entonces, la elección del objeto de amor para ambos sujetos debe responder a estos dos criterios a la vez: debe ser el origen de satisfacciones de la mayor parte de los deseos conscientes, y al mismo tiempo contribuir a reforzar al yo y a su seguridad propia (sus mecanismos de defensas).

 

2- La elección referida a las imágenes parentales

 

Estas elecciones referidas a las imágenes parentales, muy frecuentes, no plantean muchos problemas cuando son poco acusadas, parciales y no masivas; pero cuando la referencia a la imagen parental es muy acentuada, y exclusiva por demás, aparecen las consecuencias perturbadoras.

 

La elección a la imagen del padre de sexo opuesto con deseos edípicos no resueltos puede ser el origen inconsciente de frigidez o impotencia electiva, es decir que orientada electivamente hacia el compañero elegido y no hacia otros compañeros (Observación VII.1).

La elección de cierto grado de imagen del padre del sexo opuesto incluye a todos, sobre todo si se trata de una elección fundamentalmente defensiva. Lo que debe destacarse es la participación del objeto elegido en la organización defensiva.

Lo que nos hace hacer nuestro inconsciente, es volver a crear las condiciones de nuestra niñez y de nuestra educación temprana, a fin de corregirlos indirectamente, para curar las heridas de la infancia. Porque no hay padres perfectos; para educarnos no solamente nos frustraron, sino también nos traumatizaron en grados diferentes.

 

La clínica permite mostrar con frecuencia otro tipo de elección, referido también al padre del sexo opuesto, pero referida negativamente a él (Elige una persona con características supuestamente contrarias). Por ejemplo, un hombre puede elegir a su mujer, en la mayoría de los aspectos, con referencia negativa a la imagen materna (VII.2. y 3).

 

La clínica demuestra también que la relación amorosa, tan pobre como puede ser a veces, es sin embargo capaz de producir modificaciones importantes en el compañero al despertar en él las pulsiones reprimidas por el engranaje de la contraidentificación proyectiva (VII.2). Es decir que el sujeto se identifica con lo proyectado por el otro y lo actúa.

 

Lo que acabamos de ver, la elección de pareja en función de la imagen (referida positivamente o negativamente) del padre del sexo opuesto, es lo más cercano a la conciencia popular, pero está lejos de ser el único y no siempre es el más importante. En otras elecciones juega un papel importante la imagen del padre del mismo sexo. Las condiciones de la existencia la sacan a luz a veces tardíamente en la vida de pareja, o también en ocasión de una terapia. Una de sus ilustraciones más frecuentes son las mujeres jóvenes que se casan con un hombre ya maduro, ellas en un estado de relativa inmadurez. Estas mujeres esperan del objeto elegido no sólo que cumpla las funciones paternales sino también las funciones más frecuentemente cumplidas por la figura materna: esperan de su esposo un papel afectivo denso, completo, que gire en mayor o menor medida en torno a la relación alimentaria, expresada de modo más o menos simbólico. En estos casos la mujer vigila que su esposo no pueda descubrir en sí mismo disposiciones homosexuales latentes.

Recordemos aquí la bisexualidad psíquica del ser humano. La organización estable y poco conflictual de la pareja supone el entrecruzamiento mutuo, no sólo de los deseos heterosexuales recíprocos, sino también de las tendencias homosexuales habitualmente latentes, cuya importancia es también conocida en el establecimiento de relaciones de amistad.

 

De otra parte, un hombre puede escoger su mujer a la imagen de un padre. Más exactamente, lo que en vano esperó de su padre y que sigue buscando nostálgicamente, lo encuentra en su mujer, y de modo inconsciente le pide a ella que desempeñe ese papel. Un hombre relativamente inmaduro puede esperar entonces que su mujer cumpla las funciones de protección e interdicción que él no está en condiciones de asumir por sí mismo.

 

3- Elección de objeto y pulsiones pregenitales

 

Estas elecciones se utilizan como un medio de protegerse contra las diversas expresiones de las pulsiones parciales (oral, anal, fálica).

La reunificación de las pulsiones parciales en la supremacía de lo “genital” no es jamás completa, ni estable. La imagen de la mujer (madre) castrada aparece simbólicamente con la mutilación de un dedo en la Obs. VII.3.

El objeto parcial tiene un efecto específicamente erógeno, y su atracción, al descuidar los otros parámetros de la situación, presenta un carácter impulsivo, irracional o inmotivado en el plano consciente, difícilmente controlable, sin relación con la persona portadora de ese objeto.

 

4- Elección conyugal y organización defensiva

 

El compañero se elige para que no estimule la pulsión reprimida y deja de lado la posibilidad de satisfacerla (como en el caso de Obs. VII. 3), y aún más que contribuya a reprimirla mejor. Hemos ya dicho que, en la elección de tipo conyugal que corresponde a una duración, confesada o no, la elección del compañero principal está estrechamente vinculada a la organización defensiva. Es por esto que el compañero de tipo conyugal sigue siendo el elegido aun cuando, pasajeramente o de manera duradera, no brinde satisfacciones en el plano hedonista y en el plano genital. El elegido contribuye a mantener en el sujeto una cierta seguridad interior para contribuir así a su organización defensiva.

 

Entonces, en la relación de tipo conyugal, el objeto elegido debe corresponder por lo tanto a características positivas, como todo objeto en toda relación amorosa; pero además debe presentar características complementarias determinantes, las que le permiten al sujeto mantener su unidad, la coherencia y defensa de su yo principalmente en los sectores donde se presenta cierta debilidad. Es por esto que las canciones populares de todas las culturas claman diciendo: no puedo vivir sin ti; y muchas veces la persona se desorganiza con la pérdida imprevisible de su pareja: a veces muere sin tardar cuando tiene edad avanzada; otras veces tienen que hacer un duelo muy largo para empezar a “vivir” otra vez.

 

I.4.2.2. Datos psicoanalíticos posteriores

 

Acabamos de ver que el objeto elegido favorece al yo y sus defensas, por las satisfacciones que le aporta al sujeto y por las interdicciones que le impone. No obstante, la noción de elección de pareja no puede limitarse exclusivamente a un estudio de las características individuales, personales.

Ahora entraremos en las relaciones de objeto. Después de los trabajos de la escuela kleiniana sobre todo, la relación de objeto debe entenderse en su sentido profundo, como interrelación, en que los objetos ejercen una acción propia sobre el sujeto -protector, frustrante, persecutoria, etc. La relación de objeto sirve de fundamento al sujeto, los sujetos y los objetos coexisten, y no preexisten los unos a los otros. El concepto de relación de objeto supone que se tomen sistemáticamente en cuenta la dimensión imaginaria y los procesos de proyección e introyección, por los cuales el sujeto entra en relación con sus objetos.

En éste campo, la clínica demuestra que la referencia determinante de la elección de pareja se hace fundamentalmente en función del conjunto de la relación de objeto, mucho más que en función de las características muy personales del objeto mismo.

De otra parte, se observa que el sujeto tiende a reproducir un cierto tipo de relación gracias a los mecanismos de repetición de las relaciones con su o sus objetos primarios, de las que él conserva en el inconsciente el modelo imborrable. El compañero de pareja no se elige únicamente por su parecido u oposición a tal figura parental. Hay que agregar otro elemento a estas características personales: el tipo de interrelación sujeto-objeto está referido a un tipo de interrelación de la pareja parental y sobre todo de la imagen de la pareja parental o de las fantasías que se tienen sobre ella. Referencia que puede ser positiva o negativa, aunque generalmente se caracteriza por su ambivalencia; esto es, referencia positiva en unos planos y negativa en otros. Todas maneras, es en torno a la organización de las relaciones parentales donde se construye la referencia que llevará al sujeto a modelar su propia organización diádica.

 

Además de tomar en cuenta la repetición del pasado olvidado y los procesos de proyección e introyección en las relaciones de objeto, dos últimas décadas ha surgido una teoría vincular en psicoanálisis que suplementa las explicaciones de las teorías anteriores de relaciones interpersonales (Puget, Berenstein, Moreno). La teoría vincular muestra que en una relación significativa (vínculo) la alteridad de cada sujeto (ajenidad) afecta necesariamente al otro. Estas afectaciones mutuas crean nuevos orígenes en cada sujeto y en el vínculo, y modifican a los sujetos participantes al vínculo. Yo he añadido a esos cambios en el vínculo y en los sujetos participantes la creatividad personal de cada sujeto en soledad o en cooperación con el otro del vínculo (Yildiz, en prensa).

 

1- Escisión, idealización y elección de compañero de pareja

 

En el momento de establecer el vínculo amoroso, el adolescente o el adulto repite los mecanismos psicológicos de adaptación y de defensa del bebé. Porque no desaparece la nostalgia del pecho bueno, del objeto bueno. Para hacerlo, la persona utiliza de nuevo masivamente los procesos de escisión (disociación) y de idealización. Así, el mundo de lo amoroso se divide en un objeto totalmente bueno, que pertenece al sujeto, y el resto del mundo en cuyo interior aparecen los objetos malos, perseguidores y amenazantes, tanto con respecto al sujeto como al objeto introyectado.

En el momento del flechazo, o de la luna de miel, se busca suprimir radicalmente, mediante la negación, todas las situaciones de disgusto, así como todos los aspectos insatisfactorios del objeto.

La aplicación de esta interpretación rige para todos los individuos, pero antes que nada para los sujetos inmaduros, ya se trate de la formación de parejas muy jóvenes o de embriones de pareja, como en los adolescentes, o bien, más adelante, de sujetos cuya inmadurez afectiva forma parte del cuadro clínico.

Es muy conocido, durante la rebeldía del adolescente, los padres se vuelven objetos malos y el adolescente en busca de un objeto idealizado puede escoger como compañero de pareja a cualquiera de los candidatos, sin ninguna crítica.

 

Este tipo de elección se perpetúa en algunos sujetos, a pesar de la experiencia de fracasos repetidos, y deja flotando una duda sobre su capacidad de madurar. En estos casos, la persona es incapaz de establecer una relación de carácter ambivalente con respecto al objeto, rechaza totalmente toda relación con quien, después de haber sido idealizado, muestra alguna falla en la perfección de la imagen que el sujeto se había forjado de él. Sigue funcionando una especie de “todo o nada”: el objeto es totalmente bueno, o si no lo es, forma parte desde entonces de los objetos malos que deben ser inmediatamente rechazados. Se trata de sujetos frágiles e incapaces de soportar los procesos normales de la posición depresiva, especialmente la culpabilidad y el duelo. Este trabajo de duelo debe entenderse como el duelo por el objeto idealizado. Lo que se pierde no es entonces la realidad del objeto global, sino su realidad psíquica interna, tal como es vivida por el sujeto. Este trabajo de duelo supone una energía considerable, puesto que se trata de renunciar a la escisión y a la idealización tan fácil del compañero de pareja, y al mismo tiempo una renuncia por una representación totalmente buena, idealizada, de sí mismo. Aceptar el reconocimiento de la imperfección del objeto, su carácter no totalmente satisfactorio, es aceptar el reconocimiento de los sentimientos ambivalentes que él inspira, y por lo tanto aceptar y aguantar que nacen sentimientos hostiles en el seno mismo de un verdadero apego por él. Por lo tanto, también el sujeto tiene necesidad de percibir en sí mismo un aspecto de odio con respecto a un objeto reconocido, por otro lado, lo bastante satisfactorio para no rechazarlo.

Para Melanie Klein, renunciar a esta primera escisión en el interior del yo y reintroyectar los objetos malos o las malas cualidades del mismo objeto en el interior del yo, es el proceso que conduce a la posición depresiva. Esto proceso integra los objetos parciales (buenos y malos) en un objeto total aceptable, con sus cualidades y defectos.

 

2- Diferentes maneras de limitar la relación para mantener la idealización de un objeto bueno

 

Numerosos individuos intentan sistemáticamente limitar su vida amorosa a un aspecto, como si tendieran ante todo a idealizar y a mantener así su relación con el objeto de su elección, aun que tengan que reducir su relación a un aspecto completamente limitado y parcial. Estas personas no alcanzan a establecer una relación ambivalente suficientemente sólida con el objeto, debido a una fragilidad psíquica de orígenes diversos, pero sobre todo por razones vinculadas a su primerísima historia (estados preedípicos): carencia afectiva, vivencia de abandono a corta edad, pérdida precoz o insuficiencia de madre, cambio de cuidadora en la fase depresiva, madre “enferma”, etc.

Algunas de estas personas conservan tendencias depresivas constantes o cíclicas; otros luchan constantemente contra ellas mediante mecanismos de idealización. También se encuentran en esta categoría las personas que experimentan dificultades para establecer una relación amorosa satisfactoria y estable. Otros ni siquiera se arriesgan para iniciar un vínculo emocional (carácter esquizoide).

 

La idealización, cuyo carácter defensivo se aprecia aquí, puede aplicarse también a toda clase de “proyectos”. El compañero, la pareja, el casamiento, la familia, la profesión, la institución, etc. pueden convertirse en objeto de esta idealización, contra la que se estrellarán las olas de la realidad.

De otra parte, no hay casi vínculo amoroso sin esta forma de sobrevaloración del compañero, sin esta euforia, que anula la ansiedad y que acompaña al proyecto inicial de la pareja y borra todo espíritu crítico y autocrítico.

En términos kleinianos, es una verdadera defensa de maníaco que anula e invierte la depresión: euforia, entusiasmo, desborde de actividad y proyectos, dinamismo inagotable, impresión de transformación de sí mismo y del mundo, de omnipotencia por la posesión de ese objeto todopoderoso, gratificante y protector a la vez.

 

La intensidad de procesos identificatorios proyectivos puede conducir paradójicamente a la elección de un objeto cualquiera. Cuanto mayor es la idealización más insignificante es su soporte. Cuando termine por desaparecer la reacción maníaca, reaparece la ambivalencia, el objeto corre el riesgo de ser descubierto en su pobreza, y al no mostrarse lo bastante bueno, será rechazado de manera radical como enteramente malo, por no corresponder a la imagen primitivamente amada que se había idealizado.

 

Ciertas personas, para conservar esta idealización del objeto totalmente bueno, anulan la perspectiva del tiempo. El objeto será elegido y la relación definida con exclusión de toda duración. Así, se puede considerar que los sujetos que se comportan en tal forma que no se comprometen en una relación amorosa profunda y prolongada, se protegen contra los grandes riesgos depresivos (Obs. VII.4).

 

La clínica de las dificultades amorosas subraya la frecuencia de los fracasos en quienes han tenido importantes carencias en sus primeros años de vida. El sujeto que ha sufrido carencias y ha sido herido repetidamente, se protege del desgarramiento previsible y se priva del afecto del que está sediento; pero es una sed tan inextinguible que jamás el objeto la podría aplacar, de modo que éste resultará siempre decepcionante, insuficiente, malo. El sujeto prefiere entonces “quedar fuera”, no comprometerse, pasar por insensible, o frío, o egoísta, privado de todo sentimiento, en una búsqueda desenfrenada de satisfacciones puramente sensuales, o tan sólo materiales, o también exclusivamente intelectuales.

 

Las consultas psiquiátricas de los adultos, sobre todo en los barrios menos favorecidos, están llenas de hombres y mujeres que jamás tuvieron a tiempo las condiciones para una plena expansión humana. Como en otros planos de su penosa existencia, se conforman con poco, reducidos a una vida en que la satisfacción del sentimiento parece un lujo reservado a clases más favorecidas. Los que cuentan con recursos económicos, encuentran compensaciones en el consumo, a riesgo de embrutecerse en el trabajo y la producción, y a abandonarse en la famosa alienación social. Otros, peor equipados desde el principio, no tienen esta posibilidad mediocre y se ven reducidos a “ir al trabajo-volver-dormir”. No se busca la felicidad, ni la expansión afectiva o sexual, todavía menos la cultural.

La resistencia de estas personas a la emoción no les permite desarrollar su sensibilidad, y si a pesar de este blindaje son heridos, el riesgo de suicidio es muy grande. O si un día logran establecer una relación amorosa que les resulta satisfactoria de veras, y ésta se rompe, ellos mueren auténticamente (Obs. VII.5).

 

3- Racionalizaciones justificadoras de la idealización

 

Otras personas de la misma estructura psicológica, es decir limitadas en su capacidad de vivir intensamente una relación de carácter global, utilizan racionalizaciones tomadas del orden cultural. Así, algunos se convencen de que sólo rechazan “la institución matrimonial” en nombre de una idealización de la vida amorosa, de la que el matrimonio sería de alguna manera su antítesis. En nombre de una vida amorosa ideal rechazan los obstáculos institucionales y sociales del matrimonio.

Cuando se rompe esta forma de vínculo, se le plantean problemas al sujeto. Lo obliga en general a un olvido total, a un rechazo masivo. Muchos sujetos frágiles creen entonces que su mejor defensa consiste en otro compromiso precipitado, en una nueva relación amorosa, que puede ser idealizada nuevamente. Este modo de vida existió siempre, pero en los últimos años tiende a extenderse más, sobre todo entre la población juvenil.

 

4- Elección de tipo de relación y lucha contra la depresión

 

Las personas con tendencias depresivas vivas cuentan con el apoyo de la incorporación de un objeto bueno, gratificante, poderoso, que ellos no pueden permitirse perder sin peligro vital. En otras personas con la depresión latente, como consecuencia de varias experiencias existenciales (entre las cuales la experiencia amorosa) se produce un proceso de maduración. En otros términos, la incorporación sucesiva de objetos buenos consolida un yo inicialmente débil y frágil, y hace posible las defensas de la posición depresiva. Esto le permite hacer frente poco a poco a sus tendencias depresivas sin tener ya necesidad de sus ideales.

 

En otros casos, la persona dispone de varios objetos con los cuales el sujeto establece modos muy distintos de relación, con límites estrictos; se permite así hacer frente más fácilmente a la pérdida de uno de ellos.

 

Personas aisladas afectivamente tienen más probabilidad de un compromiso demasiado precoz a formar pareja, sin que haya podido efectuar una verdadera elección recíproca. Así, manifiesta un estado de necesidad afectiva que lo coloca en una estrecha dependencia con relación a su compañero, que con frecuencia lo ha “aceptado” más que “elegido”, lo que aumenta el riesgo de un sufrimiento mayor en los conflictos del futuro.

De otra parte, la elección de una persona que se muestra constantemente como víctima de terceros permite al sujeto ser protector y el salvador, así valorarse a sí mismo como defensa contra una depresión latente y al mismo tiempo satisfacer su sadismo con una persona masoquista.

 

5- Elección de un compañero de pareja como protección contra el riesgo de un amor intenso

 

Acabamos de ver que limitar la relación en el tiempo, o en su profundidad, o limitarla a un aspecto exclusivo, o elegir un compañero que fue víctima son maneras diferentes de conservar una imagen idealizada de sí mismo y de la relación con el otro: esta escisión permite que la relación amorosa funciona y sea satisfactoria en un primer período.

 

La sumisión precoz a las exigencias externas conduce a la constitución de un falso “self” (Winnicott), que acompaña de un sentimiento de futilidad, y, en último grado, de no existencia. Estas personas pueden parecer “muy equilibradas”: los que más fácilmente se pliegan a los imperativos sociales, y se someten al deseo de los otros, sacando de ello el mejor partido mediante una forma de conformismo hábil y con frecuencia disfrazado, lo que facilita el éxito social. Algunos de estos individuos con falso “self” pueden reservar para su vida íntima los aspectos arcaicos de su ser autentico-secreto, lo que se traduce en una gran dependencia con respecto a su compañero de pareja. Otras de estas personas se sienten amenazadas y llegan a protegerse del riesgo de amor intensa, valiéndose de diferentes procedimientos dilatorios.

Personas que no concretizan una vida de pareja viviendo largos años de noviazgo, hasta, excepcionalmente, la “no consumación” del matrimonio, podrían sufrir del miedo a abandonarse por completo al otro en la relación sexual. Para algunos, el riesgo de un amor intenso sentido como un peligro va acompañado de síntomas, ya de orden psíquico, en particular ansiedad, inseguridad afectiva, manifestaciones neuróticas, etc.; o de orden somático: impotencia, frigidez, dolores diversos, cefaleas, gastralgia, etc. En otros, esta percepción de un riesgo en el compromiso amoroso, también inconsciente, se traduce en un comportamiento casi preventivo: por ejemplo, ponerse a distancia del objeto elegido, manteniendo un gran número de actividades o participaciones emocionales y afectivas aparte del compañero principal.

Frente a este peligro de amor intenso, la estrategia defensiva lleva al sujeto a elegir un objeto que presente sin saberlo sentimientos análogos. También puede presentarse bajo modalidades diferentes, por ejemplo, la reducción masiva de la comunicación con el otro, teniendo secretos personales. Se casa, porque hay que casarse por relaciones sociales, o la soledad es más difícil que la vida de la familia para estas personas, aunque sea superficial. Estas parejas, a veces declaran que se entienden bien, puesto que no discuten jamás (Obs. VII.6).

 

6- Elección de pareja y reacción ante la intrusión

 

Hay personas que se sienten constantemente amenazadas y obligadas a conservar su insuficiente identidad y su vida mal diferenciada. Los afectan toda clase de acontecimientos -o corre el riesgo que así sea-, y más que buscar satisfacción en su relación con el otro, se siente impulsado antes que nada a conservarse. No buscan a ser entendidos, comprendidos, amados; porque sienten como un riesgo de ser tragado por el amor. Como se dice popularmente: “están todo el tiempo sobre sus defensas”. El odio es menos temido y hasta puede considerarse a veces como protector. Se piensa que es el resultado de una madre demasiado buena, intrusa, que no permitió a estar solo a su hijo. La maniobra defensiva consiste con frecuencia en elegir un futuro compañero de pareja con el cual sólo compartirán algunos aspectos de su vida. La preservación de su seguridad y de su existencia predomina sobre la búsqueda del placer.

Estas personas corren el riesgo de una descompensación de su equilibrio, si por el juego de circunstancias se ven obligadas a una cercanía excesiva con su prójimo, y entonces se despiertan la amenaza de intrusión y el riesgo de “implosión” (destrucción).

Estos riesgos de intrusión y de descompensación no son solamente propios de la vida amorosa. También pueden ser provocadas por experiencias emocionales muy densas, como testimonian algunos clientes de los diversos métodos de “liberación” en grupo. Experiencias que, aunque no resulten traumatizantes para todos, pueden descompensar algunas personas no preparadas o no capaces para este tipo de intrusión (Obs. VII.7).

 

I.5. DE LA COMPRENSIÓN PSICOANALÍTICA A LA COMPRENSIÓN SISTÉMICA Y VINCULAR

 

La relación del sujeto se estudia como una interrelación recíproca entre sujeto y objeto. Hay que ir incluso más lejos y observar las consecuencias de procesos de comunicación de inconsciente a inconsciente entre los dos sujetos, considerando la díada que ellos forman.

Los conceptos sistémicos fueron retomados y utilizados por los psicoanalistas, que lo profundizaron reintroduciendo en ellos las dimensiones del inconsciente, de la fantasía y de los procesos transferenciales.

La explicación sistémica considera a la pareja como una unidad, un campo, que corresponde a un “nosotros” colectivo de la pareja.

 

I.5.1. Engranaje de los procesos individuales y estructuración diádica

 

El entrecruzamiento de los procesos inconscientes, defensivos de la pareja se verifica, a veces, en la descompensación de un miembro de pareja cuyo cónyuge se encuentra en análisis o debido a una modificación de la situación del compañero (desempleo, promoción social o profesional, etc.).

En la pareja, por ejemplo, la curación de problemas sexuales de uno de los integrantes no siempre conduce a la curación de la disfunción sexual entre ellos, como si esta disfunción fuera un fenómeno de carácter sistémico (Obs. VII. 8).

 

La elección del más débil en algún aspecto puede esconder el problema en este campo del sujeto. Este corresponde a la elección de la parte débil del yo, o del yo negativo buscado. En este caso la elección, efectivamente no corresponde a un ideal del yo. Pero el sujeto ha podido parecer al más débil como un ideal del yo.

Así, un entendimiento global, diádico, de los procesos psíquicos del funcionamiento de la pareja, no es en absoluto incompatible con una visión psicoanalítica: al contrario, se observa que cada integrante de la pareja tiende a mantener alejados de su conciencia algunas de sus características personales que le parecen desagradables, temibles o culpables, y para lograrlo utiliza como modo de defensa una cierta forma de “disociación” de sus aspectos rechazados y los proyecta sobre su compañero, de manera inconsciente para cada uno de ellos. Este proceso, por ser recíproco, subyace a la organización sistémica.

Muchas veces hay un acuerdo tácito, y por supuesto inconsciente sobre los síntomas de una pareja. En general, dos personas neuróticas pueden vivir en pareja, cada uno respondiendo a las defensas del otro, con un engranaje de los procesos individuales. Esto explica la no separación de las parejas neuróticas, con un sufrimiento grande.

 

Otro ejemplo de engranaje de procesos individuales en la pareja es que, a veces, una enfermedad o un síntoma de un miembro pueden transformarse en un verdadero poder sobre el otro (Obs. VII.9 y 18).

 

I.5.2. Distribución de papeles e inducción por el grupo

 

La interpretación sistémica permite comprender que cada uno de los integrantes contribuye a definir sus papeles recíprocos. Notemos que el más inductor no es necesariamente el que tiene el poder oficial de decisión en la pareja. Este papel es desempeñado con frecuencia por el que se queja de ser la víctima de su compañero.

El papel sería el conjunto estructurado de lo que cada integrante de la pareja espera del otro, consciente e inconscientemente. En lugar de hacer frente a sus conflictos personales y tratar de clarificarlos, cada miembro de pareja los introduce en su relación con el otro y manipula (generalmente, inconscientemente) a su compañero como un objeto sustitutivo (como uno de los padres) o una prolongación narcisista de sí mismo.

Sin embargo, es importante subrayar el carácter mutuo de los beneficios que se extraen de la inducción o de la aceptación de un papel en el seno de la pareja.

 

No solamente en la elección de un objeto amoroso que buscamos un beneficio personal, sino en nuestras elecciones abstractas, filosóficas, culturales, políticas, religiosas, estilo de vida, etc.; en especial cuando tales elecciones no nos aportan ningún beneficio material: el beneficio psicológico es, sin que lo sepamos, mucho mayor.

 

En el marco de una elección narcisista de pareja, el sujeto le pide al otro que sea una copia adecuada de la imagen que él se hace de sí mismo, a la que su compañero puede adherirse en el momento inicial de la elección amorosa. Este sistema sólo puede funcionar si el compañero no solamente acepta este papel, sino que además lo sigue idealizando y negándose a una realidad más mediocre. Es previsible una fase difícil de crisis en estas parejas establecidas sobre semejantes elecciones mutuas.

 

I.5.3. Elección de la debilidad “mutua”

 

La organización de pareja más fácil de comprender es aquella donde opera el proceso más clásico de la relación amorosa, el de la proyección del ideal del yo del sujeto sobre el objeto de amor. Es el caso del sujeto a quien le ha faltado la realización de una cierta forma de su ideal, y elige a su compañero para que él encarne este ideal. Es por una identificación de carácter narcisista, en el marco de una “curación por el amor”, por lo que él trata de curar con la condición de encontrar e inducir en su compañero la actitud correspondiente. El compañero está encargado principalmente del aspecto positivo del verdadero ideal del yo, o de los aspectos menos claros y más o menos vinculados con las particularidades más represivas del superyó.

Esta organización inicial en el momento de elección debe buscarse siempre como punto de partida posible de cualquier terapia. Pero, también pueden extraerse beneficios narcisistas de la elección en el compañero de características negativas. Es la debilidad latente del objeto la que se elige en el mismo plano en que el sujeto teme su propia debilidad (yo negativo). Esta configuración puede utilizar rastros de actitudes sadomasoquistas asociadas, pero no necesariamente.

 

De la misma manera se explica la “la folie à deux, o locura entre dos” y la escogencia de un chivo expiatorio u oveja negra en una familia. El fenómeno del chivo expiatorio se encuentra de manera evidente en ciertos grupos familiares donde uno de sus miembros, a menudo un niño o un adolescente, es encargado de desempeñar este papel de objeto malo, portador de los pecados del grupo, lo que le vale ser rechazado, castigado, reprobado, globalmente por el conjunto del grupo, que queda entonces justificado en su rechazo: los demás miembros resultan así protegidos de la falta, que es llevada solamente por el chivo expiatorio. Además, hay que repetir que este papel es inducido por el otro o por el grupo de manera inconsciente.

 

Por ejemplo, en muchos casos de infidelidad del compañero (sin contar la cultura machista), con más frecuencia el esposo, está inducido por la esposa de manera inconsciente, cuando no es consciente. Porque, en cuanto al que lleva a la práctica las tendencias prohibidas, su posición le procura satisfacciones a los dos integrantes de la pareja: a sí mismo, por cuanto realiza su deseo, aunque sea reprobado; y al inductor, bajo la forma de satisfacciones imaginarias. En efecto, el inductor experimenta estas satisfacciones sustitutas en la exacta medida en que puede identificarse fuertemente con su compañero que pone en práctica los actos reprobados, y que él eligió precisamente en función de su tendencia común. El inductor conserva esta tendencia en sí mismo, se lo prohíbe y no experimenta por lo tanto sentimientos de culpa; pero la vive intensamente en la imaginación cuando el compañero las pone en práctica. En cuanto al inducido, que actúa según la tendencia culpable, será reprobado; y además del placer propio de poner en práctica el acto prohibido, obtendrá también beneficios masoquistas cuando sea “castigado” por aquel al que ama, sin contar la satisfacción de sus tendencias autopunitivas (expiación de la culpa).

 

La inducción a poner en práctica lo prohibido presenta a menudo formas ocultas. Una de las más frecuentes es la promulgación repetida e incitativa de lo prohibido. Para seguir con el ejemplo de infidelidad sexual, una mujer o un hombre celoso, induce con frecuencia en el otro los deseos de cumplir lo sospechado.

 

El papel del yo negativo que se atribuye al compañero presenta una segunda versión más interesante por ser más frecuente y estar generalmente más oculta, y se llama el papel de la “parte débil”. La clínica muestra a menudo la existencia de parejas en las que uno de sus integrantes parece tener grandes cualidades, en particular actividades generosas, inteligentes, productivas, etc., mientras que el otro se deja estar, vive como parásito del primero en mayor o menor medida, y muestra aspectos particularmente desagradables o a veces francamente depresivos, donde predomina la nota de inhibición y pasividad. El contorno, la familia, etc., a menudo consideran que este segundo personaje es verdaderamente una carga difícil para el primero, cuya bondad merecería realmente algo mejor que lo que eligió. Pero la realidad es más compleja, como demuestra la separación imprevista de tales parejas. El que parecía llevado por el otro, el pasivo, parásito o depresivo, pasa a desarrollar entonces cualidades que no había mostrado hasta entonces y que sólo parecían propias de su compañero. El primero puede reaccionar de modo inverso, y entonces parece que la pareja hubiera estado organizada de tal manera que los papeles se hubieran distribuido distinguiéndose una parte fuerte y una parte débil. Estas parejas pueden ser muy estables, aun que no sean comprendidas por los observadores exteriores.

 

Además, la organización diádica no es siempre fija, ocurre con frecuencia que en ciertos planos, el que desempeñaba habitualmente el papel de la parte débil, debe desempeñar el papel de la parte fuerte, lo que le da a la pareja así formada una estructuración menos asimétrica y mucho más estable. Porque se vuelven complementarias. Hay que hacer notar, por otra parte, que esta organización sistémica se encuentra también muy a menudo en las amistades que ligan a dos personas, cualquiera sea su sexo, desde que se efectúa una cierta elección.

 

Se puede describir también muchas otras organizaciones sistémicas. ¿Cómo entender estos conjuntos estructurados y con frecuencia muy estables entre perseguidores y perseguidos, protectores y protegidos, activos y pasivos, dominadores y dominados, generosos y egoístas, sólidos y inconsistentes, serios y fantasiosos, etc.? Hay que comprender que se trata de juegos recíprocos de interacciones espontáneas, habitualmente inconscientes, más o menos flexibles y evolutivas, y no necesariamente patológicos. ¿Dónde comenzaría la patología en esta materia? Es difícil delimitarlo. No obstante es legítimo afirmar que cabe una lectura sistémica en todas las parejas que hayan alcanzado una cierta duración y una cierta forma de estabilidad, normal o patológica.

 

I.5.4. Atracción mutua y colusión

 

Por cierto que no se podrá limitar la comprensión de la pareja a esta lectura sistémica en que las interacciones sólo operan entre dos personas, sin basarnos en los procesos intrapsíquicos (el inconsciente y la fantasía) que el psicoanálisis nos ha enseñado a reconocer. Semejante limitación nos llevaría a desconocer también otras dimensiones u otras fuerzas que operan en los individuos, especialmente la pertenencia de cada uno a numerosos grupos sociales, a su familia de origen, a su medio cultural, a su capa o clase social, etcétera.

La exclusión u omisión sistemática de dimensión del inconsciente y de la fantasía les quita valor a algunas de las teorías sistémicas simplificadas que se dejan llevar por una facilidad metodológica y por un escotoma empobrecedora, con el pretexto falaz de un pragmatismo o de una “epistemología” diferente.

 

La relación duradera entre dos personas permite interpretaciones basadas en diferentes puntos de vista, empero no puede captarse totalmente sin este enfoque diádico que concibe a este microgrupo humano tan particular como un sistema estructurado, autorregulado, homeostático, fundado en la interacción de los deseos y necesidades conscientes e inconscientes de cada individuo, y en una intensa y ambivalente catexis mutua.

Por eso se incurre en un error metodológico cuando se desconoce el conjunto de los procesos sistémicos de la pareja, ya sea en favor de la interpretación individual, ya de la colectiva.

 

Con respecto a la elección del compañero de pareja, este análisis sistémico nos invita a reflexionar sobre el proceso tan intenso de atracción recíproca: aunque se apoya en bases pulsionales evidentes, no puede realizarse si no está sostenido por una distribución de los papeles inconscientes y su entrecruzamiento.

Lo que orienta la elección de pareja es la esperanza inconsciente de verse aliviado de los conflictos intrapsíquicos mediante la utilización del compañero elegido; esperanza que en la atracción recíproca tan intensa desempeña un papel decisivo, base de la estructura diádica. Lo que crea la fuerza de la atracción mutua específica es fundamentalmente la percepción inconsciente de una problemática común, con maneras complementarias de reaccionar de manera simultánea uno sobre el otro. Es como si el inconsciente de cada individuo percibiera en el inconsciente del otro una serie de conflictos interiores. Si estos conflictos son análogos a los suyos propios y uno siente en el otro una manera diferente de reaccionar ante ellos, el individuo se sentirá entonces poderosamente atraído hacia ese otro, con una fuerte posibilidad de que la atracción sea recíproca (colusión). Este conflicto interior común y no resuelto se traduce en papeles diferentes que adopta cada integrante de pareja, y esa unión en torno a este mismo conflicto fundamental favorece la divergencia de los comportamientos, donde uno asume caracteres regresivos acentuados, mientras que el otro se ve llevado a una actitud aparentemente mucho más progresista.

Es fácil comprender que el aspecto regresivo constituye una forma de defensa, pero un comportamiento seudomaduro llamado progresista no está menos marcado por caracteres defensivos: corresponde muy a menudo a una tentativa, a una lucha contra una amenaza muy apremiante de carácter regresivo, o contra un sentimiento de vergüenza o de culpa, tentación regresiva contra la cual lucha el sujeto y para la cual eligió a un compañero “regresivo”, que lo atrae, precisamente en la medida en que lo ayuda en esa lucha defensiva.

Además de la dimensión general de la pulsión sexual no específica, esta percepción inconsciente del inconsciente del otro, con su problemática común y su manera diferente de reaccionar, constituye la base de la estructura de la pareja y hace posible una comprensión diádica. A partir de esto momento -a veces muy breve en el “flechazo”, otras más lento - puede admitirse la constitución de un microgrupo muy particular, con sus ataduras inconscientes. Se le puede aplicar el término de pareja y reconocerle su funcionamiento sistémico.

 

 

 

CAPÍTULO II

EVOLUCIÓN DE LA PAREJA Y DE LA FAMILIA

 

Los sociólogos describen un “ciclo de vida familiar”: la constitución de la pareja parental, nacimiento del primer hijo, llegada a la edad escolar, partida del último adolescente, “la casa vacía”, la jubilación o retiro de la actividad. A estos acontecimientos previsibles en la mayoría de los casos, se añaden otros considerados como imprevisibles, inesperados, incluso traumáticos o excepcionales: accidentes, enfermedades, crisis económica, separación impuesta por acontecimientos exteriores, sociales, etc.

Cualquiera que sea la importancia de los acontecimientos exteriores y su carácter previsible o excepcional, lo que le dará su importancia real y en consecuencia marcará o no a la pareja, es fundamentalmente las repercusiones de estos acontecimientos en el interior de cada individuo y indirectamente en la relación de pareja.

De todos modos, la pareja debe considerarse, desde el punto de vista funcional, como un conjunto ritmado por alternancias de fases, que llamaré “crisis”. No porque existan etapas específicas de crisis para cada familia, sino porque es en ocasiones de los fenómenos conflictivos de crisis cuando se reorganizan los vínculos que, precisamente por su renovación, le dan a la pareja su aparente estabilidad.

 

II.1. ENCANTAMIENTO AMOROSO Y LUNA DE MIEL

 

II.1.1. Las primeras fases

 

En el momento que se constituye el vínculo amoroso, no estamos todavía ante un verdadero “nosotros”, sino ante la percepción más o menos consciente de un deseo que puede aparecer con todas las características de la violencia inesperada. De golpe, en condiciones a menudo imprevistas o imprevisibles, de una manera vivida como totalmente espontánea, en todo caso nada reflexivo, puede surgir el “flechazo” inicial, sea el enamoramiento. La elección global del ser amado se le impone a la conciencia antes de toda reflexión crítica, todo razonamiento y todo cálculo. El deseo se centra en la globalidad de los rasgos o de las apariencias de objeto del deseo. No hay “por qué” y hasta las palabras utilizadas para definir los fenómenos -seducción, encantamiento, influjo- aluden precisamente a la influencia mágica o misteriosa de los deseos imprevistos que surgen desde el interior del sujeto. El “flechazo” se comporta como un verdadero hecho consumado. Sin importar lo que sigue posteriormente, este hecho indica con claridad que las instancias psíquicas conscientes no intervienen sino después; y entonces ellas pueden ratificar o no esa elección inicial.

 

Es obvio que, salido de las profundidades del inconsciente de un individuo, tal deseo puede no tener respuesta en el otro, y no se estará entonces en condiciones de organizar la conciencia de un “nosotros” colectivo. Por otra parte, puede sobrevenir un breve “flechazo” en sujetos que están viviendo otra vida de pareja más o menos satisfactoria, sin embargo no se romperá por eso, como ocurre en la aventura amorosa y en las relaciones extraconyugales.

Si hay reciprocidad de los sentimientos, de un modo súbito a través del “flechazo”, o más lentamente, una vez que el deseo es ratificado por las instancias conscientes, se puede instaurar una relación de pareja. Los beneficios narcisistas para cada uno son tales que tienden a reorganizar por completo todo el equilibrio intrapsíquico del sujeto y especialmente las relaciones entre las diferentes instancias psíquicas. Asimismo aparecen modificadas, cuando no alteradas, las diversas catexis objetales del sujeto durante este período fasto, que los interesados aprovechan para multiplicar sus lazos y organizar un verdadero “nosotros” que los confirman como colectividad.

 

El enamoramiento es humano, existe en todas las culturas. En español se dice “el amor es ciego”, debía decirse el enamoramiento es ciego; en inglés y en francés se dice “caerse en el amor” para decir enamorarse (Fall in love y tomber amoureux, respectivamente), lo que destaca mejor su carácter involuntario e inconsciente. Cuando los ojos se abren y pasa la ceguera transitoria se acaban la idealización y la negación, y se acaba el enamoramiento. Trae la decepción inevitable; es por esto que las canciones populares de todos los pueblos están llenas también de lágrimas y llantos.

 

II.1.2. Luna de miel

 

Es un período tan rico y tan profundo de la existencia que, antes de psicólogos o psicoanalistas, los escritores y sobre todo los poetas trataron de describirlo desde hace milenios y siguen describiéndolo. A este respecto, podemos señalar los “cantar de los cantares” o Romeo y Julieta para dar sino dos ejemplos.

Dentro del marco de una reflexión sobre la estructuración de la pareja, nos vemos obligados a examinar lo que ocurre en este período tan decisivo, aunque sea penoso describir en términos fríos y austeros lo que otros han enfocado en términos líricos, y que fue vivido apasionadamente con calor y ardor (mental y corporal).

Normalmente, los terapeutas no intervienen en este período, sino más tarde, en plena crisis, y están obligados a tratar de comprender retrospectivamente lo que pasó en aquellos momentos tan decisivos de la constitución de la pareja.

 

II.1.2.1. Luna de miel y simbiosis

 

Después de un primer período, muy breve para algunos, mucho más largo para otros, en el cual los integrantes de la pareja se descubren súbitamente en mayor o menor medida, se conocen y por fin se eligen, se inaugura un segundo periodo.

Lo más destacable de este período es la anulación, la exclusión para cada una de las partes de todo elemento agresivo con respecto al otro. Los enamorados no se critican nada, y no solamente se perdonan todo, sino que ignoran el defecto o la debilidad del elegido; no son capaces de soportar la menor visión desfavorable y hasta rechazan las percepciones propias cuando no están conformes en la visión idealizada que se tienen del otro. Esta idealización mutua llega hasta negar la realidad: hay una verdadera transfiguración del elegido.

Se espera de la vida amorosa que desde este momento aportará toda clase de satisfacciones, y sobre todo sólo satisfacciones. Cada uno espera mucho del otro y cada vez más. Cada uno idealiza al otro y cada vez más.

Se trata de una especie de placer de la excitación, la expectativa aumenta la idealización y la idealización a su turno aumenta la expectativa.

En el marco de la relación entre los dos componentes de la pareja, cada uno se siente como fundido con el otro, como formando parte del otro; fusión que representa algo más que la posesión, una especie de desaparición de los límites del yo, y en todo caso de los límites entre uno y otro.

 

Si bien la agresividad queda anulada en las relaciones interpersonales de los miembros de la pareja, ella resulta desplazada, y desde entonces pasa a reforzar la separación entre cada sujeto y todos los otros, salvo el elegido: “los enamorados solos en el mundo” como dice la expresión, se encuentran bien cuando están apartados del resto del mundo por una frontera común que separa a su pareja de los terceros, cualesquiera que éstos sean. Es un factor que ayuda a desprenderse de dependencia afectiva de y apego a la familia de origen y los amigos. Todo esto contribuye a la estructuración de la pareja y a la formación de un “nosotros” común, sentimiento de pertenencia a un grupo-pareja. Es un momento difícil para los padres y amigos.

Para un funcionamiento normal y harmonioso en el futuro es indispensable este relación privilegiada de pareja y debe distinguirse netamente de toda otra relación que cada uno pueda tener hacia fuera de la pareja.

 

II.1.2.2. Procesos intrapsíquicos: aspectos tópicos; maduración

 

En general, el ingreso al estado amoroso va acompañado de una evolución madurativa. Subrayamos que la experiencia amorosa parece ser la única experiencia existencial que puede tener un valor madurativo sin características de frustración. Porque la reorganización de la personalidad, su maduración ante la frustración ligada al sufrimiento o al fracaso, resultan de una especie de trabajo de duelo. Por el contrario, la maduración ligada a la luna de miel no se acompaña de sufrimiento ni de fracaso, y aporta un gran enriquecimiento personal.

La maduración del estado amoroso es variable de un individuo al otro; puede tener carácter decisivo en algunos, cambiándolos totalmente; menos marcado en otros, si tienen una personalidad demasiado rígida o con temor a un amor demasiado intenso.

Se puede considerar que la maduración se relaciona con las movilizaciones masivas de las catexis libidinales que enriquecen y colman el narcisismo del sujeto. En fin, ¡la “carencia”, que caracteriza a toda la existencia humana parece colmada!, borrada la separación primera y brutal con el primer objeto de amor, borrado el traumatismo de nacimiento, borrados los innumerables sufrimientos que los cambios de existencia le imponen a uno; porque se siente haber encontrado a la “media naranja” o “alma gemela”, uno ya se siente completo.

 

Se establece una nueva relación entre el yo y el ideal del yo: el objeto elegido, soporte de las proyecciones del ideal del yo, es apropiado de nuevo y reintroyectado en el yo del sujeto. De otra parte, gracias a la proyección del superyó sobre el elegido, se atenúa el temor constante a las críticas y agresiones provenientes de esta instancia, al menos en sus aspectos inconscientes. Puesto que el objeto de amor manifiesta su aprobación, su estima y hasta su amor, y que se ha convertido en portador de todas estas instancias ideales o críticas, no hay por el momento nada que temer, y entonces cesa la angustia existencial elemental.

Una menor represión de las pulsiones del ello por parte del yo, y una mayor satisfacción de los deseos más profundos producen un apaciguamiento de las tensiones salidas del ello. Aquí no hablamos solamente de la posible satisfacción de los deseos bajo una forma genital, sino de una integración más fácil de los elementos de los procesos primarios. El estado amoroso presenta también una intensa actividad imaginativa que ayuda a la integración de los elementos del proceso primario, y asimismo la integración de los deseos parciales correspondientes a las pulsiones pregenitales bajo la primacía más o menos relativa de lo genital.

 

Así, desde el punto de vista psicoanalítico, sólo se puede comprender este “colmamiento narcisista” en el marco de una muy importante reorganización de las diferentes instancias psíquicas. Acabamos de entreverlo en el plano de la organización topográfica (consciente, preconsciente, inconsciente) y estructural (ello, yo, superyó). Podríamos también comprobar esta reorganización en el plano dinámico (carga, descarga, represión, conflicto) o en el plano económico (libido, catexia), en el sentido metapsicológico de estos términos.

Por ejemplo, la catexis narcisista parece no contradecir la catexis objetal, puesto que la intensa catexis afectiva de la que se beneficia el objeto de amor es integralmente reenviada al sujeto, por el hecho de que éste, en cuanto objeto amado apasionadamente, es introyectado como ideal del yo del sujeto mismo.

 

Lo fundamental de movimiento amoroso es una regresión, no en sentido patológico del término, sino en sentido de recuperación - aunque sea ilusoriamente - de una plenitud anterior, de desdiferenciación: aproximación de las instancias yo-superyó, yo-ideal del yo, yo-ello, y un menor diferenciación del sujeto-objeto. Sin la regresión de desdiferenciación no sería posible esta remodelación estructural que se realiza contra las fuerzas de diferenciación impuesta durante muchos años por las necesidades de la vida social. La Biblia resume esta situación diciendo que “el hombre y la mujer se separarán de sus padres y harán una sola carne”. Esta posición regresiva permite al ser humano reencontrar sus fuentes, volver a fundarse, re-crearse, lo que va acompañado de un estado muy agradable, de bienestar, como el reposo, el sueño, el paraíso, la nirvana, el orgasmo, etc. El estado amoroso permite por lo tanto al ser humano reconstituir su vitalidad afectiva y sus capacidades de adaptación.

La vida amorosa no puede reducirse en su conjunto a este aspecto regresivo, puesto que después de la luna de miel vendrán fases más críticas, donde cada ser se verá obligado a utilizar todas sus capacidades progresivas tanto regresivas.

 

Si durante esta fase de luna de miel hay menos conflictos entre las pulsiones objetales y las narcisistas, se advierte también menos conflictos entre las pulsiones genitales y las pregenitales. Uno de los ejemplos más destacables es la utilización de las tendencias masoquistas: que fuera del estado amoroso se expresaba con comportamientos autodestructivos, autopunitivos o de fracaso; en el estado amoroso, la intensa erotización permite reorientar el conjunto de estos deseos hacia el objeto, en sus relaciones erógenas con el objeto de amor.

Estas tendencias masoquistas pueden contribuir poderosamente a la organización de la pareja y a las satisfacciones mutuas de sus componentes: basta recordar la literatura, principalmente la poesía, para apreciar la importancia de la utilización de los términos de sufrimiento, sacrificio, lazos, ataduras, cadenas, violencia, sumisión placentera y otros expresiones que testimonian el deseo del sujeto de ser dominado por su objeto. Se agrega placer al dolor, vinculándolos en la relación amorosa, placer más o menos secreto que no se atreve siempre a reconocer claramente; no sufrir más en términos generales, no fracasar o ser humillado, sino sufrir a causa de lo que se ama, quedar atado a él y eventualmente ser humillado por él, en el marco de una secreta relación amorosa. Por supuesto que todos estos movimientos quedan en el plano inconsciente para la gran mayoría de los sujetos.

 

El masoquismo es también útil para tener hijos y criarlos. Tal ves, por esto que las mujeres tienen en general más masoquismo, “se sacrifican” más en la vida con la recompensa del placer masoquista, y soportan mejor la condición humana.

Hay que aclarar que el concepto de masoquismo que uso en este contexto no es un placer con un dolor o sufrimiento sin sentido; el sufrimiento en el amor de pareja y en la crianza de los hijos tiene sentido pleno, y, como he mencionado, enaltecen el narcisismo (autoestima) y el valor personal.

 

Existen también otras tendencias parciales relacionadas con otras pulsiones de origen pregenital. Alrededor del eje “voyeurista-exhibicionista”, ocurren también importantes fenómenos en que la erotización, durante la fase de establecimiento del vínculo amoroso, moviliza fuerzas muy vivas. Es bien conocida la importancia del juego de miradas en la erotización. La literatura clásica y moderna, e igualmente el cine, muestran sin cesar este juego de excitación recíproca mediante el cual cada uno de los dos componentes de la pareja provoca constantemente el interés del otro: se oculta una parte de sí mismo, ya pertenezca al cuerpo o sea una cualidad del espíritu, para provocar más eficazmente el “voyeurismo” del otro y su atracción. El coqueteo (los juegos de seducción) se vincula con estas manifestaciones, en que los aspectos activos y pasivos de la disposición escoptófila son intensamente estimulados. Por ejemplo, la mujer pone minifalda y se comporta pasivamente, pero espera que el hombre mire y fantasee, eventualmente actúe.

 

De otro lado, el proceso madurativo amoroso permite una mejoría del funcionamiento defensivo de cada miembro. El enamorado ya no tiene las actitudes autodestructivas, autopunitivas, autodespreciativas, o sentimientos depresivos; tampoco sus comportamientos agresivos y persecutorios. La organización defensiva queda entonces fuertemente aliviada. La clínica muestra con mucha frecuencia cuántos sujetos se comportan como si tuvieran que establecer a cualquier precio un vínculo amoroso cualquiera, por serle indispensable para su supervivencia.

Por el contrario, la clínica también muestra hasta la evidencia cómo la ruptura, sobre todo la ruptura brutal de tal estado amoroso, va acompañada de recaídas depresivas, especialmente de manifestaciones suicidas.

Otra modalidad defensiva muy frecuente se encuentra en las consultas psicológicas de niños en los que el vínculo libidinal, indispensable para la supervivencia de un padre -especialmente de una madre-, se desplaza poco a poco de la relación con el compañero de pareja a la relación con el niño. El hijo es entonces quien está encargado de darle a la madre lo que ésta ya no espera, o no encuentra, en su relación con su pareja. Este tipo de relación no permite la separación-individuación del hijo de la madre, y mantiene una simbiosis patológica entre ambos, con consecuencias negativas conocidas para el hijo.

 

II.2. CRISIS DE LA PAREJA Y TRABAJO PSÍQUICO DE DUELO

 

II.2.1. Reacciones precríticas

 

Tan grandes son los beneficios que se extraen de la fase de la luna de miel, tanto en el plano del aseguramiento narcisista individual como en el de las satisfacciones libidinales, que es fácil percibir cómo se opone a toda evolución que amenace con hacer peligrar esos beneficios. Por cierto, sobrevienen modificaciones exteriores a la pareja: una cierta realidad, desconocida durante la luna de miel, se impone de nuevo con sus coerciones económicas, sociales, etc., y obliga a los interesados a catectizar a otros objetos aparte de ellos mismos. Sin embargo siguen con tendencia de mantener la idealización mutua y la satisfacción de la luna de miel.

Después de la fase de la luna de miel comienza una fase más o menos extensa en que aparecen reacciones que llamaremos precríticas. El fenómeno más importante de este período consiste en que la pareja se comporta de modo colectivo e inconsciente (acuerdos inconscientes) para organizar importantes procesos de defensa para ocultar la falla que la amenaza, en lugar de neutralizar o anular sus efectos. Así, la pareja sigue manteniendo fuera de conciencia toda percepción desagradable, negando y desconociendo la decepción.

En otros casos, la escisión se acentúa, mediante procesos proyectivos se atribuye al compañero un aspecto favorable, tranquilizador y sumamente satisfactorio; mientras que aspectos frustrantes, defectuosos u hostiles son atribuidos a los terceros (su familia, su origen, su trabajo, sus amigos, etc.).

Para algunos, un tanto frágiles, lo que importa ante todo para su seguridad y supervivencia, es la posesión asegurada y definitiva de una imagen, a riesgo de rechazar a la persona misma que ha sido por un tiempo el soporte de esta imagen. La persona real puede ser vivida entonces por el otro como si hubiera traicionado la imagen a la que quiere seguir siendo fiel.

 

II.2.2. Crisis y evolución poscrítica

 

La crisis representa la antítesis de la fase de la luna de miel y permite volver a catectizar al mundo exterior. Reaparecen entonces las manifestaciones de agresividad mutua. La evolución diádica dependerá luego del equilibrio de fuerzas convergentes y divergentes en el seno del grupo que constituye la pareja.

Pueden darse entonces tres posibilidades evolutivas:

1. En algunos casos, la agresividad mutua y la descatectización del compañero siguen creciendo y conducen, ya sea gradualmente o de modo brusco, a la disociación y muerte de la pareja.

2. Otras veces, se organiza progresivamente en el seno de la pareja un cierto número de reacciones poscríticas y sus integrantes se comportan como si quisieran apartar toda fuente eventual de nuevo conflicto; pero al no poder catectizarse mutuamente tratan de proteger su relación limitando estrechamente todas las catexis exteriores a la pareja misma, a riesgo de limitar su propia expansión personal.

Con frecuencia es por intermedio de los hijos que se mediatiza un nuevo funcionamiento de la pareja, que pasa a girar alrededor de sus dificultades y especialmente de su patología. Es posible, precisamente, que el mantenimiento de la pareja se logre al precio de una preocupación común, de una angustia común, o incluso de un rechazo común a un hijo inocente; rechazo donde se expresarán las capacidades de odio de cada uno de los dos componentes de la pareja, que se protegen o se cuidan uno al otro y hacen recaer sobre el hijo una hostilidad que no se atreven a declararse abiertamente. Provocan entonces graves perturbaciones en la evolución del niño, del que la pareja se ha servido inconscientemente para mantener su vínculo propio.

3. En un tercero o quizás más importante número de casos, la pareja reorganiza nuevos vínculos. Después de las diferentes tentativas de la fase precrítica, luego del sufrimiento y el trabajo de duelo realizado, se efectúa un nuevo aprendizaje de las relaciones que genera una mejoría de la comunicación entre los integrantes de la pareja. En muchos casos, esta reorganización se realiza espontáneamente a través de una multiplicación de intercambios organizados en torno de objetivos comunes. Con respecto a estos casos, sin duda los más numerosos, conviene subrayar el efecto dinámico y propiamente recreador de la crisis, aun cuando sea vivida por los interesados como un fenómeno destructor. Sólo gracias a la crisis se crearán nuevas atracciones, nuevos complicidades, después de la extinción de las idealizaciones mutuas iniciales; y es por su intermedio que se instaurará una nueva idealización del compañero, en una forma semejante, pero menos fuerte, a la creación del vínculo amoroso.

La vida de pareja es así como se manifiesta, dinámica, una serie de alternativas en que las fases de instauración y de reconstrucción serán seguidas de nuevas fases críticas, también ellas continuadas por una renovación de los modos de comunicación y de atracción recíprocas, etc.

 

En lo siguiente estudiaremos los mecanismos de la decepción, la falla, la ruptura de la idealización y la escisión, el trabajo psíquico de duelo, la “desconfirmación” mutua y el distanciamiento del otro.

 

II.2.2.1. Decepción, falla y relación de objeto

 

El proceso de la crisis se introduce a través de la decepción experimentada por el sujeto frente a una falla atribuida al objeto. En general, la falla no es un fenómeno objetivo, sino un fenómeno subjetivo (intrapersonal). Aun que sea modesta o parcial, la decepción aparece cuando el objeto no responde ya a todos los deseos del sujeto. El objeto falla cuando menos en un aspecto: defraudó la expectativa. Aun cuando el integrante de la pareja no haya cambiado objetivamente de actitud, su imagen interiorizada parece fallar y es sentida de modo insatisfactorio con respecto a la expectativa del sujeto que deseaba. Pero esta expectativa puede ser inmensa, ilimitada, como lo hemos dicho durante la instauración de la relación amorosa. La decepción que se siente está en proporción con el grado de idealización y su proyección sobre el objeto elegido.

 

Como hemos visto, el sujeto trata de prolongar la fase de la luna de miel negando la realidad, pero estas estratagemas tienen un límite. Llega un momento en que el proceso de idealización ya no se puede mantener, salvo en casos patológicos y en la actividad casi delirante, a través de la cual ciertos individuos de estructura psicótica mantienen en su vivencia la creencia en un objeto bueno, eternamente satisfactorio y protector. En todos los demás casos aparece la percepción de una decepción, para algunos en forma rápida, para otros tardía, después de una prolongada confrontación con la realidad. Cuanto mayor ha sido la expectativa tanto más fácil sobrevendrá la decepción.

Sin embargo, otras veces es el compañero quien evoluciona efectivamente con cambios ya sea de su actitud o ya sea de su posición social que facilita la decepción consiguiente. Porque la dimensión sociocultural determina generalmente la atribución de un “valor” al compañero. O bien se compara el compañero con terceros que a veces sirve de factor de decepción (aspecto físico, prestigio profesional, dinero,etc.). Finalmente, la atribución de los valores otorgados al objeto depende fundamentalmente de las condiciones culturales.

 

La decepción juega un papel dinámico fundamental al servir de introducción a los procesos de crisis, a la ruptura de idealización y de la escisión, al retorno de las pulsiones hetero y autoagresivas, así como a la reorganización de una ambivalencia necesaria para el buen funcionamiento de la relación de pareja.

La nueva realidad psíquica vivida por el sujeto tiene un carácter doloroso. Pero no por esto que implica obligatoriamente el inicio de un desentendimiento o de una ruptura (Obs. 10).

 

II.2.2.2. Ruptura de la idealización y de la escisión

 

El retorno de las pulsiones agresivas en la relación con el objeto es la condición de la ruptura de la idealización y de la escisión. A causa de la decepción o por atribuirle al objeto una supuesta falla, se despierta la posibilidad de una crítica, es decir de la expresión de una cierta forma de agresividad. El despertar de la ambivalencia con respecto al objeto puede ser difícil de soportar, porque supone que el sujeto reconoce en sí mismo una cierta forma de agresividad, una cierta capacidad de odio con respecto a este objeto de amor dotado de múltiples aspectos que habían sido idealizados.

Es fácil concebir que esta fase crítica, esencial para la maduración de la relación en el seno de la pareja, así como la maduración de sus dos integrantes, no sea fácil de franquear. Pero existen también casos donde la evolución se cumple de manera lenta, progresiva, y no es percibida por los interesados mismos; porque hubo una superposición de la idealización y la decepción.

 

Las tentativas emprendidas para evitar la pérdida de la idealización adoptan en la clínica formas diferentes:

1. A veces, la agresividad se orienta sólo contra una parte del objeto, que es prácticamente escindida. Gracias a esta dicotomía interna, el sujeto puede desconocer los sentimientos ambivalentes con respeto a su compañero de pareja. Entonces se escuchan declaraciones como ésta: “En el fondo es bueno, pero desgraciadamente tiene un defecto, aunque no es culpa suya”; o también: “Yo sé bien que me ama enormemente; es cierto que a veces resulta demasiado pesado, pero no es él, son sus crisis.” O sino: “No es malo; es sólo su carácter, pero yo lo voy a cuidar y volverá a ser como antes.” Tales procesos están presentes con frecuencia y a veces adoptan formas extremadas. Las racionalizaciones utilizadas dependerán de las condiciones culturales. En estos casos, la parte mala del objeto interiorizado es atribuida a un proceso por completo exterior al sujeto o a los terceros (la familia, los amigos, el licor, el origen étnico, rivales posibles hasta los hijos, carácter, la depresión, otra enfermedad, hasta enfermedad psíquica que no es culpa de nadie y no se piensa tratar sino el sujeto debe cuidar su compañero).

 

2. El mismo proceso de dicotomía puede conducir, ya sea a comportamientos agresivos con respecto a estos terceros, y a aun comportamientos ultraposesivos con relación al objeto. El sujeto debe separar de cualquier manera a su objeto de lo que puede provocar su falla. Así deben entenderse algunos comportamientos cada vez más posesivos, no visibles en el origen de la pareja, y que no pueden asimilarse enteramente a conductas de celos. En este caso, y en general, el más frágil psicológicamente es quien asume la dirección de la pareja. Durante cierto tiempo el compañero se somete a este “secuestro”, pero como la idealización se mantiene cada vez con mayor dificultad, este comportamiento posesivo se acentúa y llega a formas intolerables, que conducirá a la primera crisis visible de la pareja.

 

3. A veces la tentativa de conservar una imagen favorable del objeto de amor asumirá la forma clínica paradójica de un verdadero desencadenamiento agresivo contra él; manifestación evidentemente más rara, pues se corre el riesgo de que el objeto de amor reaccione también simétricamente de manera agresiva, hasta que su comportamiento quede en contradicción demasiado ostensible con el aspecto idealizado. Sin embargo, hay casos en que este comportamiento agresivo puede entenderse como una tentativa, no de perseguir a su objeto de amor, sino de corregirlo o educarlo. No se trata sólo de apartarlo de las influencias nefastas sino también negarse a tolerar en él ciertos rasgos demasiado poco satisfactorios de su carácter o de su presentación.

Aparece entonces muy pronto este comportamiento seudopedagógico represivo que a veces asume una forma preventiva: se trata de estructuras diádicas, a menudo asimétricas pero profundamente recíprocas, donde uno de los miembros busca en el otro una especie de alumno que posea “malas inclinaciones” naturales que se trata de enmendar. En estos casos, la proyección - inconsciente- sobre el compañero de los propios aspectos negativos rechazados (que fue precisamente uno de los fundamentos del deseo y de la pareja) conduce a la elección de un chivo expiatorio. Este objeto, el chivo expiatorio, por lo general es un sujeto depresivo o desvalorizado que lucha ineptamente contra sus sentimientos de insuficiencia y de culpa, y busca medios autopunitivos para descargarse de ellos. Se siente valorizado por la elección de su perseguidor admirado, que constituye el ejemplo vivo de una victoria lograda contra sus mismas inclinaciones; perseguidor que entonces merece ser idealizado por más que lo castigue o corrija. De ese modo acepta durante un tiempo variable las medidas represivas impuestas por el primero, aun si ellas le impiden la frecuentación de los terceros y la expresión de capacidades seductoras que puedan ser consideradas como un peligro por el perseguidor. Pero también estas organizaciones diádicas pueden perdurar por largo tiempo, porque la parte condenada del objeto, muy visible, abiertamente repudiada, es por sí misma objeto de satisfacciones sádicas por parte del perseguidor, que se da a sí mismo excelentes justificaciones para castigar mucho más fácilmente, porque puede contar con una amplia complicidad de su víctima amada y amante.

En un buen número de parejas se encuentra este tipo de la relación de manera mucho más discreta, disfrazada y en general sin que los interesados sean conscientes de ello. Es “en su interés” o en el de la pareja, etc., que debería perfeccionarse para seguir siendo bueno a los ojos de quien lo ha elegido y evitar así una relación en la que el odio podría tener cabida.

 

II.2.2.3. Trabajo psíquico de duelo y “desconfirmación” mutua

 

El despertar de las pulsiones agresivas con respecto al objeto instaura una disminución de la idealización inicial, si no su desaparición. Cuando el trabajo psíquico de duelo se hace en condiciones favorables, se organiza progresivamente. Esta “desidealización” se efectúa por lo tanto en forma más o menos lenta y en general parcial. Ello le permite al sujeto recuperar su juicio y sus capacidades críticas y permite también la aproximación entre la imagen interiorizada del compañero y la realidad que éste le presenta. El trabajo psíquico de duelo permite a cada uno comprender mejor las aspiraciones latentes del otro, en lo que tienen de no correspondientes con sus propias aspiraciones.

Este despertar de las pulsiones agresivas, vinculado al trabajo de duelo, no se limita a las modificaciones de la imagen del objeto. Amar al elegido era al mismo tiempo amarse a sí mismo, la mejor parte de uno mismo real o imaginada (ideal del yo). Entonces criticar al objeto y despertar las pulsiones agresivas contra él equivale a perder la gran satisfacción narcisista obtenida. Se entiende, por eso, cuán difícil resulta para muchos este movimiento crítico y el trabajo psíquico de duelo.

 

Si agredir o criticar al objeto interiorizado es criticarse y agredirse a sí mismo, ¿hasta dónde puede llegar este movimiento? La mayoría de las veces, él se limita a la posibilidad de recuperar un cierto sentido autocrítico, al mismo tiempo de criticar al otro. Esta fase de crisis es entonces particularmente madurativa; el que acepta este movimiento obtiene la ventaja de desarrollar su insight (introspección) y de encontrar una mejor adaptación en su vida afectiva, porque comprenderá mejor sus propias necesidades, deseos y límites.

 

En la clínica, el desarrollo de este comportamiento autoagresivo puede extenderse mucho más lejos, y se encontrará un continuum entre el desarrollo prudente y limitado de una cierta autocrítica que permite el movimiento madurativo, y en el extremo, el desarrollo de un violento sentimiento autoagresivo, autodestructor cuya consecuencia más conocida es el suicidio. Un gran número de personas lo logra por medios más limitados, pero cuyo aspecto autodestructivo sigue estando presente. En ciertos casos se instaura una verdadera depresión. Pero es una depresión diferente a la depresión que sigue a la muerte del amado: porque en la crisis amorosa, el trabajo de duelo se hace más difícil por el hecho de que, al no ser total la pérdida del objeto, el sujeto se ve impulsado a volver repetitivamente a la idealización primitiva para escapar a ella. Este vaivén puede prolongarse durante largo tiempo en que transcurre el trabajo de duelo; pero otros objetos se le presentan al sujeto, más o menos referidos al primero, idealizados en su lugar, e impedirán así que finalice este trabajo penoso.

Otras veces, el fracaso de duelo se vincula con el hecho de que el sujeto es capaz de desarrollar con respecto a su compañero un odio suficientemente grande que no permitirá el desarrollo de una autocrítica, ni un comportamiento autoagresivo, porque no es culpa de él; y todo será culpa del otro.

El fracaso del proceso del duelo de desidealización puede presentarse también en la clínica como alternancia de trabajo de duelo en uno y en el otro, como depresiones alternantes, ligadas a los movimientos de autorreproches y de acusaciones verbales, paraverbales o no verbales.

 

En la patología de la pareja, se observan los fenómenos de inducción mutua en los casos de intensas identificaciones recíprocas. El tipo de comunicación: “Sufro porque tu sufres”, a lo que el otro responde “Soy yo quien sufre porque tu sufres”, a lo que su compañero responderá “Yo sufro de lo que tu sufres”, etc. Es una comunión en el sufrimiento o una verdadera fusión, donde se conjugan los procesos de identificación proyectiva e introyectiva. En tales casos es útil una cierta forma de “egoísmo”, mediante la cual uno de los integrantes de  pareja puede salir solo de su aprisionamiento; egoísmo que le permitirá, con independencia de su compañero, encontrar una posición suficientemente favorable para que el otro, al verlo por fin feliz, renuncia a acusarse de haber provocado su sufrimiento.

 

Así, el trabajo psíquico del duelo en la crisis amorosa es a menudo más limitado, más parcial, peor realizado, se escalona en un mayor número de años y a veces no se termina nunca, llegando a impedirles a algunos instaurar una nueva relación amorosa.

 

El principal del estado amoroso es una especie de “confirmación” mutua. El sujeto se siente confirmado en su valor propio, por ser objeto de amor del otro. Pero, para que haya confirmación, es preciso también que ese otro sea él también objeto de valor, sirviendo de referencia y por lo tanto sea estimado o, más ampliamente, amado. Lo que se produce en el momento de la crisis es precisamente una duda más o menos profunda y más y menos duradera respecto del “valor” del otro, encargado de aportar la confirmación de sí, lo que produce en el sujeto un sentimiento de des-calificación, des-valorización, des-capacitación, des-estimación, des-confirmación (Obs. 10 y 11).

 

Estos procesos de confirmación y de desconfirmación mutuas son extremadamente frecuentes e importantes, y aparecen en distinta medida en todas las relaciones diádicas. ¿Hasta dónde puede llegar este proceso? A veces muy lejos, cuando los integrantes de la pareja, enredados en transacciones patógenas, se vuelven incapaces de salir de ellos, salvo rompiendo sus relaciones. Ruptura lenta, progresiva en algunos, que reducen su comunicación, se acorazan contra el intercambio afectivo y sólo mantienen su equilibrio personal al precio de una especie de indiferencia hacia el otro Así, aun cuando la pareja conserva una existencia de hecho, conviva, se va extinguiendo poco a poco y el desagrado de vivir juntos predomina sobre el deseo mutuo. Otras veces la ruptura es súbita, traumática, ocasionada por aventuras extraconyugales iniciadas como para escapar de la relación descalificadora de la pareja, en que un tercero aporta la confirmación narcisista que el cónyuge ya no da.

La “desconfirmación” mutua, como consecuencia de la crisis, debe considerarse como un fenómeno fundamental en el seno de la pareja y no como un accidente patológico o una excepción. Numerosas parejas se muestran capaces de superar la crisis y aprenden a acondicionar de nuevo sus lazos internos, de un modo confuso o claro, espontáneamente o a través de una terapia. Esta “desconfirmación” se presenta a menudo de manera atenuada, menor o latente. Otras veces es alternativa, y cada integrante de la pareja se apoya sobre el otro para atravesar su fase depresiva y hacer su duelo.

 

II.3. CRISIS Y DISTANCIAMIENTO DEL OBJETO

 

En unos casos de crisis fuertes, cada uno de los integrantes debe restaurarse personalmente a distancia antes de tratar de restablecer con su compañero de pareja un nuevo tipo de relaciones.

 

Un efecto benéfico de las crisis o subcrisis repetitivas es el de llevar a los individuos a una mayor autonomía y a una más clara delimitación del yo de cada uno. En efecto, la vivencia simbiótica tiene a menudo gran valor erógeno, pero solamente si resulta soportable para los individuos, que sólo la alcanzan en algunos momentos privilegiados de su existencia. Muchos otros no pueden llegar a ella: sujetos demasiado frágiles para soportar un retorno hacia lo indistinto, hacia lo no organizado; no soportan la donación total y la “desaparición” o “la pequeña muerte” en el otro, especialmente en el orgasmo. En estos casos están contraindicadas las terapias llamadas sexuales que utilizan métodos de condicionamiento, puesto que para llegar al orgasmo, obligarían a los pacientes a una vivencia fusional demasiado angustiosa para estos sujetos tan frágiles; su problemática mayor no es la del placer, sino la de la existencia misma, o también de la supervivencia psicológica.

Otras veces esta regresión se hace posible en la etapa de la formación de la pareja; pero los cambios de la existencia impiden mantener un clima tan tranquilizador desde el punto de vista narcisista. Una proximidad más o menos fusional despierta angustia: “perderse”, “ahogarse” en el otro totalmente identificado consigo, resulta tolerable; pero ya no lo es si el compañero no es más el alter ego, sino otro diferente, como un “extraño”. Es como si ya no se considerara más el compañero como el soporte de las proyecciones de un objeto bueno interiorizado.

Si el riesgo de ser absorbido por el objeto de amor es demasiado grande, el sujeto que lo presiente se limita a experiencias mucho menos invasoras, a las que es capaz de poner fin rápidamente. Así parece realizarse un gran número de experiencias amorosas pasajeras.

En casos de uniones profundas, tan absorbentes que cuestionan la autonomía del yo, la persona frágil invadida, para defenderse, reacciona de manera agresiva que conduce a un distanciamiento.

A veces, la reacción defensiva individual contra la invasión por la pareja asume formas brutales, impulsivas o dramáticas, tanto más explosivas cuanto que son inconscientes. El decidirse a encarar impulsivamente una aventura extraconyugal traduce una de las expresiones más frecuentes de estas tentativas tomadas para escapar a la invasión por el amor del compañero. En estos casos, la persona actúa su ambivalencia de dependencia del objeto supercatectizado, y la voluntad de protegerse de él o de separarse de él. Es la imagen de cierta libertad interior la que se cuestiona en el marco de un compromiso muy profundo, que vincula al sujeto con su objeto muy catectizado.

De otra parte, la evolución de un miembro de pareja puede cuestionar de manera consciente o inconsciente los “contratos inconscientes” iniciales de pareja. Este tipo de crisis se manifiesta con más frecuencia en los matrimonios iniciados con un compañero más joven que el otro. Lo que produce en general una crisis fuerte y un distanciamiento.

 

El distanciamiento como defensa contra la invasión por la pareja (sobresaturación) se puede resumir bajo formas siguientes:

1. Operar un distanciamiento interior entre los integrantes demasiado fácilmente identificados uno con otro, según un modo de identificación proyectiva. Sobre todo sujetos frágiles necesitan salvaguardar su propia identidad frente a lo que siente como la invasión por el otro.

2. La tentativa de distanciamiento pueden aparecer bajo síntomas: reacciones caracteriales violentas, bruscas descargas agresivas, fugas, aventuras extraconyugales sin consecuencias, enfermedades, fracaso en el plano genital o rechazo genital (El rechazo genital explicito o implícito son muy frecuentes, y tienen orígenes también muy diferentes. A menudo, la mujer utiliza este rechazo como una “arma” de defensa o de ofensa). La relación extraconyugal en este caso (puede parecer incomprensible) no debe interpretarse necesariamente como una falla del objeto de amor principal, y menos aún como una descalificación de éste, sino a menudo como una tentativa de escape a una excesiva invasión de la pareja.

 

En la relación madre-hijo, frente a una madre intrusa, el bebé reacciona con frecuencia a través de la anorexia o el rechazo alimentario como defensa, rechazando lo que sin embargo necesita. Cuando la relación es densa entre dos compañeros de pareja, pero sin intrusión recíproca, cada uno provoca naturalmente el desarrollo del deseo del otro. Pero si esta estimulación se siente como excitación obligada, como forzamiento del deseo o como una intrusión, puede desarrollarse a espaldas de los componentes de la pareja una reacción latente que conduce a uno de ellos, de modo inconsciente, a desear no desear más: se escapa de la intrusión o de la invasión del compañero, no experimentando más atracción erótica por aquél que hasta ese momento sabía demasiado bien cómo estimularla. Muchas veces, este rechazo sexual electivo está confundido con frigidez o impotencia. En estos casos, un tratamiento sexológico de inspiración conductista será inútil y aun a veces perjudicial, pues refuerzan la inhibición y el rechazo en el portador del síntoma. El síntoma presentado traduce entonces la crisis de la pareja y una tentativa pasiva y torpe de obtener un distanciamiento necesario para la salvaguarda individual.

 

La imagen del compañero puede desempeñar diferentes papeles: esta imagen puede estar encargada de convertirse en el soporte de las proyecciones agresivas mediante las cuales un sujeto tiende a defenderse. Puede tratarse del desplazamiento de afectos ligados en el origen a sus primeros objetos de amor, a sus figuras parentales, sobre este compañero (como un chivo expiatorio). Puede también tratarse del desplazamiento más sutil sobre el compañero de todos los afectos, especialmente de los afectos hostiles provocados por esa especie de amenaza opresiva que representa la pareja.

 

En la vida de pareja no desaparecen las necesidades defensivas individuales de autonomía para cada integrante de la pareja, ni el carácter envolvente o penetrante de la relación amorosa poniendo en riesgo la relación amorosa misma.

Sin embargo sería una pobre evolución para el ser humano tener que renunciar a esta posibilidad de desarrollo de su capacidad de amar y de ser amado. Precisamente, la cualidad erótica suele relacionarse con este movimiento de compenetración más o menos envolvente o devorador. El problema consiste entonces cómo hacer que esta “devoración” mutua conserve un valor erótico y unificador, sin absorber a uno de los dos integrantes de la pareja hasta destruirlo; dicho de otro modo, encontrar la manera de que esta absorción adopte una forma simbólica. Forma que varía mucho de una pareja a otra y que es también muy variable en el tiempo para una misma pareja, mostrándose capaz de evolucionar hasta una edad muy avanzada.

 

II.4. LOS QUE AMAN “DEMASIADO”

 

Hay casos en que el amor del objeto absorbe todas las capacidades del sujeto, se da totalmente al otro, hasta agotarse en este otro. El sujeto aparece como prefiriendo a su compañero antes que a sí mismo, y dándole a éste por amor lo que no se da a sí mismo.

Hay sujetos que sienten confusamente que tienen por “misión” darle valor al otro, de mostrarse incapaces de vivir solos por sí mismos e inducen a su compañero a valorizarse, ayudándolos. Amar al otro más que a sí mismo puede aparecer como una actitud hasta extremista, pero es a veces una realidad, por lo menos en el plano inconsciente. Antes que una aplicación excesiva de la máxima evangélica: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, es más bien su negación o su contrario. En este tipo de relación amorosa, el sujeto va a la muerte que él mismo prepara refugiando lo más íntimo de sí en el otro, al que se dona amorosamente y en el cual se prolongará: proceso de identificación proyectiva por el cual le confía a su objeto la mejor parte suya de la que se empobrece de hecho, pero que cree proteger y salvar de ese modo.

Tal es sin duda una de las características del amor: ser capaz de utilizar todos estos procesos más arcaicos inconscientes. Todo esto ha sido ya cantado por los poetas y los místicos, y vivido en su inconsciente por los enamorados. “Es preciso que Él crezca y que yo disminuya”, dice San Juan. Sentimiento también próximo al amor parental.

El budismo tiene también dentro de sus metas principales la disolución del yo aparente en la búsqueda de iluminación y de Nirvana.

 

II.5. EL RETORNO DE LO REPRIMIDO

 

Recordemos el papel predominante del “imago parental” en la elección del compañero de pareja; sea la similitud, o sea la diferenciación respecto al padre del sexo opuesto, buscada en el compañero, reflejan los dos el sello de la prohibición del incesto. Esta prohibición sigue operando después de la elección, aun si se ha efectuado precisamente para proteger al sujeto de deseos incestuosos demasiado vivos y de una relación edípica todavía mal superada. La represión sigue activa; pero el deseo no desaparece por eso, y adopta más tarde formas diferentes detrás de diversos disfraces. El retorno de lo reprimido como introducción a la crisis no sólo involucra los deseos edípicos, sino también otras pulsiones reprimidas. Me conformaré con mencionar sólo algunos aspectos.

 

II.5.1. El retorno de Edipo

 

En la clínica de parejas aparece una crisis cuando la evolución madurativa de uno de sus miembros lo lleva a desear secundariamente la satisfacción pulsional contra la que se defendió inicialmente al elegir compañero. Sin duda el caso más frecuente se relaciona con el deseo arcaico de Edipo (Obs. 12).

 

La crisis puede también estallar cuando la evolución madurativa de uno de los integrantes de la pareja hace que ya no se conforme con lo que su compañero aportaba al comienzo de la unión, positiva o negativamente a los deseos edípicos del sujeto (Obs. 13).

 

II.5.2. El retorno de la homosexualidad

 

La represión juega un papel decisivo en el origen de la pareja y se ve reforzada por la elección del compañero. La pareja distribuye los papeles de tal manera que cada compañero debe oponerse al retorno de lo reprimido en su cónyuge. Por eso a veces, en el momento de una crisis, un cónyuge se sorprende al comprobar que se le reprocha lo que tanto se apreciaba en él.

El concepto psicoanalítico de bisexualidad psíquica permite distinguir la parte masculina de la parte femenina en cada ser humano bisexuado. El componente homosexual, confirmado constantemente como fundamento de las relaciones amistosas, desempeña un papel muy importante en esa amistad peculiar que es el ingrediente necesario de toda vida conyugal.

Cuando este componente homosexual latente no se “utiliza” suficientemente en el funcionamiento de la pareja, esto puede traducirse en una “amistad” insuficiente entre sus componentes. Es lo que se observa a veces en ciertas uniones conflictivas, donde sólo el componente erótico heterosexual parece mantener provisoriamente la cohesión de la pareja: por ejemplo, los casos a que alude la picardía popular cuando dice que “se reconcilian en la almohada”. En otras parejas, sin duda numerosas, es como si los componentes homosexuales no encontrasen satisfacción en el seno mismo de la díada y entonces cada integrante lleva su propia vida y establece sus amistades en el exterior. Los componentes hetero y homosexuales buscan entonces objetos diferentes, y el componente heterosexual define sólo la elección del cónyuge.

Pero sin duda es en las situaciones inversas donde se manifiesta más la presión considerable de las disposiciones homosexuales latentes, que se expresan a través de un afecto tierno y aparentemente poco erotizado de los dos compañeros. Es asombroso ver el número importante de parejas que parecen satisfacerse muy bien con una falta o una limitación considerable de los intercambios heterosexuales con una “deserotización” mutua, como si éstos constituyesen un elemento secundario de la existencia cotidiana de la pareja. Algunas de ellos iniciaron su existencia de pareja igual que mayoría, es decir con una actividad heterosexual, pero poco a poco la atracción erógena del compañero fue disminuyendo; la relación llega entonces a quedar casi totalmente “deserotizada”, y los compañeros sólo tienen entre ellos relaciones casi fraternales. Entre estas parejas, ciertamente, algunas ven despertarse su agresividad mutua, pero muchas otras parecen soportar esta “deserotización” sin conmociones mayores y sin manifestación pulsional extraconyugal. Pero la catexia afectiva del compañero puede seguir siendo muy viva. El fenómeno se acentúa a menudo con la llegada de los hijos, pues entonces los papeles parentales adquieren una importancia creciente.

En algunos casos, el proceso más evidente es el de la asimilación del compañero a una figura parental: ¿cuantos esposos y esposas se llaman mutuamente, “mamí” o “papi”?. Se trata prácticamente del despertar de una relación edípica mal superada, que lleva a experimentar un tierno afecto por el compañero-padre o -madre, progresivamente desprovisto de toda carga erótica. Algunos compañeros pueden mantener sus relaciones relativamente estables, al menos mientras uno de ellos no oriente hacia un tercero atracciones heterosexuales u homosexuales hasta entonces atenuadas o canalizadas en el seno de la primera pareja (Obs.14).

 

Si se le da su importancia a los componentes homosexuales en la estructuración de la pareja, así como en el entrecruzamiento de las atracciones mutuas de sus integrantes, se comprueba que la diferencia entre las parejas heterosexuales y las parejas compuestas de integrantes homosexuados, es más reducida de que lo que parece a primera vista. Esto es verdad sobre todo en parejas que se organizan para durar: a fin de afrontar y superar situaciones de conflicto, ellas tienen interés en no apoyar sus cimientos sobre bases demasiado estrictamente heterosexuales, y en reforzar por ejemplo los lazos sentimentales y de amistad, más que en los casos de relaciones efímeras.

Es sabido que en las condiciones actuales, la estabilidad de las parejas homosexuales es sensiblemente inferior a la de las parejas heterosexuales. Las parejas homosexuales masculinas son particularmente socavadas por procesos de celos, que pueden adquirir formas hetero u homosexuales. Las parejas femeninas parecen mucho más estables. En los dos sexos, la actividad genital propiamente dicha parece muy poco importante en la mayoría de los casos, no es excluida totalmente, y entonces la relación adopta un carácter platónico.

 

II.5.3. Retorno de lo pregenital

 

Si la pareja se elige y estructura para reprimir colectivamente las pulsiones pregenitales (pulsiones sadomasoquistas, exhibicionismo, voyeurismo, homosexuales, edípicas, etc.), su retorno introduce la crisis, o más a menudo la traduce directamente. En una pareja donde las relaciones sexuales son muy estereotipadas y la comunicación prohibida implícitamente sobre este tema, el retorno de las pulsiones parciales puede inducir a relaciones extraconyugales. Además, con mucha frecuencia las pulsiones parciales reprimidas o rechazadas se expresan directamente en la decisión de iniciar relaciones extraconyugales.

 

Generalmente, es en los preludios sexuales cuando se utilizan los derivados de los pulsiones pregenitales de la vida psíquica como bromas, la mirada (voyeurismo), exhibicionismo, la ternura, contacto de la piel, el beso, la incorporación por la “devoración”, juegos sadomasoquistas, imaginaciones que satisfacen las fantasías individuales, etc.

 

El destino de diferentes pulsiones parciales puede resumirse en tres evoluciones:

1. Para algunos, las pulsiones sufren una represión precoz, mantenida por largo tiempo y reforzada mediante diferentes mecanismos de defensa y por el compañero elegido que conduce así a un verdadero silencio pulsional. Muchas parejas funcionan así y se mantienen estables sin sintomatología precisa, o con sintomatología neurótica bien soportada, hecha de inhibición en la esfera sexual.

 

2. Otras veces, el equilibrio inicial de la pareja es alterado por circunstancias particulares vividas por uno de sus integrantes (lecturas, encuentros, películas, aventuras, etc.), que interrumpen su “silencio pulsional” y hacen insuficiente los diversos mecanismos de defensa. La pulsión parcial así despertada busca entonces una vía de satisfacción. Si el cónyuge mantiene su presión inicial, esa pulsión que se ha despertado se expresa:

- o bien ante un tercero;

- o a través de actividades masturbatorias que reaparecen en la edad adulta;

- o mediante diversas formas más o menos patológicas (súbita aparición de manifestaciones sádicas o masoquistas, conductas de fracaso y autocastigo, depresión, somatización, etc., expresiones que se facilitan recurriendo al alcohol que sirve para disminuir la inhibición).

 

3. Por último, en numerosos casos, cuando existe una buena comunicación explícita o implícita, el segundo miembro siente con dolor el cambio del primero y hace frente mediante una evolución personal. Puede entonces:

- rehusarse a darle satisfacción; en cuyo caso puede orientar hacia otros objetos esta pulsión (por ejemplo, tolerando ciertas manifestaciones exteriores incontrolables), o distanciarse de su compañero, y acaso separándose con el fin de mantener su propio equilibrio;

- dar satisfacción a la pulsión de su compañero rechazada hasta entonces, a riesgo de sufrir él también una evolución intrapsíquica, por ejemplo venciendo algunas de sus defensas propias. Se instaura entonces un nuevo equilibrio entre dos compañeros que han evolucionado profundamente uno y otro en su funcionamiento intrapsíquico personal, después de una fase de crisis más o menos prolongada y difícil, introducida por el retorno de lo reprimido en uno de los dos. La reorganización profunda de las relaciones y de las atracciones se instaura con una nueva idealización y especialmente una “sobreestimación sexual” del compañero, ligado a una nueva erotización de sus relaciones.

 

Los compañeros, a favor de la decepción instauradora de la crisis, renuncian a una idealización inicial mutua y reconstituyen una nueva forma de idealización, seguida de un nuevo trabajo crítico, luego de una nueva idealización, etc. Es cierto que, a parte de los primeros, estos períodos se sobreponen cada vez más y es de una manera un tanto abstracta que se puede distinguir más tarde una fase de crisis y una fase de restauración. Crisis y restauraciones posteriores utilizan la misma dinámica y conservan las mismas formas.

 

¿Sobre qué se apoya esta nueva idealización? Sin duda lo hace a menudo sobre la intensa necesidad narcisista de ser tranquilizado constantemente por el compañero, que, para aportar su verdadera “confirmación”, debe estar bien calificado para ello y por lo tanto recibir él también estimación y afecto. Esto supone que cada miembro sea capaz de descubrir nuevos aspectos gratificadores en el otro.

Esta idealización secundaria está más elaborada y discreta en cuanto se apoya sobre datos más próximos a la realidad psíquica y a la realidad percibida del compañero.

 

II.5.4. El compañero como soporte de las representaciones de los objetos malos interiorizados

 

En una primera etapa, el objeto es considerado como bueno, pero que se invierte en seguida. Y el objeto se vuelve la fuente de frustración y de persecución; porque el sujeto proyecta intensamente sobre el compañero los malos aspectos de los objetos interiorizados en el pasado del sujeto.

Algunos sujetos, perturbados por importantes dificultades relacionales, se comportan como si tuvieran necesidad de un compañero a quien odiar, y si no lo encuentran, se sumen en vivencias persecutorias. De otra parte, recordemos que en la evolución de mayoría de las parejas, cuando ocurren las crisis vuelven también los sentimientos ambivalentes y la agresividad; y se proyectan también las partes malas de los objetos interiorizados del pasado. Pero, en general, esta situación es parcial y transitoria.

 

Algunas condiciones determinan que este fenómeno sea más frecuente:

1. Las disposiciones psicopatológicas personales: sujetos en el límite de la descompensación psicótica; o sujetos con graves carencias, que han padecido notables traumatismos psíquicos en su primera infancia.

2. La necesidad subjetiva de proteger los lazos privilegiados con otras personas muy importantes y muy catectizadas -padres, hermanos y hermanas, ideales, que no deben ser amenazados a ningún precio por la vida conyugal; por ejemplo, relación de culpa reprimida con respecto a uno de los padres. El sujeto que se defiende de todo odio inconsciente contra ellos, gracias a una formación reactiva, les atribuye todas las virtudes; y las proyecciones del odio inconsciente se desplazan sobre el compañero. Es un fenómeno bastante frecuente que impide la formación de un “nosotros” común de la pareja, como si el “cordón umbilical” con la madre-familia no se hubiera cortado.

 

En estos casos, en general, la pareja sobrevive; es como si el sujeto, colmado por esta carga de odio de origen arcaico tuviera necesidad absoluta de su pareja para descargar sobre ella este odio, aunque lo tenga que compensar con un gran afecto o con otros procesos de reparación.

Generalmente, estos afectos de odio no se expresan de manera constante, y dan lugar a comportamientos oscilantes o inestables: a los gestos de odio, siguen en el sujeto los sentimientos de culpa acompañados de devoción tierna y seducción, que le permiten al compañero restablecerse y sobre todo testimoniar que no ha sido destruido totalmente por el acceso inicial de ira destructora. Ocurre sin embargo que en tales casos las aproximaciones más íntimas, especialmente la unión sexual, se hacen más difíciles y el más frágil de los dos protagonistas -en general el más perseguido- no es capaz de sentir una verdadera emoción durante la unión: quizá llega a ejecutar o a aceptar el acto con la condición de no participar demasiado en él, de no “sentir” demasiado y recurre con frecuencia a la utilización de razonamientos donde los sentimientos morales ocupan un lugar de importancia.

 

La pareja puede resistir a veces por largo tiempo estas intensas explosiones de odio o de desprecio. El problema planteado es el de la tolerancia del compañero; o dicho de otro modo, el de los beneficios inconscientes que éste puede extraer de tales lazos. La primera respuesta invoca las características individuales de este último: tendencias depresivas o autopunitivas, o de carácter masoquista. Esta respuesta no es suficiente para explicar enteramente esta tolerancia a la intensa manifestación de odio al perseguidor: en efecto, antes de su casamiento, algunos de estos cónyuges no habían manifestado grandes tendencias autopunitivos, ni rasgos masoquistas muy marcados. Es difícil no recurrir aquí a una segunda respuesta, que invoca un juego sistémico o vincular de relaciones de pareja, puesto que es solamente al interior de la pareja que se manifiestan estas actitudes recíprocas. La atribución y la aceptación de un juego de papeles son utilizadas por cada uno para liberarse de una tensión psíquica intrapersonal, desplazándolo en la relación de pareja para manipulación recíproca del compañero como objeto sustitutivo o como prolongación narcisista de sí mismo.

Por ejemplo, el sujeto tolerante, que asume el papel de la víctima, a menudo ha elegido a su perseguidor como ideal del yo, pero incluyendo los aspectos superyoicos. En la parte más profunda de su inconsciente, el sujeto tolerante espera violentos reproches y sanciones severas por la transgresión más o menos imaginativa de las prohibiciones. Así, el sujeto espera que sea el otro que representa la “Ley” y encarna la amenaza de la castración.

A veces, se constata un papel de una especie de “misión” atribuida a la víctima, que por su expiación (o sacrificio sublime) debe permitir la “redención” del compañero que odia. Este aspecto parece importante en algunas situaciones dramáticas paroxísticas, pasajeras y repetitivas como la reacción ante el cónyuge alcohólico. Recurrir al ejemplo de una relación sadomasoquista no es siempre suficiente para comprender el conjunto de la situación, ni la intensa confortación narcisista de la que se beneficia la víctima inmolada, encargada de hacer posible la redención del verdugo bienamado, que sería condenado si no fuera por este sacrificio sublime. Los confesores de antes conocían este aspecto, y lo explotaban a veces en el sentido de la gratificación de la víctima y del refuerzo de la tolerancia. Las condiciones culturales actuales parecen jugar más bien en sentido inverso al desvalorizar el sacrificio o culpabilizar el masoquismo.

En otras parejas, la distribución de este papel es alternativa y flexible, y la pareja funciona como una terapia, porque cada uno acepta y soporta transitoriamente la proyección de partes malas de los objetos interiorizados del compañero. La identificación proyectiva puede presentar entonces un carácter flotante y evitando así las vivencias persecutorias o reacciones de tipo paranoico. El compañero amado, si puede permitirse soportar estas proyecciones culpabilizadoras o persecutorias, se convierte en el mejor “medio” para que el sujeto pueda desembarazarse de este parte de sí mismo que le estorba y que no tiene ya necesidad de manifestar. Sin duda es en estas condiciones cuando mejor puede percibirse la verdadera “función psíquica de la pareja”. Sin embargo, esa flexibilidad en la distribución alternativa de papeles sólo puede referirse a individuos que sean ellos también flexibles y que utilicen con facilidad el registro entero de sus mecanismos de defensa.

¿Qué pasa mientras con los otros; con aquéllos que presentan una rigidez caracterológica que los aproxima a los neuróticos, a los psicóticos o a las personalidades psicopáticas? ¿Qué hacen con los diversos aspectos del objeto malo interno? Ellos logran a vivir una parte de esos aspectos en su pareja y de alguna manera metabolizarla, especialmente mediante una identificación proyectiva sobre el compañero. Y aquéllos para quienes la pareja representa un modo específico muy importante de normalización y de protección contra el riesgo de una descompensación patológica, evidentemente procuran con gran fuerza mantener su pareja, aun cuando sufran. La posibilidad de proyectar sobre un compañero controlado lo que no soportan en ellos mismos es demasiado precisa como para correr el riesgo de perderlo a causa de algunos sufrimientos o debilidades. Unos psicoterapeutas directivos, sin comprender estos mecanismos inconscientes, sugieren o aconsejan la separación de pareja. La ejecución de este consejo precipita la descompensación de sus constituyentes.

 

Con cierta frecuencia se observan parejas que parecen equilibradas socialmente y psicóticas únicamente en el marco de su pareja: muy conflictivas, gran sufrimiento, a veces sin satisfacción ni actividad genital. En ellos se comprueba un funcionamiento grupal o vincular de tal naturaleza que impide el tratamiento y la evolución separada de uno de los compañeros, como si se tratara antes que nada de mantener la posibilidad para cada uno de poseer siempre al compañero a odiar. Por eso se ve a menudo una brutal descompensación en ellos, cuando, a pesar de sus esfuerzos, desaparece su pareja por una razón independiente de su voluntad (Obs. 15).

 

Algunas conductas vindicativas después de la separación o el divorcio pueden comprenderse bajo también esta luz: como si un individuo, para no odiarse a sí mismo, tuviera necesidad de canalizar todo su odio sobre otro que antes formó parte de sí. Esa proyección de la agresividad y del odio en el compañero conserva su virtud después de desaparecida la pareja. Pero a veces, desgraciadamente, el odio puede expresarse en términos que afectan al hijo de la pareja, en cuanto se lo siente como hijo del otro (si se le parece, si éste dice preferirlo, si el niño muestra una distancia o una indiferencia aparente en la guerra entre los padres, etc.), y este odio puede ir hasta suprimir estos hijos para castigar el ex-cónyuge.

Es así que la muerte de la pareja no siempre pone fin al odio que animaba a sus integrantes, odio del que tenían necesidad para sobrevivir; mientras que en otros, la muerte de la pareja no permite encausar las disposiciones persecutorias que, carentes de esta focalización, tomarán la forma extendida de un gran delirio.

 

 

CAPÍTULO III

COMUNICACIÓN DE LA PAREJA

 

Nunca se subrayará bastante la importancia de los problemas de comunicación en el funcionamiento de la pareja, y la gran proporción de fracasos de la vida conyugal se debe a la mediocridad de la comunicación entre sus integrantes. A veces pueden hablarse mucho, pero no se comunican sobre lo fundamental, porque lo temen.

La pareja no se puede no comunicar, sin embargo para tratar de no comunicar, utilizan toda una serie de estratagemas que constituyen por sí mismas una comunicación destinada a impedir otra.

La actividad más importante del terapeuta de pareja es la clarificación de la comunicación de la pareja en las entrevistas conjuntas.

 

III.1. MULTIPLICIDAD DE LOS CANALES DE COMUNICACIÓN

 

Uno de los elementos que contribuye a tan gran complejidad de los problemas de la comunicación de la pareja, proviene de la multiplicidad de los canales a través de los cuales pueden dirigirse los mensajes: el lenguaje de la vida afectiva está muy cercano al cuerpo (silencio, gestos, mirada, manera, calor y el tono de la voz, mímica sexual, etc.), y es un modo de comunicación analógica, sin sintaxis precisa, siempre cargada de sentidos múltiples que el receptor del mensaje debe interpretar. Por ejemplo, el lenguaje del estado amoroso es próximo a los estados patológicos y a las experiencias muy primitivas, ligadas a las raíces pulsionales más arcaicas del ser. El proceso primario opera allí tan activamente como en el sueño y en la fantasía, con sus procesos de desplazamiento y de condensación. De todos modos, el lenguaje corporal necesita ser interpretado, y sólo puede serlo por intermedio del lenguaje verbal, a pesar de sus defectos.

 

La comunicación de los afectos y de las emociones más importantes se hace, aún en los adultos, más por los gestos, las mímicas y los sonidos que por las palabras, que recién vienen después o que acompañan, precisan, matizan o desmienten lo que ya ha dicho la mímica. Por lo tanto, es cuando las tendencias afectivas se encuentran en el máximo, cuando el ser, aun adulto, utiliza más sus canales primitivos de comunicación; de ahí la importancia de observarlos en el momento de los conflictos.

De otra parte, el sujeto puede ignorar el afecto que expresa al otro mediante su cuerpo, que ha logrado reprimir la representación. Su compañero lo percibe, mientras que el sujeto que lo expresa lo ignora totalmente y de buena fe. Así, “respira bondad”, “infunde miedo”, “es un surtidor de odio” que el propio sujeto desconoce, pero que perciben los que están a su alrededor. Entonces la contradicción se hace manifiesta para el otro, puesto que la mímica “dice” con claridad un afecto intenso que la palabra “niega” frontalmente. Esto basta para acusar de mala fe al locutor que ignora la multitud de señales que emite. Se vuelve inconsciente de sus mensajes mímicos, como lo era cuando, siendo un bebé, los emitía antes de ser consciente de sí mismo y de su propia existencia.

 

Las relaciones entre las señales emitidas por diferentes canales de comunicación son complejas; por ejemplo, el gesto y la mímica pueden acompañar al discurso verbal para confirmarlo: la mano, el puño, la expresión del rostro y particularmente la mirada, se utilizan corrientemente para apoyar la expresión oral, sin que el que habla sea consciente de ello. Ocurre también que la expresión gestual y mímica se utiliza precisamente para atenuar lo que se expresa oralmente, en caso de una crítica amistosa por ejemplo.

La comunicación puede complicarse secundariamente cuando el que reclama un cambio gana el pleito: el compañero que fue convencido puede vivir la situación, generalmente sin saberlo, como si hubiera fracasado en la negociación o hubiera sido vencido. Desde ese momento quedará como en guardia, y la próxima vez desconfiará, no ya de la clara comunicación emitida verbalmente, sino sobre todo de los signos que la acompañan, calurosos y favorables. Así, el que ha cedido varias veces aprendió a desconfiar de los mensajes de acompañamiento que aluden a la ternura, la amistad, la simpatía, cuando no al amor, y le asigna a esos mensajes una significación contraria de artimaña, de hipocresía o de franca hostilidad. Entonces, la comunicación de la pareja se vuelve más complicada y más difícil.

 

Se pueden complicarse también otros aspectos del diálogo. Por ejemplo, el lenguaje genital tiene un carácter provocativo. Hay que señalar su valor de incitación a la acción, pero que puede producir también reacciones de oposición oculta. El despertar el deseo del otro es a la vez agradable y estimado desde el punto de vista narcisista, y corrige las posibles huellas de heridas anteriores o del complejo de castración (fracasos).

Pero puede ocurrir también que esta incitación al deseo llegue a hacerse más sofisticada: el despertar del deseo, en la medida en que es provocado, y luego querido por el otro, puede muy bien sentirse como impuesto por el compañero provocador, desposeyendo así al sujeto de su propio deseo. En este caso, el compañero solicitado, puede oponerse, ya sea de una manera activa, u otras veces de manera más sutil y pasiva, por ejemplo no sintiendo más, o no experimentando nada. La clínica de pareja muestra esto frecuentemente en el caso del tratamiento de impotencias y frigideces o de otras formas de dificultades sexuales: se le otorgará al compañero adversario un placer “vulgar” y solitario, pero en cambio se le negará más profundamente la capacidad de despertar el deseo y de imponer su ley. Efectivamente, el compañero “rechazado” puede sentirlo como una herida narcisista o como una castración.

El síntoma genital, más que los otros, forma parte de un lenguaje entre dos, que adquiere y conserva una significación sistémica y vincular; es el sistema-pareja entero el que funciona a través de él. Una comprensión de carácter sistémico, que será necesaria en este plano, no excluye empero una comprensión psicoanalítica individual. Tampoco excluye una explicación en términos de relación de poder: la solicitación de uno de los miembros de la pareja puede tener por efecto modificar al sujeto mismo en lo íntimo de sí, de modo que aquel adquiere un poder sutil sobre el sujeto, poder que éste puede rechazar un día, aun a precio de reprimir su deseo para defenderse y de fracasar en el acto que necesita de la participación conjunta.

 

III.2. SIGNIFICANTES FÁCTICOS

 

Las otras formas de expresión simbólica, importantes en el plano de las comunicaciones dentro de la pareja, se sitúan en el marco de la vida práctica y de la existencia cotidiana. Pero su evolución es del mismo orden que la de otros lenguajes, mímicas, gestos y señales genitales. Las situaciones evolucionan, no siempre se borran sino que se sobreponen, y ello genera una complejización progresiva.

A veces un miembro de pareja (generalmente mujer) dice al otro: “Los hechos son amores y no solamente los discursos”. Es una forma de reproche al otro para significar que no hace, o ya no hace, suficientes hechos parar mostrar su amor.

Podemos ilustrarlo con el intercambio alimentario, cargado de significaciones afectivas que pueden asumir sentidos sucesivos: por ejemplo, preparar la comida, o el café, poner la mesa, etc., puede significar que se hace un gesto en honor del compañero y lo confirma de ese modo en su valor, al mismo tiempo que confirma la capacidad de quien hace los preparativos para satisfacer a su compañero. Pero se puede hacer esta comida porque ella es reclamada. En ese caso, la comida no se prepara en honor del otro, sino bajo una presión exigente. Desde ese momento, cumplir esa tarea adquiere una significación todavía más agresiva y culpabilizadora.

 

Otro ejemplo de la actividad cotidiana que crea mini conflictos repetitivos es la conducción del automóvil. El hecho de conducir puede significar la desconfianza en cuanto a las capacidades del compañero; o el miedo -o aun la fobia- a ocupar una posición pasiva en el automóvil; o también una tentativa de reducir al compañero a una especie de impotencia, sobre todo cuando es sabido que hoy el permiso de conducir se vive, en el plano simbólico, como el rito iniciador que testimonia el ingreso a la edad adulta, y entonces le permite al compañero menor, generalmente la mujer, tener acceso a una especie de mayoría simbólica. Conducir un automóvil, o darlo a conducir, puede revestir así sentidos múltiples.

 

Ayudar al compañero o participar en un trabajo en común, posee a menudo el significado de un gesto de simpatía, afectuoso, a veces condescendencia; o también traduce una buena integración de los compañeros; o puede traducir la interiorización por cada uno de una especie de ley de distribución de tareas, es decir que un acto que carece por sí mismo de significación afectiva importante. Pero también, en determinados condiciones, ayudar al compañero contribuye a culpabilizarlo, a devaluarlo ante sí mismo, porque le demuestra su incapacidad por la ayuda misma que se le da.

 

El intercambio de objetos materiales no escapa a todas estas ambigüedades y es también fuente de errores de interpretación. El don y el regalo es en sí mismo ambiguo: puede significar un testimonio de afecto, señal de atención, etc., pero también puede ser una tentativa para compensar una herida y, por consecuencia, señal de la herida misma; o también tentativa de seducción casi inmoral para obtener una ventaja personal, que puede darle al regalo su carácter “envenenado”. Por lo demás, el regalo puede ser recibido como una especie de test en una situación embarazosa, donde hay que manifestar visiblemente una satisfacción experimentada en alguna medida, y de cierta manera, mentir. O también puede ser el regalo que, al dárselo a un compañero a quien se siente culpable, inferior, desvalorado, agrava y puede servir para agravar en él este sentimiento de deuda, de inferioridad o de culpa.

 

En cuanto a la circulación de dinero en el seno de la pareja, ella suele tener significaciones diferentes, que se refieren más a las relaciones de poder que a una verdadera comunicación de carácter afectivo (ver el capítulo siguiente).

 

La dificultad de las comunicaciones dentro de la pareja se hace patente ante ciertos tipos de comportamiento donde el valor afectivo está sujeto a interpretaciones contradictorias. Un “esfuerzo” hecho por uno para el otro puede no ser apreciado por el otro, porque no fue “espontáneo”. El ejemplo del modelo de comunicación paradójica en “dobles vínculos” pueden resumirse en la fórmula: “demuéstrame espontáneamente que me amas”: que condena al fracaso al receptor del mensaje, cualquiera que sea la actitud que asuma, puesto que hay una contradicción entre el contenido y el modo de aplicación del mensaje.

 

III.3. ACTITUDES COMO SIGNIFICANTES Y SU INTERPRETACIÓN VARIABLE

 

Muchas comunicaciones y relaciones de pareja dependen también de sentimientos de pertenencia y posesión (no declaradas) del otro. La hermosura, la elegancia, la inteligencia, la riqueza, el éxito profesional, etc. de un integrante de la pareja puede ser el orgullo del otro cuando hay seguridad interna de pertenencia y de posesión del compañero; en el caso contrario, el compañero puede vivirlos como tentativas de seducción ante rivales y las mismas características se vuelven amenazadoras.

 

De otra parte, se podría decir que en el seno de la pareja las relaciones de competencia son inversamente proporcionales a las relaciones de posesión. “Poseer” a un compañero brillante en determinado plano (con éxito profesional, rico, buen cocinero, hermoso, inteligente, etc.) es una ventaja y una valorización exterior para quien ha sabido conquistarlo; pero una vez consumada la conquista, el “poseedor” se encuentra en una situación de debilidad y de incapacidad frente al objeto de su conquista, y si quiere compararse con él, la competencia será difícil.

 

En general, este fenómeno escapa a la conciencia de los interesados. Cada uno dará una interpretación diferente a las cualidades y comportamientos del otro, según sean las relaciones más importantes de la pareja con el exterior, o por el contrario se sitúan dentro de la pareja; o en otros términos, según sean las relaciones de posesión de mayor o menor importancia que las relaciones de competencia interna. Tales son los hechos concretos que se presentan en la clínica cotidiana con particular frecuencia, y que subrayan cómo el lenguaje expresado por el comportamiento está sometido a interpretaciones latentes, inéditas, que varían con el tiempo, especialmente después de la etapa de la conquista. En caso de conflicto, todo esto requiere una explicación, de la que todas las parejas están lejos de ser capaces espontáneamente. Es esto también lo que hace particularmente decisivas algunas entrevistas conjuntas, y no se necesita mucho tiempo para enseñarle a los interesados a descifrar las significaciones sucesivas o superpuestas de sus actitudes, y por esta vía salir del embrollo, cuya persistencia cuestiona la buena calidad de sus relaciones y las satisfacciones que pueden extraer de ellas.

 

III.4. DISMINUCIÓN DE COMUNICACIÓN Y COMUNICACIÓN CONFUSA

 

En el origen de la pareja, aun antes de su existencia como grupo y de que se perciba un “nosotros” entre los compañeros, el deseo de conquistar y de seducir, así como el placer de ser seducido y conquistado, desempeñan un papel extremadamente importante en la apetencia recíproca, y a través de ella, en el deseo de comunicarse con el otro. El deseo de informar al futuro compañero, y la búsqueda de informaciones provenientes de él, son generalmente muy vivos, así como el deseo de cada uno de expresarse. La comunicación es tanto más fácil cuanto se la siente más agradable, cuando los compañeros o los futuros compañeros tienen deseo de estar uno con el otro, de hablarse, de conversar entre ellos.

 

En una primera época de la vida de la pareja, sobre todo durante la luna de miel, la comunicación es muy intensa y se profundiza cada vez más y resulta relativamente fácil. Es conveniente que antes del periodo de las crisis esta comunicación se haya hecho habitual, puesto que los que no aprovecharon ese momento para acrecentar su conocimiento recíproco pierden una carta importante en el juego de sus relaciones mutuas.

 

Algunas parejas se muestran capaces de mejorar y de profundizar siempre su comunicación, y reinventarán toda la existencia con nuevos modos de comunicación que permitan reestructurar periódicamente su relación mutua. Pero en muchas, la comunicación empieza a disminuir muy pronto, y entonces resulta mucho más difícil que se forme un verdadero “nosotros”, lo que por otra parte no siempre quiere decir que sus relaciones afectivas sean insatisfactorias. La pareja tiende a limitar la comunicación de las cargas afectivas en beneficio de un mayor eficacia práctica para cumplir sus objetivos exteriores (socioeconómicos, educación de los hijos, etc.). Las funciones productivas y económicas de las parejas no deben descuidarse ni perderse de vista por aplicar una óptica exclusivamente “psicologizante”.

Hay una contradicción entre las necesidades de la producción económica y el buen funcionamiento interno de la pareja. En la medida en que las tareas económicas, productivas o el conjunto de tareas exteriores a la pareja misma, familiares, sociales, etc., sean predominantes producen una cierta estabilidad de la pareja, ligada a una limitación de las comunicaciones afectivas y a la necesidad de privilegiar tareas consideradas fundamentales.

 

Muchas parejas, entonces, pudieron funcionar mejor, durante muchos años, en el plano social, profesional, económico, familiar, etc. gracias o al precio de una disminución de su comunicación en el plano afectivo. Pero desde que esa tarea se cumplió -desde que se terminó la casa, como dice el proverbio chino; o desde que el hijo menor se fue de la casa)- el vínculo entre compañeros se atenuó radicalmente. Es posible que algunos puedan descubrir nuevos objetivos comunes y que reorganicen entonces la estructura de la pareja, mientras que otros no encontrarán estas posibilidades y quedarán sin finalidad común y sin atracción mutua.

Aceptando las virtudes de la comunicación dentro de la pareja en el plano de la vida afectivo, no hay que hacer de ella una especie de mito, ante todo comunicar por comunicar. Existe un movimiento dialéctico entre las obligaciones económicas, las actividades orientadas hacia el exterior o hacia la familia, por una parte, y la utilidad de los intercambios afectivos por la otra, que pueden también limitar la eficacia práctica de la pareja.

 

Fuera de dificultades personales que hemos mencionado en los capítulos anteriores, hay otros frenos a la comunicación en el seno de pareja: la búsqueda de una cierta seguridad, de un modo de vida apacible; el evitar conflictos; el querer “descansar” en la familia si no se encuentra en el exterior; el miedo al disgusto y a la descalificación; o simplemente se agotó la información recíproca y los integrantes no evolucionan y no son capaces de elaborar nuevos mensajes, etc.

 

Todo esto conduce a una disminución de la comunicación en la vida afectiva o, con frecuencia, a una comunicación enredada y confusa. Los compañeros prefieren la paz interior de su relación, aunque se apoya sobre un modus vivendi cuestionable, antes de una clarificación que les resultaría desagradable y los obligaría a buscar un nuevo y difícil modus vivendi. Seudoseguridad o política del avestruz, quizás, pero es la más común, a pesar de su carácter fatalista y pesimista, más que realista. Después de un cierto grado de complejización de la comunicación, la información será más difícil de brindar y eventualmente será fuente de disgustos: ¿cómo justificar tal acto, tal comportamiento, sin recordar el aspecto oculto de un mensaje anterior? ¿Cómo tratar de negar un aspecto de sí mismo que aparece espontáneamente y que estuvo callado cuidadosamente hasta ese momento? Y sobre todo ¿cómo obtener del otro un cambio de actitud, o que emita un mensaje más favorable, si no le dejamos entrever una cierta forma de insatisfacción que, al serle desagradable, lo impulsará a modificarla? Así, los mensajes mutuos no serán quizás agradables ni valorizadores, ni para uno ni para el otro, y el miedo a disgustar compensará el deseo de recibir una gratificación. De ese modo se frena la emisión de un mensaje crítico, del cual el emisor podría temer que, como respuesta, le llegara un mensaje descalificador, y entonces preferirá callar o confundir sus propias emisiones. La confusión de las comunicaciones parece una actividad importante en la mayoría de las parejas, aun cuando a menudo se hace sin que los interesados se den cuenta, a espaldas de su buena voluntad y de su buena fe. En efecto, reconocer esta confusión equivaldría a manifestar el desagrado de estar con el otro en sus componentes desvalorizantes, destructores de sí mismo y del otro.

Por esto, antes que una explicación dolorosa que saca a la luz el sufrimiento y un cierto fracaso de la pareja, muchos prefieren ignorar y callar su desdicha, hasta llegar a veces a una ruptura que puede sorprender por su brusquedad en tal o cual pareja, aparentemente unida. Evolución bastante frecuente que demuestra la importancia decisiva de explicar el malestar durante la crisis, así como el papel constructivo de la comunicación, sin lo cual no hay renovación del lazo amoroso ni superación de la crisis.

 

 

CAPÍTULO IV

PODER EN LA PAREJA

 

IV.1. PAREJA Y SOCIEDAD

 

La pareja, como el individuo y la familia, no se dan jamás aislados de la sociedad, y sufren las presiones y los condicionamientos que ejerce sobre ellos la organización social. Por ejemplo, es conocido el papel decisivo que desempeña sobre el desarrollo de la personalidad del niño, su relación con las imágenes parentales, pues es a través de esas imágenes como la relación de la pareja dará una tonalidad particular al complejo de Edipo. Por su intermedio, la colectividad de hoy y la de tiempos pasados sigue imprimiendo un sello extremadamente duradero, tanto al individuo como a la pareja.

Todas las sociedades contemporáneas se comportan como si buscaran marcar y condicionar el desarrollo de los individuos desde su más temprana edad, lo que las hace recurrir, primero, a los servicios de la familia, luego a los de la escuela y finalmente a los medios masivos de información. Así las sociedades contribuyen a condicionar los papeles de la pareja y familiares.

Las presiones ideológicas desempeñan un papel inductor muy imperioso cuando se aplican de manera oculta en niños muy pequeños a través de las tiras cómicas, los libros de lectura y los argumentos publicitarios televisados, que reproducen las distribuciones de papeles y del poder por razones de rentabilidad comercial: fijación precoz de los individuos en papeles definitivos, que parece particularmente peligroso en un periodo de cambio cultural. Sin duda, hay que ver en ello el temor de los defensores del “orden” ante una posible evolución de los papeles de los componentes de la pareja y de la familia, que luego podría repercutir en las estructuras sociopolítico-económicas.

 

Existen dos tesis extremistas sobre la patogénesis de los sufrimientos humanos: la primera interpreta determinada conducta familiar o cierta perturbación del comportamiento, como ligadas al desorden de un individuo que, por su estado, hace soportar a los otros un grado mayor de sufrimiento: entonces es a este individuo a quien conviene tratar, si ello es posible, o en todo caso hay que procurar impedirle que dañe a los otros. La antítesis se formularía así aproximadamente: el grupo social en el poder impone una organización del trabajo, y por lo tanto de las relaciones sociales, que contribuyen a mantener la organización de la que beneficia. Para protegerse de la rebeldía de los oprimidos por ese grupo, éste desarrolla un sistema represivo con ayuda de medios especialmente ideológicos. Si la organización social impuesta de este modo genera necesariamente sufrimientos y alienaciones catastróficas para los individuos, habrá que convencer a éstos de que tal sistema social es inamovible, sano, que es un “hecho de la naturaleza” y no de la opresión social, sin perjuicio de poner un dispositivo de asistencia a disposición de los individuos que se encuentran en dificultades.

Tesis y antítesis no carecen de argumentos ni de predicadores. Pero, sabemos desde S. Freud que el individuo y su sufrimiento son el resultado de la suma de factores congénitos y ambientales. De la misma manera, la pareja y la familia son el resultado de los instintos y de factores sociales.

 

La noción de poder en el seno de pareja se puede estudiar en sus modalidades diferentes; por ejemplo, en función de la clase social, de las condiciones culturales, nacionales, ideológicas, religiosas, etcétera.

El clínico de pareja está muy condicionado por el conjunto de estos fenómenos que observa y que trata de comprender lo mejor posible, pues en una perspectiva estrictamente terapéutica está obligado a tomar muy en cuenta sus creencias, convicciones y actitudes personales. Para utilizar estos elementos y tomarlos en consideración, y para favorecer concientización de sus consultantes, debe tener claridad sobre sus actitudes personales, sobre el riesgo de influir en el grupo que lo consulta. Todo esto lo obliga a una reflexión constante sobre sus posiciones, su evolución, su propia práctica en el seno de su pareja, etc., y por supuesto, sobre las contradicciones inevitables entre estos diferentes fenómenos.

 

La pareja reproduce la familia, que reproduce la sociedad: así se repite con frecuencia; pero no hay que olvidar tampoco que, inversamente, la sociedad condiciona las relaciones de la futura pareja, de tal manera que ésta es llevada en mayor o menor medida a confirmar a la sociedad en su organización y a conservarla. El clínico por lo tanto, deberá tomar lo más posible en cuenta los cambios internos de las instituciones que producen su efecto en la pareja. Por ejemplo, se sabe que en los países donde se mantienen estructuras medievales más o menos feudales, el grupo familiar sigue estando marcado por la autoridad patriarcal. Por el contrario, en las sociedades industrializadas donde el modo de producción ya no afecta a todo el conjunto familiar sino solamente a los individuos, sociedades donde se han desarrollado las clases burguesas, las relaciones de autoridad se organizan de modo muy distinto, y parecen tender hacia una relativa igualación de los poderes del hombre y de la mujer. En los estados autoritarios, aun cuando se llamen progresistas, las relaciones de autoridad se ven reforzadas en el seno del grupo familiar, sobre todo en la autoridad paterna. Así, los cambios técnicos y económicos desempeñan un papel en la estructuración de las relaciones de poder en la pareja, sin duda a través de los cambios políticos y sociales que los acompañan.

 

Asimismo, las modificaciones culturales e ideológicas deben observarse muy de cerca. Por ejemplo, las organizaciones feministas, aunque sólo incluyen a una baja proporción de la población femenina, tienen sin embarga una gran influencia: ellas impregnan la mentalidad, no sólo de sus militantes, sino del conjunto del cuerpo social.

Dentro de las sociedades existen corrientes ideológicas: unos quieren “recuperar” la “Familia” histórica, y otros querer destruirla radicalmente.

Es esto lo que le da un carácter polémico y al mismo tiempo idealizado -por lo tanto cargado de desconocimiento- al debate referente a la “Familia”. En todo caso, esto subraya la importancia de las interacciones familia-sociedad, a las que la pareja no puede sustraerse, y subraya también el carácter recíproco de estas instituciones. El análisis de las relaciones interpersonales en el seno de la pareja, durante las entrevistas conjuntas, puede hacer tomar conciencia a los interesados de sus relaciones sociales con el exterior de la pareja y conducir a una “concientización global”. Recíprocamente, la evolución de las estructuras sociales, su organización jerárquica, tiene un efecto sobre la distribución de los papeles de autoridad en la pareja.

 

Las presiones socio-político-culturales que se ejercen sobre la pareja son múltiples y contradictorias a la vez, y tienden a modelar las relaciones de la pareja como lo hacen con la gran sociedad, o por el contrario a exigir que la pareja provea satisfacciones que no se encuentran en la vida social. Para el clínico es importante ayudar a sus consultantes a descubrir las presiones a las que están sometidos y tomar en cuenta también las presiones más ocultas, las que provienen de concepciones transmitidas por la cultura y a veces organizadas en forma de una ideología, o incluso de una verdadera mitología.

A veces, los miembros de pareja, sin saberlo, tratan de cumplir las ambiciones secretas de los grupos familiares de donde provienen.

Dentro de una sociedad ultra competitiva, en la que el honor y las gratificaciones se le otorgan al triunfador, lo que se observa, con frecuencia, la valoración de la lucha, la afirmación de sí, la competencia, el éxito material medido por el dinero, el poder sobre los demás, descuidando los valores “humanos” y afectivos.

 

IV.2. LO QUE SE ESPERA DE LA PAREJA

 

Los cambios de las relaciones sociales tienen su traducción en la pareja, pero esta traducción no se hace siempre en el mismo sentido. Algunos dogmáticos parecen inducirnos a creer que la pareja es un grupo como cualquier otro, y que, por estar sometido a las mismas presiones exteriores, su organización se conformaría según las mismas modalidades que los demás grupos sociales. Por nuestra parte, lo que comprobamos en nuestra práctica es muy diferente, puesto que, cualquiera que sea la importancia de los factores económicos y sociales en la pareja, son los factores afectivos los que desempeñan el papel principal. Lo que los individuos buscan en la pareja no es una estructura del mismo orden que las otras estructuras sociales, sino precisamente una estructura inversa; de alguna manera una estructura-refugio; el lugar donde podrán vivirse los deseos, las necesidades y las diferentes tendencias que, justamente, no encuentran satisfacción en el marco de los otros grupos sociales, ni de las otras instituciones.

Lo que motiva a los individuos en su búsqueda de compañero se liga a los aspectos más arcaicos de su personalidad, a los deseos más reprimidos o a los mecanismos de defensa organizados contra estos deseos. De ese modo, se busca vivir dentro de la pareja lo que no se puede vivir fuera. Por ejemplo, las relaciones de posesión, los deseos de posesión en un sentido activo o pasivo (es decir, deseo de poseer al otro, o de ser poseído por el otro) están prohibidos en la práctica de la vida social, fuera de la vida amorosa. Sobre todo en los países donde el desarrollo y la competencia económica están a la orden del día, llevan a desarrollar la combatividad de cada uno, se prohíbe la entrega y la confianza en el otro en la vida social.

¿En qué se convertirían, entonces, los deseos pasivos de los individuos, sus necesidades de entregarse, sus “necesidades’ de dependencia, su búsqueda más o menos nostálgica de los placeres de la infancia? Todos estos deseos y estas expectativas, apoyados en los elementos más arcaicos del ser, prohibidos cada vez más en la vida social, van a encontrarse reavivados y relegados al seno de la vida familiar y conyugal. Así, en algunas consultas conyugales es importante comprender cómo los individuos están sometidos a las presiones del grupo social, porque ello permite a veces descubrir como en contrapunto, cuáles son precisamente las satisfacciones y los deseos que están operando en la organización de la pareja, vista como estructura-refugio; estructura completamente opuesta en ciertos aspectos a las otras estructuras sociales. Ayudar a los individuos a vivir mejor sus relaciones familiares supone que el consejero conyugal pueda tomar en consideración las presiones sociales coercitivas o prohibitivas, así como las expectativas contradictorias de los individuos que se apoyan en su pareja.

 

Es cada vez más lo que se espera de la pareja y de la familia si lo comparamos con lo que se esperaba en los siglos y aun en las décadas pasadas. Este se relaciona en parte con una especie de insatisfacción global, con un malestar existencial cada vez más acentuado, debido a una organización social demasiada compulsiva y dejando creer que el hombre puede conseguir todo lo que desea. Malestar percibido de modo desigual en los diferentes países y en los diferentes sectores sociales, pero malestar profundo que repercute evidentemente sobre la pareja. Cuanto más grande es ese malestar, más debe la estructura-refugio acoger más y dar satisfacción a los individuos, y más se le exige a la pareja. Es ésta una de las razones que contribuye a explicar la creciente frecuencia de las demandas de divorcio en todo el mundo.

Es que hoy se espera tanto de la pareja, que resulta extremadamente difícil satisfacer todas esas expectativas. La pareja debe cumplir a la vez funciones económicas, procreativas, sociales, y por supuesto aportar a los individuos satisfacciones afectivas y sexuales. Esta acumulación de exigencias puede volverse excesiva y conducir a insatisfacciones, fracasos y por lo tanto a rupturas.

 

IV.3. RELACIONES DE PODER Y FACTORES ECONÓMICOS

 

El que posee el dinero o los bienes dispone de un poder considerable. Por ejemplo, en los primeros matrimonios romanos, o matrimonios en Colombia hasta hace pocas décadas, la mujer pasaba de la tutela del padre a la del marido, así quedaba excluida del poder económico. De ese modo la mujer era tributaria del hombre y sometida a él.

 

El estudio de parejas de medios poco favorecidos, que viven en condiciones penosas, acentúa la evidencia de que la coexistencia en pareja tiene una base económica de la mayor importancia. Es primero por razones de supervivencia y de menores gastos que mucha gente se casa, o al menos se une en parejas. Las uniones llamadas “libres” son a menudo muy poco libres, debido al peso de las contingencias económicas.

Pero otras veces, las relaciones de dinero van a tener un efecto pernicioso, no ya porque la cantidad material de objetos, alimentos, alojamiento resulte insuficiente: la ideología corriente lleva a los interesados a valorizar más que nada las relaciones de dinero. Sobretodo para demostrar a terceros la capacidad propia, para proclamar una ilusoria “superioridad” sobre sus vecinos.

 

Y el hecho que la mujer trabaje afuera de la casa está afectando profundamente las costumbres del pasado. Es el hombre quien está pasando dificultades para adaptarse a que la mujer también pueda tener un poder económico, y le despiertan las angustias de castración mal superadas. Sobre todo, si la mujer gana más en la pareja, algunos hombres sienten una seria amenaza a su preeminencia falocrática, y a través de ella, a su virilidad.

Algunos casos nos llevaron a profundizar los problemas planteados por las relaciones de poder en las parejas. Por ejemplo, ¿cómo se organizan los procesos de decisión? ¿Cómo se decide cuánto dinero hogareño debe destinarse a comprar tal o cual aparato útil, o a adquirir objetos que indican antes que nada la pertenencia a determinada clase social? ¿Quién va a decidir? ¿Cómo se adoptará la decisión?, etc.

 

El dinero ganado por capacidad personal y por el trabajo se catectiza más que el heredado, e interviene en el cambio de clase social. Ganar más dinero que lo estrictamente necesario genera, en general, más problemas. El dinero es a menudo un medio para afirmar el poder sobre el otro miembro de la pareja; otras veces su utilización y las decisiones que motiva aparecen como el signo de las relaciones de fuerza entre los compañeros. En este sentido, el dinero sirve con frecuencia de valioso “analista”, que le permite al clínico comprender y hacer comprender a los integrantes de la pareja un cierto tipo de relaciones que se encuentra subyacente en el conflicto que padecen.

 

IV.4. OTROS APOYOS DE RELACIONES DE PODER

 

Evidentemente el dinero no es el único medio para afirmar el poder sobre el compañero: el conocimiento, la competencia profesional, un título científico, una profesión prestigiosa como médico o paramédico, la capacidad de racionalización y de elaboración verbal, etc. pueden conferir cierto poder sólo en la medida en que el compañero lo reconozca.

Por ejemplo, la capacidad de elaborar verbalmente los afectos da a uno de los compañeros una capacidad de análisis de procesos de la pareja, le permite someter al otro a la red estrictamente controlada de sus racionalizaciones.

Lo que parece decisivo en cuanto al lenguaje para la distribución de la relación de fuerzas en la pareja es la capacidad de definir las relaciones mutuas. Los aspectos más importantes son los que permiten elaborar los afectos y definir las relaciones. Captar las comunicaciones sobre la comunicación -las meta comunicaciones- es más importante que la comunicación en general. La suma de informaciones o de conocimientos de uno de los integrantes de la pareja puede ser mucho mayor que la del otro, sin que esto le otorgue un poder sensible. En el seno de la pareja, la capacidad y el saber no dan directamente el poder; pueden conferir un cierto prestigio, y únicamente a través de este prestigio pueden aportar un cierto poder al que lo posee, sólo en la medida en que el compañero lo reconozca. No es el saber técnico, sino su apreciación por el compañero el que origina este poder, a menudo limitado con relación al que otorga la capacidad de captar y elaborar las relaciones interpersonales.

La importancia de esta distinción permite comprender, por ejemplo, el poder a veces sorprendente de una mujer muy poco instruida sobre un marida que lo es en alto grado; poder que desborda ampliamente algunos aspectos inmediatos o pedagógicos, pero que con frecuencia se extiende sobre el conjunto de su existencia.

 

IV.5. RELACIONES DE FUERZA Y FACTORES AFECTIVOS

 

En la lucha conyugal por el poder, los factores afectivos operan como fundamento del poder mismo, aunque también como fachada para ejercerlo mejor disimulando su crudeza.

En la base de la comprensión de las relaciones “políticas” de los compañeros de pareja o de toda unión amorosa, encontramos el poder del seductor que fascina a su compañero hasta someterlo. Es tan fundamental este proceso que, merced a su repetición, contribuye a organizar las relaciones de fuerza entre los componentes de la pareja. El efecto más frecuente es una relación de dependencia afectiva a menudo desigual. En estas dependencias asimétricas, uno de los miembros de pareja juega un papel parental, mientras que el otro adopta un estilo más regresivo que tiene tendencia a delegar su poder en el compañero. En otros casos, se forman parejas con gran dependencia afectiva mutua y relativamente simétrica donde la intensidad de los conflictos no interrumpe necesariamente la sobrevivencia de la pareja.

Mediante juegos sutiles en la pareja se va organizando de modo inconsciente la dinámica de las relaciones de poder. Por lo demás esa delegación, aun cuando sea muy asimétrica, puede producir una gran satisfacción mutua y un funcionamiento estable de la pareja; pero en caso de conflicto grave el que tiene la autonomía de separarse ejerce un verdadero poder sobre el otro agravando su dependencia. Sin llegar tan lejos, también puede otorgar un cierto poder una actitud proclamada de autonomía, aunque no se llegue a mencionar la posibilidad de una separación, pero dejando entrever una capacidad de vivir solo. Algunas parejas funcionan como si vivieran constantemente esta lucha por el poder; sus partes asumen un riesgo real al provocarse uno al otro y buscar cada uno ostentar su mayor independencia, demostrando que no se dejará “poseer” por un chantaje afectivo. Otras veces se asiste a modificaciones espectaculares de las relaciones de poder producidas por la sola amenaza de separación (Obs. 16).

 

Las relaciones de poder anteriormente establecidas dentro de la familia pueden transformarse en virtud de modificaciones de orden sociocultural, o bien por la evolución personal de uno de los integrantes de la pareja en su vida social, sus frecuentaciones, sus experiencias (cambio de estatuto social o económico, pérdida de empleo, jubilación, enfermedad, etc.), o un tratamiento psicoterapéutico.

El tratamiento psicoterapéutico de uno de integrantes de la pareja parece operar sobre diversos planos: un mayor desahogo produce una menor dependencia, una modificación de los distintos engranajes inconscientes sobre los cuales estaba fundada la pareja, una capacidad de comprenderse a sí mismo y una intuición de la problemática del compañero, así como una capacidad de elaborar verbalmente sus deseos o necesidades. Ocurre a veces que ante esta evolución personal de uno de los miembros de la pareja, el otro reaccione también de un modo individual, y a veces brutal: por ejemplo, un pasar a la acción en el sentido impulsivo del término, una fuga, una aventura, incluso una tentativa de suicidio, pueden ser testimonio de una descompensación de un equilibrio hasta entonces “compensado” por la relación con su cónyuge.

Cuando un miembro de la pareja sufre una evolución con motivo de una cura psicoterapéutica que le permite resolver un cierto número de problemas personales, y eso lo lleva a una menor dependencia, deja en suspenso los deseos o las necesidades defensivas que en el origen de la pareja su compañero apoyaba sobre los rasgos neuróticos del primero. Por lo tanto es el compañero el que se ve momentáneamente descompensado y el que reacciona de diferentes maneras. A veces puede ser capaz de evolucionar y de liberarse poco a poco de algunas actitudes neuróticas, que se habían mantenido de alguna manera merced a la organización sistémica de la pareja. Otras veces, por el contrario, esos rasgos neuróticos se acentúan para obligar al compañero a volver a la situación primitiva. Por lo general estos comportamientos sucesivos más o menos contradictorios conducen a un verdadero duelo que permitirá una nueva reestructuración de la pareja.

 

Como quiera que sea, una modificación de las relaciones de dependencia afectiva produce un importante cambio en la distribución del poder en el interior de la pareja. Es sobre todo en parejas relativamente heterógamas donde tienen mayor importancia estos procesos evolutivos eventualmente divergentes.

Con respecto a este fenómeno de heterogamia en cuanto a la clase social, se puede observar cómo se entrecruzan las problemáticas personales de los miembros con el juego de las relaciones de poder. Son múltiples las motivaciones que sobredeterminan la elección de un compañero de otro origen de clase; algunas son de orden ideológico, empero al mismo tiempo sirven de racionalización y de justificación para el establecimiento de una especie de relación de poder, imposible de asumir en el comienzo porque estaba altamente prohibida por la ideología y muy culpabilizada; pero relación de poder real, apoyada a menudo sobre las adquisiciones culturales, el saber teórico, técnico o práctico y la capacidad de elaboración de las relaciones sociales e interpersonales, que le confiere una ventaja considerable al que las posee. Pero la ambivalencia de la relación, su aspecto altamente culpabilizado, sus contradicciones y consonancias neuróticas lo hacen tan frágil como complejo, sobrecargado de compensaciones diversas, y por consecuencia muy sensible a los primeros conflictos. Esto se ve mucho más frecuentemente en las uniones breves y en las juveniles que en las parejas casadas. De ese modo es fácil que aparezcan los conflictos, especialmente cuando la calificación profesional aporta a uno de los compañeros ingresos que modifican la ubicación social por el ritmo de vida que permiten, o cuando se modifica la ideología con la edad o cuando los lazos afectivos con las familias de origen, momentáneamente atenuados, vuelven a alcanzar una expresión más densa (por ejemplo, con motivo de duelos, de acontecimientos familiares, cambio de lugar de vivienda o de país).

 

IV.6. EL PODER EFICAZ ESTÁ OCULTO

 

Una de las comprobaciones más importantes en cuanto a las relaciones de poder consiste en que ellas se encuentran casi siempre ocultas, negadas o invertidas. Son excepcionales los casos en que el poder aparece declarado. En general, el miembro dominante, el que define las leyes y ejerce con más frecuencia la autoridad y el poder decisorio, trata de ocultarlo. Al no subrayar este poder, procura no herir la susceptibilidad de su pareja y evita despertar en él angustias arcaicas de castración. Quiere impedir también toda revuelta contra su propio dominio y protege con eficacia su poder real. Si en cambio hace ostensible la realidad del poder que ejerce, produce una reacción en su compañero que puede amenazar su superioridad, salvo en situaciones en que reviven con intensidad las relaciones sadomasoquistas. Esto equivale a decir que en la práctica se observan casi siempre situaciones de poder oculto, negado o que produce una apariencia invertida.

La autoridad ya no se ejerce de la misma manera que antes, ni en la sociedad civil ni en las familias: un poder que se hace ostensible tiende a producir hoy un cuestionamiento que lo disminuye; es que la afirmación de poder parece haber adquirido una significación provocadora que no tenía antes. Si es inteligente la autoridad, para mantenerse, debe quedar velada, modesta. Para evitar que se le ataque, la autoridad se proclama liberal, y hasta carente de poder.

Los mensajes de autoridad en la pareja están entonces llenos de paradojas y dobles vínculos. En la pareja no sólo se recurre a las racionalizaciones, sino sobre todo a los factores afectivos.

 

En el campo y en clases populares quedan todavía tradiciones que aceptan, conscientemente o no, una cierta distribución del poder (Obs. 17).

Pero, en las familias de clase intelectual los mecanismos de doble vínculo intervienen, en los que aparece una especie de contradicción entre el principio de libertad por una parte  y la práctica de obligación por la otra, tal como se ve en los discursos del tipo: “Tú eres libre, pero...”, donde se sobrentiende “tú estás obligado a actuar como yo digo, de lo contrario eso significa que no me amas”, o incluso “si no haces como te digo, eres un estúpido”. El sobrentendido no se menciona de modo expreso, pero está extremadamente presente, mientras que la única afirmación manifiesta es: “Tú eres libre”. Este doble vínculo generalizado permite ocultar el poder del compañero dominante frente al otro, mientras que el reconocimiento explícito de ese poder se lo quitaría.

 

Es obvio que estos juegos sólo son eficaces si se ejecutan sin que los dos miembros de la pareja se den cuenta, y que de buena fe se nieguen el poder. Estos fenómenos no tienen ningún carácter patológico en sí mismo, y se encuentran en una medida u otra en todas las parejas, incluidas las que se dicen felices y que funcionan con pocos conflictos. En estos casos, el poder es corrientemente repartido, y cada uno tiene un dominio propio y una cierta evolución. Las parejas disfuncionales y conflictivas utilizan los mismos procesos, pero de manera rígida y agresiva, o incluso hiriente, al menos para uno de los compañeros; pero en todos los casos, la relación de fuerzas se apoya en gran parte en el juego de los factores afectivos, que sirve o contribuye a “enmascarar” las relaciones de poder.

 

 

CAPÍTULO V

FUNCIONES PSÍQUICAS DE LA PAREJA

 

V.1. NO TODAS LAS FUNCIONES DE LA PAREJA SON PSÍQUICAS

 

La función económica de la pareja es innegable, e interviene en alguna medida como fondo de la problemática general de muchas parejas. Es sabido que la vida aislada de los solteros resulta proporcionalmente más difícil, no solamente en el plano afectivo, sino también en el material y económico. “Unirse” representa muchas veces una tentativa múltiple, una de cuyas finalidades es facilitar la existencia material. Este aspecto no puede desdeñarse: la organización socio administrativa actual, los problemas de vivienda, ingresos o distribución de tareas, especialmente familiares, incitan poderosamente a organizar una comunidad entre dos, o a veces entre varios.

No obstante el funcionamiento económico no permite explicar la muy prolongada coexistencia que viven hoy tantas parejas. Aparte de las funciones psíquicas, el proyecto familiar -y particularmente procreativo - desempeña también un papel muy importante. El proyecto de procreación (sentido biológico de la vida), el único que se puede aspirar al término de “natural”, vincula los aspectos biológicos con los sociales. En sí, no impone la coexistencia prolongada, y menos aún la relación amorosa entre los progenitores. Esta intención procreativa no es una invención a posteriori de los teólogos, sino que forma parte de la experiencia latente de la mayoría de las parejas, con o sin hijos. Su exclusión explicita, o más a menudo implícita, como suele observarse en ciertas uniones juveniles (que precisamente no están suficientemente aseguradas para prever una coexistencia posterior), lleva a la formación de parejas estructuradas de manera muy diferente: en estos casos, la elección mutua se organiza en condiciones tales que presupone, en el inconsciente o en forma implícita, un fin próximo de la pareja. Así, según aceptado, rechazado o lamentado, el proyecto familiar procreativo latente diferencia a estas parejas de las que se han elegido y estructurado en función de la dimensión temporal de duración.

Sin duda las funciones económicas y procreativas desempeñan un papel muy importante en la organización de una asistencia mutua, sin embrago están lejos de ser suficientes para explicar el funcionamiento y la duración de las parejas.

 

V.2. LA PAREJA DE TIPO CONYUGAL Y LA DURACIÓN

 

La pareja que hemos llamado conyugal se estructura sobre bases afectivas y sobre un proyecto más o menos implícito de larga duración, presenta características precisas: la elección específica del compañero, el proceso de idealización, la confortación narcisista de los interesados, el despertar de un movimiento de autonomía individual, el entrecruzamiento mutuo de los deseos inconscientes, la utilización recíproca de la relación con el objeto, y la modalidad defensiva principal contra los deseos pulsionales pregenitales insuficientemente controlados por la supremacía genital. En fin, la distribución específica de los papeles en torno a una colusión de los procesos intrapsíquicos individuales organiza un verdadero sistema autorregulado, con sus retroalimentaciones circulares que permiten una cierta homeostasis.

 

La noción de duración es fundamental para definir ese tipo de conjunto: cuando no está presente, la pareja no se organiza según este modelo. Las otras características de la pareja no son rigurosamente necesarias. Evidentemente hay que dejar un lugar particular a la erotización mutua, aunque no aparezca como absolutamente indispensable para el funcionamiento de parejas. La sensualidad y la ternura se manifiestan en grados diferentes según la organización de cada pareja.

 

Lo más importante que se ve en la relación de pareja es sin duda el enriquecimiento y la confortación narcisista de sus integrantes. Es como si en la base de todas estas relaciones se encontrara primero que nada la búsqueda de una relación tendiente a confortar al sujeto jamás colmado ni suficientemente seguro. En el fondo de la insuficiencia narcisista fundamental de la “falta” existencial, aparecen el movimiento y las pulsiones que comandan la elección del objeto y la organización de la relación con él: restauración narcisista para los más traumatizados; confortación para otros que encuentran alivio y placer en verse confirmados en el sentimiento de su propio valor por un alter ego apreciado íntimamente y en condiciones de darle confortación.

Pero esta intensa satisfacción narcisista, necesaria en algunos para su supervivencia, fuente de intensos placeres para todos, la aporta en general la relación amorosa; y no hay duda de que una parte esencial de la función psíquica de la pareja se vincula con la “función” del amor. La relación amorosa expresa, al menos en el plano de las fantasías, una tendencia a la fusión mutua y a posesión recíproca, a la supresión de los límites entre los dos sujetos: tentativas de reconstruir la simbiosis primitiva de la díada madre-hijo, proceso de anexión parcial que permite evitar la separación con sus angustias de abandono. Aporta también los beneficios eróticos ligados a la fusión: fusión nostálgicamente deseada e imaginariamente vivida en ciertos momentos, tales como el orgasmo.

El estado amoroso, como lo vimos, no es duradero. En la pareja conyugal, al apostar a la duración -tanto de modo implícito como explícito-, los integrantes están obligados a hacer frente a los conflictos y a la agresión en el seno de su relación. La pareja conyugal se estructura de tal manera que las proyecciones mutuas contribuyen entonces a descargar sobre terceros la agresividad o a veces sobre el compañero, para permitirle a cada uno conservar su “objeto bueno” interno y su relación con él.

 

En el marco de esta estrategia defensiva, la pareja aparece entonces como el modo de organización de estas introyecciones y proyecciones mutuas, mediante el cual cada uno, confrontado a sus pulsiones agresivas, utiliza al otro como soporte externo del objeto malo y bueno a la vez. Formar pareja aparece entonces como el mejor medio de enfocar los rastros de tendencias más difíciles de asumir, especialmente las más arcaicas, las más desintegrativas, las más mortíferas, las más capaces de asumir formas patológicas. Constituir pareja es una manera de desembarazarse o de metabolizar las huellas latentes de las tendencias paranoides o depresivas de cada uno. Se siente la seguridad de que el otro está allí para cumplir este papel de soporte de proyecciones: se le ama lo suficiente y se está bastante seguro de ser amado por él como para soportar eventualmente odiarlo, perseguirlo, ser perseguido por él, etc. El compañero aporta seguridad suficiente en el plano narcisista para sentirse un “objeto” para él y por lo tanto “valor” en sí, digno de sobrevivir. Entonces vale la pena sacrificar algo para conservar un alter ego tan precioso, cuya pérdida podría traducirse por un cataclismo interior.

Pero el equilibrio de la relación necesita que los inconvenientes mortíferos de la tan deliciosa fusión amorosa se eviten mediante la edificación de protecciones individuales. Debe hacerse posible un distanciamiento para proteger al otro o a sí mismo contra un exceso de afecto, que resulta devorador tanto en el amor como en el odio. El aspecto defensivo de la estructuración de la pareja de larga duración se manifiesta en su capacidad de durar. Es decir, no de soportar el desgaste, sino por el contrario capacidad de reconstruir de nuevo, remodelar periódicamente la relación sobre bases nuevas. La duración cronológica no tiene nada que ver con esta duración de la que hablamos aquí. Las parejas que se conforman con soportar su desgaste no “duran”: hacen posible una relativa cohabitación, pero mueren como pareja, aun cuando conserven la fachada legal. Los que duran, siguen viviendo como pareja, son los que reestructuran, remodelan o reconstruyen constantemente sus vínculos, abandonando su pasado con estructura caduca.

 

V.3. COMPROMISO Y SUS BENEFICIOS

 

Como vimos, la elección del cónyuge se organiza no solamente para permitir la satisfacción de la mayoría de los deseos, sino también, inconscientemente, para defenderse de pulsiones reprimidas, consideradas como peligrosas para el yo (función defensiva). El retorno de lo reprimido introduce una crisis que exige una reorganización de las interacciones y de las defensas.

 

El compromiso entre la satisfacción de algunas pulsiones y la protección contra otras pulsiones es variable:

- Los compromisos satisfactorios no apartarán más que algunos aspectos pulsionales secundarios.

- Los compromisos menos satisfactorios llevan a sujetos frágiles o inmaduros a dejar de lado un conjunto pulsional importante, que amenaza con reaparecer cuando los mecanismos represivos hayan atenuado su vigor, o cuando las circunstancias ocasionales exteriores estimulen a estas pulsiones reprimidas hasta ese momento.

- Por último, en otros casos más difíciles todavía, la fragilidad de los miembros de una pareja los llevará por razones de seguridad a sacrificar la dimensión erótica del placer para salvaguardar en cambio su existencia psíquica o física. La operación fusional se limita entonces a pocas cosas porque parece muy peligrosa, y los diques se mantienen en la frontera del yo para evitar la absorción por el otro, a riesgo de limitar estrechamente la densidad de las relaciones y el placer que provendría de ellas: “Tanto peor para el placer si se asegura la supervivencia” por medio de una pareja, una pareja quizás conflictiva, disfuncional, sin embargo sus miembros tienen suficiente necesidad de ella.

Para estas parejas, la lucha contra desintegración psicológica predomina sobre la búsqueda de placer sensual. Es lo que se les escapa a demasiados “consejeros” ignorantes y peligrosos, que, guarecidos tras confortables racionalizaciones, no aceptan a la pareja conflictiva y entonces se apresuran a recomendarles según sus preferencias ideológicas, el divorcio de urgencia, la “comunicación absoluta”, la “verdad de las relaciones” o bien tal o cual receta sexológica, o cualquier otra fórmula de aproximación. Algunos sujetos, aunque sin manifestaciones patológicas fuera de la pareja, son precisamente demasiado frágiles, para soportar tanto una separación como una aproximación mayor con el compañero. Además, hay que rectificar el error que consiste en poner el acento fundamentalmente en la satisfacción, en particular erótica, descuidando necesidades vitales existenciales (defensivas para la integridad yoica) todavía más apremiantes en la vida de muchos. A veces es una cuestión de vida o muerte para algunos, como lo demuestra la frecuencia de los suicidios después de una ruptura amorosa. Hay también sujetos que extraen un beneficio secreto precisamente de su pareja disfuncional a la que se aferran.

¿Cuáles son, al fin de cuentas, los beneficios personales de la organización en pareja, o más precisamente los de la colusión conyugal? ¿Para qué sirven en el plano psíquico? Cada compañero utiliza esta colusión para hacer funcionar mejor sus procesos de escisión:

1) Primero, en la medida en que los aspectos superyoicos se encuentran proyectados sobre el cónyuge por una proceso de identificación proyectiva, el sujeto acepta más fácilmente la parte libidinal de su propio yo. La proyección de los aspectos superyoicos sobre el compañero libera el sujeto de su presión.

2) Luego, esto permite la justificación racionalizada de una cierta dosis de agresividad, y eventualmente de odio, contra el compañero al que se le ha adjudicado este aspecto que controla y prohíbe.

3) Otros tipos de beneficios resultan del hecho de que, cada uno proyecta sobre el otro las partes libidinales o agresivas que reprueba en él, y contra las cuales se defendería mal sin la colusión conyugal. La colusión que se produjo precisamente en función de características que permiten que se le adjudique fácilmente este aspecto reprobado del yo. En este plano el beneficio es múltiple:

a) Por una parte, mediante esta proyección sobre el compañero el sujeto aparta más fácilmente de su yo los aspectos mal asumidos, desde ese momento adjudicados al otro.

b) Por otra parte, esto justifica la agresión y la crítica contra ese otro a quien se le atribuye esta mala parte libidinal del yo: por ejemplo, algunas tendencias al acto impulsivo, a la despreocupación, a la bebida, a manifestaciones pulsionales pregenitales sadomasoquistas, que el sujeto se niega a descubrir en sí mismo, pero que en cambio puede atribuirle con facilidad a un compañero elegido por este propósito. Pero esto no le impide vivir estas tendencias recusadas por identificación con el otro y extraer de ellas satisfacciones imaginarias.

c) En tercer lugar, los dos compañeros, mediante su colusión, valorizan una cierta imagen de sí mismos que le presentan a su contorno, y consolidan así, uno por el otro, la forma de personalidad que han tramado y que responde por lo general a lo que otros y la sociedad esperan de ellos.

 

Así se organiza entre ambos un conjunto complejo en el cual sus partes individuales están parcialmente identificados (concepto de nosotros), mientras que la colusión les sirve para proyectar en el otro, ya sea el objeto perseguidor o ya sea el objeto libidinal rechazado, lo que permite una verdadera polarización y un funcionamiento que facilita la resolución o la evacuación de los conflictos intrapersonales de cada uno de los sujetos.

Así, la vida de pareja permite un verdadero metabolismo de las diversas pulsiones y procesos intrapsíquicos que cada sujeto tiene dificultad en manejar. Empero esta función protectora y preventiva resulta insuficiente en algunos casos. Ciertas personas están demasiado perturbadas como para comprometerse en una vida amorosa, mientras que otros individuos son demasiado frágiles: la utilización del compañero como un medio de asegurarse, como objeto de satisfacción, como superyó o como yo auxiliar, es insuficiente para evitar la descompensación de un equilibrio demasiado precario, y no puede impedir que el sujeto caiga en una psicosis.

En casos de tal gravedad, se puede observar frecuentemente que quienes llegan a “formar pareja” obtienen una mejoría limitada al tiempo de la supervivencia de la pareja. Cuando el compañero no soporta más desempeñar el papel esperado y la pareja se rompe, se asiste entonces a un desbordamiento de la patología hacia el conjunto de la vida social. El delirio o el suicidio ganan entonces la partida.

 

V.4. VENTAJAS, RIESGOS Y EFECTOS PATÓGENOS

 

La función psíquica de la pareja no está reservada a los “enfermos”. También la utiliza la mayoría de los individuos que se sirven de ella para dominar o derivar los residuos latentes de sus procesos psicóticos o neuróticos siempre presentes.

 

En la vida amorosa de tipo conyugal no todo es “ganancia” (protección, seguridad, defensiva y hasta terapéutica) para los integrantes. Puede también tener ciertos efectos desfavorables para el individuo, los hijos y la sociedad.

Dada la importancia de los fenómenos regresivos en el amor, que hace revivir las primeras etapas del desarrollo de sus integrantes -y especialmente etapa de simbiosis - es imposible separar de la relación amorosa toda expresión del deseo de poseer o de ser poseído. Es así que una cierta parte de la autonomía y de la libertad individual se ve reducida o amenazada. Sin embargo los que llevan hasta su grado más extremo este cuestionamiento, deben ignorar todo lo que pierden al renunciar a formar pareja. La seguridad, la comunicación, la alegría e incluso la erotización, exigen el sacrificio de una parte de sí, por pequeña que sea. Una especie de movimiento dialéctico opone así la autonomía y la interdependencia.

Algunas personas, para romper su coexistencia con su pareja, se ven obligadas a hacer un esfuerzo considerable y realizan de hecho un verdadero progreso madurativo al conquistar un mínimo de autonomía que era aplastado por un lazo conyugal atormentado y contradictorio. La ruptura de un vínculo -o al menos la capacidad de separarse- puede ser en algunos casos, en el plano individual, el signo de un progreso. Además, la complejidad de la comunicación, como vimos, puede agravar en otros la disfunción personal. En estos casos la pareja se vuelve patógena para uno de los participantes. Los observadores externos piensan que uno enloqueció al otro. En otros casos los dos miembros pueden compartir la misma locura (la folie à deux).

 

La pareja puede ser patógena no solamente para sus miembros, sino también para su contorno. Por ejemplo para el pequeño ser en construcción, que puede padecer el efecto patógeno de una existencia ligada estrechamente a dos padres que se manifiestan mutuamente su hostilidad, al tiempo que se ve llevado a identificarse con cada uno de ellos a la vez.

Hay estudios, hoy clásicos, que subrayan la proporción masiva de hijos perturbados por parejas disociadas o en desentendimiento crónico. Otros trabajos hacen desempeñar un papel patógeno mayor a las perturbaciones de la comunicación en el seno del grupo familiar, especialmente a los dobles vínculos a los que está sometido a su pesar el niño dependiente, y a las que no puede escapar por la evasión o la separación. Se ve entonces obligado a renunciar a su propia existencia psíquica, a su yo, al no poder salvarse.

Pero lo que no se suele subrayar debidamente son los efectos patógenos que producen a sus hijos, ciertas parejas que parecen llevarse bien. El deseo de “tener” un hijo puede originarse en los trasfondos más arcaicos del ser, donde el amor y la posesión se hallan estrechamente ligados, y donde el tener y el ser no se diferencian bien. Si se persiste en “ser” mediante el hijo que se “tiene”, si se sobrevive gracias a él, se focaliza en ese niño lo más preciado de uno, y se le vive a nivel narcisista como un anexo de sí mismo: actitud que, si se prolonga, pondrá en peligro la autonomía del hijo. El niño puede sentirse entonces como amenazado por la intrusión del “otro”, del cónyuge. Todas las proyecciones pueden hacerse sobre el hijo, con las contradicciones que hace sentir una comunicación profunda de inconsciente a inconsciente, con lo inconveniente de que el niño no es capaz de dilucidar ni de rechazar, de modo que sufre por el hecho de ser el punto donde se encuentran deseos no siempre compatibles. En estas situaciones, el hijo (o la hija) puede mantenerse en una simbiosis patológica con uno de los padres y tener trastornos mentales posteriormente, incluyendo la psicosis.

 

Hay parejas que logran su coherencia interna a condición de hacer desempeñar al hijo un papel específico, eventualmente patógeno para él. Después de la luna de miel, más o menos prolongada, viene la decepción y la agresividad mutua. Con frecuencia es por intermedio de los hijos que se mediatiza un nuevo funcionamiento de la pareja, que pasa a girar alrededor de sus dificultades y especialmente de su patología. Es posible, precisamente, que el mantenimiento de la pareja se logre al precio de una preocupación común, de una angustia común, o incluso de un rechazo común a un hijo inocente; rechazo donde se expresarán las capacidades de odio de cada uno de los dos componentes de la pareja, que se protegen o se cuidan uno al otro y hacen recaer sobre el hijo una hostilidad que no se atreven a declararse abiertamente. Provocan entonces graves perturbaciones en la evolución del niño, del que la pareja se ha servido inconscientemente, como chivo expiatorio, para mantener su vínculo propio. Precisamente en estos casos que debe indicarse una terapia de pareja, no para obligar a los interesados a una coexistencia o a una proximidad insoportables, sino para permitirles la clarificación y renovación de modos de comunicación demasiado complicados.

El hijo se muestra extremadamente sensible a las contradicciones entre sus padres, sobre todo si son veladas, disfrazadas, recubiertas por un seudo buen entendimiento, que hace sus mensajes todavía más contradictorios: sobre todo el niño pequeño, más sensible porque no cuenta todavía con los medios lingüísticos ni intelectuales que le permiten desentrañar estos mensajes paradójicos emitidos por sus padres. A menudo se encuentra en el seno de tales parejas una contradicción entre lo que se dice y lo que se hace, y entre los significantes lingüísticos y para-lingüísticos. En estos casos son frecuentes también los “dobles mensajes” entre los integrantes de pareja y con los hijos.

 

Aun que sea cierto que con frecuencia la desunión de los padres induce perturbaciones en el niño, hay parejas “muy unidos” cuyos hijos sufren. El hijo trata inútilmente de golpear a las puertas cerradas de una pareja parental, circunstancia agravada por el hecho de que este tipo de pareja está a veces recluida, replegada del mundo, y entonces aísla todavía más al niño, que no encuentra a nadie a quien dirigirse, ni fuera ni dentro. Porque estas parejas bien unidas no le dejan al niño la posibilidad de encontrar su lugar en el universo afectivo del que tiene necesidad. Más a menudo aún, hay padres que resuelven tan hábilmente sus dificultades personales al formar pareja (el matrimonio terapéutico y adaptativo), que no pueden soportar la menor evolución de su vínculo conyugal, a causa del cual el hijo sufre, aun que los padres lo amen. Janine Puget define como la creación de un tercer espacio en la relación de pareja para un hijo antes de concebirlo. Podemos darnos cuenta de la complejidad de la problemática del conjunto del grupo familiar, y así no podemos decir que si la pareja se entiende “bien” los hijos no tendrán ningún problema.

 

Otra modalidad defensiva muy frecuente de un miembro de la pareja se manifiesta en las consultas psicológicas de niños en los que el vínculo libidinal, indispensable para la supervivencia de un padre- especialmente de una madre-, se desplaza poco a poco de la relación con el compañero a la relación con el niño. El hijo es entonces quien está encargado de darle a la madre lo que ésta ya no espera, o no encuentra, en su relación con el padre. La experiencia de las terapias familiares muestra abundantemente la frecuencia de este comportamiento en el que parecería que el niño, dotado de una gran intuición de los deseos inconscientes de su madre, actuara para satisfacer las necesidades vitales más esenciales de ésta, a riesgo de renunciar a su expansión personal.

 

Durante el período adípico, si el padre con quien debe identificarse el niño, por haber resuelto mal su problema adípico, reacciona ante el hijo como un rival más que como un padre. Entonces el hijo se convierte en el sustituto de lo que el padre no es capaz de aportar, o se niega a hacerlo. De una manera no explícita -e incluso negada-, se le exige al hijo lo que el padre no puede dar.

 

Para un desarrollo infantil, es indispensable que una “coalición conyugal” se haga antes del nacimiento de los hijos y que se mantenga a lo largo del ciclo de vida familiar, para permitir una estructuración edípica correcta, cualquiera que sea la forma como evolucionan las relaciones entre los padres.

 

 

CAPÍTULO VI

TERAPIA DE PAREJA Y DE FAMILIA

 

En los capítulos anteriores, hicimos énfasis no solamente en el funcionamiento de cada individuo en la elección de pareja y en la evolución de sus relaciones, sino también a sus interrelaciones recíprocas, como un grupo (sistema), pareja o familia, y cada vez destacando la intervención de los factores inconscientes en la estructuración de la pareja y de la familia. Esto no significa que no queremos dar importancia a los factores socioculturales y económicos en la vida de pareja y de familia, sino simplemente no es el objetivo principal de nuestro estudio.

 

Las familias buscan ayuda psicológica cuando aparecen problemas en el vínculo matrimonial o en uno de sus miembros. Decidir o aceptar buscar ayuda psicológica es en sí mismo un progreso, porque es aceptar que no pudieron y no pueden resolver los problemas ellos mismos. Es aceptar la no-omnipotencia, un cierto fracaso; lo que crea una herida narcisista importante. Es por esto que muchas parejas no buscan ayuda y siguen viviendo la infelicidad como un destino, sin hablar de parejas que ni siquiera conocen la existencia de terapia de pareja o de familia.

En general, las consultas de psicoterapia o de psiquiatría siguen siendo como vergonzosas, donde se acude cuando los problemas se vuelven ya bastante graves. No se busca la prevención, no se imagina que la calidad de vida pueda mejorarse y que la salud mental no sea únicamente la ausencia de enfermedad.

El terapeuta de pareja o de familia psicoanalíticamente orientada colabora con los consultantes en la búsqueda de las soluciones que éstos deberán encontrar dentro de ellos mismos para progresar en el entendimiento de lo que les pasa, en la armonía y en la búsqueda de las metas y los ideales escogidos por ellos. Una terapia individual no se contrapone a una terapia de pareja o de familia, mejor aún, pueden suplementarse, siempre que ambas tengan una orientación básicamente analítica.

De otra parte, la terapia individual puede indicarse durante la terapia de pareja al integrante que tendría problemas más importantes. Porque la terapia individual tiene la ventaja de permitir una investigación más profunda; especialmente para apreciar la evolución de las relaciones de objeto que conducen a la elección de la pareja.

Además, no se puede negar que la terapia psicoanalítica individual es el modo de investigación más profundo de los procesos del inconsciente. Hace posible, más que nada, la comprensión de los procesos, deseos y defensas del analizado, y por ello toda la organización defensiva con sus compromisos, de los que forman parte la elección del objeto de amor.

 

VI.1. CRITERIOS PARA UNA PSICOPATOLOGÍA DE LA VIDA DE PAREJA

 

Podemos definir “la enfermedad psicológica” como un ensayo de elaboración del sufrimiento provocado por la intensidad de las angustias de base, ensayo que fracasa por la utilización de mecanismos de defensa rígidos, estereotipados, que se muestran ineficaces para mantener el sujeto en un estado de adaptación activa a su medio.

De otra parte, la pareja es un lugar donde la frontera entre lo normal y lo patológico es particularmente fluctuante, incierta, arbitraria a menudo: la vida amorosa y la pasión que subyace en ella suponen funcionamientos psíquicos heredados de los aspectos más arcaicos; supone también que estos fenómenos arcaicos se encuentran en interacción con los procesos más arcaicos del compañero: allí surgen las aspiraciones fusionales más indiferenciadas, las tendencias más regresivas, las pulsiones pregenitales, las defensas más primitivas.

Desde el punto de vista psicoanalítica, no se puede definir como patológico el hecho de recurrir al funcionamiento de la posición más arcaica; pero lo que sí puede definirse como patológico es la incapacidad de funcionar de otro modo que no sea de ese modo particularmente arcaico: recurrir a la escisión o a la idealización no es patológico en sí; pero en cambio lo es la imposibilidad de recurrir después a otros funcionamientos.

Lo que aparece como patológico es la imposibilidad de tener acceso a una relación ambivalente, para tratar de conservar la imagen totalmente favorable al negarle al otro una parte poco gratificante, que se le atribuye entonces a la influencia de los terceros. Lo patológico es, por lo tanto, mantener una negación prolongada de la realidad para tratar de desconocer las pulsiones de agresividad y el odio.

Si más tarde el compañero se ha convertido en el representante del objeto malo, el sujeto frágil, para defenderse, se separa de este objeto, y entonces hay que odiarlo totalmente para separarlo mejor y acumular sobre este objeto de odio todas las proyecciones agresivas. Así se comprenden las presiones que ejercen algunos padres sobre sus hijos para incitarlos a rechazar y a odiar al otro padre; es que odiarlo se ha vuelto una necesidad narcisista vital para preservarse y conservar un mínimo de coherencia y del sentimiento del propio valor.

 

De otro lado, es imposible abordar el problema de la psicopatología (disfuncionalidad) de la vida amorosa en términos estrictamente individuales. Este “engranaje de las vulnerabilidades” no puede concebirse, si no es en términos de conjunto de funcionamiento vincular y de retroalimentaciones: retroalimentaciones negativas, si la pareja o uno de sus integrantes atenúan las reacciones del sujeto y restablece el equilibrio anterior; retroalimentaciones positivas, si la pareja se estructura de tal manera que amplifica la perturbación del primer integrante por las reacciones simétricas del segundo; y ello sin hablar, por supuesto, del engranaje ligado a la participación eventual de los hijos, y a veces aun de miembros de familias de origen..

Sin embargo, una impotencia no deja de ser patológica aunque sea el efecto conjunto de las comunicaciones entre ambos miembros de pareja. Esto significa que uno de los sujetos ha recurrido a una inhibición particular de su funcionamiento, que traduce su imposibilidad de asumirla totalmente: síntoma que realiza un compromiso entre sus intenciones explícitas por una lado (buscar satisfacción, procurar satisfacción a su compañero, afirmar su virilidad y sus significaciones sociales, etc.), y por otro lado sus intenciones implícitas (negarse a someterse al deseo del otro, a reconocer su poder, castigarlo, etc.) o inconscientes (evitar asumir el componente agresivo o sádico de la potencia genital, evitar la angustia de castración, etc.).

El síntoma aporta la prueba de una contradicción interna en uno de los sujetos, y en este sentido merece considerárselo como patológico en el plano individual, sean cuales fueren los factores individuales, sistémicos o sociales que operen en el origen y que el terapeuta elegirá como primordiales desde una perspectiva pragmática.

En estas condiciones hay que distinguir bien una “patología individual” de una “patología de pareja”, cualesquiera que sean las dificultades para definir estrictamente a una y otra, y especialmente a la segunda.

En todo caso, tal es lo que muestra la clínica cuando subraya el contraste entre parejas que sufren, sofocan y alienan a los compañeros, quienes no manifestaban antes de su unión ningún signo clínico, y los individuos que logran a controlar gracias a su unión en la pareja sus grandes perturbaciones psicopatológicas anteriores.

 

Las parejas de grandes deprimidos son muy frecuentes y a menudo presentan una estructura particular. Su observación es muy interesante porque pone en evidencia un funcionamiento exagerado entre ellos, pero que se lo encuentra en estado latente en un gran número, lo que subraya la utilización de la vida conyugal en la lucha contra la pulsión de agresión. La actitud depresiva de uno de los compañeros (desvalorización, culpa, dolor moral, pesimismo, duda de sí mismo, etc.) es sentida por el otro como una solicitud de protección y de una confirmación más vigorosa en cuanto a su valor narcisista. El segundo se encuentra entonces “confirmado” en su calidad de protector y en su valor propio, tanto por la depresión del primero como por el sostén que aquél es capaz de proporcionarle. La distribución de los papeles es entonces característica y se organiza de manera sistémica.

En este caso aparecen varias posibilidades:

1) El segundo puede mantenerse en esta actitud protectora que confirma su poder, del que se sirve inconscientemente para mantener las reglas del juego y la definición de las relaciones; sólo el primero queda deprimido, gracias a que el otro, en cambio, se siente bien. A veces, un individuo oculta su angustia a costa de otro que limita sus propias satisfacciones y se vuelve más angustiado de lo que era, permitiéndole a su compañero aparecer como normal.

2) Otra posibilidad, más frecuente y más característica, conduce a un movimiento de péndulo, mediante el cual el segundo se deprime, mientras que el primero recobra confianza en sí mismo hasta llegar a una inversión completa de la actitud inicial.

Los psicoanalistas conocen bien ese fenómeno por el cual un paciente, al final de una cura, pide la dirección de otro analista para tratar la descompensación del compañero. Por su parte, los psiquiatras se enfrentan con frecuencia a una reacción depresiva, en general pasajera, de un miembro presuntamente sano del grupo familiar, cuando otro inicia una terapia, el que ha sido designado como “paciente” por el grupo.

De otro lado, excepcionalmente, la pareja, en lugar de ejercer sus funciones habituales de defensa y reparación, ejerce una amplificación positiva y tiene un efecto patógeno. Pero, cuando las relaciones amenazan con ser patógena para los dos miembros a la vez, en general, la pareja no dura por largo tiempo y se destruye. El efecto patógeno podría manifestarse entonces cuando los integrantes de la pareja se ven impedidos de separarse por razones diversas. Mientras que en las parejas que duran sin tener restricción de separarse, el efecto patógeno aparece solamente en uno de los integrantes de la pareja, mientras que el otro, por el contrario, se encuentra liberado de su patología visible, como ya indicamos. Esto se aprecia especialmente en la pareja formada por un paranoico y un deprimido, unión relativamente sólida y estable mientras el deprimido no se cura. El primero acusa el segundo, y este segundo se acusa a sí mismo, pero el conjunto se comporta como si estuvieran de acuerdo en reconocer la culpabilidad de uno solo, de la que el otro queda eximido. Este último actúa entonces de tal manera que impide el tratamiento del deprimido.

De ahí que con frecuencia se interrumpa la terapia individual del más débil, del deprimido, del más dependiente reconocido culpable, antes de que el tratamiento haya tenido tiempo de ejercer efectos suficientes.

 

El criterio de sufrimiento resulta poco apropiado para definir la patología de la pareja, pues en un grado u otro forma parte de toda existencia humana y aparece funcionalmente en algunas fases críticas de la pareja, fases fundamentales para la reorganización de los vínculos internos, donde el dinamismo innovador es decisivo para la reestructuración constante de una pareja viva.

De otra parte, el término “patología” no se adapta bien a un funcionamiento de grupo. Si se trata de funcionamiento, la expresión misma, “patología”, pierde su interés y más bien conviene observar, cuando se considera a la pareja como grupo, su carácter eventualmente “disfuncional”. Se puede considerar como disfuncional un grupo cuando se puede distinguir en su estructura una diferencia importante entre su “organización oficial” y su funcionamiento de hecho. El grupo familiar es disfuncional si existen en él seudoasignaciones de papeles que no corresponden a los papeles reales en el seno de grupo. Sin duda, esta noción de disfunción puede utilizarse a veces en la observación de parejas, y puede ayudar a simplificar una comunicación que se ha vuelto demasiado sofisticada en las parejas donde “el organigrama oficial” es en efecto muy diferente a su funcionamiento de hecho, especialmente en cuanto a las relaciones de poder. Así, en la práctica pueden observarse efectos terapéuticos importantes, cuando la explicación y comprensión de las relaciones y contradicciones entre los mensajes paradójicos, les permite percibir a los dos interesados que su funcionamiento los lleva a recurrir al uso de una verdadera enfermedad, o de sufrimiento real, para restablecer un equilibrio en su relación de poder.

Por ejemplo, los fracasos repetidos y las manifestaciones somáticas que aparecen en uno de los integrantes de la pareja -dominado en principio- pueden ser un medio para restablecer un poder que le estaba totalmente negado por un cónyuge autoritario que definía las leyes de la pareja (Obs. 18).

 

En resumen, hemos visto que la pareja es un lugar donde se expresan las tendencias más arcaicas de ser y las manifestaciones de su inconsciente en sus zonas más oscuras. Por esto, la pareja es también un lugar donde la definición de lo patológico y de lo normal resulta particularmente arbitraria, y la expresión de los procesos más primitivos puede asumir una forma erotizada a pesar de su intensidad. Los juegos sadomasoquistas, las injurias, los golpes, las caricias, las uniones sexuales, las declaraciones y las negaciones manifiestan lo que no puede expresarse fuera de la pareja. ¿En nombre de qué criterio se les puede definir como patológicos?

Generalmente cada individuo busca en el otro, y en el lazo que los unió, una cierta función protectora, así como la satisfacción de algunos de sus deseos. Espera del otro una profunda confirmación del valor narcisista de sí. Si esto no se logra, la pareja está amenazada a corto plazo y generalmente desaparece antes de que pueda producir efectos directamente patógenos, al menos en la mayoría de los casos; no obstante, la estructura de esta pareja y la perturbación de sus comunicaciones que se entrecruzan y se contradicen pueden conducir a un disfuncionamiento de la pareja como grupo.

 

Los problemas planteados por la patología dentro de la pareja imponen una triple clave de lectura. La primera lectura se orienta sobre los procesos individuales intrapsíquicos -aun si son inducidos por la patología del grupo familiar de origen -, que se traducen por una fragilidad y por contradicciones internas perceptibles en las comunicaciones con los demás. La segunda es la interpretación sistémica, observando dentro del sistema-pareja los modos de intercambios simétricos o complementarios, y las retroalimentaciones recíprocas que restablecen la homeostasis del grupo, o a veces amplían las manifestaciones patológicas. La tercera lectura incluye el conjunto de las condiciones sociológicas: su base material, su expresión cultural y especialmente el conjunto de las relaciones que ligan o que oponen al funcionamiento de la pareja.

 

Recordemos que cada pareja es diferente; y la “normalidad” depende de los criterios de funcionamiento de la pareja y de las normas que se ha dado. El terapeuta tiene que entender cómo está organizada una pareja desde el origen, para ver luego cómo se desarrolla la evolución que reforzará o atenuará esta primera estructuración.

La superación de la problemática interior de cada uno, defensa de sí, supercatectización del otro, y la superación de la problemática interpersonal vinculada al engranaje de las interacciones entre los compañeros, puede exigir tiempo, y nunca queda concluida, puesto que es siempre capaz de evolucionar. Una terapia de pareja psicoanalíticamente orientada puede facilitar el la comprensión de los procesos anteriores.

 

VI.2. INTRODUCCIÓN A LA TEORÍA DE LA TÉCNICA DE LA TERAPIA DE PAREJA Y DE FAMILIA

 

En la práctica clínica de las terapias de pareja, la actividad más importante del terapeuta consiste habitualmente en favorecer la comunicación entre los compañeros. Casi siempre es de este modo como se obtiene prácticamente sin interpretación los resultados más manifiestos, los más rápidos, a veces hasta profundos. Aun cuando este primer trabajo resulte insuficiente y requiere una profundización posterior, él consiste antes que nada en clarificar los mensajes y comparar los sentidos diferentes que ellos tienen para uno y otro integrante de la pareja: trabajo considerable que, para que resulte eficaz, debe llevarse con precisión.

Hay que trabajar una secuencia hasta que todos los elementos latentes del discurso hayan sido considerados, retomados, trabajados nuevamente por uno y por el otro, mientras el terapeuta debe intervenir sin cesar para inducir al que recibe el mensaje a que precise lo que ha entendido, y qué sentidos diversos le otorgó, antes de actuar sobre el fondo de lo dicho. En seguida tiene que volver a darle la palabra al que emitió el primer mensaje para que aclare qué entendió de la reacción de su compañero ante su primer discurso; y antes de que lo corrija es necesario que el receptor pueda también reaccionar ante la reacción del emisor, etc. Sin duda es en este plano donde se realiza lo fundamental del trabajo en la mayoría de las entrevistas conjuntas.

Aun cuando a veces la entrevista conjunta no consiga profundizar más que una o dos frases, ella es el medio de enseñarle a los compañeros a comunicarse: aspecto pedagógico del problema absolutamente fundamental que permite la evolución de la pareja, que aprenderá progresivamente a prescindir de los servicios provisoriamente necesarios del mediador que ha sido el terapeuta. La evolución de la pareja depende directamente de este trabajo de clarificación de los mensajes, clarificación que no significa por cierto mantener las relaciones, sino que va a facilitar la evolución, ya sea en el sentido de una profundización y de un volver a comprometerse mutuamente, o ya sea en el sentido de una separación. Sólo esta elucidación puede permitir a antiguos compañeros conservar un mínimo de relaciones funcionales de pareja o una separación menos dañina posible.

La contradicción de los mensajes emitidos por canales diferentes, la que sin duda constituye la fuente más importante de las confusiones de la comunicación. Entre el canal verbal y el canal mímico, la frecuente inconsciencia del segundo tiene consecuencias particularmente graves. Es lo que justifica algunas tentativas de terapias de pareja o de familia que utilizan la grabación en video, que le permite al locutor encolerizado observar la “cara que pone” cuando se enfurece, lo que hace cuando contradice esta expresión mímica con una negación, poco convincente para quienes lo rodean.

 

En el campo de la psicoterapia de pareja, es la transferencia grupal la que funda a la pareja como objeto para el terapeuta, que reacciona ante ella mediante una contratransferencia específica. Desde que aparece entre los miembros de la pareja la percepción implícita de un “nosotros”, la pareja funciona de hecho como grupo y desarrolla fenómenos que corresponden a una verdadera transferencia del grupo-pareja sobre el terapeuta. Por esto es importante distinguir en los aspectos contratransferenciales los que conciernen a los individuos separados y los que conciernen a su grupo, pues pueden estar desunidos: por ejemplo, el analista de pareja puede observar en él afectos positivos con respecto a cada integrante de la pareja separadamente, al mismo tiempo que afectos negativos con respecto a su unión en pareja, o inversamente.

Muchas veces la expresión precisa, circunstancias de la vida real o fantaseada lleva a la pareja a encarar el problema de cada uno con relación a terceros: terceros que pueden ser miembros de sus familias, padres, suegros, etc., o incluso sus propios hijos, u otras personas influyentes a las que están ligados por relaciones de amistad o de rivalidad, de colaboración, de trabajo, etc., o también otros compañeros conocidos en experiencias extraconyugales platónicas o sexuales. Además hay que considerar la existencia posibles de otros terceros, menos fáciles de definir porque no son personas concretas, sino objetos poderosamente cargados en sentido psicoanalítico por uno u otro de los integrantes de una pareja: la práctica de un deporte, un trabajo particularmente importante, una actividad social, cultural, política o religiosa, o también la imagen de un padre o una madre fallecidos e idealizados; o incluso una representación más o menos imaginada de algún “héroe” familiar, alrededor del cual se elabora una representación mítica del grupo familiar.

 

La terapia de pareja moviliza fuerzas dinámicas considerables y con frecuencia renueva una problemática enmarañada que tiene grandes efectos inhibidores masivos sobre cada uno de los integrantes. Pero estos efectos dinámicos de las intervenciones en terapia de pareja sólo son posibles después de una comprensión en profundidad, tanto de los procesos intrapersonales como interpersonales de cada integrante.

El material que aportan las entrevistas conjuntas es muy rico, expresivo, y referido a la problemática personal de cada una de las partes, a la vez que particularmente significativo de la organización interna de los procesos inconscientes de la pareja.

Un oído analítico captará en el discurso global espontáneo de la pareja, la expectativa implícita de cada sujeto en el momento de su elección, y contra qué se protegía sin saberlo al “preferir espontáneamente” al compañero elegido. Porque la “racionalidad” de lo inconsciente puede surgir tan clara ante el terapeuta, al tiempo que se le aparece tan mal o tan inverosímil al propio autor del discurso.

Se aporta también a la pareja de larga duración el enfoque de una comprensión sistémica y vincular, que tome en cuenta las dimensiones específicas de la díada, el carácter más o menos simétrico de las relaciones de sus miembros, la importancia de la problemática inconsciente de sus deseos y la naturaleza también inconsciente de la mayor parte de sus comunicaciones.

 

VI.2.1. Entrevistas de “evaluación” de pareja o de familia

 

La terapia psicoanalítica de pareja o de familia es una adaptación de la terapia psicoanalítica individual, sobre todo teniendo en cuenta que en el campo hay ya no dos sino tres o más personas. La primera implicación muy importante es que ya no se puede hacer interpretaciones personales profundas porque no se sabe lo que puede hacer la tercera persona de esta interpretación.

 

Los motivos de consulta de pareja son en general las dificultades de su funcionamiento. En otros casos puede ocultar problemas psicopatológicos individuales. A veces vienen a la consulta porque ya tomaron la decisión del divorcio y quieren que se facilite la puntualización del caso. Otras parejas acuden por un problema más agudo, y quieren superarlo. Otras más acuden por motivos de “problemas” que cuestionan su unión; y desean vivamente modificar sus relaciones mutuas, sin ponerles término. Una última categoría acude con un sentido preventivo, ya sea por motivo de un conflicto pasajero, o por algún incidente en la vida de pareja, sobreviniendo imprevisiblemente, como por ejemplo alguna dificultad sexual pasajera.

En general, es el terapeuta quien convoca a la terapia al otro miembro de la pareja u otros miembros de la familia cuando ve la necesidad, aunque el síntoma pertenezca a un miembro.

Por ejemplo, un síntoma en un niño esconde muchas veces conflictos conscientes o inconscientes de la pareja, donde el tratamiento del núcleo familiar mejora los síntomas del niño. Pero, cuando hay problemas en un niño, los padres se sienten culpables y evitan la consulta por miedo a ser condenados. El psicoanálisis no condena a los padres, por el contrario, en la mayoría de los casos tiende a absolverlos, a desdramatizar un problema que ellos sienten erróneamente como un fracaso personal y una lesión de orden narcisista. De otra parte, los padres tienen una reacción afectiva inconsciente que les hace temer que la terapia independice al niño. Porque muchos padres se apegan a sus hijos y les consideran como una propiedad privada o el único sentido de la vida, sobre todo cuando la pareja tiene disfunciones importantes.

A veces, algunas conductas vindicativas después de la separación o del divorcio ocurren: como si un individuo, para no odiarse a sí mismo, tuviera necesidad de canalizar todo su odio sobre otro que antes formó parte de sí. Esa proyección de la agresividad en el compañero conserva su virtud después de desaparecida la pareja. Pero a veces, desgraciadamente, el odio puede expresarse en términos que afectan al hijo de la pareja, en cuanto se lo siente como hijo del otro, y este odio puede ir hasta el extremo de suprimir estos hijos para castigar el ex-cónyuge. En casos similares, es necesaria cierta terapia de padres, ya no por el vínculo de los ex-esposos, sino para que sigan asumiendo los papeles de padres y no induzcan más conflictos en el niño. Porque se puede cambiar de pareja pero no la responsabilidad de ser padre o madre de un niño.

El terapeuta empieza a analizar la situación desde la primera llamada telefónica. ¿Quién busca ayuda? ¿Cuál es el motivo de la consulta?, etc. Las primeras entrevistas sirven de “evaluación” de la pareja o de la familia. A veces, se hace una o más entrevista individual con cada miembro de pareja explicando que los contenidos de estas entrevistas serán confidenciales, es decir que el terapeuta no les dirá al otro miembro de pareja ni les mencionará durante las entrevistas conjuntas.

De la misma manera, el terapeuta pregunta en la primera entrevista qué lo que esperan de él, y explicará su “neutralidad”. Que no tomará parte de ningún participante, no actuará tampoco como un juez, y no puede decidir lo que tienen que hacer como pareja o como familia. El ayudará a comprender sus problemas y buscar soluciones con los participantes, pero que serán ellos, los consultantes quienes tienen que decidir.

 

Habitualmente, la pareja pregunta sobre la duración de la terapia. Se dirá que esto dependerá más de ellos que del terapeuta. Pero el terapeuta puede fijar dos o tres meses mínimos, añadiendo que la pareja decidirá más tarde si sigue o no el tratamiento.

En la primera entrevista hay que decidir de común acuerdo el número de sesiones semanales (dos sesiones pueden ser necesarios en momentos de crisis, mientras que en otros tiempos pueden bastar una sesión semanal hasta una sesión mensual, dependiendo del caso), los horarios y los honorarios.

 

Las primeras entrevistas de evaluación son necesarias, porque la elaboración aun de un solo problema en cuestión no se puede hacer sin una comprensión más general de la evolución de la pareja, que a la vez requiere una exploración de la personalidad de cada uno de sus integrantes. El terapeuta se informará y analizará especialmente los puntos siguientes:

1. Ante todo, el motivo manifiesto de la consulta, que tiene en general otros motivos latentes que se buscarán más tarde.

2. Existencias de crisis anteriores y sus vivencias.

3. Se informará sobre las circunstancias de la elección mutua y sobre la “luna de miel” y su duración.

4. Las relaciones con las familias de origen, y el pasado individual de cada integrante. Eventuales dependencias actuales con ellos.

5. Las relaciones de poder en la pareja y la familia. Los bienes, la distribución del dinero, el trabajo dentro y fuera de la casa. Las posiciones de dominio y sumisión son muy importantes en las relaciones de pareja. Y la apariencia de dominación no es la dominación; los conflictos de poder pueden quedar ocultos o invertidos.

6. Cuando hay hijos, las relaciones con ellos, buscar si existen “alianzas” entre los hijos y uno de los padres. ¿Quién se ocupa de la educación de los hijos en función de sus edades? ¿Quién es la autoridad en la casa y cómo lo aplica, si hay autoritarismo o no, etc.?

7. Ya hemos mencionado la importancia de la comunicación verbal y paraverbal en las relaciones de pareja y de familia; además de observar todo lo que pasa en el consultorio, informarse sobre sus diversos aspectos fuera del consultorio.

8. Las costumbres de la familia, porque cada pareja o familia es un mundo diferente.

9. Qué lo que quisiera (conscientemente) del otro integrante de la pareja, si todo fuera posible. Es una pregunta difícil muchas veces para la pareja, porque en casos de crisis se concentran más en lo que no quieren del otro que en lo que pueden desear.

 

VI.2.2. Los modos de intervención del terapeuta

 

La intervención del terapeuta es mucho más activa en la terapia de pareja y de familia que en psicoanálisis individual. Recordemos que este activo no quiere decir “directivo”; es más en el sentido de facilitar la información y la comunicación entre los integrantes de pareja o de la familia. En casos excepcionales, el terapeuta puede sugerir a una pareja con muchas dificultades de comunicación, que tratan de no discutir en la casa hasta la próxima sesión un tema doloroso y reciente (por ejemplo, una relación extraconyugal “accidental” y arrepentida).

De todos modos, en la terapia de pareja, durante el transcurso de una crisis mas o menos aguda, el terapeuta debe utilizar sólo lo que es asimilable en ese momento por sus consultantes, por más que deba al mismo tiempo, pero sin decirlo, captar el dinamismo y la evolución de sus relaciones.

 

VI.2.2.1. Fomentar la comunicación

 

Ya hemos comentado la importancia de la intervención activa del terapeuta para fomentar la comunicación entre los miembros de la pareja o de la familia. En una segunda fase, cuando vuelve más seguridad y más confianza a los miembros de la pareja, el terapeuta destacará las contradicciones emitidas por los diferentes canales de comunicación; verbal y paraverbal (cómo se dice) y no verbal (gestos o mímicas sin verbalizar).

Otros modos de intervención del terapeuta, la descripción, el señalamiento y la interpretación, ayudan a la clarificación, a la discriminación y a la mayor comprensión consciente del material presentado por los integrantes de la familia.

 

VI.2.2.2. Descripción

 

La descripción sintética del material obtenido en la consulta permite la reorganización de los temas fundamentales, aparentemente caóticos, que expresan los consultantes en sus interacciones y que por lo general se presenta en forma repetida, a veces redundante.

Con la descripción se aclaran los aspectos manifiestos y repetitivos de la interacción de la pareja, lo ocurrido, no se busca todavía los motivos latentes.

Es necesario analizar con detenimiento el por qué del cambio de la situación de la pareja a partir de un momento determinado. Más allá de los motivos manifiestos expresados, se descubrirá en general otro u otros factores (motivos latentes) que dieron comienzo a una nueva situación.

 

VI.2.2.3. Señalamiento

 

El señalamiento muestra a la pareja algunos elementos de su conducta que ellos mismos no perciben en su totalidad o lo hacen de manera distorsionada. Pueden existir variaciones en cuanto a la consideración de un hecho concreto, o en opiniones diferentes de los integrantes sobre los hechos. Importa entonces llegar a la esencia misma del asunto, eliminando todo elemento jerárquico, de fuerza o de autoridad que pudiera ser utilizado por alguien en su propio beneficio. Por ejemplo, en algunos medios de la sociedad el hombre sigue todavía con costumbres anteriores, utilizando su esposa sin remuneración alguna como una administradora de su casa. El esposo no dice cuanto gana y no se da cuenta del grado de la sumisión que tiene que soportar su esposa, además de la falta de intimidad que genera esta actitud. Además se añade a esta sumisión, el no reconocimiento del trabajo de ama de casa ni de su cansancio físico al final de la jornada de trabajo. Esta actitud puede ser por ejemplo el motivo latente de la dificultad o rechazo sexual de la esposa.

Otros aspectos de la conducta de la interacción de la pareja que se pueden aclarar con señalamientos oportunos son las contradicciones de la comunicación en sus diferentes modalidades (verbal, paraverbal y no verbal) de un compañero. Para seguir con el mismo ejemplo, la esposa puede desviar la mirada cada vez que el esposo insinúa una relación sexual, sin rechazar abiertamente. Pueden existir otros actitudes más conscientes de la esposa que pueden disminuir a lo largo los deseos sexuales del esposo: esperar y traer a la “cama” los problemas del día o de días anteriores, o problemas eventuales del futuro; apariciones del cansancio no bien justificado o de dolor de cabeza justo antes de ir a la cama, etc.

 

Mediante los señalamientos los miembros de la pareja comprenden aquellos aspectos que han sido sistemáticamente inadvertidos por uno y por otro. Con el uso de este elemento, el terapeuta le plantea el problema a la pareja en una nueva forma, para que cambie la percepción sobre la propia experiencia. Con este trabajo preliminar se sientan las bases de la interpretación de esas conductas.

El señalamiento ha de ser claro y debe recaer sobre aspectos innegables del comportamiento de la pareja, porque lo que interesa no es todavía el significado de la conducta, sino su puesta en evidencia. Así se promueve el descubrimiento de los comportamientos que llevan a las dificultades del subsistema familiar. En consecuencia, hay que utilizar al máximo todos aquellos datos directamente observados, verbales o no, pero inadvertidos, en la interacción del “aquí y ahora” (en la consulta) entre los miembros de la pareja y el terapeuta.

 

VI.2.2.4. Interpretación

 

Ya hemos diferenciado la interpretación en el psicoanálisis individual y en la terapia de pareja o de familia.

El objetivo de la interpretación en la terapia de pareja o de familia es aclarar algunos aspectos de las situaciones de las interacciones entre los miembros de la pareja o de familia, y de ellos con el terapeuta. Para esto puede recurrirse a los hechos relatados por ellos mismos en el grupo, referidos a las costumbres o a las ideas de una u otra rama de origen de los cónyuges que seguramente se han trasladado a los hijos en el caso de la familia. También puede recurrirse al establecimiento de relaciones de los miembros de la pareja o de la familia con el terapeuta, es decir de las transferencias múltiples que ocurren dentro de la situación de la terapia.

 

Con bastante frecuencia se observa cómo los conflictos actuales son repeticiones de hechos ocurridos en el pasado, y comúnmente relacionados con otros que pueden calificarse como antecesores. Sin embargo, son también repeticiones, de una manera u otra, dentro de la relación de pareja, con una “complicidad” inconsciente del otro miembro. Se llega así en cierto grado a la historia individual de cada miembro de la pareja a partir de su constitución.

 

Otro objetivo de la interpretación es el poner de presente las posibles causas reales, más allá de las aparentes, que han determinado el establecimiento de una costumbre o su prolongación no funcional. Se puede explorar la educación sexual de los hijos, el autoritarismo del padre-esposo sobre la madre-esposa y los hijos, la “fusión” prolongada de la madre con los hijos excluyendo el padre por falta de comunicación de la pareja, el alejamiento exagerado del esposo de la casa por motivos aparentes del trabajo desenfrenado, que ya no es indispensable, puede ocultar dificultades no reconocidos de relación de pareja, etc.

 

Sabemos que la libertad tiene limitaciones en la relación de pareja y de la familia, empero oprimir los niños o el otro miembro de la pareja utilizando la autoridad se vuelve disfuncional. De otra parte, el grado de libertad y autonomía de los hijos debe cambiar según sus edades.

No se trata que el terapeuta imponga sus valores personales a la pareja o a la familia, sino se promueve el tema y se discute ampliamente haciendo surgir los argumentos en favor y en contra de una situación, para llegar a adoptar una fórmula que convenga a una pareja o a una familia. Recordemos otra vez que el terapeuta ideal es neutral, pero la neutralidad o la objetividad es asintótica, como una línea hacia la que se tiende sin que se pueda alcanzar jamás con mejores intenciones conscientes sostenidas. Esto implica que el terapeuta debe vigilar continuadamente su contratransferencia para no favorecer uno u otro miembro de pareja y familia. La neutralidad no significa no señalar (a su tiempo oportuno) su convicción cuando una tal actitud de un miembro es dañina para sí mismo y sobre todo para el otro u otros, y explicarlo.

 

VI.2.3. Transferencias, contratransferencia, identificación proyectiva, contraidentificación proyectiva

 

Se interpreta también, en función de la evolución de la terapia, los aspectos de la transferencia con el terapeuta de cada miembro de pareja o de la familia, o del grupo. Al inicio, los miembros toman el terapeuta como un juez, y más tarde cada uno puede tratar de hacer “alianza” con el terapeuta; o pueden también rechazar inconscientemente al terapeuta cuando se reforma el “nosotros” de la pareja. Puede ocurrir cualquier transferencia positiva o negativa con el terapeuta por parte de cada miembro de la pareja o de la familia. Es casi constante que el terapeuta represente una figura de autoridad para los miembros de la familia. Además cada uno lo percibe de acuerdo con su propio pasado, con su propia historia. Esto, desde luego se puede señalar, según el caso, si se encuentra alguna utilidad en ello. Además de esto, es necesario conocer para qué se hace una interpretación y cuáles serán sus consecuencias. Si esto se sabe con claridad, se puede proceder, desde luego, a la interpretación, aun cuando en ocasiones hay circunstancias cuyas consecuencias no se pueden conocer.

 

En los capítulos anteriores hemos estudiado la complejidad del engranaje de los procesos psicológicos inconscientes en la elección y en la evolución de la pareja. Dentro de esta complejidad podemos señalar la existencia de la transferencia, y muy fuerte, entre los integrantes de la pareja, lo que representa la fuente de la atracción y de los conflictos de la pareja. La distorsión de la percepción que cada uno de los integrantes de la pareja tiene del otro y de sí mismo se manifiesta porque cada uno revive la historia de sus relaciones personales, incluidas las de la más tierna infancia. Lo cual hace que los miembros perciban al otro distorsionado por la relación que hacen inconscientemente con personas del pasado.

 

Otro elemento muy importante es la identificación proyectiva y la contraidentificación proyectiva entre los integrantes de la pareja y de la familia de una parte, y de otra, entre los miembros de la familia y el terapeuta. Vimos anteriormente ejemplos de estos mecanismos que intervienen de manera muy inconsciente entre los miembros de la pareja y de la familia. El terapeuta debe rescatarse de estos mecanismos cuando ocurren gracias a su función autoanalítica. La mejor manera de adquirir este función autoanalítica es haciendo un psicoanálisis individual con otro analista durante la formación profesional.

Si bien en la terapia individual la interpretación de las transferencias es el principal instrumento, en las terapias de pareja o de la familia existen límites derivados de la carencia de intimidad, de la indispensable reserva con cada persona frente a las demás, así se trata de padres, hijos, esposos o compañeros.

La no utilización explícita de la transferencia no significa que no se la tome en cuenta ni que el terapeuta tenga impedimento para derivar deducciones y conclusiones, aunque no pueda comunicarlas.

 

La contratransferencia existe siempre: en el terapeuta surgen también impulsos y sentimientos hacia los consultantes, que se entrometen inevitablemente en su función de comprender e interpretar el vínculo. A la transferencia de la pareja, responde la contratransferencia del terapeuta, con sentimientos, angustias, defensas y deseos. Tanto la transferencia como la contratransferencia representan dos componentes de una misma unidad, que se dan vida mutua y crean la relación interpersonal pareja-terapeuta. Es a través de ésta como percibimos y podemos comprender algunos sentimientos que cada uno de los miembros de la pareja experimenta a su vez hacia nosotros. El terapeuta, al poder aclarar a sí mismo el conjunto de sus reacciones inconscientes hacia los consultantes o hacia uno de ellos en particular y los elementos transferenciales de los integrantes de la pareja, llega a comprender y evaluar el vínculo de los consultantes, con miras a su tratamiento. El hecho de no comprender el sentido de la contratransferencia, puede producir contra-actuaciones y provocar un efecto perturbador en el conjunto de la terapia que dificulta la dinámica del proceso.

La contratransferencia es también dinámica como la transferencia. Es decir, el terapeuta revive con los consultantes sentimientos, recuerdos, reviviscencias, impulsos, que inicialmente estuvieron en relación con otro u otros seres. De manera que esto le quita la libertad en la medida en que no conozca esos vínculos y acepte sus repercusiones y sus consecuencias. Muchas veces una persona o una pareja nos producen una sensación de incomodidad o de simpatía en forma desigual y aparentemente inexplicable.

Las primeras entrevistas deben servir entonces no sólo para la exploración de los consultantes sino del terapeuta frente a ellos. Como no existe la neutralidad absoluta, debemos saber por qué es así y cómo podemos utilizarlo en provecho de la comprensión de sentimientos de una preferencia o un sentimiento contrario frente los integrantes de una pareja o familia.

 

Muchos son los indicios que pueden sugerir la presencia de elementos contratransferenciales inadecuados o perturbadores, tal como sucede en la terapia individual. Los principales son:

1. Preocupación persistente durante o después de las horas de terapia con ciertas parejas o con ciertas familias.

2. Halagar a los consultantes por temor a perderlos.

3. La aparición de los indicios de una preferencia marcada por uno de los participantes.

4. Descuido en los convenios sobre aspectos económicos y de tiempo; lo mismo que el temor a hablar de los aumentos en los honorarios.

5. Olvido de la cita con los consultantes, llegar tarde a ella, o prolongar repetidamente y sin motivo especial la hora de la sesión.

6. Experimentar repetidamente sentimientos eróticos o agresivos con alguno de los consultantes.

7. Fomentar la dependencia continuada de una u otra persona.

8. Perturbarse por las sensaciones o reproches de uno u otro de los participantes.

9. Deseos de que se presenten situaciones que dificulten por parte de ellos la continuación del tratamiento o la asistencia a una o más citas.

10. Aparición de indicios de fastidio o de sentimientos de antipatía respecto a uno o más de los consultantes.

 

En los casos 3 y 10, la diferencia de sexo entre el o la terapeuta y los consultantes, puede llevar a situaciones donde este factor adquiere importancia, más allá de lo corriente, pero que llega entonces a perturbar la relativa neutralidad del terapeuta, perturbando también la eficacia de la terapia.

 

El solo hecho de encarar una situación en que la norma es la desigualdad, como ocurre con frecuencia en las relaciones de pareja y en las de familia, nos incita por lo menos a tomar partido o a la solidaridad con los más débiles (niños oprimidos por ejemplo) o con los más fuertes. Por otra parte, es necesario recordar que el propósito no es ningún momento el de obtener reconciliaciones, sino el de colaborar en la búsqueda conjunta de las soluciones escogidas, van escogiendo, por ellos.

 

Si en la relación terapéutica individual se remueven numerosos puntos oscuros en el analista, estos se ven aumentados en las terapias de pareja y de familia; los recuerdos, los conflictos, los sentimientos latentes que tienen que ver con la propia familia o con la pareja parental interiorizadas cobran relieve y hacen aún más necesaria su comprensión por un psicoanálisis personal para no “contaminar”, o no seguir contagiando la terapia con conflictos personales.

 

VI.3. ALGUNAS CONCLUSIONES

 

Creo que se hizo un acercamiento más que introductorio con los enfoques psicoanalíticos en la comprensión de la elección de pareja y la evolución de la vida de pareja y de familia. No quise abarcar todos sus aspectos ni otros enfoques. Ciertamente los aspectos económicos y socioculturales tienen mucha importancia en la formación del individuo, de la pareja y de la familia. Por ejemplo, problemas económicos tienen repercusiones psicológicas que pueden destruir la harmonía conyugal (angustia, mal humor, frustraciones, etc.).

 

Hemos entendido indirectamente la importancia del hogar para la salud mental del individuo y de la familia que formará más tarde. Efectivamente cuando son más tempranos los traumatismos son más graves sus consecuencias. Los países del norte de Europa debían comprender muy bien la importancia de este período para dar un año de maternidad a las madres y eventualmente a los padres que lo deseen. Porque la primera escuela es la cuna, el primer maestro es la mamá y la primera lección es el amor en la familia. En el hogar se forman (empezando con la adquisición de la confianza básica o su mantenimiento) o deforman las personalidades que luego se proyectarán, con sus virtudes y defectos, sobre otros y el ámbito social.

 

Las fantasías incestuosas forman parte de la vida secreta de toda la familia. Estas fantasías son necesarias, pero su expresión abierta tiene que ser controlada por los padres según la edad del niño. La época edípica del desarrollo del niño es de importancia central si queremos entender la vida de pareja y de familia. La respuesta amorosa de los padres es indispensable en este período difícil para que se desarrolle la capacidad de dar y recibir emocionalmente y lo pueda aplicar más tarde en su vida de pareja y de familia.

 

Hay que incluir en la “educación sexual” no solamente la sexualidad genital o cómo evitar la maternidad, sino también la importancia de afectividad y de la comunicación en las relaciones familiares y humanas en general, incluyendo la educación de cómo ser esposos-esposas y padres-madres, para que la niña, sobre todo la que es educada para ser ejecutiva, no se sienta “atrapada” en su función materna o no se sienta una “vaca lechera” con el nacimiento del bebé.

 

No existen fórmulas mágicas para la vida de pareja, y tampoco para la convivencia de dos seres que se aman. El encantamiento erótico inicial de una pareja debe transformarse a la larga en una devoción afectuosa recíproca y comprometida que soporte el paso del tiempo. Se necesita una preocupación real por el otro (es la definición del amor según Melanie Klein), una intimidad afectiva y sexual. Además, este tiempo es dinámico: una pareja funcional es la que se adapta en forma constante y gradual a los cambios de dos personas que evolucionan. Saber resolver las dificultades y las crisis, y lograr acuerdos satisfactorios es lo que hace crecer el vínculo de la pareja. Muchas veces necesitan tener creatividad personal e interpersonal para seguir reconstruyendo y remodelando su paraje particular, singular y original, en lugar de repetir lo que han visto en las relaciones de sus padres o copiar lo que hacen otras parejas o familias.

 

Nos dimos cuenta también que la verdadera relación de la pareja comienza cuando se desvanecen las ilusiones muy irrealistas (las súper-idealizaciones), cuando las expectativas se vuelven más reales y cuando se aprende que las propias necesidades no tienen por qué ser satisfechas en forma incondicional por el otro. De otra parte, para no destruirse por invasión de la pareja, se necesita encontrar un equilibrio sutil entre la autonomía y la fusión, y entre la libertad y la interdependencia adulta.

 

Ningún individuo tiene la capacidad necesaria para satisfacer todas las necesidades primordiales (falta, dice Lacan) de otra persona. Puede ayudarle o estorbarle, pero la realización personal en el sentido más profundo de la expresión, denominada la felicidad, sólo puede cumplirse dentro de la relación del ser humano consigo mismo.

 

Me siento satisfecho de reunir y crear en este escrito conceptos y datos que pueden ayudar al lector a comprenderse mejor a sí mismo y sobre todo su relación de pareja. Asimismo, el terapeuta de pareja y familia que haya comprendido y aprendido algo más con la lectura de esta obra se sentirá satisfecho de poder ayudar mejor a los otros. Esto es también otra esperanza y satisfacción mías, aunque sean virtuales y futuristas en el momento que estoy escribiendo.

Por todos estos motivos, agradezco al lector que está leyendo estas palabras en el entonces del futuro.

 

 

CAPÍTULO VII

CASOS CLÍNICOS Y COMENTARIOS

 

VII.1. Elección referida a la imagen del padre del sexo opuesto

 

Carolina, hija de un oficial de marina, ha tenido desde siempre una gran admiración a su padre, por su uniforme y por lo que se refiere de alguna manera a su posición. No tiene nada sorprendente, pues, que termine casándose con un oficial de marina. Para ser elegida por éste, ella desplegó todos sus atractivos, y pareció perfectamente feliz el día de su boda. En realidad muchos rasgos de este muchacho eran comparables a los del padre de Carolina. Pero al poco tiempo la pareja vino a consultar: ella se negó por algún tiempo a tener relaciones sexuales, aunque luego terminó por aceptarlas, si bien con desagrado. Carolina es frígida y rechaza toda ocasión de aproximación íntima con su marido, y aun toda caricia o gesto de ternura, para evitar lo que vendría después, que dice temer.

Su marido descubre entonces que ella es completamente distinta de lo que creía, e insinúa que planteará pronto la posibilidad de divorciarse o de anular su matrimonio. Ella se muestra muy agresiva frente a estas presiones que ejerce su esposo: “Yo no esperaba eso de él”, dice; y, refiriéndolo sin duda a la imagen de su padre, considera como indigno el tratamiento al que él pretende someterla. Carolina agrega otras formas de racionalizaciones para justificar su rechazo: considera que ella “es así”, que no se trata de ningún bloqueo, sino de su verdadera naturaleza. Por lo demás ¿el matrimonio no es mucho más que la mera relación sexual? Por lo tanto es su marido quien debiera hacerse tratar, puesto que pretende buscar en su unión sólo la satisfacción de deseos que ella califica como bestiales, indignos de su categoría.

 

Nota. Esta elección de marido estuvo referida estrechamente a la imagen paterna y los deseos edípicos reprimidos, empero quedaron muy activos (una elección fundamentalmente defensiva). Las racionalizaciones de esta paciente revelan también la canalización de todo un contexto social y cultural, donde la noción de clase social y de respetabilidad está ligada a la prohibición de la relación sexual. Es un caso de frigidez electiva, es decir, orientada electivamente hacia el compañero elegido en función de sus deseos edípicos. Lo que debe destacarse es la participación del objeto elegido en la organización defensiva. Así, ocurre a menudo que la mejoría de la disfunción sexual del “paciente identificado”, conduce al desencadenamiento, en el otro, de una perturbación equivalente.

 

VII.2. Elección referida negativamente a la imagen del padre del sexo opuesto

 

La señora Z es una joven que vivió una infancia muy penosa en el seno de una familia perturbada por un padre alcohólico violento. Ella se alejó muy joven de su familia con la ilusión de encontrar algún día un muchacho que fuera opuesto en todo a su padre. Pero por el contrario, “cayó” -según su expresión- con un hombre alcohólico, con quien sin embargo se casó, y que en seguida comenzó a golpearla. Esta unión fue de corta duración, y después de una pequeña fase depresiva, la señora Z se prendó de un ex-tuberculoso, a la vez muy pasivo y muy abandonado, a quien ayudó a readaptarse progresivamente a una vida social más activa.

Pero este hombre, sobrio hasta ese momento y que no parecía violento, empezó a beber poco a poco, después a golpear a la desdichada, hasta que también se rompió esta segunda unión. Fue entonces cuando la señora Z presentó un cuadro depresivo importante que requirió su hospitalización.

Desde su salida del hospital, la señora Z intentó toda una serie de aventuras sucesivas, todas decepcionantes, estereotipadas, renovaba cada vez para olvidar la precedente; hasta que por fin encontró un hombre que le dio plena satisfacción y estabilizó sin esfuerzo en su elección. Era un excombatiente ingresado a la policía, apasionado por el judo y el boxeo, gran aficionado a historias escabrosas y a escenas violentas donde todo fuera golpes. Sin embargo, era un muchacho “muy amable” en apariencia, y en todo caso muy prendado de ella. Los numerosos rasgos sádicos de la personalidad de este muchacho estaban en general bastante controlados y se expresaban más en fantasías que en realidad. Pero su mujer era para él, sin embargo, el objeto fantasmático de sus deseos sádicos, puesto que en los preludios amorosos mencionaba a menudo el deseo de golpearla, aunque nunca llegaba a hacerlo.

Fue sólo con este hombre con quien ella empezó a experimentar sus primeras satisfacciones sexuales; en este único contexto ya que hasta ese momento había sido frígida.

 

Nota. Esta observación ilustra un caso en que la elección de objeto se hizo con referencia a la imagen paterna, referencia negativa en su proyecto consciente, pero referencia positiva en el plano de sus actitudes inconscientes. Las pulsiones masoquistas siguieron desempeñando un papel muy vivo en ella, a pesar de lucha que sostenía contra sus tendencias, y fue ciertamente esta pulsión masoquista la que conservó un valor erógeno particularmente vivo para ella. También se puede constatar la función de la identificación proyectiva y la contraidentificación proyectiva sobre todo en su segundo matrimonio.

 

VII.3. Elección referida negativamente a la imagen del padre del sexo opuesto

 

Pedro, de unos treinta años, casado, con dos hijos, quien se siente muy perturbado desde hace dos meses. Casi no duerme, sobre todo desde que aparecieron cambios en su comportamiento habitual. Esto le llama la atención a su esposa, él le hace algunas confesiones, y ella le aconseja consultar a un especialista.

Pedro no opuso resistencia porque sintió que “esto que le pasaba” estaba muy poco en acuerdo con su concepción de la vida y con su actitud anterior, y entonces aceptó con facilidad la opinión de su mujer, que lo convenció de que su comportamiento era “anormal”. Él aceptó de buen grado esta calificación de su conducta como patológica, porque lo disculpaba y le permitía convencer a su mujer de que jamás se hubiera comportado de esta manera voluntariamente...

La discusión en común sobre esta noción de normalidad y su acuerdo sobre este punto, muestran cómo cada uno de los integrantes de la pareja obtuvo beneficios secundarios de esta noción de patología, que les permitió evitar una crisis conyugal demasiado importante. En particular la esposa encontró allí una manera de reasegurarse, pues según ella no eran los verdaderos sentimientos de su marido los que estaban en juego, sino un factor puramente exterior lo que justificaba un tratamiento.

En el curso de la primera entrevista, Pedro explica que sus angustias, sus insomnios se originan en el conflicto en que se encuentra por haberse enamorado súbitamente de una joven a la que ha visto poco, al tiempo que quiere mantener su relación conyugal, que hasta entonces ha sido siempre feliz. Esta joven que lo conmueve le recuerda una jovencita que él conoció antes de casarse y de la que estuvo locamente enamorado, aunque ella nunca le correspondió realmente. Pedro señala que hubo circunstancias extremadamente semejantes en ambos casos: el comienzo brusco e impulsivo de esta atracción violenta fue muy parecido en los dos episodios; pero la primera vez, dice, él no estaba casado, y creyó sentir una gran pasión, convencido de que era correspondido en sus sentimientos; mientras que esta vez no deseaba para nada alentar esta atracción, que según toda apariencia tampoco era recíproca. Pedro describe entonces algunos rasgos físicos de aquella primera joven, y especialmente uno muy particular, que también posee la mujer de la que está apasionadamente enamorado desde hace dos meses: ambas tenían la mutilación de un dedo, lo que siempre provocó en él un afecto considerable, una emoción violenta, cuyo origen no comprende.

Cuando se le pide que asocie sus pensamientos a este respecto, Pedro se pone de golpe a hablar atropelladamente y manifiesta una emoción extrema, que le impide dar precisiones en esta primera entrevista. Pero se retira con la convicción de que algo patológico se ha manifestado en su inconsciente, por el hecho de sentir una atracción ligada a la circunstancia de que esta joven, precisamente como la primera, presentaba una mutilación particular en un dedo.

Las entrevistas siguientes definieron mejor la historia afectiva de Pedro. Fue hijo único, de un hogar disuelto. Su madre se vinculó con un muchacho que la abandonó rápidamente después de su unión. Ella luchó con grandes dificultades para educar a su hijo. Pedro la define como una persona desdichada, que siempre fue una victima, “más que nada por falta de suerte”; a su juicio, su madre actuó siempre de manera tal que se dejó explotar por todos los que tenían trato con ella. La madre fue muy apegada a su hijo, quien por su parte correspondía a ese cariño. La vida de Pedro junto a su madre, a la que se sentía ligado por una relación de gran afecto, se hizo difícil por las condiciones de vivienda; pronto se vio llevado a dos aventuras bastante pasajeras en la adolescencia, pero sin carácter bien específico, hasta llegar a aquella brusca atracción por la joven que se mencionó antes.

Su madre advirtió en aquel momento la perturbación del muchacho, y se mostró muy afectada cuando él le confesó esta pasión no correspondida; trató de disuadirlo rápidamente de aquella chica en una escena dramática en la que, llorando, le hizo este comentario que a él le disgustó: “Siento que tú serás siempre un desgraciado, como yo; que siempre te atraerán mujeres indignas de ti, o que no se interesarán por ti.” Él protestó vivamente ante este comentario de su madre y tomó la resolución de hacer los mayores esfuerzos para no volver a embarcarse en una aventura así, sino que ahora elegiría con mucho cuidado a una joven completamente distinta, con la que tendría una relación de carácter definitivo, precisamente para no compartir la suerte desdichada de su madre. En el momento actual, él sigue luchando contra algunos rasgos de carácter que podría tener en común con su madre; por ejemplo, considera que a veces tiene cierta tendencia a dejarse explotar por sus clientes y cuando se da cuenta de ello, tiene una reacción impulsiva de cólera tan violenta, que a veces llega hasta la brusca ruptura de su relación profesional.

 

Nota. Pedro sigue profundamente identificado con una madre a la que siente como particularmente castrada, privada de hombre; lastimada, si no físicamente, al menos sí en lo social y en lo moral. De otra parte, Pedro conserva en el fondo un deseo incestuoso muy vivo, profundamente reprimido, hacia lo que él ve como imagen de la mujer castrada. Él estableció también inconscientemente un vínculo entre la mutilación de un dedo y el símbolo de la castración, que él asocia también con el hecho de ser una victima, disminuida y más o menos sojuzgada.

El desplazamiento del signo de la castración hacia la mutilación de un dedo conserva su dimensión simbólica, pero hace excepcional su encuentro con el objeto parcial erógeno.

Después de unas pocas sesiones, sin duda algo aliviado por la verbalización de afectos hasta entonces profundamente reprimidos, Pedro se sintió mucho mejor, y decidió no volver a ver a la joven de la falange mutilada, una de sus clientes a la que había estado persiguiendo hasta entonces con sus reiteraciones, sin ninguna respuesta por parte de la interesada.

Por su lado, la esposa de Pedro intervino rápidamente para preguntarle si este tratamiento duraría todavía mucho tiempo, y parece claro que su apuro por terminarlo, “para olvidar”, desempeño un papel en la interrupción prematura del tratamiento iniciado. Los sentimientos de culpa de Pedro parecen haber contribuido a la interrupción del tratamiento, que él justificó invocando su propósito de someterse definitivamente al deseo de su mujer, aunque en realidad se trató de una verdadera huida de una investigación psicoanalítica más profundizada. Así, puede seguir negando lo que pudiera quedarle de huellas de castración en la organización de su personalidad.

Las condiciones sociofamiliares en su infancia hicieron difícil que superara su complejo de Edipo, perturbaron la identificación con la imagen paterna, que sólo fue posible en figuras sustitutivas posteriores, y mantuvieron las relaciones madre-hijo muy próximas al faltar la función paterna (separación de los hijos de la simbiosis inicial con la madre).

Pero, Pedro alcanzó elegir una mujer referido negativamente a la imagen de su madre. Su mujer es una persona que se defiende muy bien en la vida social, no se deja explotar, tiene manos siempre hermosas y no hace trabajos domésticos que puede dañar sus dedos. Además, decide, o Pedro la deja decidir, cuándo Pedro tiene que buscar ayuda psicológica y cuándo tiene que interrumpirla. Así, en su vida conyugal, Pedro se defiende contra su pulsión parcial, sea contra su deseo incestuoso de unirse con una mujer castrada.

 

VII.4. Mantenimiento de la idealización de un objeto bueno anulando la perspectiva del tiempo

 

Juan es un hombre de 28 años que tuvo una infancia difícil a causa de la separación de sus padres. Su madre, a cuyo cuidado quedó, pareció quedar marcada profundamente por esta ruptura cuando él tenía alrededor de un año. Probablemente ella hizo una tentativa de suicidio al no poder ocuparse regularmente de su hijo, a quien confió de manera irregular a diferentes personas, cuidadoras o abuelas. El niño se apegaba pronto a éstas, pero al quedar siempre interrumpidas sus tentativas de afecto, no tuvo la posibilidad de fijarse sobre una figura materna principal. Durante su edad escolar, se cerró sobre sí mismo, compensando mediante la fantasía lo que no encontraba en su contorno real. Apasionado por los artes, la escultura y la música, buscó amigos tan perfectos que siempre terminaron por decepcionarlo. Su amargura aumentó en la adolescencia, y después de algunos fracasos, resolvió renunciar a todo lo que no fueran aventuras transitorias. “Lo que cuenta -decía- es el sexo; eso es todo lo que importa, lo demás es charla barata, y no volveré a caer en ello.”

A pesar de poseer dotes indudables, sólo tenía éxito en sus estudios si no les daba demasiada importancia. Desde joven se había apasionado por la medicina y la anatomía; pero cuanto más se apasionaba por ellas, más fracasaba en sus exámenes. En cambio, obligado a renunciar a éstos, hizo estudios de fisioterapia, que a priori le interesaban poco; pero cuando se presentó sin ningún entusiasmo a sus exámenes, los pasó admirablemente. Asimismo se negaba a valerse de sus grandes talentos musicales para obtener una distinción honorífica o un diploma. Poco después de terminados sus estudios renunció al ejercicio de la fisioterapia y vivió con los escasos recursos que le proporcionó la practica musical en algunos conciertos “pops”, o en algunos cafés o lugares nocturnos. Él siempre se enamoraba en su imaginación, pero desde que conocía a una joven aspiraba precipitadamente a una relación sexual que resultaba imperfecta y llevaba a una ruptura rápida. Sin embargo, Juan afirma que no cree en el amor, y que se conforma con una conducta más o menos donjuanesca.

Así, sus camaradas, que él eligió de un estilo parecido al suyo, se sorprenden un día al ver que Juan se deja atrapar por una de sus conquistas. Ésta, desde el principio, define los límites de su relación. Es casada, madre de dos niños pequeños, feliz, apegada a su marido momentáneamente ausente, y se concede solamente quince días de “vacaciones de pareja”, como ella dice. Él piensa que es exactamente lo que conviene, y como consecuencia se lanza a ese amor sin regateos. Dado que el final del idilio está próximo y fue fijado de antemano por la mujer, lo que es muy importante para él, no hay necesidad de apresurarse a romper, ni de poner él mismo un término a la relación. Para los dos, la satisfacción es grande en muchos aspectos; pero en el último momento, renunciando a su plan inicial, ambos intercambian sus direcciones habituales. Juan le escribe una primera carta de agradecimiento un poco nostálgico, que hace vibrar a la mujer y la impulsa a responder; él entonces se abre poco a poco, y se entabla una correspondencia rica entre ambos, a la que siguen encuentros en los que, a pesar de la crítica de sus amigos, él manifiesta un ardor sentimental creciente, todavía protegido por la idea de que ella es casada, y que por lo tanto no puede comprometerse a más. De ese modo, puede concebir proyectos, todos muy poco reales.

Un día es la mujer quien empieza a sentirse perturbada por la relación y ésta cambia. Entonces él inmediatamente afirma la superioridad de su concepción de la vida amorosa, alaba la libertad sexual, la no posesión recíproca, le reprocha sus gustos demasiado clásicos y su apego a la pareja. Él, en cambio, quiere tener otras aventuras y conserva su libertad. Después de algunos encuentros, ella decide romper “amigablemente”, según dice, no sin antes presentarle a su marido, lo que a su manera de ver “sella su renuncia a la aventura”. Más ella quiere volver a verlo de cuando a cuando en su casa, o asistir a sus conciertos; pero sólo a eso debe limitarse la relación. Juan queda entonces sumido en una gran perturbación. Sufre una gran depresión al verse privado de ella, sin la que no puede vivir -dice-; y proyecta reconquistarla, y se aferra cada vez más a su proyecto amoroso. Abandona a sus antiguos camaradas o a los grupos más o menos marginados que frecuentaba, salvo a sus amigos más próximos. Oscila entre euforias en las que culminan sus proyectos y su arte, y los pozos depresivos en los que se abandona a la desesperación.

Después de varios meses de duda, se decide hacer una consulta y emprender una breve terapia no directiva, que lo lleva a reflexionar sobre todos los procesos que sin darse cuenta utilizó para huir de lo que nunca se había atrevido a soñar: una relación amorosa “grande, es decir duradera’, dice. Y sin embargo, la que él vive es imperfecta, poca compartida, sin expresión sexual o casi, y limitada por lo que él califica de poderosos lazos que su amiga mantiene con su familia y sus otras amistades. En todo caso, Juan afirma que se ha podido establecer esta relación únicamente porque ella tomó la iniciativa de fijarle límites.

 

Nota. Este ejemplo ilustra la manera cómo una limitación de la relación permite en algunos mantener la idealización de la que no pueden prescindir. Limitar la relación en el tiempo, en la duración o en la frecuencia aparece así como un recurso.

 

VII.5. Pobreza afectiva, ruptura de una relación amorosa y suicidio

 

La señorita H, después de una niñez triste junto a abuelos enfermos a quienes fue confiada en razón del trabajo de sus padres en un pequeño comercio, debió aceptar las reglas del medio, que le prohibían toda iniciativa capaz de permitirle hacer “encuentros”. Se le decía que como lo tenía todo en su casa (juguetes, alimentos, vestidos, televisor, etc.), no tenía ninguna necesidad de buscar afuera, donde habría podido recibir malas influencias o hacer amistades inconvenientes con “niños de la calle”. Así, fuera de toda participación social, pasó una infancia y una adolescencia apagadas. Para ella, la escuela sólo debía servir para adquirir una situación que le permitiera ganar dinero; con la pequeña herencia de sus padres, podría un día alcanzar un casamiento feliz. Era inútil que desarrollara algún arte o que participara en alguna forma de vida social, que no producen dinero. El ajuar de novia estaba listo mucho antes del día de su casamiento; pero la chica, en cambio, no estaba preparada para nada que no fuera producir prudentemente, sin vibrar con lo que fuera las grandes causas humanas, vibración que en efecto no es rentable. Como único acto de independencia, se negó a casarse con el hijo de unos vecinos que le propusieron. Tres años después, se deja seducir en el trabajo por un patrón joven que le promete el oro y el moro. La joven proyecta casarse con él, pero descubre que es casado y que la considera tan sólo un entretenimiento, un suplemento clandestino en su programa de vida. La señorita H hace una primera tentativa de suicidio, pero fracasa; se le hospitaliza y es examinada psicológicamente. No tiene ningún deseo de vivir, pero no presenta perturbaciones estructurales significativas, no está disociada ni siquiera muy angustiada. Su “depresión” responde a un verdadero vacío interior, a un mundo sin objeto. Se le enseñó a no catectizar nada, que está protegida contra toda pasión. Interviene en la vida social y cultural sin participar de ella; no tiene enemigos, ni verdaderos amigos o amigas. Es amable, trabaja con regularidad, mira televisión y lee los folletines de su mediocre revista semanal: en suma, presentaba, hasta su tentativa de suicidio, todos los signos de lo que se ha convenido en llamar una “buena adaptación”.

Durante su internación se le prescriben algunos comprimidos antidepresivos, que ella toma. Se le sugiere consultar a un psicólogo, que le propone una psicoterapia. Ella no se niega, pero no plantea nada, a pesar de los esfuerzos e insistencia de su psicoanalista. Para ella, su depresión es una enfermedad provocada por la traición de su patrón, enfermedad que se trata como otra cualquiera, con técnicas que en este caso consisten en comprimidos y “sesiones”. Pero no se interesa por la terapia; las entrevistas resultan vacías, como toda su vida. Ni siquiera es capaz de vislumbrar qué revolución interior necesitaría para poder abrirse y descubrir la vida.

Un día, la joven se toma de una vez todos sus comprimidos y muere. Los padres, aterrados, no comprenden: piensan que hicieron todo por ella. “Lo tenía todo para ser feliz”, dicen. Salidos uno y otro de familias obreras numerosas, ambos debieron luchar desde muy temprano para vivir, y fueron levantándose gracias a su trabajo, con la ambición de escapar a la pobreza. Apoyándose uno al otro, lo hicieron todo por “educarse”, por “salir adelante”, y soñaban con que un día podrían aprovechar de la casita que sus economías les habían permitido adquirir. La hija no fue quizás muy deseada, sino que más bien contaban con ella para cuando fueran viejos, y quisieron que fuera “como todo el mundo”. Hija única, sería la heredera, y antes podría beneficiarse de su apoyo material. Toda otra preocupación parecía ausente de su vida.

 

Nota. Sólo cabe aterrarse ante tanta miseria moral. Evidentes dificultades de identificación con las figuras parentales poco abiertas, poco gratificadoras, ambivalentes; un yo pobre, o habría que decir mejor empobrecido por la carencia afectiva y educativa, privado de objetos que habría permitido su enriquecimiento afectivo, pero que habría complicado su existencia y su educación. Si quedaba aislada de los demás, la niña sería más fácil de educar, pues quedaba sometida a las normas parentales y atravesaría sin crisis la fase difícil de la adolescencia, donde muchos otros descubren los valores de la vida. Ella fue siempre seria, amable y bien adaptada, “muy equilibrada”, decían sus vecinos. ¡Por cierto que no cuestionaba para nada el orden establecido!

Pero la descripción analítica puede enriquecerse con la descripción de las primeras relaciones con los abuelos: el abuelo, desgastado por el trabajo embrutecedor y el alcohol compensatorio; la abuela decepcionada, amargada, cansada por los hijos que trajo al mundo, anulada culturalmente y vacía en el plano espiritual. La niña jamás tuvo el sentimiento de haber sido muy amada, esperada, ni querida: ella estaba allí, se hizo por ella lo que había que hacer, y como ella misma decía: “No tengo nada que reprocharles, me dieron lo que me tenían que dar”. Estaríamos tentados de agregar: es decir muy pocas cosas. Alerta contra los riesgos que provienen de las pasiones, H, se amuralló y defendió contra el surgimiento de sus pulsiones instintivas. Quedó encerrada.

Ninguna experiencia correctiva le permitió anular su angustia ante sus objetos malos internos, provenientes de la introyección de las peligrosas imágenes parentales. Quedó así librada a sus objetos internos fantasmales y terroríficos, vividos como otros tantos perseguidores que le vedaban el acceso a todo objeto bueno: la desafectación global, total hasta la muerte, era su único recurso, y su terapeuta no tuvo tiempo de hacerla catectizar en la transferencia como soporte posible de otros afectos. (Más, hay que tener en cuenta el contexto socio-económico, la lucha de la clase proletaria para pasar a la clase de pequeña burguesía, etc. En este caso, la pertenencia a una clase estaba fuertemente idealizada).

 

VII.6. Elección de un compañero de pareja como protección contra el riesgo de un amor intenso

 

La señora M acude a la consulta principalmente a causa de los insomnios que padece, que describe con gran riqueza de detalles en la primera entrevista. La sesión resulta difícil por su reticencia para exponer claramente su modo de vida y su personalidad. Ante las primeras preguntas, que sin embargo fueron muy prudentes, ella se sorprende y responde con cierta sequedad, como para terminar con las preguntas de detalle o con investigaciones un poco atrevidas. Sin embargo, dice fácilmente su edad, su peso más bien considerable y las diferentes características de su salud en el aspecto somático; pero en cambio brinda de muy mala gana algunas informaciones referentes a su pasado, su infancia, su adolescencia. En cuanto a su panorama de vida, sólo menciona su actividad profesional, con algunos detalles sobre el número de horas que le dedica a su trabajo y las preocupaciones que éste le produce. Desempeña la función de juez y aprecia grandemente su profesión. Sobre todo le importa ocuparse principalmente de problemas administrativos, de informes referentes a las cuestiones financieras, sin tener que interesarse en las vidas privadas. Desea poder manejar siempre textos de leyes claros, que le permitan adoptar resoluciones sin demasiados escrúpulos ni inquietudes; sin que, según dice, la hagan perder el sueño.

Con respecto a su vida familiar, responde desganadamente que es casada y se sorprende de que le pregunte si se lleva bien con su esposo (!), a lo que responde de modo afirmativo y muy categórico. No tiene hijos y no se siente apta para tenerlos. En la primera entrevista no es posible profundizar más sobre su vida social, su relación personal con amigos, etc. Lo que quiere son esencialmente medicamentos, y hasta la idea de una terapia de relajación le parece compleja, y cree que se la debe encarar únicamente como recurso extremo.

En la siguiente consulta, después de un cuarto de hora de comentarios sobre los efectos de tal o cual medicamento, sobre sus horarios nocturnos, lo más sorprendente fue que al azar de una frase, desliza su decisión de divorciarse. Ante el asombro del analista -la mujer había declarado llevarse bien con su marido-, ella responde brevemente que en efecto se entienden bien, puesto que no discuten jamás, pero que la vida en común es demasiado complicada, más de lo que ella creía.

La señora M pensaba que al casarse con un juez como ella les permitiría a ambos llevar una vida más cómoda; pero ahora le resulta muy aburridor hablar todo el día de los problemas profesionales cuando vuelve a la casa... En cuanto a pensar en otra cosa, no lo creyó jamás hasta entonces, puesto que ello sería cuestionar su vida personal y su intimidad; y esto lo repite a cada momento. Pronto deja de lado este tema y reinicia la descripción sintomática, como si este paréntesis sólo tuviera un interés secundario o anecdótico, y no desempeñara ningún papel en el plano de su equilibrio emocional o de su sueño.

 

Nota. La señora M presenta una pobreza afectiva y una inseguridad profundad que, a pesar de su buena adaptación social, podría cuestionar su existencia como persona. ¿Vive, no vive? En todo caso, no sabe que vive mal, y no presenta ningún síntoma socialmente perceptible de una actitud depresiva visible: jamás ha estado enferma, y aunque no se siente muy profundamente apegada a la vida, no manifestó jamás tendencias sistemáticas depresivas o suicidas. Y hay muchas personas como la señora M.

 

VII.7. Reacción ante la intrusión

 

Vivían es una mujer de 33 años, soltera, y que sufre un poco a causa de su soltería. Desde hace un año, fue impresionada por la evolución de una de sus amigas más próximas, Catalina, de 27 años, que inició un año antes un cursillo llamado de formación para la relación sexual, cuya teoría, sólo descrita a grandes rasgos, no parece muy clara y hace alusión a los métodos llamados de la “Gestalt”, de la “Bioenergía”, de la expresión total o la expresión corporal, en grupos, en sesiones intensivas dirigidas por conductores poco conocidos, que no parecen tener gran experiencia en el dominio de la psicopatología.

Lo cierto es que Catalina, luego de haber pasado por uno de estos cursillos, sintió deseos de seguir otro, y desde que lo inició, su actitud cambió considerablemente. Antes se sentía violenta ante los demás, inhibida, intimidada, tenía reacciones de temor; en cambio ahora, tal como lo anuncian los prospectos, está “liberada”, es capaz de responder positivamente a las aproximaciones de los demás, establecer con facilidad nuevas relaciones amistosas y probablemente relaciones más avanzadas con los muchachos.

Vivían no sabía mucho de esta evolución, que advierte en Catalina, a la que parece admirar grandemente. Por eso se decide ella también a iniciar el cursillo, bajo la presión amistosa de Catalina.

Pero Vivían queda fuertemente trastornada. Descubre un cierto número de aspectos desconocidos para ella, especialmente intensos deseos que hasta entonces había refrenado, pero con los que no sabe qué hacer ahora; y habla de modo muy ambivalente de esta sesión que con toda evidencia la ha marcado profundamente. Sin embargo, el aspecto traumático fue en ella más importante, en particular a causa de unas sesiones de intimidad corporal en grupos mixtos, que ella consideró luego demasiado prolongados. Experimentó allí emociones indescriptibles, de las que no logra recuperarse, y que no la dejan dormir y le producen pesadillas de escenas eróticas más o menos ocultas por escenas de violencia, aunque ella habla de esta sesión en términos en que la atracción se mezcla al horror. El hecho es que se ha roto su equilibrio, y finalmente se ve obligada a recurrir a una quimioterapia sedante, antes de iniciar una psicoterapia individual, que le permite poco a poco elaborar todo el material que acompaña a las fantasías salidas a su pesar de las profundidades de su psiquismo.

Ella se repondrá sin duda, pero hoy se ve obligada a una especie de política sistemática de distanciamiento que la aísla todavía más que antes, y que por supuesto la encierra aún más en su soltería.

Pero ahora descubre que esta soltería, así como su actitud de repliegue, de aislamiento y de timidez, cumplen en ella una función defensiva contra lo que siente demasiado cargado de valor emocional y afectivo como para poder soportarlo. Habría sido necesario, dice, que desde su infancia o su adolescencia se hubiera familiarizado con situaciones soportables que le permitieran establecer con otros relaciones sencillas, no demasiado evolucionadas, y gracias la cual los muchachos que ella habría frecuentado hubieran podido comprender su sensibilidad y sentir entonces algún interés por ella.

 

Nota. Durante la crisis de identidad, el adolescente no puede tener intimidad con el otro sexo y uno de los objetivos del adulto joven es llegar a tener la intimidad con el otro, poder fusionarse sin temor a perder su yo. En el caso anterior observamos una debilidad del yo que no permite tener intimidad corporal con el otro.

De la misma manera, dentro de la relación de pareja, cuando uno de los integrantes está viviendo una gran tensión interna personal puede rechazar de unirse corporalmente con su pareja; y si se ejecuta la unión corporal contra su deseo, puede vivenciar como una “violación” de si mismo.

 

VII.8. Elección de la debilidad mutua; pareja como sistema

 

Pedro y Patricia consultan por razón de la impotencia atribuida a Pedro. Éste se muestra muy turbado en la entrevista; espera que hable su mujer, pero como ésta calla, él balbucea algunas frases que dejan entrever que su dificultad es de naturaleza sexual y que él es el responsable. Aporta como explicación ciertas actividades masturbatorias adolescentes extremadamente triviales, pero vividas con gran culpabilidad, mientras que Patricia parece confirmar su interpretación de los hechos, es decir que el responsable es él. Ella se siente no culpable ni responsable del fracaso sexual de su pareja y no acepta la idea de una terapia de pareja, e induce a su marido a iniciar una psicoterapia individual. Este tratamiento conduce en efecto a una curación sintomática, produce algunas perturbaciones en el seno de la pareja, lo que impulsa a ambos a recurrir a una consulta conjunta. Esta vez, Patricia explica que no puede soportar más las relaciones sexuales con su marido y se pregunta si no convendrá que ella inicie alguna forma de terapia. Las entrevistas de pareja ponen de manifiesto las interrelaciones de su organización diádica, que subrayan las dificultades latentes desde hace mucho en Patricia, dificultades ocultas hasta entonces por las aparentemente mayores de Pedro, y que recién aparecen después de la mejoría de éste. El tipo de elección conyugal que hizo Patricia le permitió evitar la toma de consciencia de sus dificultades personales y un eventual cuestionamiento propio.

 

Nota. La frecuencia de tales casos muestra hasta qué punto la disfunción sexual de la pareja debe considerarse a menudo como un efecto sistémico o vincular, y cuánto interés e importancia revisten para el terapeuta comprender cómo se organizó la elección recíproca de los integrantes de una pareja. En esta elección es la debilidad común en el plano sexual que los atrajo, con la necesidad de parte de Patricia de elegir a alguien más débil que ella. La elección del más débil en su caso, tuvo un efecto tranquilizador, que ocultó mejor los aspectos vulnerables de su personalidad.

 

VII.9. Elección neurótica; el síntoma y el poder; masoquismo

 

Paulina pide consulta y acude con su marido. Insiste en que éste se halle presente la primera vez y que sea él quien dé las explicaciones, porque dice ser incapaz de hacerlo por sí misma. Tiene 38 años y él 45. Ella se dedica a la enseñanza y él desempeña un cargo público. No tienen hijos, muy a pesar, según dicen, pero él confiesa que en realidad no han consumado nunca su matrimonio. Sin embargo no es ésa la finalidad de la consulta: casados desde hace más de 15 años, ya no creen que sea posible remediar esta situación.

En realidad, Paulina va a la consulta porque, aparte de su trabajo, realiza otra tarea voluntaria y se ve obligada actualmente a proseguirla, aunque se deja explotar de manera desmesurada -explotar materialmente- pues trabaja en forma gratuita, pero también en el plano moral, porque es humillada siempre, se burlan de ella y se le reprocha su incompetencia. Lo que hace es servirle de secretaria a un hombre al cual ella le quería prestar grandes servicios; alguien que tuvo una juventud desdichada y que fracasó en su vida sentimental. Al comienzo de su trabajo en común, Paulina sintió lástima por él, y dedicó mucho tiempo y devoción a su servicio voluntario. Pero él no soporta más este sentimiento de piedad, y cuando ella pronuncia algunas frases de simpatía, él la rechaza de manera cada vez más grosera. Pero Paulina no puede desprenderse de esta situación al punto de que su marido, a pesar de ser paciente y muy tolerante, comienza a irritarse; también ella sufre mucho y querría liberarse de este compromiso sin dañar a ese hombre. Esta tensión le provoca insomnio y diferentes perturbaciones nerviosas, acompañadas de gran angustia.

Paulina es hija única, fruto de una pareja parental cuyo desentendimiento data de largo tiempo, pero que presenta la particularidad de haber mantenido la coexistencia a pesar de ese clima profundamente desagradable. El padre parece haberse comportado de manera muy pasiva, sometiéndose lo mejor que pudo -pero nunca suficientemente- para congraciarse con su esposa. La madre parecía presentar los caracteres de una persona hostil a todos, y particularmente hiriente para su marido. Humillaba constantemente a su hija, la mantenía sin cesar en el sentimiento de que no servía para nada, de que era incapaz de hacer lo que debía, etc. En su infancia, esta paciente aparecía ya marcada con un carácter obsesivo, llena de escrúpulos que le llevaban a tratar de remediar siempre los sufrimientos de la pareja parental, trabajando intensamente ella misma. Pasó brillantemente sus exámenes, sin haber recibido nunca un comentario favorable de su madre; a pesar de triunfar en un concurso en que obtuvo una de las primeras clasificaciones. El único comentario que recibió de su madre fue un reproche por no haber sido la primera. Toda la simpatía de la paciente se orientaba naturalmente hacia el padre, en un clima en el que la piedad parecía desempeñar un papel importante; pero al mismo tiempo ella se identificaba con este padre desdichado frente a su madre tiránica.

La estructura neurótica de Paulina se confirmó poco a poco con la acentuaciones de manifestaciones obsesivas, de angustia, de escrúpulos, de inhibiciones, que se traducían en su expresión corporal, rígida, torpe, en el aspecto obsequioso y sumiso de su presentación, y sobre todo a través de intensos sentimientos de culpa, que según los relatos que hizo, confirmados por los de su marido, fueron fácilmente percibidos por todo su contorno familiar o profesional. Además de sus disposiciones masoquistas, fue sin duda la importancia de sus sentimientos de culpa lo que le permitió mantener esta relación de explotación a la que se sometió y de la que no sabe como salir sin la ayuda de su marido, y hoy sin la de su terapeuta.

El marido completa de buen grado la anamnesis, describiendo sin dificultad su propia historia; y es entonces cuando aparece en las entrevistas la noción de su consanguinidad: en efecto, son primos. Y la historia de la familia de Paulina es entonces confirmada por su marido, quien cuando era niño conoció bien a la madre de Paulina, figura tiránica, temido por todo el grupo familiar. Por su parte, recibió una educación en la que los elementos de inhibición predominaron sobre los estímulos, y todo ello en un marco cultural estrecho, pero cuya causa no parece haber sufrido profundamente. Por otra parte, él apreció siempre el carácter “reservado” de su mujer -que nosotros nos veríamos inclinados a calificar más bien de profundamente inhibido-. Él siempre se le presentó a Paulina como un gran primo protector, que ya desempeñaba gustosamente este papel antes de la constitución oficial de su pareja, y le prosiguió luego de establecida ésta. La mujer se muestra siempre particularmente reconocida y dispuesta a satisfacer el menor de sus deseos; de modo que a él le resulta especialmente agradable la convivencia. Mientras la actividad extraprofesional que Paulina desempeñaba y la explotación que padecía por su causa no repercutieron negativamente sobre su humor, el marido de Paulina nunca se quejó de que lo hiciera; pero cuando lo vio sufrir, y sufrir mucho, trató de protegerla contra este sufrimiento, y esta fue siempre su actitud. Como no está dentro de sus posibilidades protegerla directamente, y considera que las perturbaciones nerviosas que su mujer padece son de carácter patológico, prefiere recurrir a la competencia de un especialista. Por cierto, Paulina ha sufrido mucho, siempre ha sido ridiculizada, humillada, culpada sin motivos, condenada injustamente y siempre se ha sacrificado; todo esto formaba parte de un carácter que él le conocía y que en cierta medida apreciaba; pero ahora el exceso fue demasiado y él consideró necesario que su mujer fuera protegida contra lo que considera como una falla de su carácter; de modo que la indujo a recurrir a la consulta.

De las entrevistas con la pareja, surge pronto que las afinidades neuróticas de sus dos integrantes están bien adaptadas unas a otras. La mejoría parece ser difícil, y la dificultad aumenta por la actitud del marido, que confirma a su mujer en la convicción de que es ella la que lleva en sí los síntomas y las inhibiciones. Paulina, como su marido, considera que él no tiene ninguna intervención en las dificultades actuales y que es ella sola la que presenta toda la sintomatología. Hasta tal punto liga sus sentimientos de culpa con esta convicción, que se hace imposible encarar una terapia conjunta desde el principio. Por lo tanto, Paulina iniciará una terapia individual. Tampoco se puede pensar en realizar un psicoanálisis stricto sensu, dada la estructuración antigua de sus perturbaciones, la edad de la paciente, ya demasiada adaptada a su organización neurótica, sin hablar de los beneficios inconscientes que extraen de ellos la pareja y el marido; pero al menos una psicoterapia podrá sin duda mejorar la situación.

La paciente inicia de buen grado su tratamiento. Hace falta un numero importante de sesiones para que ella complete el relato de todas las situaciones más o menos estereotipadas en las que se encuentra, sin darse cuenta de que sus disposiciones masoquistas importantes la orientan siempre de tal manera, que ella se hace humillar, ridiculizar o simplemente culpabilizar. Ella está preparada para esta actitud desde su más tierna infancia, merced a la relación densa con su madre hostil, y a su identificación desdichada con el desdichado padre. Hija única, encerrada estrechamente en el seno de tal pareja, jamás pudo concebir una vida que aportara más satisfacciones que las que experimentaba escasamente en ese marco. Sin embargo, durante el tratamiento llegó un momento en que percibió hasta qué punto su relación actual con el hombre que la explotaba contribuía a reforzar esta relación sadomasoquista latente (relación sadomasoquista que no se acompañaba de ninguna aproximación mínimamente erotizada, cosa que ella no habría soportado ni un minuto y la habría llevado a romper inmediatamente). Poco a poco, lentamente, Paulina aprendió a mostrarse un poco diferente, desanudó en parte el ovillo complejo y profundamente cerrado en el que estaba envuelta, y adquirió un mínimo de autonomía, al menos fuera de su pareja.

Un día fue el marido quien solicitó una consulta: era fundamentalmente para agradecerle el terapeuta los progresos de la terapia y de su actividad liberadora para su mujer. También entonces se comportó como generoso protector, como un hombre manifiestamente apegado a su mujer y casi satisfecho del conjunto de los resultados del tratamiento y deseoso de que este siguiera. En cuanto a su perturbación genital la mencionaba, y sólo la refería como un fenómeno del que no podía esperarse mucho. La terapia prosiguió entonces y Paulina quedó muy satisfecha de saber que su marido deseaba que la continuara. Ella alcanzo independencia suficiente con respecto a su explotador para separarse definitivamente de él e iniciar nuevas actividades extraprofesionales. Por cierto que ella seguía teniendo tendencia a dejarse explotar, pero cada vez tomaba conciencia de ello más pronto, y entonces modificaba su actitud. Por último, alcanzó más desenvoltura, lo que se manifestó en su vida profesional, donde no se la reconocía: ya no era más la que tomaba sobre sí todas las cargas; comenzó a vestirse, si no con elegancia, al menos en un estilo un poco menos anticuado o ridículo, y poco a poco encontró un mínimo de placer en la existencia. Por segunda vez el marido acudió a confirmar los progresos de su mujer y su esperanza de que ella se curara pronto. En este momento, la terapia chocó con algunas dificultades. Invocando frecuentes necesidades de desplazamiento, la paciente faltó bastante a menudo a las sesiones; pero seguía pidiendo que se le reservara lugar, pues parecía seguir muy apegada al tratamiento.

Un día, al volver de unas vacaciones, Paulina pidió una cita de urgencia. Había sufrido un verdadero “traumatismo” durante este periodo al asistir a un espectáculo un poco atrevido en una excursión. Su marido también había presenciado este espectáculo y sintió en él un vivo placer, lo que a ella le sorprendió mucho. Pero el principal traumatismo provenía que la mujer descubrió la existencia de toda una gama de placeres que siempre le habían privado sus inhibiciones. Creyó descubrir la sexualidad, es decir la percepción de un mínimo de emoción. Fue necesario un gran número de sesiones para que se repusiera de este “traumatismo” y pudiera percibir lo que ocurría en ella, para lo cual nada la había preparado.

Entonces comenzó a comprender cómo reaccionaban los otros y cómo podía reaccionar su marido. Por primera vez se preocupó por no haber experimentado nunca deseos de orden genital, y de no haberlos provocado jamás en su esposo. Entonces se hizo en la terapia un trabajo mucho más delicado, que a pesar de sesiones mucho más esparcidas y conducidas con extrema prudencia, la llevaron a descubrir lo que había en su comportamiento que la hacía totalmente incapaz de provocar el menor deseo en un hombre cualquiera y también en su marido. Poco a poco este comportamiento se modificó, lenta y progresivamente, hasta que un día ella se presentó ante él en condiciones tales, que tuvo lugar la primera relación genital de su existencia.

Al final de la sesión donde Paulina informó de este acontecimiento tan perturbador, ella agregó tímidamente, ya casi al despedirse, que su marido, que la había acompañado, deseaba decirme algunas palabras. Después de agradecerme el trabajo hecho sobre el carácter de su mujer, sobre su gran apertura, sobre su elegancia por fin conquistada... agregó: “Desgraciadamente ha ocurrido otra cosa hace poco, de la que ella quizás habló: resulta que no hay necesidad de proseguir, pues yo soy demasiado viejo ya”. El hombre me trataba de explicar que ahora era él quien no tenía la capacidad de darle satisfacción a su mujer... Parecía recurrir más que nada a una justificación seudofisiológica, aunque era de edad mediana, vigoroso y de buena salud. Por más que recibió los desmentidos más formales del terapeuta en cuanto a la posibilidad de una anomalía de tipo fisiológico, él siguió ateniéndose a ella y rechazando toda idea de tratamiento personal o aun de consulta médica clásica. Era claro que esta explicación física le permitía evitar todo cuestionamiento de su actitud en el plano psicológico, que la curación de su mujer amenazaba con introducir. Fue como si desde el comienzo de su elección recíproca uno y otro hubieron preferido que no hubiera entre ellos la menor relación de orden genital, aunque estuviesen casados, estrechamente unidos uno a otro y deseosos en principio de tener hijos.

 

Nota. Este caso ilustra a la vez la organización neurótica de cada uno de los integrantes de la pareja y el engranaje colectivo de su sintomatología desde el momento de la elección. En efecto, ellos “se eligieron bien” según una pauta neurótica recíproca, de tal manera que cada uno limita las posibilidades de expresión del otro. Ella está al mismo tiempo fijada a la figura paternal que siente como castrada -seguramente importante y profundamente masoquista-, pero también está identificada por completo con tal figura.

El marido se apoderó del síntoma. Para él, admitir que su mujer sigue llevando el síntoma, sería dejarle a ella el poder de proseguir; admitir que la disfunción pertenece a la pareja es obligar a una decisión elaborada colectivamente en cuanto a la prosecución del tratamiento, mientras que adoptar el síntoma por su cuenta, afirmándose como impotente, es darse a sí mismo el poder de decisión.

Observamos aquí un juego de poder en el seno de la pareja, donde aparece claramente que la enfermedad o el síntoma hacen posible el ejercicio de un verdadero poder sobre el otro.

 

VII.10. Desconfirmación sutil, crisis de pareja

 

La consulta fue solicitada a causa de dificultades pedagógicas relacionadas con las nuevas preguntas planteadas por los hijos de esta pareja. El problema se remonta a la edad en que la hija mayor tenía quince años. Era una niña “encantadora”, educada según los criterios tradicionales, en una familia de religión católica de la clase media. La pareja parecía entenderse, las relaciones en el grupo familiar eran cálidas y existía una buena comunicación entre sus miembros. En este contexto, y con motivo de sus quince años, la hija mayor tuvo una conversación un poco íntima con su madre en la que le hizo conocer con toda tranquilidad su propósito de utilizar la píldora anticonceptiva. La madre, primero alterada por la revelación, protestó con vehemencia, pero su perturbación fue en aumento cuando descubrió el asombro de su hija ante esa reacción. La adolescente no insistió más, sólo mostró su sorpresa por el hecho de que su madre se mostrara de súbito tan apasionada por un problema que a los ojos de la hija no merecía tanta atención. Ella creía pedirle explicaciones a su madre por un problema trivial, y se encontraba con que la madre, perturbada, era incapaz de darle una respuesta.

El incidente se produjo en ausencia del padre, que estaba momentáneamente en el extranjero, y entonces la madre comenzó reflexionar sobre el tema y estimó que no podía dejar que la situación se mantuviera sin más explicaciones. Consideró que era su deber, sobre todo en ausencia del padre, poner las cosas en su lugar. Empezó a leer, a documentarse, reflexionando durante sus noches de insomnio sobre la forma de reiniciar un poco más tarde la conversación con su hija. De ese modo se estableció entre la madre y la adolescente una relación de confianza recíproca; la atmosfera fue desdramatizada, se dieron las explicaciones necesarias y la joven, siempre en buenos términos con su madre, admitió sin dificultad que quizás fuera prudente esperar un poco, convendría volver a hablar del tema un poco más adelante, con los dos padres reunidos.

El aspecto pedagógico del problema parecía resuelto por la madre; pero el incidente tuvo consecuencias importantes para ella. Interroga un poco más a su hija y descubre con gran asombro su estado de espíritu, y al parecer también el de sus compañeras, lo que llevó a la madre a un cuestionamiento de sí misma. ¿Cómo su hija, educada según los mismos principios que ella, podía encarar de modo tan diferente su vida sexual? Luego de las lecturas que hizo y contactos que estableció para discutir el tema con algunas personas allegadas, algo más jóvenes que ella, llegó a preguntarse de qué manera la habían educado, y qué ventajas e inconvenientes tenían los diversos sistemas educativos. Y poco a poco llegó a preguntarse si no se habría equivocado al casarse virgen. Sin embargo, conviniendo interiormente en que el problema no se le había planteado en la época, llegó a la conclusión de que, puesto que había vivido así, más valía asumir su situación real. Sin embargo, el quebranto interior había sido muy vivo en ella, además veía crecer a sus otros hijos.

Cuando llegó el marido, el problema tomó otro cariz. Ella se apresuró a narrarle lo acontecido, pero la perturbación del marido fue de otra naturaleza. Aunque muy apegado a sus principios, estaba acostumbrado a una cierta comunicación con su mujer. Aprobó las actitudes pedagógicas que ésta había asumido para no dejar a la hija sin una respuesta, aunque fuera poco coherente, y aceptó que su mujer hubiera discutido largamente con su hija a fin de transmitirle una regla moral que ella había admitido para sí misma. Pero lo que lo perturbó fue precisamente la perturbación interna que produjo en su mujer. De ese modo, el problema ya no fue de orden pedagógico sino se convirtió en un verdadero problema de pareja, desde que la mujer ya no parecía segura de que fuera justa la posición sustentada por ambos.

El marido atravesó entonces por un período difícil, desde el punto de vista psicológico, pues su perturbación interior aparecía vinculada con varios factores. Primero, el descubrimiento de que su hija ya no era una niña, y que él, como padre, se vería desde ahora enfrentado a nuevos problemas. Esto significaba también, puesto que no era capaz de comprender el mundo nuevo, que él había envejecido, siendo que se creía todavía joven. Pero el factor decisivo de su quebranto personal fue percibir un verdadero cambio en su mujer. Ésta, por su parte, no había renegado de sus antiguas posiciones, pero se mostraba más dudosa en cuanto a su “valor” real, y en este sentido la pareja experimentó una intensa crisis.

Para este hombre relativamente joven, su mujer se le aparecía ahora como si hubiera perdido algunas de sus cualidades propias, que él había apreciado hasta entonces en ella. Descubrió cómo estas cualidades que buscara en su esposa, habían sido fundamentales para su propia seguridad personal. Por cierto, reconocía sin dificultad que eran los cambios sociales y culturales los que producían esta modificación y no la personalidad misma de su mujer. Pero ya no podía apoyar su seguridad personal en la de su esposa, como lo había hecho inconscientemente al elegirla para casarse. Esto lo llevó a descubrir poco a poco cómo sus principios personales desempeñaban un papel defensivo contra una cierta inseguridad interior que jamás había percibido en él hasta entonces, y se aferró con mayor fuerza a sus principios, precisamente porque se sintió más frágil.

Este sentimiento de inseguridad interna lo llevó a una reacción depresiva que lo hizo dudar de sus propias cualidades, de su propio vigor y de su propia virilidad. Al comienzo de esta fase depresiva trató de restablecer la situación reafirmando sus principios, procurando convencer a su mujer de aspectos que creía tener en común con ella y que casi no habían sido debatidos hasta entonces entre ambos.

Pero su mujer soportó cada vez menos estas demostraciones, de las que percibía más sus motivaciones subyacentes que su racionalidad. Así, su marido se le aparecía como más débil de lo que ella había creído y cuanto más él afirmaba sus principios, sus leyes, sus normas morales, más sentía ella en esta insistencia una debilidad que lo afectaba profundamente. Se sintió entonces interiormente decepcionada por haber elegido a un hombre tan débil. Pero él no se daba cuenta de que su mujer sentía como una prueba de debilidad lo que él suponía una muestra de vigor moral.

No obstante, como la comunicación había sido siempre relativamente eficaz entre ellos bastaron algunas entrevistas para hacerles percibir lo que estaban viviendo en su relación mutua, en contraste con lo que cada uno había buscado y continuaba buscando en el otro de manera implícita. En particular fue decisiva una entrevista, que los llevó a comprender mediante cuáles procesos cada uno, al fin de cuentas, ”desconfirmaba” a su compañero. En otros términos, cada uno descubrió que había sido hasta ese momento asegurador del otro en un sentido narcisista muy profundo; que cada cual había sido hasta entonces el medio que le permitía al compañero sentir “valor”, y comprendieron que este proceso mutuo de confirmación narcisista resultaba ahora quebrantado. Así, el esposo descubrió que sus razonamientos ante su mujer tenían el valor de un testimonio de su debilidad y que la propia percepción de su debilidad resultaba desvalorizadora para ella, por cuanto él cesaba de confirmarla en su valor y en su capacidad de ser humano deseoso, deseable y deseado.

De modo recíproco, él vivía cada vez más como descalificado por su mujer; de alguna manera ya no se sentía objeto de valor para ella en la medida en que ella no era más objeto de valor para él, rompiéndose así un proceso de confirmación mutua fundamental en la organización de la pareja.

 

Nota. Este ejemplo bastante rico en varios planos, pone en evidencia el lazo entre la decepción sentida por un sujeto y el aspecto totalmente subjetivo de la “falla” supuesta o imaginaria del compañero de pareja. Falla o pérdida de valor que sólo puede apreciarse en función de un verdadero código interior, extremadamente dependiente de las condiciones culturales y por consiguiente de su variación. Es sin duda esto lo que en la hora actual produce un número particularmente elevado de crisis en el seno de un número creciente de parejas.

Pero no es esta una comprobación pesimista en sí misma: un proceso de crisis es necesario y fundamental, y no obligatoriamente el punto de partida de un desentendimiento o de una ruptura. Muy a menudo es el instrumento mismo mediante el cual la pareja va a reestructurar su funcionamiento propio.

 

VII.11. Desconfirmación, crisis de pareja; pareja de psicólogos analizados.

 

Una pareja de psicólogos acude a la consulta, precisamente porque no logran reponerse totalmente de una crisis que, sin embargo, reconocen que es incapaz de cuestionar la cohesión de su vínculo. Se trata de una pareja de edad mediana, con varios hijos y nuevos intereses de ordenes diversos, no solamente profesionales y sociales, sino también culturales, filosóficos, estéticos, etc. Saben comunicarse profundamente y su historia demuestra que esta pareja sólo ha sido sacudida hasta ese momento por manifestaciones críticas relativamente limitadas, de las que supieron extraer muchas ventajas en el sentido de una mayor autonomía personal, aunque conservando siempre la posibilidad de una excelente comunicación, especialmente notable en cuanto a los planos profundos de la existencia individual de cada uno, por el hecho de que ambos se han beneficiado con una experiencia psicoanalítica personal.

Sin embargo el marido, profesionalmente más comprometido con adolescentes y jóvenes, se vio llevado a preguntarse más que ella sobre sus propias normas, como consecuencia de la crisis cultural contemporánea, a la cual los jóvenes que frecuenta se han visto confrontados en la más alta medida. De ese modo, él llegó a cuestionar algunos de sus valores, heredados de una educación relativamente clásica, particularmente en lo relativo al tema de la sexualidad; lo que lo lleva a considerar que no comprometería la fidelidad a su mujer si estableciera relaciones sexuales con otras personas, en condiciones que él pudiera controlar adecuadamente.

Sin duda, había en él problemas más personales, despertados por la crisis cultural contemporánea, que lo llevaron a querer comprobar su capacidad de gustar o de afirmar su virilidad. Pensaba que su esposa se satisfacía demasiado fácilmente con la antigua imagen de sí mismo, en la cual él no quería verse ya reflejado, con algunas inhibiciones u otras formas de timidez, ocultas detrás de un excelente control. Todo ello correspondía a un viejo complejo de castración, en su conjunto asumido o resuelto. Estos problemas, sin ser demasiado agudos, probablemente se habían despertado en él desde hacía algunos años. Ya le había comunicado a su mujer su proyecto más o menos vago de establecer relaciones extraconyugales, aunque tomando precauciones para no quebrantar su relación. Su esposa no estuvo de acuerdo, por considerar muy satisfactoria su existencia y felices sus relaciones de pareja, y no tomó muy en serio este vago proyecto. Tampoco le prestó demasiada atención a algunas dudas que tuvo, hasta que él le reveló el hecho ya consumado, y la aventura totalmente concluida.

Lo que el marido consideró una experiencia menor, útil solamente para su propia adaptación o su propia confirmación personal, que no amenazaba para nada a la pareja ni a sus sentimientos siempre muy vivos hacia su mujer, fue para ella un golpe extremadamente violento, aunque su experiencia personal le hubiera mostrado la frecuencia de tales accidentes, y a veces hasta sus beneficios. Pero lo que podía aceptar intelectualmente para otros, ella lo vivía como extremadamente hiriente, por más que comprendiera lo que él experimentó y las explicaciones que le dio. Lo que la mujer vive en este momento corresponde a un verdadero derrumbe de la referencia que él era para ella, y de la imagen que ella tenía de él, imagen sin duda un tanto idealizada, en la que la esposa se lo representaba como extremadamente sólido, inquebrantable ante la violenta corriente que sacude al campo sociocultural contemporáneo. A pesar de una comunicación muy buena entre ambos, comparada con la mayoría de otras parejas, se establece una diferencia considerable entre la imagen que ella tenía de él, y el sentimiento que él tiene de sí mismo: ansioso, profundamente inseguro ante las alteraciones culturales, cuestionado muy profundamente por los cambios de los valores sociales y morales.

El anuncio de esta experiencia, que el marido se niega llamar aventura porque no fue para él más que un experimento deliberado, que preparó para que no amenazara en nada su elección conyugal, tiene por efecto renovar profundamente su modalidad de comunicación en muchos ordenes, antes que nada en el verbal, donde se multiplican las explicaciones cada vez más profundizadas; pero también en otros planos, y especialmente en el genital, lo que le permite mejorar sus intercambios sexuales, que ya eran satisfactorios. Esta crisis parece, por lo tanto, tener efectos positivos sobre sus relaciones mutuas; pero genera en la mujer una profunda inseguridad que la lleva a dudar de su propio valor y le provoca reacciones profundamente depresivas. Sorprendido por la intensidad de esta reacción depresiva en su mujer, a la que él creía muy sólida, abierta, informada, experimentada, el marido conserva por un tiempo su equilibrio personal, sobre todo porque la reacción de su mujer no va acompañada de ninguna manifestación agresiva hacía él: toda la descarga agresiva ella la revierte sobre sí misma.

Por otra parte, la buena calidad de sus relaciones mutuas y de sus posibilidades de identificación recíproca llevan al marido a comprender que el accidente despertó en su mujer una problemática depresiva hasta ese momento no visible: tuvo que rendirse a la evidencia de que él fue el responsable de este “accidente” y de las consecuencias deprimentes para su mujer, lo que poco a poco le produce a él una reacción depresiva, a raíz de la comprobación del profundo sufrimiento de su mujer. De alguna manera, se deprime al verla deprimirse, o más exactamente se siente responsable, cuando menos en parte, de que se haya producido esta depresión. Sin llegar a presentar un cuadro gravemente depresivo, manifiesta varias tendencias de este tipo: su carácter se inclina hacia el pesimismo, con expresiones de sentimientos de fracaso y de culpa.

En un primer momento, la expresión de estos sentimientos de culpa ayudó a la mujer a salir de una posición depresiva: se ocupa entonces de tranquilizar a su marido, y de alguna manera de protegerlo contra sí mismo. Como consecuencia de lo cual ella se deprime de nuevo, despertando así los sentimientos de culpa y de fracaso del marido, que producen a su vez en ella otras reacciones depresivas en una especie de amplificación en cadena. En el transcurso de la terapia, aparece claramente que la mujer ya no se siente “confirmada” por el hecho de ser amada por un hombre valorado. En cuanto a éste, el espectáculo de la depresión de su mujer cuestiona el sentimiento de su propio valor y de su capacidad de hacerla feliz.

Hasta ese momento, a pesar de las dificultades de la existencia, ellos se habían sentido confirmados mutuamente, reforzado cada uno en el sentimiento de su propio valor, por ser objeto de valor para el otro; es decir para un otro a la vez estimado y amado. Por el contrario, con lo ocurrido se produjo una verdadera “desconfirmación”: ella no se siente más confirmada en su valor humano, ni en su valor de mujer sexuada, por un hombre que no corresponde ya a la imagen sólida que ella tenía en mente; mientras que él no se siente confirmado en su capacidad de amar, puesto que hace sufrir profundamente a su mujer.

Cualquiera que sea la importancia de los factores que afectan a estas dos personalidades, los procesos de pareja pueden observarse con bastante claridad en este caso. Prácticamente la terapia de pareja los lleva a descubrir lo que no había descubierto claramente, ni uno ni otro, en sus análisis individuales a pesar de que fueron realizados en muy buenas condiciones; a saber, que ambos se eligieron en el marco de una problemática de lucha contra la depresión. Cada uno encontró en el otro un apoyo considerable en esa lucha, lo que les permitió atravesar las dificultades existenciales sin conmociones aparentes; cada uno valorado narcisistamente por el amor del otro, rico en cualidades humanas, Objeto de valor, puesto que era a la vez capaz de amar y de ser amado en el sentido más amplio del término, con sus aspectos libidinales tanto como sociales y espirituales. La crisis actual, al cuestionar el “valor” del otro, especialmente su solidez, anula el efecto de aseguramiento narcisista instaurado inicialmente por la relación amorosa; y por retroalimentación y encadenamiento diádico, cada uno de ellos, quebrantado, doliente, habiendo perdido su valor en sentido narcisista, no está ya en condiciones de confirmar a su compañero en ese mismo plano narcisista.

 

Nota. Este caso muestra cómo el acto del marido puede presentar sentidos diversos y sobrepuestos. A menudo se espera un efecto inverso de tal acto, a saber una mayor seguridad: por ejemplo, el esposo pudo vivir el acto extraconyugal como un seguro contra una problemática de castración que le permitiera confirmarle a sí mismo sus capacidades de gustar, de amar, de ser amado por alguien aparte de su pareja. Pero la mujer sintió tal acto como una perdida de valor de su marido, como el signo de una cierta sugestionabilidad de éste, es decir de una debilidad dramática, puesto que al mostrarse tan sensible “a la moda” contemporánea, condescendió a igualarse con el estatuto de la mayoría.

 

VII.12. Retorno de Edipo

 

Diana, hija menor de una familia con varios hijos varones nacida mucho tiempo después que éstos, fue en su infancia muy mimada por un grupo familiar admirativo. Antes que nadie por el padre, pero también por la madre y por los hermanos mayores, que no dejaron de protegerla y gratificarla, situación agravada por la edad avanzada del padre, que perdió a sus progenitores en la misma época del nacimiento de la niña. Desde ese momento, según la madre, él “volcó todo su afecto sobre Diana”. La adolescencia de ésta fue difícil, pues después de una fase de sumisión, buscó liberarse de este afecto paterno oprimente a través de distintas manifestaciones, cuestionando los valores familiares y especialmente los representados por el padre. En este contexto, frecuenta a un muchacho un poco más joven que ella, también escapado recientemente de la infancia materna, ejercida sobre él por demasiado tiempo. Su unión oficiosa fue fácil al comienzo, dado que Diana era muy joven y no estaba todavía encuadrada por ningún proyecto claro. Pero algunos años después, Diana tiene oportunidad de ocuparse de niños pequeños y descubre en sí un vivo interés por ellos. Entonces desea tener hijos y casarse con ese fin. Aunque siempre cuestionó el matrimonio clásico, considera demasiado difícil la situación y el estatuto de los hijos de padres no casados.

El muchacho se sorprendió ante lo intempestivo de este proyecto hasta entonces rechazado. No se sentía muy dispuesto a seguirlo, tanto más que después de varios años de vacilaciones, quería recomenzar sus estudios. Diana se queja entonces de su falta de madurez, de su carácter bohemio, de la inseguridad de la vida “que le hace llevar”. Mientras que antes parecía seducida precisamente por sus fantasías, sus caprichos, su falta de proyecto definido, su libertad de conducta y su no conformismo, ahora le reprocha estas mismas características, las considera defectos, y lo compara con el modelo paterno. El joven, por complacerla, acepta por fin casarse, pero Diana lo siente poco interesado, pasivo. Se acentúa entonces al contraste entre lo que Diana buscaba antes en él y lo que ahora espera de ese padre “que se debe ser”, con sus responsabilidades, etc. El joven multiplica torpezas y fallas, entonces ella se irrita y él rompe súbitamente poco antes del casamiento, que sólo aceptaba de los labios para afuera.

 

VII.13. Evolución diferente de uno de los integrantes, quiere “salir” del Edipo

 

Olga recibió una educación bastante severa dentro de un medio familiar marcado por un padre de origen social muy modesto, quien sin ninguna ayuda de su medio y gracias a su energía y su saber logró elevarse hasta una categoría muy alta de la sociedad. Este hombre no veía con buenos ojos que sus hijos, a pesar de haber tenido en el comienzo de su existencia la ventaja de su sostén económico y de su posición, no lo aprovecharan para estudiar con el empeño que él hubiera deseado. Este hombre manifestaba hacía sus hijos y hacía su esposa una agresividad importante, teñida de desprecio hacia estos “burgueses que no tratan de conservar su categoría”, según su expresión. La madre de Olga, de origen social más elevado, no había realizado estudios y ocupaba un lugar muy desvalorizado en el grupo familiar, donde era sólo el padre quien dictaba las normas. Poco feliz en su pareja, con sentimientos de fracaso y de culpa, esta madre sin duda depresiva se le aparecía a Olga como una especie de doméstica despreciada por el padre, con la cual no se podía identificar de ninguna manera. Después de algunos fracasos escolares, Olga, renunciando definitivamente a congraciarse con su padre mediante su trabajo escolar, abandonó la partida y quedó vegetando entre las peores de la clase.

En su adolescencia, ella compensó este sentimiento de fracaso y de inferioridad mediante numerosas aventuras, donde tuvo oportunidad de comprobar que gustaba a los muchachos. Pero se siente particularmente halagada cuando descubre que ha despertado el interés de un “hombre de gran porvenir”, formado en una escuela de categoría de la que salió después de un concurso difícil. Ella se sentía “menos que nada”. “A mí, que no sirvo para nada -decía- me busca un hombre como él; me parece imposible; es como conquistar el paraíso”. Aunque vivían los dos en un medio que no atribuía un valor especial a la virginidad, Olga había permanecido virgen hasta su encuentro con este hombre. Desde sus primeras relaciones quedó encinta antes de casarse, y se apresuró a hacer una ceremonia solemne a la que, por supuesto, invitó en primer lugar a su padre “una especie de revancha”, dijo.

Sin embargo, el idilio no fue paradisíaco por mucho tiempo, y pronto Olga se quejó de este marido demasiado seguro de sí mismo, de carácter firme, mayor que ella y que no soportaba que su mujer fuera una ignorante, Al comienzo, Olga toleró las manifestaciones agresivas del marido, quien se las hacía aceptar diciéndole: “Por tu bien te digo esto: tú eres capaz, eres inteligente, y yo no quiero una mujer que no sirve a nada”. Expresiones que la impulsaron a cultivarse y después, poco a poco, a reiniciar sus estudios, que prosiguió sin mucha dificultad. Después de diferentes experiencias, Olga abandonó definitivamente su profesión primera, y alcanzó el titulo de psicosocióloga, lo que le dio posibilidad de comprender mucho mejor las relaciones interpersonales, como las que vive con mayor o menor dificultad con su marido. Pero entonces es Olga quien empieza a sufrir por las insuficiencias y fracasos sociales relativos de este marido que no tenía a priori las condiciones favorables para un éxito socioprofesional más brillante. Durante algún tiempo, el hombre pudo aceptar los comentarios críticos de su esposa, que hasta cierto punto le confirmaban que había logrado hacer de ella una mujer instruida. Pero Olga cada vez se fue sintiendo más segura de sí, cada vez menos dependiente de él, y pronto ya no soportó más las críticas de su esposo.

La situación se volvió difícil. Las conversaciones se caracterizan por numerosos dificultades de comunicación, como lo demuestran algunas entrevistas conjuntas que él acepta no sin reticencias. Olga interpreta constantemente el discurso de su marido en extremo irracional y le demuestra que él es de una agresividad abominable, y que tendrá que cambiar por completo si quiere conservarla. Él acepta hacer “algunos esfuerzos”, pero cuando tiene oportunidad de probarlo, su esposa le objeta que no se trata solamente de esfuerzos y sino ella espera un verdadero cambio interior espontáneo: la comunicación se hace completamente paradójica con esta “exigencia de espontaneidad”.

Prácticamente ni uno ni otro están ya interesados, ni por las entrevistas conjuntas, ni por la supervivencia de la pareja. Él se había casado con una jovencita insegura e ignorante, que no cuestionaba el saber que él poseía, de modo que ahora no acepta a esta mujer confirmada que pone en tela de juicio su estatuto y su éxito. Por su parte, Olga había esperado un apoyo paternal de este hombre, pero ya no se siente inclinada a ratificar una elección que no corresponde más a sus necesidades actuales. Él le reprocha su primer embarazo, que ahora interpreta como una estratagema para obligarlo a casarse. Su comunicación pierde poco a poco todo valor informativo. Ya no se responden a nivel explícito, y hacen alusión exclusivamente a los aspectos implícitos de sus relaciones.

Así, los reproches recíprocos ya no sirven de motor para un posible cambio de sus relaciones, y sólo son motivo de descalificación mutua, de una “desconfirmación del compañero”. Ya no sienten ningún placer a vivir juntos, no esperan nada uno del otro e intentan organizarse cada uno por su lado para proseguir su existencia: las raras entrevistas conjuntas sólo tienen por finalidad permitir una negociación muy difícil para proteger al niño de su mutua intolerancia.

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VII.14. El retorno de la homosexualidad

 

Marta inició un psicoanálisis luego de una descompensación depresiva provocada por circunstancias de su vida profesional. Sufrió mucho a causa de una infancia perturbada por una carencia materna que la llevó a buscar entre las mujeres o los hombres que tenía cerca algo que sustituyese esa carencia. La debilidad de su contorno pedagógico durante adolescencia se vio compensado por la presencia de una mujer, a la que Marta se fijó intensamente en una de esas “pasiones” adolescentes. Para escapar de este vínculo que se había vuelto demasiado fuerte, se casó apresuradamente con un joven seductor, pero bastante inmaduro, que sin embargo le reveló sus capacidades heterosexuales.

Sus amistades siguieron orientándola hacia otras mujeres con las que Marta se sentía más ligada que con su esposo, este casamiento, vivido como un encantador idilio adolescente, fue de breve duración.

Ella vivió entonces algunos episodios de pasión auténtica con varias mujeres; en especial un vínculo verdadero que duró varios años. Pero durante este tiempo, Marta maduró, trabajó e inició nuevos estudios. Comenzó a cansarse de sus diversas aventuras y de una inestabilidad cuyo encanto había disfrutado mucho durante su primera juventud.

En estas condiciones, encuentra a su futuro marido que le daba la impresión de una estabilidad de que ella carecía. Además, encuentra en él algo que no había encontrado en los otros: una especie de feminidad natural a través de su solidez. Él no había tenido nunca aventuras homosexuales, pero conocía bien el pasado de su futura mujer, cosa que no lo perturbó para nada. Sin duda encontraba un cierto encanto en sus grandes capacidades de seducción y sobre todo en su naturaleza polivalente. Comprendió en todo caso muy bien la homosexualidad de su mujer, y era capaz de identificarse profundamente con ella. Sabía responder a la carencia maternal de Marta, mostrándose maternalmente protector, y encontraba placer en darle de comer al tiempo que la mimaba. La mimaba durante los preludios “como un bebé”, lo que complacía mucho a su mujer.

Los dones poéticos de Marta se expresaban en historietas o poemas en los que manifestaba una muy grande comprensión de su marido. Su identificación con él se expresaba particularmente en algunos textos donde se confundía el “tú” y el “yo”, hasta el punto de que no era ya posible saber quién mimaba maternalmente a quién. Marta utilizó entonces sus capacidades de seducción homosexual para atraerse a una verdadera corte de mujeres solteras, divorciadas o casadas, que encontraban en esta joven pareja una calurosa amistad que decían no encontrar en las otras. Amistades que casi siempre no pasaban de ser platónicas, con algunas excepciones, una de las cuales se refiere a una joven, primero seducida por Marta pero que luego se hizo amiga habitual de los dos cónyuges, con quienes llega a compartir el lecho.

El comienzo de su análisis indicó una relación transferencial densa y compleja, en que se superponían los aspectos maternales y paternales; Marta vivía su castración con una carga de angustia considerable y un deseo de pene que a veces desataba en ella un odio iracundo contra quienes disponen de esta “pequeña diferencia fálica”: rabia que la lleva a desarrollar sus capacidades de seducción para apoderarse del poseedor de un falo, hasta incorporárselo a sí misma. Todas sus capacidades de insight, de intuición, de seducción, de incorporación y de identificación no le impiden para nada desarrollar crisis paroxísticas de celos cuando su marido se interesa demasiado por una mujer que ella no ha logrado todavía seducir: esto es así hasta una fase avanzada de su cura analítica en que sintió más segura de sí, de su valor propio y menos dependiente de la admiración acostumbrada. Entonces apareció una cierta perturbación en su marido, quien después de soportar la tumultuosa evolución de Marta, no se adaptó a su nueva autonomía.

 

Nota. El uso de las disposiciones homosexuales latentes es bien conocido en los procesos de seducción dirigidos a los dos miembros de una pareja.

Lo que nos interesa aquí es la utilización de estas disposiciones, latentes o manifiestas, dentro de la estructuración de la pareja y no para seducir a un tercero. El fenómeno es muy importante: identificación mutua y elección de objeto narcisista se ven facilitadas por la importancia de componentes homosexuales habitualmente latentes. Ellos facilitan la amistad en el seno de la relación amorosa y no excluyen las manifestaciones de ternura, cuyo carácter erótico puede atribuirse difícilmente en forma exclusiva a una parte hetero u homosexual.

Lo que interesa observar es el carácter completamente inconsciente que tiene en general esta participación, incluso en los más enterados en el dominio de la psicología. Es como si tuvieran necesidad en su relación con el compañero, de desconocer ellos mismos o de hacer desconocer al otro la importancia de este componente homosexual, o como si la organización en pareja heterosexual impusiera una distribución tal de papeles que cada uno quedara encargado de confirmar la verdadera heterosexualidad del compañero.

 

VII.15. Pareja “terapéutica”

 

Sofía, poco deseada en el seno de una familia conflictiva, tuvo una infancia penosa de la que conserva el sentimiento de haber sido, más que descuidada, rechazada. Su madre se niega a escuchar sus quejas, y su padre, cada vez más ausente, se aleja también de ella. No bien obtiene su certificado de estudios, Sofía es enviada a trabajar en una fábrica, donde padece las vejaciones de los demás. Pero una tuberculosis la obliga, primero, a interrumpir su trabajo, y la vuelve a poner bajo la dependencia material de su familia, que durante una larga hospitalización se mantiene alejada de ella; incluso le escriben muy poco. Cuando regresa al hogar, se hace novia de un muchacho que muere durante su servicio militar. Ella se aísla cada vez más, se siente objeto de un rechazo general y desarrolla una desconfianza con respecto a todos. Sin embargo, quiere casarse y, “como último recurso” se vale de un anuncio periodístico y se casa con un hombre veinte años mayor, en quien aprecie el hecho de que, al igual que ella, se siente víctima de una sociedad hostil. Sofía considera el anticonformismo de su marido como un signo de originalidad; aprecia sus conflictos habituales con la autoridad, también el rechazo de que es objeto por parte de todos. Exmilitante de extrema derecha, luego de extrema izquierda, su marido se dice anarquista y tiraniza a sus subordinados con una disciplina de hierro -espiándolos y sancionándolos-, lo que tiene por consecuencia que todos lo rechacen. Ella comprende muy bien sus sentimientos, e incluso los comparte. Y aprecia vivamente que él quiera protegerla y que sienta lástima de su debilidad.

Pero, tiempo después Sofía se opone a esta piedad, que se le hace gravosa, y entonces ve aparecer en su marido manifestaciones de hostilidad y luego de desprecio. Él impone su ley, la priva de satisfacciones sexuales y justifica esta abstinencia sucesivamente, por la necesidad de castigarla, luego por una homosexualidad que él afirma, finalmente por enfermedades venéreas. Cuanto más reivindica ella, más se abstiene él; pero la expresión del sadismo del marido conduce por algún tiempo a una relativa erotización de sus relaciones. Sin embarga, ella se decide a consultar. Sofía se beneficia entonces de una psicoterapia individual, que le permite comprender el masoquismo oculto y latente en su marido, lo que ella explota por algún tiempo. La relación se mejora, se hace más simétrica, pero no más satisfactoria; sin embargo siguen persiguiéndose mutuamente, se penalizan mediante sanciones con las que cada uno se castiga al tiempo que castiga al compañero. Sofía vuelve entonces a expresar su odio y su desprecio, pero con ningún caso se trata, ni para ella ni para él, de buscar alguna forma de separación, a pesar del infierno en que viven y de la falta de hijos. El marido rechaza toda ayuda psicológica, tanto individual como de pareja, y ella no insiste más.

Ocho años después, Sofía vuelve a la consulta en plena crisis. Su marido ha muerto de cáncer, y ella se encuentra sola y desamparada. Se le ha vuelto a despertar la desconfianza. Nadie acompañó al cementerio a este hombre detestado por todos. La mujer se sintió objeto de desprecio general, luego de una hostilidad más activa, y poco a poco se convenció de que sus vecinos entraban en su casa durante su ausencia, envenenaban sus alimentos, le enviaban olores nauseabundos o rayos que perturbaban su sueño, espiaban hasta sus menores gestos y llegaban a repetir sus pensamientos secretos. Termina por quejarse a la policía, que después de una investigación deja de intervenir, lo que ella interpreta como una complicidad con sus vecinos. Entonces eleva una denuncia a la justicia contra el comisario de policía, que se niega a protegerla, después contra el procurador de la República, que no condena al comisario.

Termina invadiéndola por completo un delirio de persecución sistematizado; ya no busca apoyar su argumentación, que no somete a ninguna crítica: su convicción es absoluta, aunque no trata de aportar ninguna prueba de las intuiciones a las que se adhiere sin ninguna reserva. Sin embargo acepta una quimioterapia preparada con el pretexto de proteger su cerebro contra los ataques de sus perseguidores; el tratamiento al principio logra calmarla, después le hace desaparecer todas las alucinaciones cenestésicas, olfativas, luego auditivas, y por fin se atenúa el delirio; que ella olvida poco a poco, pero del que no hace sin embargo ninguna crítica retrospectiva. Hoy se ha calmado pero está convencida, sin saber por qué, de que nada de esto le habría ocurrido si viviera su marido, del que por otro lado recuerda siempre que la perseguía sin cesar, pero agrega: “No quiero hablar más de él, pobre, que está muerto.”

 

Nota. Tener bajo dominio a alguien hacia quien se puede canalizar el odio, es también una buena manera de desembarazarse de esta carga. Pero ello supone que el compañero de pareja que debe desempeñar este papel no quiera sustraerse. A menudo se dice que el compañero se encarga del papel de “chivo expiatorio”, pero un chivo expiatorio que seguirá estando presente, que será utilizada cuantas veces sea necesario, y al que el sujeto no sacrificará jamás totalmente. En efecto, se le acusa de todos los pecados, se le cargan todas las debilidades, o más bien todo lo que el sujeto no soporta en sí mismo: de ese modo puede odiarlo y despreciarlo. Pero hay demasiada necesidad de un compañero odiable como para correr el riesgo de perderlo. Este sentimiento puede relacionarse con un grado importante de identificación mutua entre los integrantes de la pareja, o con una fusión de la pareja. El Tú es más o menos interior al Yo. Las identificaciones proyectivas pueden entonces desempeñar un papel máximo y permitir muy especialmente la proyección sobre el otro de los aspectos rechazados de sí, a riesgo de que también la recíproca se cumpla.

La muerte de la pareja no siempre pone fin al odio que animaba a sus integrantes, odio del que tenían necesidad para sobrevivir mientras que, en otros, la muerte de la pareja no permite encauzar las disposiciones persecutorias que, carentes de esta focalización, tomarán la forma extendida de un gran delirio como en este caso.

 

VII.16. El poder y los factores afectivos

 

Una pareja viene a consultar como consecuencia de una serie de conflictos que han tomado un giro dramático. Es la mujer quien pidió la consulta y el marido se presta a ella con cierta condescendencia. Él se extiende con desenvoltura en el sillón, pasea a su alrededor una mirada global y un tanto superior, mediante un signo con la cabeza le indica a su mujer que debe hablar ella. Ésta acepta la indicación y explica la situación de la pareja. Él va corrigiendo lo que la mujer dice, formula algunas rectificaciones y luego comienza a explicar a su manera dónde está el origen del padecimiento de ambos. Según él, éste es fundamentalmente culpa de su mujer, que no se somete a las exigencias mínimas que impone la coexistencia: no se muestra ni razonable ni verdaderamente amante, puesto que tiene un comportamiento perturbador para la pareja.

La mujer intenta defenderse, justificándose ante cada queja del marido, pero refiriéndose constantemente a los principios de éste, quien en esta pareja está encargado de definir la ley: dice no haber sido tan mala como él cree, o que si lo fue, ello se debió a tal o cual consideración o por determinado error involuntario, etc. El marido la rectifica de nuevo y le explica lo que realmente debe hacer, si es que quiere vivir una vida de pareja. Ella le asegura que trata de lograrlo, pero que le resulta muy difícil realizar por sí sola los esfuerzos exigidos, ya que él se niega discutir el tema: de tal manera que nada puede evolucionar en el seno de la pareja. Él se justifica entonces, basándose en sus propios criterios, para proclamar al fin de cuentas que es ella sola quien debe cambiar, puesto que los principios que él dicta son indiscutibles.

La mujer, por su parte, no cuestiona los principios de su marido, y vive en una situación de sumisión penosa, como si fuera incapaz de expresar sus propios juicios, a pesar de condiciones de entrevista organizada precisamente para darle la palabra cada vez que su marido estuviera en actitud de escucharla. Desde el punto de visto del esposo, las entrevistas no tienen ningún interés. Considera que es inútil proseguirlas, a pesar de que el terapeuta les hace ver que sería para ellos demasiado riesgoso no sacar a la luz de un modo más profundo el modo de funcionamiento de la pareja; y ello demandaría por lo menos algunas entrevistas más. El marido considera inútil todo esto, a pesar de tímidas tentativas de la mujer para obtener una nueva entrevista. Luego de una última actitud defensiva del esposo, queda convenido únicamente que él volverá tomar contacto con el terapeuta si un día lo considera deseable.

Transcurrido bastante tiempo, un día el marido telefonea para solicitar de urgencia una entrevista conjunta. Esta vez las relaciones aparecen alteradas desde el principio: la mujer entra tranquila, y el marido, muy agitado, atormentado, explica que su mujer ha cometido un acto de extrema gravedad, pues ha decidido separarse. Ella lo corrige y explica que todavía no ha tomado ninguna decisión real, pero que lo está pensando, dada la inmutabilidad de la posición rígida de su marido; y asegura que está dispuesta a adoptar esta actitud, pero cuando le expuso este propósito el marido cayó en un estado tal que ella renunció provisoriamente al proyecto.

Pero la esposa exige que las condiciones de su vida en común se modifiquen profundamente. Anuncia que no se someterá más a los razonamientos del marido, que son sólo una manera que éste emplea para justificarse; que no admitirá que él adopte una actitud de mutismo cuando no está satisfecho de algo, ni que dirija al grupo familiar a su capricho, etc. El marido trata entonces de negar todo esto, o de reducir la importancia de las quejas que formula su mujer, pero ahora remitiéndose siempre a lo que ella dice. La mujer considera que los hijos sufren por la coexistencia dolorosa y agresiva de ambos, que es un verdadero infierno para ellos. Él sigue tratando de reducir la magnitud de lo que dice su mujer, o se defiende de algunos reproches precisos, sin cuestionar nunca la referencia constante a los planteamientos y principios generales expuestos por su mujer: esto es, que el marido debe cambiar radicalmente, que la esposa no le admitirá más sus cóleras y mucho menos sus enojos constantes. La mujer exige que de ahora en adelante se le mantenga al corriente de todos los aspectos de su vida, especialmente de sus recursos, que sólo él administraba hasta entonces. Y quiere reservarse para sí un tiempo, el cual dedicará a adquirir una profesión y una cierta autonomía material.

En cuanto a esto, el marido argumenta que ese deseo de calificación de su mujer sólo le permitirá una verdadera autonomía si le dedica un tiempo que irá en detrimento de la vida familiar; en cambio él sí es capaz de aportarle holgura suficiente. Pero ella replica que no busca sólo el desahogo económico, sino una menor dependencia con respecto a él. El marido manifiesta entonces que teme que su mujer haga un uso muy diferente del tiempo de que dispondría. Como el terapeuta lo invita a que aclare lo que quiere decir, el esposo expresa su temor de que la nueva actitud de su mujer puede llevarla a desprenderse de él, al encontrar satisfacciones ilusorias con terceros: es evidente que posee muchos recursos, es joven, bella, inteligente, capaz de estudiar, su poder de seducción está intacto. Pero ella cometería un grave error si utilizara esos recursos con otros, que jamás podrán darle las satisfacciones que tiene junto a él.

El marido quisiera que la entrevista conjunta se repitiera, con la intención oculta de que el terapeuta pudiera usar de su influencia para convencer a su esposa de las bondades de su razonamiento. Pero antes de que el terapeuta responda, es ella quien rehúsa esa posibilidad. “No soy yo quien debo cambiar, dice la esposa, sino tú; y si algo puedes extraer de esta entrevista, es que te permita cambiar a tiempo.” El terapeuta repite entonces lo que ya había dicho, esto es, que él no está allí para hacer presión ni para actuar en favor de uno o de otro, sino para permitirles comunicarse o quizás, si sus relaciones mejoran, para hacerles entender lo que cada uno, de una manera latente, espera del otro.

Este planteamiento parece ser comprendido al menos por la esposa; pero el marido sigue esperando que ésa sea la oportunidad para que su mujer reflexione sobre sus actitudes. En el momento de decidir, la mujer toma la iniciativa y considera que tres entrevistas serán útiles y suficientes. El marido, suplicante, quisiera que fuera admitido el principio de consultas regulares, a lo que ella responde con un veto claro y definitivo, cuyo análisis se inicia en la entrevista siguiente. En el transcurso de estas tres únicas entrevistas, comienza un trabajo de clarificación, pero la mujer está decidida a no seguir adelante, a pesar de súplicas de su marido. Los dos rechazan también la idea de una ayuda psicológica individual, porque cada uno considera que es el otro el único que la necesita, y se niegan a cuestionar la perspectiva de cada cual. En este plano están los dos de acuerdo, a pesar de que el terapeuta considera que sería deseable una ayuda psicológica para cada uno de ellos.

Dieciocho meses después, el marido telefonea desesperado. Se halla en un estado depresivo agudo: su mujer ha iniciado una relación extra-conyugal, ante la que él reaccionó de una manera muy viva, según una modalidad muy depresiva. Cuanto más él suplica, ella más se muestra afirmativa, altanera y hasta despreciativa. Ya no es cuestión de ninguna entrevista conjunta, sino de la necesidad de un tratamiento urgente para el marido.

 

Nota 1. Como este caso le indica, una modificación de los relaciones de dependencia afectiva produce un importante cambio en la distribución del poder en el interior de la pareja. En algunas uniones donde la mujer tenía al comienzo una posición explotada, se observan cambios rápidos, tanto más espectaculares cuanto que son tardíos en la vida de la pareja, y que llegan a veces hasta la ruptura entre compañeros que han vivido hasta una edad avanzada sin problemas visibles, pero donde la mujer estuvo siempre sometida a un modo de funcionamiento arcaico de la pareja.

 

VII.17. Cierta distribución del poder

 

En una familia de origen obrero, el padre le entrega todos los meses su salario a su mujer, quien administra el presupuesto de la casa y organiza la distribución del dinero. Le da a su marido una parte para sus gastos personales; a cada uno de los hijos les da lo que necesitan para su actividad escolar, y utiliza la mayor parte de lo restante para las necesidades colectivas del grupo familiar, especialmente para comprar la comida. Sin embargo, cuando hay que hacer algún gasto de mayor entidad, o más significativo, por ejemplo una bicicleta para el hijo, es la madre quien decide la compra y quien la efectúa; pero ella se preocupa de que sea el padre quien, llegado el momento, le entregue la bicicleta al hijo, acto que aquél cumple con particular complacencia. De esa manera la madre evita abusar de su poder real y permite que aparezca el padre ejerciéndolo. Aunque se puede pensar que él no es más que un instrumento de producción al servicio de la familia, sin embargo la relación es más compleja; por su actitud, la mujer se preocupa de que el marido tenga una compensación que esté en consonancia con el estatuto social que ella ha querido para él, y que éste aparezca como dominante ante los respectivos medios familiares.

 

VII.18. “Juego” de poder

 

María, miembro aparentemente dominado de una pareja, presenta síntomas de fracaso y de sufrimiento somático. No parecía estar en condiciones de hacer frente, mediante el razonamiento, al razonamiento de su marido aparentemente dominante. Ella se sometía siempre al discurso teórico de éste, pero luego lo hacía fracasar mediante síntomas que volvían inaplicables los proyectos del dominante. Él, jamás cuestionado, no podía por lo tanto acusar a la enferma, que mediante su estado y de sus fracasos restablecía en su favor la relación de poder entre ambos. Cuando el modo de funcionamiento pudo ser claramente explicado, y la enferma llegó a formular con claridad su deseo de tomar parte en las decisiones comunes, los dos comprendieron la imposibilidad de definir sus relaciones de autoridad en el terreno de los razonamientos -donde él tenía una superioridad de hecho-; y desde entonces María ya no recurrió más a los mecanismos repetitivos de fracaso ni a la somatización.

 

 

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- !Los más importantes: Las vivencias y experiencias de mis relaciones de pareja, que no he publicado, pero sí que he usado en la creación de este texto!

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