Dr. Ismail YILDIZ

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Mis libros

SENTIMIENTOS, EMOCIONES, PASIONES Y SÍNTOMAS PARTE 1

 

SENTIMIENTOS, EMOCIONES, PASIONES Y SÍNTOMAS

 

Estudios psicoanalíticos y aplicación a un caso clínico

 

El libro está publicado en 2008, tiene 389 páginas, cuesta 53,000 y está en distribución actualmente en librerias Unibiblos, Lerner, Nacional, Central y en la secretaría de Asociación Psicoanalítica de Colombia (522 76 27).

Por

Ismail YILDIZ, MD, MSc., Psicoanalista.
Miembro Titular de Asociación Psicoanalítica Colombiana (APC), Federación Psicoanalítica de America Latina (FEPAL) y de International Psychoanalytical Association (IPA).
MEDICENTRO. Calle 93B No.17-26, Consultorio 406. Bogotá. Tels: 618 26 29/25 18

La persona que desea una primera entrevista para un tratamiento psicoanalítico puede concertar una cita llamando a mi secretaria (Tels: 618 26 29/25 18) o escribiéndome un email a Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

La terapia psicoanalítica por Internet (videoconferencia usando skype) es también posible. Para más información puede consular el link "PSICOANÁLISIS Y PSICOTERAPIA ONLINE".

(Si el sistema de outlook de su PC no funciona para mandar su email, puede utilizar el correo de "Para contactarme" del Menú).   

Presentación del libro en su portada

El autor revisa inicialmente (primera parte) las teorías principales de Sigmund Freud y de otros psicoanalistas importantes. Se muestra la e-volución de las teorías psicoanalíticas, sus convergencias, suplementa-ciones y divergencias, y la inmensa complejidad del funcionamiento de la mente humana. Anota también sus consideraciones personales sobre las teorías psicoanalíticas.

 

Se profundiza en la comprensión psicoanalítica de los sentimientos, las emociones, las pasiones humanas, y en los síntomas que producen. Aunque la modernidad quiso hacer del ser humano un ser racional des-de Cogito ergo sum (pienso por lo tanto soy) de Descartes, el autor con-sidera que el ser humano es principalmente un ser de afectos, o sea mo-tivado, y muchas veces dominado, por sus sentimientos, emociones, pa-siones y síntomas.

 

En la segunda parte, el autor describe y discute ampliamente el trata-miento psicoanalítico de una paciente con vivencias afectivas muy inten-sas y síntomas consecuentes. Para comprender y explicar los afectos y síntomas predominantes de la paciente, se comparan y contrastan dife-rentes teorías, incluyendo las del autor. Efectivamente, estos estudios conceptuales y clínicos incluyen las explicaciones sobre: regresión y de-pendencia en la situación psicoanalítica; angustias, neurosis traumática, otras formas de traumas (acumulativos y negativos) y la violencia psico-lógica; neurosis de angustia y ataques de pánico; simbiosis patológica, angustia de muerte e insomnio; histerias y fobias; afectos y somatizacio-nes; déficit y conflictos; llanto, ira, agresión, odio, resentimiento y apego a lo negativo; y, silencios de los pacientes en las sesiones.

 

Es una obra teórica y clínica: no solamente revisa las principales co-rrientes del psicoanálisis actual, sino muestra, con amplias descripcio-nes y discusiones de un caso clínico, cómo se lleva un tratamiento psi-coanalítico. Es de gran interés para los psicoanalistas, los psiquiatras, los psicólogos, y todos aquellos que estén interesados en la compren-sión del devenir humano.

 

El autor agradecerá a los lectores que le manden a su correo elecrónico sus consideraciones, sugerencias, preguntas y críticas.

 

ISBN: 978-958-44-3370-1

Derechos reservados por el Autor

Primera edición, 2008

Bogotá, D.C., Colombia

ISBN: 978-958-44-3370-1

Editor: Ismail YILDIZ

Impreso por: Unibiblos / Universidad Nacional de Colombia. Bogotá.

Teléfono: 316500 exts 19645 – Telefax: 3165357

Email: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

 

 

 

 

A Melek, Aziz y Cengiz Han, porque con ellos

viajan nuestras esperanzas hacia el futuro.

 

 

 

 

CONTENIDO

 

PRÓLOGO

 

PRIMERA PARTE

REVISIÓN DE LAS TEORÍAS DE AFECTOS Y SÍNTOMAS

 

I. INTRODUCCIÓN

 

II. TEORÍAS DE S. FREUD SOBRE AFECTOS Y SÍNTOMAS

II.1. Los conceptos iniciales

II.2. La primera teoría del aparato mental (primera tópica)

II.3. El placer en el chiste, lo cómico y el humor

II.4. Los afectos y síntomas según las tres teorías instintivas

II.4.1. La primera teoría pulsional

II.4.2. La segunda teoría pulsional

II.4.3. La tercera teoría pulsional

II.5. Los afectos y síntomas en las relaciones interpersonales, los grupos

sociales y la cultura

II.6. La teoría estructural (segunda tópica)

II.7. Los afectos de angustia señal y de angustia traumática

II.8. Los afectos en la transferencia y la contratransferencia

II.9. Las últimas elaboraciones teóricas sobre los afectos y síntomas

II.10. Algunas consideraciones personales

 

III. AFECTOS Y SÍNTOMAS SEGÚN LA PSICOLOGÍA DEL YO

III.1. H. Hartmann                                                                                                                                33

III.2. O. Fenichel

III.3. D. Rapaport

III.4. H. Nunberg

III.5. B. D. Lewin

III.6. E. Bibring, M. Katan y P. Greenacre

III.7. R. A. Spitz

III.8. M. S. Mahler

III.9. C. Brenner

III.10. E. Erikson

 

IV. AFECTOS Y SÍNTOMAS SEGÚN M. KLEIN Y POSTKLEINIANOS

IV.1. M. Klein

IV.2. W. R. Bion

IV.3. D. Meltzer

IV.4. H. Rosenfeld

IV.5. H. Racker

IV.6. L. Grinberg

IV.7. J. Bleger

IV.8. H. Garbarino

IV.9. T. Ogden

 

V. AFECTOS Y SÍNTOMAS SEGÚN EL GRUPO “INDEPENDIENTE” O

“INTERMEDIO”

V.1. W. R. D. Fairbairn

V.2. M. Balint

V.3. D. W. Winnicott

V.4. Algunas consideraciones personales

 

VI. LA PSICOLOGÍA EXISTENCIALISTA

VII. LOS CULTURALISTAS

VII.1. K. Horney

VII.2. H. S. Sullivan

VII.3. E. Fromm

VII.4. Algunas consideraciones personales

 

VIII. J. LACAN Y “POSTLACANIANOS”

VIII.1. J. Lacan

VIII.2. Consideraciones de H. Bleichmar sobre los afectos y síntomas

relacionados con el narcisismo

VIII.2. 1. Fallas de narcisización

VIII.2. 2. Operaciones defensivas ante las ansiedades narcisistas

VIII.2. 3. Falla del narcisismo

 

IX. LA PSICOLOGÍA DEL SELF

 

X. A. GREEN

X.1. Indiscriminación de representaciones y de afectos

X.2. Locuras privadas (pasiones) y locuras públicas (psicosis)

X.3. Carácter narcisista y angustia de intrusión

X.4. Narcisismo de vida y narcisismo de muerte

X.5. Angustias narcisistas

X.6. El dolor psíquico

X.7. Formas diferentes (subestructuras) del narcisismo

X.7.1. Narcisismo corporal

X.7.2. Narcisismo intelectual

X.7.3. Narcisismo moral

X.7.4. Género neutro

X.7.5. Complejo de madre muerta

X.8. Trabajo de lo negativo

 

XI. AFECTOS EN AUTISMO Y EN PARTES AUTISTAS DE LA

PERSONALIDAD SEGÚN F. TUSTIN

XII. O. KERNBERG

 

XIII. PERSPECTIVAS DE LA PSICOLOGÍA EVOLUTIVA Y

MULTIDISCIPLINARIA

XIII.1. Teorías de J. Bowlby sobre el vínculo afectivo, la separación

afectiva y la pérdida afectiva

XIII.2. Teorías de D. Stern sobre los diferentes sentidos del self y los

afectos relacionados

XIII.3. Perspectiva multidisciplinaria sobre los procesos afectivos

 

XIV. ALGUNAS CONSIDERACIONES PERSONALES SOBRE LAS

TEORÍAS DE AFECTOS Y SÍNTOMAS

 

 

SEGUNDA PARTE

CASO CLÍNICO

Situación psicoanalítica y su discusión

 

XV. SITUACIÓN PSICOANALÍTICA

XV.1. Entrevistas

XV.1.1. Diagnóstico hipotético

XV.1.2. Analizabilidad e indicación del psicoanálisis

XV.1.3. Pronóstico inicial

XV.2. Evolución de la situación psicoanalítica

XV.2.1. Período de incertidumbres

XV.2.2. Período de más estabilidad

XV.2.3. Reacciones de la paciente a las separaciones

XV.2.4. Aspectos de la transferencia y de la contratransferencia.

Evolución de relaciones objetales e intersubjetivas predominantes

XV.2.5. Evolución de síntomas

 

XVI. DISCUSIÓN

XVI.1. Diagnóstico

XVI.2. Analizabilidad e indicación del psicoanálisis

XVI.3. Evolución de la situación psicoanalítica

XVI.3.1. Incertidumbres en el encuadre, regresión, dependencia y

rechazo a la dependencia

XVI.3.2. Angustias, angustia traumática, neurosis traumática, traumas

acumulativos, traumas negativos y violencia psicológica

XVI.3.3. Neurosis de angustia y ataques de pánico

XVI.3.4. Simbiosis patológica, angustia de separación, angustia

de muerte e insomnio

XVI.3.5. Histerias y fobias

XVI.3.6. Afectos y somatizaciones

XVI.3.7. Déficit y/o conflictos. Implicaciones técnicas

XVI.3.8. Trauma, llanto, ira, agresión, odio, resentimiento y apego

a lo negativo

XVI.3.9. Silencios en las sesiones

XVI.4. Pronóstico

 

XVII. RESUMEN Y CONCLUSIONES PROVISIONALES

XVII.1. Situación psicoanalítica

XVII.2. Discusión

XVII.2.1. Diagnóstico

XVII.2.2. Analizabilidad e indicación del psicoanálisis

XVII.2.3. Evolución de la situación psicoanalítica

XVII.2.3.1. Incertidumbres en el encuadre, regresión, dependencia

y rechazo a la dependencia

XVII.2.3.2. Angustias, angustia traumática, neurosis traumática, traumas

acumulativos, traumas negativos y violencia psicológica

XVII.2.3.3. Neurosis de angustia y ataques de pánico

XVII.2.3.4. Simbiosis patológica, angustia de separación, angustia de

muerte e insomnio

XVII.2.3.5. Histerias y fobias

XVII.2.3.6. Afectos y somatizaciones

XVII.2.3.7. Déficit y/o conflictos. Implicaciones técnicas

XVII.2.3.8. Trauma, llanto, ira, agresión, odio, resentimiento y apego a

lo negativo

XVII.2.3.9. Silencios en las sesiones

XVII.2.4. Pronóstico

 

XVIII. SUPLEMENTO. Evolución posterior de la situación psicoanalítica

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

 

PRÓLOGO

 

Dentro de las motivaciones conscientes que he tenido para escribir este libro hay tres que quiero señalar. Una es revisar y resumir, según mi comprensión, las teorías principales de Sigmund Freud y de los otros pensadores psicoanalistas que impactaron nuestra ciencia. Esta revisión se encuentra en la primera parte del libro. En ella nos percatamos de las divergencias y convergencias de sus teorías y nos damos cuenta más de la complejidad de la mente humana. Otras veces, las teorías se su-plementan, es decir que ayudan a comprender mejor un afecto y/o un síntoma. Anoté mis consideraciones personales sobre las teorías de va-rios autores en sus partes respectivas y mis consideraciones más gene-rales sobre las teorías de afectos y síntomas en el capítulo XIV.

La segunda de mis motivaciones fue mi insatisfacción con las teo-rías de afectos de Freud, quien los reduce al placer y al displacer, y que-rer saber y comprender mejor los sentimientos, las emociones, las pa-siones humanas, y los síntomas que producen. Aunque la modernidad quiso hacer del ser humano un ser racional, desde Cogito ergo sum (pienso por lo tanto soy) de Descartes, el psicoanálisis y la postmoder-nidad demostraron cada vez más que el ser humano fue y sigue siendo principalmente un ser irracional, o sea motivado, y muchas veces domi-nado, por sus sentimientos, emociones, pasiones y síntomas. Sin subes-timar la importancia de los procesos secundarios y del pensamiento ra-cional, podemos considerar al ser humano principalmente, no como ha-bía considerado Descartes, sino como un ser de afectos, diciendo en consecuencia “Sintiere ergo sum” (siento por lo tanto soy).

La tercera y la más específica de mis motivaciones fue el tratamien-to psicoanalítico de una paciente con vivencias afectivas muy intensas.

 

Describo y discuto el tratamiento psicoanalítico de esta paciente en la segunda parte del libro. En el capítulo XV describo la situación psicoa-nalítica que incluye las dos entrevistas, el diagnóstico hipotético inicial, la analizabilidad de la paciente, el pronóstico inicial y la evolución del en-cuadre y del proceso psicoanalítico durante los primeros tres años del tratamiento.

En el capítulo XVI discuto la situación psicoanalítica descrita. En es-ta parte presento las teorías de otros autores sobre los diferentes afec-tos y síntomas predominantes de la paciente, para comparar y contras-tar estas teorías entre ellas y con mi comprensión personal. Efectiva-mente esta investigación conceptual incluye las consideraciones sobre: regresión y dependencia en la situación psicoanalítica; angustias, neuro-sis traumática y otras formas de traumas (acumulativos y negativos), y la violencia psicologica; neurosis de angustia y ataques de pánico; simbio-sis patológica, angustia de muerte e insomnio; histerias y fobias; afectos y somatizaciones; déficit y conflictos, e implicaciones técnicas; llanto, ira, odio, agresión, resentimiento y apego a lo negativo; silencios de los pa-cientes en las sesiones; y la discusión sobre el pronóstico después de tres años del tratamiento.

En el capítulo XVII presento el resumen y las conclusiones provi-sionales sobre la situación psicoanalítica y su discusión. En esta parte incluyo también más mis consideraciones y  mis conclusiones persona-les sobre la comprensión del caso clínico.

 

En el Suplemento (capítulo XVIII) describo muy brevemente la evo-lución posterior del caso clínico, durante cuatro años más del tratamien-to (hasta el final de 2007).

 

Quiero agradecer a muchas personas por ocasionar y facilitar mi existencia e intervenir en mi devenir humano. Agradezco a mis padres por crearme y creer en mí. Agradezco a todos mis profesores, desde los de mi escuela primaria hasta mis profesores de formación en psicoa-nálisis, que entregaron de sí y compartieron generosamente sus expe-riencias y sus conocimientos.

Agradezco a todos mis pacientes por compartir las intimidades de su mundo interno y externo, más especialmente a Esperanza (seudó-nimo) por haber aceptado la publicación en esta obra de su tratamiento psicoanalítico que hemos realizado juntos.

Doy las gracias al Dr. Roberto De Zubiría por la supervisión del caso clínico presentado durante su primer año de tratamiento y por sus suge-rencias en la elaboración de este trabajo.

Más particularmente agradezco a Carlos Arturo Acosta de Greiff, por leer y corregir, con mucha dedicación, todo el texto.

Tengo un reconocimiento muy especial a mis dos analistas, Dr. Si-món Brainsky (q.e.p.d.) y luego Dr. Mario González, por analizarme y por acompañarme en la aventura de mi psicoanálisis personal, sobre todo por aguantarme en mis momentos difíciles y de mal genio.

Agradezco a mis hijos, Melek, Aziz y Cengiz Han, por ser fuentes de alegría y por ser factores importantes de mis motivaciones para seguir construyendo proyectos para el futuro. En nuestras relaciones interper-sonales, ellos me hicieron también repensar con frecuencia sobre lo que yo creía saber de la psicología y del psicoanálisis.

Finalmente, tengo un reconocimiento singular a mi pareja, Clara Spinel, con quien he vivido los sentimientos, las emociones y las pa-siones más intensas de mi devenir. Sin ella no podía ser lo que soy ahora.

 

 

Bogotá, Noviembre de 2007

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRIMERA PARTE

 

 

REVISIÓN DE LAS TEORÍAS DE AFECTOS Y SÍNTOMAS



I. INTRODUCCIÓN

 

El conocimiento, la comprensión y el tratamiento de los afectos se han vuelto cada vez más importantes en psicoanálisis porque la transfe-rencia y la contratransferencia implican principalmente procesos emocio-nales.

Ante la ausencia de una teoría psicoanalítica unificada y hasta la e-xistencia de teorías a veces contradictorias, consideré necesario revisar las teorías sobre los afectos y síntomas. Con esta revisión busco tam-bién, si es posible, cierta convergencia y/o suplementariedad de las teo-rías existentes que pueden determinar a su vez una mejor coherencia y congruencia de nuestra técnica psicoanalítica.

En segundo lugar describo y discuto el tratamiento psicoanalítico de la paciente enfatizando sus vivencias emocionales, sus síntomas, mis reacciones contratransferenciales y mi actitud terapéutica.

 

Según Chiozza (1998), el término “afecto” deriva del latín afficere, “influir”, “obrar sobre alguno”, “afectar”. Un afecto es, en primera instan-cia, algo que afecta al yo. La palabra “emoción” proviene del francés emouvoir, que significa “conmover”, “emocionar”, y está formada por “mover”, “poner en movimiento” y por la partícula e- que significa “fuera”, “sin participación en”. De allí que el término “emoción” puede aludir a estar fuera del movimiento que implica una acción sobre el mundo exte-rior, o puede referirse al movimiento afectivo que, como conmoción neu-rovegetativa, recae sobre el yo. A veces se considera la emoción sinóni-mo del afecto primario intenso, poco elaborado por el proceso segunda-rio, como una pasión que domina al sujeto. Mientras que los sentimien-tos serían los afectos segundarios, más elaborados, modulados y con-trolados por el sujeto.

El término “sentimiento” deriva del latín sentire, que condensa los significados de “sensación”, “percibir a través de los sentidos” y “darse cuenta de algo”, “pensar, opinar”. En una acepción más restringida, la palabra “sentimiento” designa a los afectos que, atemperados por los procesos de pensamiento, llegan a la conciencia y allí reciben un nom-bre.

Los afectos constituyen una clase determinada de procesos de des-carga con sensaciones directas de placer y displacer que prestan al a-fecto su tono dominante, con diferentes gamas y matices: son actos mo-tores y/o secretores que se realizan en el propio cuerpo, a diferencia de la acción específica, eficaz, que se desarrolla sobre el mundo exterior. Una acción eficaz es aquella que logra hacer cesar las excitaciones que emanan de las fuentes pulsionales. Cuanto menos eficaz resulta la ac-ción, mayor es el remanente de excitación que se descarga hacia aden-tro como afecto displacentero. Cuando la descarga eficaz resulta logra-da, el remanente afectivo queda integrado con la acción, constituyendo un acto pleno de sentido (con sus afectos placenteros).

Chiozza (1998) considera que determinados afectos permanecen, en algunas personas, como disposiciones inconscientes que nunca fue-ron actuales. Tales disposiciones pueden desarrollarse plenamente, ac-tualizándose como emociones y sentimientos que son “nuevos” para esa persona. El crecimiento emocional de un sujeto dependerá, por lo tan-to, no solamente de la posibilidad de atemperar algunas pasiones, sino también de cuáles serán las disposiciones afectivas inconscientes que se actualizarán en su vida, permitiéndole “desplegarse” en la plenitud de su forma.

 

Según el “Diccionario de Psicoanálisis” de Laplanche y Pontalis (1968), el afecto designa todo estado emocional, penoso o agradable, vago o preciso, ya se presente en forma de una descarga masiva o como una tonalidad general. Acepción que acojo en el presente estudio psicoanalítico.

Los afectos son emociones y sentimientos, son estados de ánimo o del alma (Bettelheim, 1982), o del espíritu (Racker, 1957). Los afectos son al mismo tiempo estados del cuerpo, sensaciones corporales que se evidencian mejor cuando son intensos. El dicho “El corazón tiene sus ra-zones que la razón no entiende” refleja, de una parte, la participación del corazón en las emociones y los sentimientos (se lo consideró como el órgano del amor y del odio), y de otra parte, indica que los afectos pue-den ser irracionales e incomprensibles aun para la misma persona que los siente.

Existieron muchos intentos de clasificar los afectos pero es probable que ellos sean también, como las ideas, infinitos en cantidad, cualidad y en sus diferentes combinaciones y matices, pero generalmente son más difíciles de identificar, discriminar, describir y precisar con palabras (Eibl-Eibesfeldt, 1976; Goleman, 1996; Chiozza, 1998).

Dentro de los afectos placenteros de gran intensidad se pueden in-cluir las sensaciones y emociones de la excitación sexual y del orgasmo, los estados de éxtasis (místicos o paganos), la elación, la euforia, el júbi-lo, la dicha, la alegría, la felicidad, etc.; mientras que dentro de los afec-tos penosos de gran intensidad pueden entrar las sensaciones de un do-lor físico intenso, las angustias de crisis de pánico, los sentimientos de desamparo e impotencia, los dolores mentales de la tristeza, la desespe-ranza de estados depresivos y melancólicos, las emociones que acom-pañan a estados de furia, ira, odio, resentimiento, envidia, celos, etc. Los sentimientos de culpa, humillación y vergüenza también pueden llegar a ser muy intensos.

Dentro de los afectos agradables más moderados podemos citar el optimismo o entusiasmo para vivir todos los días, el sentimiento de bien-estar y de realización; mientras que dentro de los afectos displacenteros más moderados podemos incluir el disgusto ante alguna frustración po-co importante, el pesimismo con desánimo y el aburrimiento transitorio o persistente.

 

En la revisión que sigue incluyo las teorías sobre los afectos y sín-tomas de Freud, la psicología del yo, Klein y los postkleinianos, el grupo “intermedio”, los existencialistas, los culturalistas, Lacan y postlacania-nos, la psicología del self, Green, Tustin, Kernberg, la psicología evolu-tiva y el enfoque multidisciplinario. Añado al final algunas consideracio-nes personales sobre las teorías de afectos y síntomas.

 

II. TEORÍAS DE S. FREUD SOBRE AFECTOS Y SÍNTOMAS

 

Aunque el concepto de afecto adquirió gran importancia desde los primeros trabajos de Freud sobre la histeria (1893, 1894, 1895a), su teo-rización fue una de las áreas más contradictorias y a veces hasta oscura de sus teorías. Freud fue, muchas veces, ambiguo y contradictorio sobre los afectos en sus diferentes escritos, a veces aun en un mismo escrito. Lo anterior permitió y permite interpretaciones diferentes de sus escritos y desarrollo de las teorías divergentes posteriores.

En esta revisión intento seguir cierto orden cronológico de escritos de Freud sobre los afectos y síntomas para mostrar la evolución de sus teorías. Mi propósito no es abarcar todos los escritos de Freud donde trata algún tipo de afecto sino tomar en cuenta sus escritos que me pa-recieron más pertinentes para este trabajo.

 

II.1. Los conceptos iniciales

 

Freud redujo todas las emociones y sentimientos en dos afectos principales: placer y displacer (o dolor). El placer se produce por la satis-fazción de la necesidad y del deseo, mientras que el displacer por la frustración. Los instintos de origen somático cargarían constantemente un sistema neuronal produciendo una tensión que provocaría el displa-cer y su descarga el placer (1895d, 1910). Posteriormente reconoció que en algunos casos el aumento de la tensión puede también ser placente-ro (1924b). El displacer sería el origen de la repulsión (odio) mientras que el placer de la atracción (amor). Otros afectos se derivarían de esos dos afectos principales.

En las primeras conceptualizaciones de Freud (1893, 1894, 1895a), el síntoma histérico es la reminiscencia de una o varias situaciones trau-máticas no descargadas de sus afectos por abreacción. Freud y Breuer definen el trauma psíquico como “Cualquier suceso que provoque los afectos penosos del miedo, la angustia, la vergüenza o el dolor psíqui-co,... De la sensibilidad del sujeto... depende que el suceso adquiera o no importancia traumática” (Freud y Breuer, 1893, p.43). El trauma psí-qui-co no necesariamente tiene que ser único; varios traumas parciales poco intensos pueden producir también el mismo efecto que uno de gran magnitud.

La magnitud de estímulo, o el montante de excitación (cuantum de afecto) bloqueado puede no seguir el camino de la inervación somática como en la conversión y ser separado de la idea intolerable, adherirse a otras representaciones, no intolerables en sí, convirtiéndose en repre-sentaciones obsesivas y fóbicas (1894, p.172).

Para Freud el afecto es una cantidad (de energía) que acompaña a los sucesos de la vida psíquica. El papel del yo (considerado como la persona o el sujeto hasta 1923) es moderar las variaciones excesivas de los afectos para impedir su desorganización y preservar la capacidad de pensamiento. Para realizar lo anterior, el yo utiliza la descarga de una cantidad de afecto por la motilidad y la secreción, con una acción espe-cífica y/o establece lazos por medio de trabajo asociativo por el cual el monto de afecto se liga dividiéndose y distribuyéndose a varias repre-sentaciones entrelazadas. La solución que ofrece la psicoterapia al blo-queo de afectos, la “cura por la palabra”, es que el lenguaje puede obrar como sustituto de la acción, lo que abre para el afecto una solución al-ternativa para ser abreaccionado (catarsis). Freud expone en ese tiempo tres destinos del afecto bloqueado: conversión somática (histeria de con-versión), desplazamiento (la histeria de angustia o fobias y la neurosis obsesiva) y permutación en angustia o en sus equivalentes (las neurosis actuales).

 

En una segunda etapa (carta No.29 de 1895, 1895b, 1895c, 1896a, 1896b, 1896c), Freud considera que las situaciones traumáticas que se repiten en los síntomas son de origen sexual y han ocurrido en la tem-prana infancia del sujeto. Esta convicción duró hasta su Carta No. 69 de 1897 donde dice que ya no cree en sus neuróticos. Posteriormente recti-ficó su teoría de seducción sexual (1906a). Desde entonces, en la etiolo-gía de las psiconeurosis, el recuerdo de la seducción fantaseada tiene el mismo valor psíquico que la seducción real.

En el mismo período, Freud describe por primera vez la neurosis de angustia y la separa de la neurosis neurasténica típica (1895b, 1895c, 1898). La neurosis de angustia se caracteriza por los ataques de angus-tia, rudimentos del ataque de angustia, o equivalentes de ataques de an-gustia, aislada o en combinación con otras neurosis. Aunque Freud ya había propuesto en esta época la sobredeterminación de las neurosis, sin embargo enfatizó que la neurosis de angustia tiene como factor etio-lógico específico el impedimento de la elaboración psíquica de la excita-ción sexual somática actual por un coito normal. Consideró entonces co-mo neurosis actuales la neurosis de angustia, la neurastenia y la hipo-condría, suponiendo que tienen su origen en perturbaciones de la vida sexual actual del sujeto. Mientras que las psiconeurosis o neuropsicosis de defensa (histeria, neurosis obsesiva, paranoia) tendrían su origen en las fantasías sexuales pretéritas y movilizadas.

Para el Freud de esta época, la angustia es siempre la expresión de la libido reprimida. Más tarde, opinará que la angustia señal ante un peli-gro (externo o interno) es la causa de la represión de la libido (1926). Aunque ya había descubierto el complejo de Edipo y la hostilidad contra los padres (Manuscrito N, en la carta No. 64 de 1897, Carta 71 de1897) y la angustia de castración, Freud no incluyó el papel de la agresividad en la génesis de la angustia ni de síntomas. Aun después que propusie-ra la existencia de pulsiones agresivas (1920), mantuvo que es la libido reprimida que induce la angustia o la libido reprimida por la angustia se-ñal que induce los síntomas (1923). Aunque más tarde (1924a) recono-ce el papel del superyó (hacia donde se dirigiría las pulsiones de muer-te) en todas las formas de enfermedad psíquica, volvió a enfatizar que es la libido reprimida que induce la angustia y los síntomas, mientras que las pulsiones agresivas reprimidas aumentan el sentimiento de culpa (1930, 1933).

 

II.2. La primera teoría del aparato mental (primera tópica)

 

En “La interpretación de los sueños” (1900), Freud elabora su prime-ra teoría del aparato psíquico, que contiene un sistema Inconsciente (Inc.) y otro sistema Preconsciente-Consciente (Prec-Cc), con una so-brevaloración de las representaciones en detrimento de los afectos. La vivencia del sueño importa menos que su significado, del que brota la in-terpretación. Los sueños son realizaciones (disfrazadas) de deseos (re-primidos) para poder seguir durmiendo. Freud afirma que los síntomas, como los sueños, son creados para la realización de deseos (aunque sean deseos punitivos) y para evitar el desarrollo de sensaciones peno-sas de displacer en forma de angustia, miedo, dolor psíquico, vergüen-za, culpa. Más tarde (1906a), dirá que la enfermedad es el resultado de un conflicto entre la libido y la represión sexual, y los síntomas son tran-sacciones entre ambas corrientes anímicas.

Los afectos penosos intensos en los sueños que a veces despiertan al sujeto (pesadillas) son considerados como un fracaso del trabajo del sueño. En esos sueños existiría un deseo inconsciente de castigo por un deseo ilícito reprimido.

En sus conferencias imaginarias (Lección XXIX de 1933), Freud considera que el sueño es una tentativa de un cumplimiento de deseos. En la fijación a un trauma, como en las neurosis traumáticas, el sueño puede no conseguir sino muy imperfectamente su propósito (guardián del dormir) o tiene que abandonarlo por la falla de la elaboración onírica. Las vivencias de estados postraumáticos, incluyendo sus pesadillas re-petitivas, serían intentos de dominar activamente las vivencias experi-mentadas pasivamente, o, como teoría alternativa, serían una forma de compulsión a la repetición como expresión de pulsiones de muerte.

 

II.3. El placer en el chiste, lo cómico y el humor

 

Freud demostró tanto la naturaleza como la importancia de los pro-cesos mentales inconscientes que hacen parte de la formación y del go-ce de los rasgos del chiste, y adelantó una teoría que explica la fuente de la energía psíquica descargada al reír. El placer y la risa de lo chisto-so derivan de dos fuentes separadas. La primera de ellas es la sustitu-ción regresiva del pensamiento del proceso secundario por el del proce-so primario. La segunda es la consecuencia de la liberación o escape de energías de pulsiones agresivas, sexuales o de ambas, que de otro mo-do hubiesen sido reprimidas (1905a, 1928).

Reímos de lo cómico (los payasos, la parodia, la caricatura, etc.) o de todo movimiento que nos sugiere un gasto desproporcionado de e-nergías, porque comparando los movimientos de los demás con los que hubiéramos hecho nosotros en su lugar, tenemos la sensación de “nues-tro ahorro de energías”, y la expresión de un placiente sentimiento de superioridad. Mientras que experimentamos asombro o admiración cuando el gasto somático de la persona observada se nos muestra menor que el nuestro.

 

Las fuentes del placer del chiste residen en lo inconsciente; en cam-bio, las de la comicidad en lo preconsciente, en la comparación de dos gastos de energía.

Loingenuo se produce cuando otras personas dan la sensación de vencer una coerción que, en realidad, no existe en ellas. Un gasto de coerción efectuado habitualmente por nosotros resulta de pronto super-fluo por la presencia de la ingenuidad y es descargada en risa. Por su índole, lo ingenuo aparece sobre todo en los niños y luego en los adultos poco cultivados como en los chistes pastusos en Colombia.

Según Freud, el humor es diferente del chiste. El humor es un me-dio para conseguir placer a pesar de los afectos dolorosos. Por lo tanto, el placer del humor surge a costa del ahorro de un gasto de afecto dolo-roso. El humor no sólo tiene algo librante, como el chiste y lo cómico, sino también algo grandioso y exaltante (1928). Lo grandioso reside en el triunfo del narcisismo, en la victoriosa confirmación de la invulnerabili-dad del yo. El yo rehúsa dejar ofenderse y precipitarse al sufrimiento por los influjos de la realidad exterior; más aún, demuestra que sólo le repre-sentan motivos de placer. En casos de burlarse de sí mismo la persona catectiza más a su superyó que a los intereses de su yo, y el superyó consuela al yo con el humor, protegiéndolo del sufrimiento. Efectivamen-te, el placer humorístico no alcanza la intensidad de lo cómico o del chiste, y no se expresa en risa franca.

 

II.4. Los afectos y síntomas según las tres teorías instintivas

 

Durante los años de la Gran Guerra, Freud escribe varios artículos, dichos de metapsicología (1915a, 1915b, 1915c, 1915d, 1917a, 1917b) y sus “Lecciones introductorias al psicoanálisis” (1916-17) donde intenta sintetizar sus teorías que estaba construyendo paulatinamente. Su pri-mera teoría instintiva era la oposición de instintos de autoconservación e instintos sexuales. Añade una segunda teoría instintiva en “Introducción al narcisismo” (1914a), y pocos años después propone la existencia de un instinto de muerte opuesto a los instintos de vida en “Más allá del principio de placer” (1920).

Para Freud, los afectos son expresiones de instintos “instinkt” y de pulsiones “Trieb”. Aclaremos que Freud utilizó el término alemán “ins-tinkt” para referirse a un esquema de comportamiento heredado, que va-ría poco de un individuo al otro. Mientras que utilizó el término alemán “Trieb” para referirse a los grupos de pulsiones innatas, pero sus expre-siones son más flexibles en el ser humano que los instintos (Laplanche y col., 1968). El ser humano tiene actitudes instintivas que intervienen en su supervivencia fisiológica (la respiración, la sed, el hambre, etc.) y en actitudes afectivas comunes a todas las culturas como mímicas afecti-vas primitivas (sonrisa, riza, mímica de disgusto y de ira, etc.) (Eibl-Eibesfeldt, 1987). Mientras que la sexualidad humana se manifiesta de manera más flexible y más individual y en consecuencia es más una pulsión que un instinto.

Según Freud, la pulsión es la expresión psíquica de las excitacio-nes endosomáticas. Lo que actúa en el nivel de psiquismo no es la pul-sión misma sino el representante psíquico de la pulsión, que se compo-ne de una representación (ideas, imágenes o fantasías) y de un afecto. En este caso, el afecto es el estado emocional que acompaña a la repre-sentación de la pulsión. El afecto tiene un aspecto cuantitativo (cuantum de afecto) que puede ser más o menos intenso en el plano energético (punto de vista económico) y otro cualitativo (placer o displacer).

 

II.4.1. La primera teoría pulsional

 

Freud opone inicialmente dos grupos de pulsiones principales (1905b, 1915a): pulsiones de autoconservación (hambre, o pulsio-nes del yo) y pulsiones sexuales (amor). El primer grupo de instintos sirven para la conservación del individuo, mientras que el segundo grupo para la conservación de la especie. Freud llamó la energía psicológica del primer grupo el “interés” y del segundo la “libido”. Según esta prime-ra teoría de pulsiones, la angustia y los síntomas se deben a los conflic-tos entre esos dos grupos de pulsiones. Los síntomas se generan para evitar la angustia y otras emociones penosas, y en lo último para la autoconservación.

Freud propone 4 destinos (como defensa) a las pulsiones sexuales no descargadas (1915a): 1. la transformación en lo contrario (amor-odio, actividad-pasividad); 2. la orientación hacia la propia persona (sadismo-masoquismo); 3. la represión; y 4. la sublimación.

Para Freud, el odio es más primitivo que el amor, porque el objeto empieza a ser conocido inicialmente por la frustración. Mientras que cuando el objeto demuestra luego ser fuente de placer, es amado. Se-gún Freud, después de la sustitución de la etapa puramente narcisista por la objetal, el placer y el displacer significan relaciones del yo con el objeto. El odio puede intensificarse hasta la tendencia a la agresión contra el objeto y el propósito de destruirlo. En esta teoría Freud consi-dera el odio y la agresión como reacciones ante las frustraciones y como una lucha del yo por su conservación y afirmación (Ibíd. p.2050).

Para Freud, los objetos que sirven a la autoconservación no son amados sino necesitados (que pueden agradar, gustar o interesar). La palabra “amar” se fija a los objetos estrictamente sexuales y a aquellos otros que satisfacen las necesidades de las pulsiones sexuales subli-madas.

Freud considera que los destinos de representaciones y afectos de una pulsión pueden ser diferentes y enumera tres destinos posibles de los afectos (1915b): 1. La pulsión (la idea y el afecto asociado) puede quedar totalmente reprimido (suprimido, sofocado) y no dejar vestigio al-guno observable; 2. La pulsión puede aparecer bajo la forma de un afec-to cualitativamente coloreado de una forma u otra, y 3.El afecto original ligado a la pulsión puede ser transformado en otro montante de afecto, especialmente en angustia. Una represión fracasaría si no consiguiera impedir la producción de sensaciones de displacer o de angustia, aun-que haya alcanzado su meta en la represión de la representación.

Freud es ambiguo y contradictorio sobre la existencia de los afectos inconscientes cuando dice “... todo aquello que corresponde en este sis-tema (Inc.) a afectos inconscientes es un comienzo potencial cuyo desa-rrollo está impedido. Así, pues,... no hay, estrictamente hablando, afec-tos inconscientes, como hay ideas inconscientes.”...”El desarrollo de a-fecto puede emanar directamente del sistema Inc., y en este caso tendrá siempre el carácter de angustia, la cual es la sustitución regular de los a-fectos reprimidos. Pero con frecuencia el impulso instintivo tiene que es-perar a hallar en el sistema Cc. (consciente) una idea sustitutiva, y en-tonces se hace posible el desarrollo de afecto, partiendo de dicha sus-titución consciente, cuya naturaleza marcará al afecto su carácter cuali-tativo” (1915c, p.2068-69).

Freud, en su conferencia sobre la angustia (Lección XXV de 1916-17), ratifica sus conceptos sobre las angustias de las neurosis actuales y además acepta la existencia de una angustia real (miedo) como una reacción a la percepción de un peligro exterior, y la considera una mani-festación del instinto de conservación. Mientras que considera el “sus-to” como el efecto de un peligro al que no nos hallábamos preparados por un previo estado de angustia.

Según Freud, la naturaleza de estados afectivos proviene de suce-sos pretéritos, vividos por la especie (filogénesis) y por el sujeto (ontogé-nesis). Considera que la angustia ontogénica tiene su origen en el trau-ma de nacimiento (Ibíd. p.2369).

En cuanto a la angustia neurótica, Freud la clasifica en tres for-mas. La primera forma sería la angustia flotante; se denomina también angustia de espera o espera ansiosa (se observa en personas pesimis-tas, sin manifestación evidente de neurosis). Cuando se intensifica este estado de angustia, se denomina neurosis de angustia. La segunda for-ma de angustia es la que caracteriza las fobias. En la tercera forma de angustia ya no hay ninguna relación entre la crisis de angustia y el posi-ble peligro que quiere advertir, y puede manifestarse únicamente en for-ma de uno de los equivalentes de la angustia (temblores, vértigos, palpi-taciones, opresión, etc.). En la neurosis obsesiva, la angustia es reem-plazada por los síntomas, no obstante, la angustia aparece siempre que se le impida al sujeto llevar a cabo sus actos obsesivos.

Freud dice claramente en esta conferencia que la represión de cual-quiera de las excitaciones afectivas (libidinosas o sentimientos hostil y agresivo, como furor y cólera) pueden transformarse en angustia (Ibíd. p.2374).

A pesar de su afirmación anterior, para el Freud de esta época, los conflictos, las angustias (fuera de la angustia real) y todas las enferme-dades mentales [las neurosis actuales, las neurosis de transferencia (histeria, fobia y neurosis obsesiva) y las neurosis narcisistas (esquizo-frenia, paranoia, melancolía)] son causadas por la insatisfacción de la libido en el mundo externo y su insuficiente sublimación (Lección XXVI de 1916-17). Esta insatisfacción de la libido se debe a varios factores (serie complementaria) que incluyen la susceptibilidad genética, la inhi-bición de desarrollo, la fijación y/o la regresión, la frustración en la actua-lidad y la incapacidad de la adaptación a las exigencias de la realidad (1912a, Lección XXIII de 1916-17).

 

II.4.2. La segunda teoría pulsional

 

Freud consideró que la libido dirigida originalmente hacia el yo (al sujeto) (narcisismo primario en el bebé) se dirige después parcialmente hacia el objeto externo. La retirada de la libido objetal hacia el yo consti-tuye el narcisismo secundario, se observa especialmente en los delirios de grandeza de estados psicóticos [parafrenia (esquizofrenia y paranoia) e hipocondría] (1914a). Con la introducción del concepto de narcisismo, las pulsiones de autoconservación siguen oponiéndose a las pulsiones sexuales, si bien estas últimas se encuentran ahora subdivididas en libi-do objetal y libido del yo. Freud consideró que el egoísmo es el interés (la energía de las pulsiones de autoconservación) del yo por sí mismo, mientras que el narcisismo es el complemento libidinoso del egoísmo (Lección XXVI de 1916-17).

Según esta teoría, el conflicto (la angustia y el síntoma) se genera entre la libido del yo (amor a sí mismo) y la libido objetal (amor objetal). Además, existe un equilibrio energético entre estos dos modos de cate-xis, disminuyendo la libido objetal cuando aumenta la libido del yo, y vi-ceversa (1914a, Lección XXVI de 1916-17). Freud considera que amar y no ser amado disminuyen la autoestima, pero el ser amado, la incremen-ta. De otra parte, el ser amado constituye el fin y la satisfacción en la elección narcisista de objeto.

En “Duelo y melancolía” (1917b), Freud considera normales los a-fectos de dolor y de sufrimiento en el duelo y patológicos en la melanco-lía. El dolor de duelos normales provendría de la pérdida del objeto que-rido porque la persona querida hacía parte del propio yo (sujeto) (1915d). Freud, en 1926, compara el dolor anímico con el dolor físico. En el dolor físico nace una elevada carga narcisista del lugar doloroso del cuerpo. La intensa carga de anhelo del objeto perdido, imposible de satisfacer, crea las mismas condiciones económicas que la carga de do-lor del lugar del cuerpo herido. La transición desde el dolor físico al dolor psíquico corresponde al paso desde la carga narcisista a la carga de ob-jeto (Ibíd. p.2882).

En la melancolía, se formaría una identificación del yo con el objeto erótico perdido y decepcionante. La sombra del objeto cae sobre el yo. Así, la pérdida del objeto se transforma en una pérdida del yo. Los auto-reproches y la tendencia autoagresiva serían inicialmente dirigidos hacia el objeto decepcionante. En la manía, el sujeto se liberaría totalmente del objeto perdido y triunfaría sobre él.

Freud atribuye la angustia ante un peligro real a la libido del yo en la Lección XXVI de 1916-17 y no a las pulsiones de autoconservación co-mo había afirmado en la Lección XXV, mientras que la acción (la fuga o la lucha) es producida por las pulsiones de autoconservación.

Freud no siguió desarrollando su teoría de narcisismo ni la integró con sus otras teorías. El narcisismo, en alusión al mito de Narciso, signi-fica el amor exagerado a la imagen de sí mismo. El concepto de narci-sismo sigue siendo un tema de controversias. Los psicoanalistas como Lacan, Rosenfeld, Kohut, Green, Kernberg desarrollaron teorías diver-gentes sobre el narcisismo normal y patológico.

 

En “Lo siniestro” (1919), Freud describe los afectos intensos displa-centeros producidos por la amenaza de la organización del yo (sujeto). Lo siniestro se refiere a lo “no familiar”: miedoso, peligroso, angustiante, espeluznante, espantable, lúgubre, trágico, demoníaco, terrorífico, ani-mación de las cosas y cadáveres, ser enterrado vivo, omnipotencia del pensamiento, terror a la castración, despersonalización, locura, psicosis, develación del inconsciente (psicoanálisis). Lo siniestro se daría cuando se desvanecen los límites entre la fantasía y la realidad como durante la primera infancia, cuyas vivencias “familiares” son reanimadas por una impresión exterior, o cuando convicciones primitivas superadas parecen hallar una nueva confirmación, haciendo retornar lo reprimido. Con lo siniestro, Freud describe de cierta manera las angustias primitivas, es decir las angustias psicóticas que se vuelven traumáticas con posibili-dad de desintegración del sujeto y de su narcisismo (imagen de sí mis-mo) (terror a la castración, a la fragmentación o a la desintegración de sí mismo, etc.).

 

II.4.3. La tercera teoría pulsional

 

Freud, como una especulación, postula la existencia de una pulsión de muerte para explicar la muerte de los seres vivientes, la agresividad y la destructividad humana (1920). Mientras que denominó como pulsio-nes de vida (Eros) a la totalidad de otros instintos y pulsiones (la libido objetal, la libido narcisista e instintos de autoconservación). Según esta tercera teoría de pulsiones, el conflicto, la angustia y los síntomas se ge-neran por la lucha entre las pulsiones de vida y de muerte.

Las pulsiones de muerte se dirigirían primero hacía el interior (ma-soquismo primario) (1924b) y tenderían a la autodestrucción (muerte), y luego se dirigirían parcialmente hacia el exterior, manifestándose enton-ces en forma de pulsión agresiva y destructiva, pulsión de apoderamien-to o de dominio y voluntad de poder. Mientras que las pulsiones de vidatenderían a constituir unidades de vida cada vez mayores, a ligarlas y a mantenerlas (1940).

Normalmente las pulsiones de vida y de muerte funcionan fusiona-das en proporciones variables según las circunstancias, como otra serie complementaria (1920, Lección XXXII de 1933). Freud habla de desu-nión (defusión) de esas pulsiones en casos de destructividad o de auto-destructividad cuando la agresividad logra romper todo nexo con la se-xualidad y la autoconservación (1940).

En el caso de la melancolía, se produciría una defusión de las pul-siones, donde el superyó se volvería como “un cultivo de la pulsión de muerte” (1923). Freud explica también la compulsión a la repetición y la reacción terapéutica negativa por la pulsión de muerte (1937a).

La pulsión de muerte, una hipótesis especulativa de Freud, sigue siendo uno de los conceptos más controvertidos de psicoanálisis.

 

II.5. Los afectos y síntomas en las relaciones interpersonales, los grupos sociales y la cultura

 

Freud, en “Psicología de las masas y análisis del yo” (1921), indica que la afectividad predomina en los miembros de un grupo. El individuo puede sentir exaltación emocional cuando se siente unido a un grupo idealizado (ideal del yo) y hasta puede sacrificar sus intereses persona-les (egoísmo) al interés colectivo (altruismo). Freud acuña el término ideal del yo (Ichideal) a partir de 1921 y lo incluye en el superyó a partir de 1923. Define la sensación de triunfo como la coincidencia del yo con el ideal del yo, y el sentimiento de culpabilidad (o de inferioridad) como un estado de tensión entre el yo y el ideal del yo.

Freud acepta la existencia, aparte del amor sexual al objeto y del a-mor a sí mismo (narcisismo), del amor desexualizado y sublimado como el amor paterno y filial, el amor entre los hermanos, entre los amigos, a la Humanidad, el amor a objetos concretos y a ideas abstractas.

Describe el fenómeno del pánico (Ibíd. p.2580) (miedo inmenso) en grupos como una reacción ante un peligro muy grande o como una reacción insensata por la ruptura de lazos libidinosos (afectivos) entre sus miembros. Considera como una angustia neurótica la reacción de pánico producida por la ruptura de los lazos afectivos entre miembros de un grupo. La angustia o el pánico en un individuo, igual que la reacción de pánico en una masa, sería provocada por la descomposición de los vínculos afectivos que lo hacían sentir protegido y seguro.

 

En “Malestar en la cultura” (1930), Freud enfoca el conflicto (y la an-gustia) entre el hombre como ser aislado (egoísta) y el hombre como ser social con un superyó cultural (altruista). Considera que la inhibición de las pulsiones agresivas hacia el exterior las hace dirigir hacia adentro aumentando la culpabilidad, el remordimiento y la necesidad de castigo. El instinto de muerte actuaría en la formación de síntomas por medio de la acción del superyó, incrementando su severidad, exigencia, crueldad y tiranía.

En el mismo escrito considera que la angustia y el sufrimiento nos a-menaza por tres lados: desde el propio cuerpo (temor a perder el control ante las enfermedades orgánicas y las pulsiones), el mundo exterior (la crueldad de la Naturaleza), y las relaciones con otros seres humanos. Considera que las restricciones impuestas por la cultura a nuestras pul-siones sexuales y agresivas suponen una pesada carga psíquica. Pien-sa que las sublimaciones, las religiones, los trastornos del carácter, las adicciones a las drogas, las perversiones, las neurosis y las psicosis son mecanismos de defensa y de adaptación ante las angustias y los sufri-mientos mencionados.

 

II.6. La teoría estructural (segunda tópica)

 

En “El yo y el ello” (1923), Freud vuelve sobre el problema de los a-fectos inconscientes. Ya aceptaba la existencia de los sentimientos in-conscientes de culpa, pero el problema general permanecía no resuelto. Dice: “Lo mismo que las tensiones provocadas por la necesidad, puede también permanecer inconsciente el dolor... Resulta, pues, que también las sensaciones y los sentimientos tienen que llegar al sistema P (per-cepción) para hacerse conscientes... Sintéticamente y en forma no del todo correcta, hablamos entonces de sensaciones inconscientes, equi-parándolas, sin una completa justificación, a las representaciones in-conscientes. Existe, en efecto, la diferencia de que para llevar a la con-ciencia una representación inconsciente es preciso crear miembros de enlace, cosa innecesaria en las sensaciones, las cuales progresan direc-tamente hacia ella...las sensaciones… no pueden ser sino conscientes o inconscientes. Incluso cuando se hallan enlazadas a representaciones verbales no deben a éstas su acceso a la conciencia, sino que llegan a ella directamente“(Ibíd. p.2707). Así, se concede a los afectos un estatu-to inconsciente. La particularidad de los afectos de poder volverse cons-cientes sin unirse a las palabras en lo Prec. explica también la limitación del lenguaje verbal para dar razón de ellos.

El ello, como instancia, se vuelve la fuente de las pulsiones, las pa-siones y del yo-ideal (yo placer-purificado), mientras que el yo, como ins-tancia, se vuelve la representación de la razón, la reflexión y el agente de control de las pulsiones. Hay que anotar que lo inconsciente no inclu-ye solamente el ello sino también las partes inconscientes del yo y del superyó (Lección XXXI de 1933). Pienso que la existencia de los senti-mientos inconscientes de culpa y las actitudes inconscientes de autocas-tigo indican que las partes inconscientes del yo y del superyó funcionan a veces con proceso secundario o mixto, con intensiones teleológicas.

El superyó se formaría como heredero del complejo de Edipo, inclui-ría en su seno el ideal del yo, y sería responsable de la represión ejecu-tada por el yo, la censura onírica, la conciencia moral, los sentimientos conscientes e inconscientes de culpa, la necesidad de castigo, y la reac-ción terapéutica negativa. Tendría como energía las pulsiones de muerte que se expresarían intensamente en la neurosis obsesiva y sobre todo en la melancolía.

El yo tendría tres servidumbres y estaría amenazado por esos tres peligros: la libido del ello, el rigor del superyó, y el mundo exterior. El yo buscaría todo el tiempo con sus mecanismos de defensa y de adapta-ción compromisos entre esas tres exigencias y sería la verdadera resi-dencia de tres clases de angustias correspondientes.

Freud consideró que el temor (y la angustia) del yo ante el superyó es, en última instancia, una elaboración de la angustia de castración. La angustia de muerte se generaría ante un peligro exterior o ante las pulsiones internas. En este último caso sería como una angustia neuró-tica y tendría como origen la angustia de castración. El yo criticado por el superyó se angustiaría ante la posibilidad de perder la función protec-tora y salvadora de los padres interiores (superyó) que son también re-presentados por la Providencia o el Destino. El sujeto se castigaría para que su superyó le perdone, para que siga amándole, o no le castigue más fuerte “matándole”.

Freud (1924a) considera que la neurosis es el resultado de un con-flicto entre el yo y el ello, y, en cambio, la psicosis entre el yo y el mundo exterior. Enfatiza el papel del superyó en la generación de angustias y síntomas cuando dice: “No puede objetarse que al proceder el yo a la re-presión obedece en el fondo a los mandatos del superyó,... Tal es la si-tuación en todas las neurosis de transferencia” (Ibíd. p.2742). Y “En to-das las formas de enfermedad psíquica habría de tenerse en cuenta la conducta del superyó, cosa que no se ha hecho hasta ahora” (Ibíd. p.2743).

 

II.7. Los afectos de angustia señal y de angustia traumática

 

En “Inhibición, síntoma y angustia” (1926), Freud propone una nue-va teoría de angustia discriminando la angustia señal de la angustia traumática. La angustia señal se origina ante un peligro anticipado, y el yo entonces posterga la satisfacción, renuncia conscientemente o repri-me las pulsiones peligrosas, o hace frente a un peligro externo con fuga o luchando. Mientras que la angustia traumática irrumpe a través de barreras antiestímulo y de la represión, y es automática, involuntaria, in-tolerable, indecible e inunda al yo. La angustia señal es producida por el yo para evitar la angustia traumática.

Freud duda en aceptar que el trauma de nacimiento sea el origen y prototipo de todas las otras angustias traumáticas y explique todos los síntomas como acababa de proponer Rank (Rank, 1923). Según Freud, en el acto de nacimiento se produce un peligro objetivo para la conser-vación de la vida, pero debe carecer aún de contenido psíquico en el sentido de anticipación de un peligro. El feto no puede advertir sino una extraordinaria perturbación de la economía de su libido narcisista. Lle-gan a él grandes magnitudes de excitación que deben generar sensacio-nes de displacer no experimentadas aún. Luego se producirían vivencias similares en el niño de pecho por fracaso de cuidados maternales. Su estado de desamparo psíquico deja al bebé impotente frente a las de-mandas de sus pulsiones primitivas, lo que genera una perturbación se-ria y una desorganización del yo, que es todavía incapaz de poner en operación defensas capaces de alejar esa angustia intolerable e indeci-ble. Entonces, la angustia traumática es consecuencia del desamparo psíquico del niño de pecho. Y este desamparo psíquico es análogo al biológico en el trauma de nacimiento, que obra como una situación trau-mática. Freud acepta así la existencia de angustias anteriores a la an-gustia de castración de la etapa fálica que se explican por el trauma del nacimiento y por el desamparo psíquico del infante. Así, Freud desplazó también el acento del complejo de Edipo -y su corolario, la angustia de castración- a la angustia de desamparo psíquico y a la angustia de se-paración. Un movimiento paralelo nos traslada del papel del padre al de la madre: ella ocupa el centro de las angustias del hijo consiguientes a la catástrofe de su pérdida o a la aflicción por su ausencia prolongada, que se manifiestan en una angustia traumática.

Freud considera que durante el desarrollo psicosexual “...cada una de las edades del desarrollo tiene adscrita cierta condición de angustia adecuada a ella. El peligro del desamparo psíquico corresponde a la época de la carencia de madurez del yo; el peligro de la pérdida del objeto, a la dependencia de otros en los primeros años infantiles; el pe-ligro de la castración, a la fase fálica; y el miedo al superyó, al perío-do de latencia. Pero todas estas situaciones peligrosas y condiciones de la angustia pueden subsistir conjuntamente y provocar la reacción an-gustiosa del yo en épocas posteriores a las correspondientes o actuar varias de un modo simultáneo” (1926, p.2865).

Freud considera el factor biológico como uno de los factores univer-sales que participan en la causación de la angustia y el desarrollo de las neurosis, que obliga a la criatura humana a una larga invalidez y a una dependencia que aumenta la importancia de la madre para sobrevivir, y crea la necesidad de ser amado, que ya no lo abandonará jamás.

Se puede concluir que, la angustia señal se produce en situaciones juzgadas peligrosas (externa o interna) por el yo (expectación de trau-ma), mientras que cuando el yo se siente desamparado e impotente an-te un peligro real o pulsional se produce automáticamente e involuntaria-mente la angustia traumática. El yo vive pasivamente esta angustia por-que pierde el control, se desorganiza, siente un peligro inminente de muerte fisiológica y/o psicológica similar a las vivencias del trauma de nacimiento y de estados posteriores de desamparo psicológico. En la angustia traumática toda la reacción se agota en el desarrollo de angus-tia, el estado afectivo se hace entonces paralizante e inadecuado al pre-sente (Lección XXXII de 1933; 1940).

 

II.8. Los afectos en la transferencia y la contratransferencia

 

En su escrito “Psicoterapia. Tratamiento por el espíritu” (1905d), Freud explica el poder curativo de la palabra a través de la relación emo-cional del paciente (docilidad, entrega, confianza, etc.) con su terapeuta (hipnotizador, médico, sacerdote u otro curandero). Conceptualiza por primera vez la transferencia en “Caso Dora” (1905c). Considera inicial-mente los afectos intensos en la transferencia (transferencias negativas que incluyen transferencia hostil y el amor de transferencia) como obstá-culos (resistencias) al tratamiento psicoanalítico (1912b, 1913, 1914b, 1914c). Consideró más tarde todas las transferencias, sin dejar de ser obstáculos a veces, como instrumentos, de cuya comprensión y elabora-ción surge el proceso curativo. Freud consideró también las emociones en transferencia como “...repeticiones de los afectos que pertenecen al material reprimido.... la relación de transferencia que se establece hacia el analista se halla particularmente calculada para favorecer el regreso de esas conexiones afectivas” (1937b, p.3365).

En cuanto a la contratransferencia, Freud la consideró siempre co-mo un obstáculo, un punto ciego del analista, y aconsejó evitar las ten-dencias afectivas y tener cierta frialdad de sentimientos con los pacien-tes, dando como ejemplo las metáforas del cirujano y del espejo (1912c, 1914b).

 

II.9. Las últimas elaboraciones teóricas sobre los afectos y sínto-mas

 

En sus últimos escritos (Lección XXXII de 1933; 1940), Freud ratifi-ca sus conceptos sobre la angustia real, la angustia de conciencia moral ante el peligro de superyó (culpa anticipada), y las tres clases de angus-tias neuróticas. Sostiene la etiología de excitación sexual frustrada en la actualidad en la neurosis de angustia, mientras que en otras formas de neurosis es el resultado de la represión de las pulsiones, sean libidino-sas o agresivas (Lección XXXII, p.3147). Pero más tarde, en el mismo texto, vuelve a afirmar que es la libido no utilizada que genera todas las angustias neuróticas, mientras que la agresión reprimida se transforma en sentimiento de culpa.

Como un nuevo destino posible de la pulsión instintiva, idea asocia-da a su afecto, propone una completa destrucción o aniquilamiento en el ello (y no simplemente una represión) cuando dice: “...parece suceder que experimenta un completo aniquilamiento, en el cual su libido queda definitivamente encaminada por otras vías. Así sucedía, a mi juicio, en la solución normal del complejo de Edipo...” (Ibíd. p.3152).

De otra parte, considera que en las mujeres predomina el miedo a la pérdida del amor, en lugar de la angustia de castración (Lección XXXII de 1933, 1940).

Freud ratifica también sus tres teorías de pulsiones, pero las relativi-za diciendo: “La teoría de pulsiones es, por así decirlo, nuestra mitolo-gía. Las pulsiones son seres míticos, grandiosos en su indeterminación” (Ibíd. p.3154). Concluye que el ello persigue exclusivamente el beneficio placentero y el yo tiene por función la autoconservación y está dominado por la consideración de la seguridad. Utiliza las sensaciones de angus-tia como señales que indican amenazas para su integridad (1940, p.3413).

 

En resumen, según las teorías freudianas, los conflictos, los afectos desagradables y dolorosos, y los síntomas se generan, de una parte, por la contradicción o dualismo de las pulsiones (tres teorías dualistas de pulsiones), y de otra parte, por la contradicción entre la instancia “pul-sante” (el ello) y la instancia defensiva (la censura en la teoría tópica y el yo y superyó en la teoría estructural) (conflictos intersistémicos). Ade-más de conflictos anteriores pueden existir también conflictos dentro de una misma pulsión principal (por ejemplo, entre las tendencias homo y heterosexuales dentro de pulsiones sexuales, o entre las pulsiones de autoconservación y sexuales o entre la libido narcisista y la libido objetal dentro de Eros) y dentro del mismo sistema (conflictos llamados intrasis-témicos, dentro del ello, yo y superyó). Además de todo lo anterior, exis-ten también las angustias reales ante las enfermedades orgánicas, los peligros de la Naturaleza y los peligros de no ser amado en las relacio-nes interpersonales o en un grupo.

 

II.10. Algunas consideraciones personales

 

Señalaré aquí mis dos desacuerdos principales con las teorías de S. Freud sobre afectos y síntomas. Primero, considero que su teoría de a-fectos como cuantum de energía es insatisfactoria. Las nuevas teorías consideran los afectos como combinaciones de pautas etológicas y rela-ciones de objetos internalizados y vigentes en la actualidad. Además, pienso en una capacidad afectiva del devenir humano que trasciende el marco de la determinación biológica. El ser humano en su devenir crea continuamente nuevos sentidos que se combinan con afectos diferentes y singulares casi infinito en sus posibilidades.

Mi segundo desacuerdo es con la utilización del concepto especula-tivo de pulsiones de muerte descrito por Freud para explicar el desarrollo biopsicosocial, los afectos, los síntomas, la agresividad y la destructivi-dad humana.

No me parece que existan dudas acerca de que la criatura humana ya viene preprogramada o “precableada” con pautas de comportamiento innatas que facilitan su supervivencia individual y de su especie, que se adquirieron por evolución biológica y se conservan gracias a la selección natural. Aunque no comprendamos totalmente la biología de la ejecución del código genético y epigenético (embriogénesis), la existencia de pau-tas del comportamiento innatas no debe obligarnos a aceptar los dos ti-pos de energías específicas (Eros y Tánatos) con intensiones teleológi-cas de formar compuestos orgánicos cada vez más complejos (instinto de vida), o de transformar los seres vivos (moléculas orgánicas) en mo-léculas inorgánicas (instinto de muerte). La aceptación de estas inten-siones teleológicas, metabiológicas y metafísicas nos obligaría a creer, de nuevo, en el animismo en la Naturaleza en contra de todas las evi-dencias científicas sobre el origen de la vida en nuestro planeta y sobre la teoría de la evolución biológica (De Rosnay, 1966; Monod, 1970; Leakey, 1981; Spinel, 2002).

 

Lo anterior no es una negación de la destructividad humana sino u-na preferencia para buscar otras explicaciones y comprenderla mejor biológicamente, psicológicamente y socialmente, en el contexto histórico y en la actualidad, y sobre todo en la transferencia y contratransferencia en cada sesión. Considero que la tendencia a la agresividad en el ser humano fue necesaria para su supervivencia como individuo, familia, tribu, raza, cultura y especie; es decir, como una defensa legitima de su self y sus valores (Storr, 1968; Rochlin, 1973; Eibl-Eibesfeldt, 1976; Li-kierman, 1987). Pero también sabemos que el ser humano ha tenido y tiene agresividad y destructividad ya no para defenderse sino para ofen-der y destruir a los otros. Estas últimas formas de agresividad y destruc-tividad son consideradas ilegitimas y hay indicios que muestran que se generan por los trastornos psicológicos como, por ejemplo, para com-pensar las heridas narcisistas (venganza, identificación con el agresor), para enaltecer un narcisismo precario (megalomanía como un narcisis-mo patológico) (Kohut, 1977), para defender una construcción psicótica (Likierman, 1987) o por la idealización individual, grupal o cultural de la agresividad y del dominio sobre los otros. Si alcanzamos a explicar la destructividad humana con mecanismos psicológicos, podemos eliminar el instinto de muerte (no la muerte) como una fatalidad biológica y tener más esperanza sobre el futuro de la humanidad (ver también la sección XVI.3.8 sobre la ira, el odio y la agresión).

Pienso que no existen dos tipos diferentes de energía en el ser hu-mano sino un solo tipo que puede ser utilizado para construir o para des-truir, o para ambos al mismo tiempo, según la historia singular y las cir-cunstancias de cada individuo, cada grupo y también de cada cultura. Espero argumentar esta afirmación en un trabajo posterior.

 

Nota: Parte de este capítulo se publicó en: Yildiz I. (2006c). Teorías de S. Freud sobre afectos y síntomas. Psicoanálisis (APC), XVIII, (2), 128-150.



III. AFECTOS Y SÍNTOMAS SEGÚN LA PSICOLIGÍA DEL YO

 

Desde el punto de vista teórico los fundadores de esta corriente se basaron en los últimos trabajos de Freud, en particular los referidos a la formulación de la segunda tópica (estructura tripartita de la mente: ello-yo-superyó) (Freud, 1923, Conferencia XXXI de 1933), y en la obra de Anna Freud “El yo y los mecanismos de defensa” (1936).

Los síntomas son interpretados en términos de conflictos entre el yo y el superyó, entre el ello y el yo, y entre la realidad y alguna de las ins-tancias psíquicas.

Dentro de este enfoque psicoanalítico se pueden incluir Hartmann, Kris, Loewenstein (principales fundadores), Fenichel, Rapaport, Wael-der, Reich, Federn, Spitz, Nunberg, Erikson, Jacobson, Mahler, Brenner, etc. (Bleichmar y col., 1989). No tengo pretensión de considerar los a-portes de todos los autores ni todos los aportes de cada autor considera-do, sino sus conceptos más pertinentes para mi objetivo.

 

III.1. H. Hartmann

 

Hartmann (1939, 1964), Kris y Lowenstein trataron de construir una teoría psicoanalítica coherente, redefiniendo el self como la persona to-tal, diferenciado del mundo externo, el yo como una instancia dentro de la teoría estructural, y el objeto como objeto externo. Añadieron los pun-tos de vista genético (desarrollo biopsicosocial), estructural (segundo tó-pico) y adaptativo a los tres puntos de vista de la metapsicología freu-diana (tópico, económico y dinámico).

Los mecanismos de defensa se elaboran por el yo para luchar con-tra la angustia y para la adaptación al medio externo. El yo se convierte cada vez más en un agente central de control, modulación y regulación afectiva al servicio de la adaptación a la realidad. Sus partes autónomas (primarias y secundarias) tienen un papel de neutralización de las pulsio-nes libidinales (desexualización) y agresivas (desagresivización). La neutralización de las pulsiones refuerza al yo y al superyó. La fuerza, la cohesión y la capacidad adaptativa del yo dependen de su capacidad de enfrentar la ansiedad sin escindirse o fragmentarse, de resolver mejor sus distintas tareas. Se acepta la existencia de los conflictos intrasisté-micos al lado de los intersistémicos.

Consideran importantes los estados emocionales de seguridad que son diferentes de gratificaciones de necesidades pulsionales. El influjo desorganizador de la angustia disminuye el sentimiento de seguridad y favorece el retorno de reacciones desadaptadas. Considera sobre todo las raíces narcisistas del afecto. La función afectiva se encuentra en un estado de alerta para evaluar permanentemente las respectivas imáge-nes del self y del objeto, y se esfuerza por alcanzar los estados ideales del yo. Los afectos tienen una función comunicativa no sólo en relación con los demás sino también con uno mismo. Los afectos relacionados con la herida narcisista (vergüenza y humillación) atestiguan el fra-caso en el dominio del self.

Hartmann considera que los actos son ejecutados por el yo, pero las acciones pueden tener motivaciones del ello, del superyó o bien del yo. Existen acciones racionales e irracionales que intervienen en la adapta-ción. Hartmann destaca el papel de la parte irracional del ser humano en su adaptación (costumbres irracionales) abogando contra la definición del ser humano como un ser racional. Sin embargo se adjudica cierto grado de libertad de elección, creatividad y responsabilidad al yo al lado del determinismo psíquico (Rangell, 1989).

Una actividad que demanda mucho esfuerzo (hasta dolor y sufri-miento) puede ser placentera si cumple con las expectativas del superyó o de ciertas identificaciones (placer funcional). En esos casos no fun-ciona el principio de placer sino de realidad.

 

III.2. O. Fenichel

 

En su obra monumental “Teoría psicoanalítica de las neurosis” (1945), Otto Fenichel considera que los afectos bloqueados o incons-cientes también crean derivados, y se delatan en los sueños, síntomas y otras formaciones sustitutivas, o bien a través de una rígida conducta contraria a la disposición afectiva, o por una simple lasitud general. Pue-den también descargarse de vez en cuando en forma de explosiones re-pentinas de afectos (crisis emocionales), aun ante los estímulos ordi-narios, contra la voluntad del sujeto.

Fenichel califica de “angustia primaria” las sensaciones de descar-gas vegetativas involuntarias de emergencia (vivencias traumáticas o estados de pánico) que serían similares al trauma de nacimiento. La an-gustia señal aparece con el desarrollo de la imaginación anticipatoria pa-ra hacer frente a un peligro, para evitar la angustia traumática. Además, todos los afectos pueden ser utilizados como señal anticipatoria.

 

El dolor de los sentimientos de culpa es una angustia del yo frente al superyó. La regulación de la autoestima depende más de la sensación de haber procedido, o no, como corresponde. El hecho de complacer al superyó en sus exigencias no sólo procura un alivio sino también sensa-ciones definidas de placer y de seguridad. La pérdida de la protección del superyó o el castigo interno llevado a cabo por el superyó son expe-rimentados en forma de una disminución sumamente dolorosa de la au-toestima (depresión y melancolía), y en ciertos casos extremos, como una sensación de aniquilamiento (que puede llevar eventualmente al suicidio). El temor de ser castigado o abandonado por el superyó es el temor al aniquilamiento por falta de suministros narcisistas. El miedo a la pérdida de amor o a ser abandonado es también una angustia a perder la autoestima, regulada primitivamente por suministros externos.

La sensación melancólica de aniquilamiento es comparable al páni-co abrumador paralizante, mientras que la admonición por una culpa an-ticipatoria eventual es análoga a la angustia señal ante un peligro. El re-mordimiento y la mala conciencia pueden también producir las mismas sensaciones circulatorias y respiratorias que la angustia. El perdón del otro facilita la recuperación de la autoestima perdida y reasegura contra posibles sentimientos de aniquilamiento.

Según Fenichel, la timidez y la vergüenza están principalmente di-rigidas contra las pulsiones de exhibicionismo y escoptofilia. La vergüen-za se genera por la equiparación de ser visto con ser despreciado. La señal de vergüenza no actuaría en las personas bloqueadas, de manera que éstas se sienten a veces sobrecogidas por una vergüenza abruma-dora, como ruborizarse, semejante a una angustia traumática.

La angustia social exagerada es un constante temor a ser criticado, excluido, castigado, muy afín al fenómeno de la vergüenza. El que necesita demasiado la aprobación de otros se angustia con la pos-iblidad de no aprobación o rechazo. Todos los casos graves de angustia social presentan algunas tendencias paranoides. En casos de imposibili-dad del control de relaciones interpersonales y del mundo externo las funciones del superyó pueden ser fácilmente reproyectadas a figuras re-vestidas de autoridad induciendo temor social y aun de ideas persecuto-rias.

El asco y la repugnancia son otros afectos displacenteros que son dirigidos contra exigencias pulsionales, hecho que los vincularía con sentimientos de culpa. Los “ataques neuróticos de asco” corresponden al “pánico” de la angustia.

 

Toda defensa contra las pulsiones es una defensa contra los afectos dolorosos o desagradables, y sobre todo para evitar que se vuelvan vi-vencias traumáticas. Pero existen también defensas que tienden, ya no a evitar los actos instintivos o situaciones que implican tentación o casti-go, sino a evitar directamente esos sentimientos después de realizar los actos instintivos. Esos mecanismos de defensa contra los afectos se-rían: 1. Bloqueo (represión); 2. Postergación; 3. Desplazamiento; 4. Equivalentes de afectos (todos los afectos pueden ser reemplazados por equivalentes de sensaciones somáticas; por ejemplo, un dolor mental puede expresarse por un dolor corporal); 5. Formaciones reactivas (el descaro puede llegar a convertirse en una defensa contra los sentimien-tos de culpa; la actitud temeraria, en defensa contra el miedo y la angus-tia; la timidez, la vergüenza y el asco pueden ser defensas contra la ex-citación sexual); 6. Cambio de cualidad de los afectos; 7. Aislamiento de los afectos de sus conexiones psíquicas (disociación ideoafectiva); 8. Proyección; 9. El sentimiento de culpa tendría además otros mecanis-mos de defensa como compartirlo, buscar la aprobación de los demás, la proyección del superyó al exterior creando objetos persecutorios. Las defensas contra los afectos pueden fracasar, y la persona puede ser arrollada por el retorno de sus afectos, y eventualmente crear síntomas.

 

El temor de “volverse loco” es una simultaneidad de tentación y castigo. El temor de enloquecer es un caso de temor a la propia excita-ción. En el fondo lo que se teme no es la expresión instintiva sino sus consecuencias externas (castración, pérdida de amor).

En muchas fobias el estado físico de excitación sexual o agresiva temida es proyectado y representado por una situación externa. La claustrofobia y el temor a ser enterrado vivo representan temores al vientre materno.

 

En forma leve, la tristeza y la depresión se presentan en casi to-das las neurosis, al menos bajo la forma de sentimientos neuróticos de inferioridad. En las personas deprimidas la hostilidad dirigida hacia los objetos externos puede dirigirse más hacia adentro induciendo hipocon-dría y conversiones pregenitales. La depresión es un intento deses-perado de obligar a un objeto incorporado a conceder perdón, protec-ción, amor y seguridad. En el suicidio del depresivo, el perdón que se ha buscado no puede ser logrado. El suicidio es una expresión del he-cho que la terrible tensión producida por el superyó sobre el yo se ha he-cho insoportable. A menudo se expresa en renunciar a toda lucha activa. La pérdida de autoestima es tan completa que se abandona toda espe-ranza de recuperarla, se deja morir. Tener el deseo de vivir significa po-seer cierta dosis de autoestima, sentirse apoyado por fuerzas protecto-ras del superyó. Cuando esta sensación se desvanece, reaparece la primitiva sensación de “aniquilamiento”, es decir, el desvalimiento psi-cológico (que puede expresarse también con despersonalización y/o crisis de pánico con sensación de muerte inminente).

 

III.3. D. Rapaport

 

Según David Rapaport (1953), los afectos tienen constituyentes in-natos que consisten en canales y umbrales de descarga, y existen pre-viamente a la diferenciación del yo y del ello. En ese momento, los afec-tos están al servicio del principio del placer y se descargan sin dilación (conducta primaria). En el curso del desarrollo se adquiere una capaci-dad para postergar las descargas. Ese modelo secundario se adquiere al conformarse el aparato psíquico que controla la tensión y la descarga. A esta nueva capacidad Rapaport la llama domesticación de los im-pulsos. En este modelo, las pulsiones pueden tener tres destinos: la descarga inmediata, la dilación para una descarga posterior y la repre-sión. El destino que siga una moción pulsional depende de su intensi-dad, las condiciones de la realidad y la estructura de la personalidad. Los afectos domesticados, su cualidad anticipatoria como afectos seña-les, juegan un rol adaptativo al medio ambiente. Una vez organizada la estructura del ello-yo-superyó, los afectos pueden expresarse no sólo como tensiones con la realidad sino también como tensiones entre las distintas subestructuras (conflictos intersistémicos).

 

III.4. H. Nunberg

 

Según Herman Nunberg (1955), el sentimiento de culpa se ma-nifiesta en formas variadas: el sentimiento de malestar, la tensión interna sorda, el esfuerzo de hacer obsequios o de gastar dinero, la búsqueda de favores de otras personas o la exagerada servicialidad para recon-ciliarse con el mundo externo. Puede manifestarse también como un intento de autocastigo en forma de anticipación constante de un de-sastre inminente, sentimiento de inferioridad, humillación, deseo de ser castigado, predisposición al sacrificio, compulsión a purificarse. El sen-timiento de culpa se expresa también en fracaso perpetuo como lo había descrito Freud (1916) en el masoquismo moral, en actos de expiación y de renuncia, ideas suicidas, conversiones histéricas, ascetismo, auto-martirio de neurosis obsesiva y persecuciones de paranoicos y esqui-zofrénicos.

El remordimiento es un arrepentimiento martirizador por un “cri-men” cometido y exige deshacer lo que ha ocurrido (reparación) para recuperar el objeto perdido y añorado.

Las angustias se producirían en la histeria por la amenaza de pérdi-da de amor del objeto, en la fobia por temor a la castración, y en la neu-rosis obsesiva por el superyó.

Considera que el dolor físico y la angustia somática son prime-ramente una misma reacción a un trauma que ha perforado la protección antiestímulo. La angustia psicológica se desarrolla ontológicamente a partir de la angustia somática, y el dolor psicológico (tristeza, aflicción) a partir del dolor físico. Cuando la añoranza es insaciable genera dolor psíquico y puede inducir una situación traumática de desvalimiento.

 

III.5. B. D. Lewin

 

Bertram D. Lewin (1953) considera que en la elación y la exalta-ción desaparece el superyó reuniéndose con el yo. La elación expresa-ría directamente la regresión a la situación de lactancia, en donde no existe el tiempo ni la mortalidad. En el éxtasis (pagano o místico), el yo se identificaría con un superyó inmortal (el pecho), para hacerse así par-tícipe de su inmortalidad; junto con las fantasías activas de devorar (co-munión) se manifiesta la sensación de abandono a la figura inmortal, relajándose en ella. Los estados de transporte religioso son ejemplos de la fusión del yo y del superyó en un gozo inefable e inexpresable verbal-mente que repite la situación de la lactancia. En el orgasmo la identidad también se diluye, hay una fusión transitoria.

 

III.6. E. Bibring, M. Katan y P. Greenacre

 

Edward Bibring (1959) considera que la depresión no es solamente la expresión emocional de un estado de desamparo e impotencia del yo (un golpe a la autoestima) sino es el mantenimiento fuerte de ciertas me-tas y objetos narcisistícamente significantes. Se pueden distinguir tres grupos de aspiraciones persistentes: 1. el deseo de ser digno de valor, de ser amado, de ser apreciado, de no ser inferior o indigno; 2. el deseo de ser fuerte, superior, grande y seguro; y 3. el deseo de ser bueno, ca-riñoso, de no ser agresivo, malévolo y destructivo. La depresión resulta de la tensión entre estas aspiraciones altamente cargadas narcisística-mente y la conciencia plena de desamparo (real e/o imaginaria) e inca-pacidad (impotencia subjetiva) del yo de alcanzar esos estándares.

En contraste a la depresión, la elación (el estado de autoestima ex-citado o regocijado, el yo triunfante o exaltado) es la expresión de una realización real o imaginaria de las aspiraciones narcisísticas de la per-sona.

Cuando las defensas se dirigen contra los afectos de la depresión se produce la apatía o la hipomanía. Mientras que el bloqueo de la per-cepción emocional de las pulsiones agresivas puede producir una des-personalización.

Mauritis Katan (1959) considera que, en la depresión, el yo intenta recobrar fuerzas para curarse, con una tendencia a alejarse de la reali-dad que es muy dolorosa. Así, la herida narcisista producida por el obje-to es expuesta en menor grado a los estímulos externos que pueden traumatizar de nuevo, y puede recobrarse y curarse hasta cierto grado.

 

Phyllis Greenacre (1959) considera que, en la depresión, en antici-pación a nuevos eventos traumáticos, surge en el yo una agresión en contra del objeto externo, la cual se torna inmediatamente en forma se-cundaria contra sí mismo y representa así una amenaza de suicidio.

 

III.7. R. A. Spitz

 

René A. Spitz (1958) considera que, durante los dos primeros me-ses de la vida del infante (fase de no-diferenciación) los afectos son in-diferenciados y caóticos, como el llanto de perturbación o quietud y pla-cidez de la saciedad. Considera la sonrisa, que aparece ante el rostro humano entre 2 y 6 meses, como el primer afecto discriminado. Hacia el sexto mes el bebé empieza reconocer a su madre como imagen única que iniciaría las verdaderas relaciones objetales. Hacia el octavo mes, el infante se angustia más o menos ante un rostro no reconocido y lo re-chaza. Según Spitz, ésta sería la primera manifestación de angustia propiamente dicha, y la denomina la angustia del octavo mes, que es una angustia de pérdida del objeto. La madre se ha convertido en un objeto privilegiado en el ámbito afectivo. Al mismo tiempo empiezan a aparecer más actitudes emocionales diferenciadas como la cólera, la alegría, la posesión, los celos, etc. Spitz describió una depresión ana-clítica en los niños separados de sus madres o carenciados, sobre todo alrededor del octavo mes.

 

III.8. M. S. Mahler

 

Margaret S. Mahler (1979a, 1979b; Mahler y col. 1975, 1983) propu-so una nueva teoría psicogenética, discriminando tres grandes etapas en el desarrollo hasta los 3 años:

1. Fase autista normal. 4 primeras semanas. El lactante engrama-ría en forma de trazas mnemónicas las sensaciones agradables y dolo-rosas.

2. Fase simbiótica normal (fase de indiferenciación entre el yo y el no-yo). Del segundo mes a 9-12 meses. Las engramas se registrarían por representaciones fusionadas del self y del objeto parcial simbiótico. En esta fase se realiza la transición de una organización puramente biológica a una organización psicobiológica.

3. Fase del proceso de separación-individuación. Se produce una evolución hacia la diferenciación, la formación de límites y de iden-tidad.

La separación física que el niño lleva a cabo es generadora de an-gustia. Al aumento de la angustia de separación se añade la angustia de perder el objeto de amor y el amor de objeto. Surgiría una nueva an-gustia cuando el niño se acerca de nuevo a la madre: la del engulli-miento en la fusión simbiótica que significaría el fin del placer de la independencia.

El logro de la constancia objetal emocional y la consolidación de la individualidad comenzarían al cumplir los dos años, aproximadamente, pero que no tienen fin. La constancia objetal implica que el niño ha podi-do realizar la unificación del objeto bueno y del objeto malo en una sola representación psíquica global.

Puede existir madre engolfante que no tolera el proceso de separa-ción-individuación del niño, induciendo una simbiosis patológica. En la psicosis simbiótica irrumpe bruscamente una intensa angustia (seve-ras reacciones de pánico) cuando el niño debe separarse de su madre. Ese pánico sería una respuesta del niño ante el peligro de fragmenta-ción del yo, que estaría mantenido gracias a la relación simbiótica con el yo auxiliar que le proporciona la madre. Las sensaciones patológicas de soledad y aislamiento serían síntomas de la ansiedad de separación-in-dividuación. Los adultos con síntomas de pánico extremos, con senti-mientos de despersonalización y desrealización, sufrirían también de no separación-individuación suficientes, con folie à deux.

 

III.9. C. Brenner

 

Charles Brenner (1974) propuso una teoría unificada de los afectos. Según su teoría, los afectos son fenómenos mentales que incluyen: a- sensaciones de placer, displacer o ambas; y b- pensamientos, recuer-dos, deseos, temores, en síntesis, ideas. Las ideas (conscientes o in-conscientes) y las sensaciones de placer o displacer (conscientes o in-conscientes) constituyen en su conjunto un afecto como un fenómeno mental o psicológico. El autor reserva el término ansiedad para un afecto que la expectativa del peligro despierta en el yo, que no estaría presente como tal desde el nacimiento. Prefiere denominar simplemente “displa-cer”, o congoja (distress) (o afectos primarios) a la respuesta innata in-tensa a las situaciones traumáticas de la muy temprana infancia.

El desarrollo de los afectos y su diferenciación dependen del desa-rrollo del yo y, más tarde, del superyó. Los afectos surgen muy temprano en la vida cuando las ideas quedan asociadas por primera vez a sensa-ciones de placer y displacer. Tales sensaciones están asociadas a la tensión pulsional (falta de gratificación) y a la descarga pulsional (gratifi-cación), y constituyen la matriz indiferenciada a partir de la cual se desa-rrolla toda la gama de los afectos en los años posteriores de la vida.

El autor considera que no es posible diferenciar un afecto de otro de manera nítida y clara por su superposición entre sí, y además, los afec-tos no son uniformes en todas las personas sino tienen una naturaleza individual según la historia evolutiva individual, familiar y cultural. Cada afecto sería único para cada individuo.

Considera que el dolor físico resultante de enfermedades o heridas es también un afecto. Además, la intensidad del dolor físico o su expec-tación ansiosa aumenta o disminuye según los significados y afectos inconscientes que los acompañan.

 

III.10. E. Erikson

 

Según Erik Erikson (1959, 1975, 1982; Smelser y col., 1980), el transcurrir del ser humano, desde el nacimiento hasta la muerte, tiene momentos críticos (ocho edades) en los cuales se plasman las metas, las dificultades, los logros y las frustraciones con sus afectos, y even-tualmente sus síntomas correspondientes.

En la primera edad (confianza básica versus desconfianza bási-ca), el infante adquiere, o no, una confianza básica en función de sus relaciones mutuas con su madre durante el primer año de vida. La con-fianza básica sería la base de los sentimientos de seguridad, esperanza, bondad y amor. En caso contrario predominaría desconfianza, ansiedad, pesimismo, maldad, depresión, aislamiento o esquizofrenia.

En la segunda edad (autonomía versus vergüenza y duda), de 2 a 3 años, el niño aprende los controles de esfínteres y de otros músculos con cierto grado de autonomía, orgullo, autoestima, dignidad y libertad. En caso contrario, predominaría la vergüenza del fracaso y dudas sobre sus producciones y sus capacidades de autocontrol.

En la tercera edad (iniciativa frente a culpa), de 4 a 6-8 años, se agrega a la autonomía la capacidad de iniciativa, de construcción, de participación en la estructuración de las cosas y actividades. En vista de que los deseos incestuosos y rivalidades suelen ser por lo menos par-cialmente fallidos, sobrevienen en el niño sentimientos de resignación, culpa y ansiedad (de castración). El complejo de Edipo se cristaliza en una crisis difícil para el ser humano que se transforma gradualmente en otra persona portador de tradiciones.

En la cuarta edad (laboriosidad versus inferioridad), período de latencia, el niño sublima en buena parte sus pulsiones y busca el reco-nocimiento a través de hacer cosas con metodología y producción, más allá del juego puro. Los sentimientos de inferioridad y de minusvalía pue-den surgir de una imposibilidad de identificarse con sus compañeros de juego y labores, lo que le puede llevar a retraerse nuevamente en el núcleo familiar.

En la quinta edad (identidad versus confusión de roles), la puber-tad y la adolescencia, el joven debe reelaborar de nuevo muchas ba-tallas de etapas anteriores, las angustias del complejo de Edipo y de autoridad, de identidad personal y sexual. En casos de dificultad de identidad personal y sexual se producen las angustias y la confusión de roles que pueden precipitar en una descompensación psicótica.

En la sexta edad (intimidad versus aislamiento), el adulto joven, vivencia el deseo y la angustia de fusionar su identidad (intimidad) re-cién adquirida con la de otros. Desea comprometerse y afiliarse estre-chamente con algunos de sus semejantes. La elección de pareja, que lleva a un compromiso ético y nuevas responsabilidades, ayuda al desa-rrollo de una genitalidad verdadera. El evitar la intimidad por miedo a perder la identidad puede causar un profundo sentimiento de aislamiento y absorción en sí mismo. Pienso que devenir eventualmente padre o madre incluye también las nuevas emociones de esta etapa.

En la séptima edad (generatividad versus estancamiento), la a-dultez, la persona necesita que otros lo necesiten, para guiar, cuidar y estimular aquello que se ha generado. Cuando no se produce o falla la inversión de la libido en los hijos y en una expansión gradual de los intereses del yo, se da una regresión a etapas anteriores, a una nece-sidad obsesiva de pseudointimidad y al sentimiento de estancamiento y empobrecimiento. Es cuando puede producirse también una crisis, de-nominada la crisis de la mitad de la vida (Brainsky, 1986).

En esta época algunas personas cuestionan sus elecciones de pro-fesión, de pareja, de convicciones. Las reacciones varían desde crisis graves y dramáticas hasta una transición menos perturbada y modifica-da. La elaboración de la crisis de la mitad de la vida exige un “insight” maduro de la muerte que se acerca. Como consecuencia de la elabo-ración depresiva de esta crisis se produce un refuerzo de la capacidad de aceptar y tolerar el conflicto, la ambivalencia y la imperfección. El resultado negativo de la crisis está constituido por la depresión o por los resultados de las defensas contra ansiedades depresivas, que se refle-jan en los mecanismos maníacos, la hipocondría o el deterioro de ca-rácter con una sensación de futilidad.

La octava edad (integridad del yo versus desesperación) es la madurez y la vejez. Las cualidades de un ego integral se caracterizan por la seguridad de la propia dirección hacia lo significativo y lo ordena-do, por la aceptación del ciclo único de la vida, por la confianza en la integridad del estilo de vida que se ha llevado, por la relativización de momentos históricos y de ideologías. Como virtud de esta etapa se ad-quiere la renuncia y la sabiduría. Las deficiencias en esta integración se reflejan en la actitud que se tiene ante la muerte y el miedo que ella pro-duce. La desesperanza en esta etapa es un sentimiento de que se ha malgastado el tiempo asociado a amargura y resentimiento consigo mismo y con los demás.

Erikson considera que los logros citados de cada edad no se ad-quieren de una vez ni se conservan sin dificultades. Ante nuevos conflic-tos o traumas pueden ocurrir regresiones en “edades” anteriores.

 

Nota: Parte de este capítulo se publicó en: Yildiz I. (2007). Teorías sobre afectos y síntomas II. Psicología del yo, Klein y postkleinianos y el grupo “inde-pendiente”. Psicoanálisis (APC), XIX, (1), 56-88.

 

IV. AFECTOS Y SÍNTOMAS SEGÚN M. KLEIN Y POSTKLEINIANOS

 

IV.1. M. Klein

 

Melanie Klein, basándose en sus investigaciones con los niños, pro-puso una nueva teoría del desarrollo psicológico y de psicopatología (Klein, 1975). Considera que desde el nacimiento existe un yo primitivo, que se relaciona con objetos parciales (pecho materno), y está expuesto a la angustia suscitada por el conflicto entre la pulsión de vida y la pul-sión de muerte.

Según Klein, durante los primeros meses de vida se manifiesta la angustia persecutoria y los meses siguientes predomina la angustia depresiva. Esos dos tipos de angustia corresponden a dos posiciones propuestas también por la autora: la posición esquizoparanoide y la po-sición depresiva.

1. La posición esquizoparanoide. El recién nacido proyectaría ha-cia el exterior la pulsión de muerte creando el objeto parcial malo (frus-trador, odiado, “pecho malo”). Al mismo tiempo proyectaría una parte de la pulsión de vida para crear un objeto parcial bueno (gratificador, ama-do, “pecho bueno”). Esta escisión del objeto es uno de los primeros me-canismos de defensa utilizado por el yo contra la angustia persecutoria. Durante todo este período, con la ayuda de las buenas experiencias vividas, el yo puede integrarse y adquirir confianza en el buen objeto parcial. Si por razones internas y/o externas las fuerzas destructivas ganan la mano al buen objeto, los mecanismos de defensa pueden no ser suficientes para dominar la angustia persecutoria y el bebé puede llegar a sentirse fragmentado, desintegrado o aniquilado (Klein, 1946, 1952, 1955).

2. La posición depresiva. La integración del yo hacia la finalización de la posición anterior permite reconocer la madre como un objeto total. Las fantasías destructivas del infante contra la parte mala del objeto total alimenta la angustia de pérdida del objeto y de pérdida de amor del obje-to, ya que creería haber dañado y destruido el objeto total. Las ausen-cias de la madre son vividas como su desaparición total y las frustracio-nes como una represalia de ella. Entonces aparece un intenso senti-miento de culpabilidad y preocupación por el objeto. Como un mecanis-mo de defensa principal ante esas angustias depresivas (mezcla de an-gustia de pérdida y sentimiento de culpa) surgen la preocupación por el objeto y los intentos de repararlo: atender, cuidar, preservar, recrear, reparar y preocuparse por el estado del objeto (interno y externo). Se tolera también el dolor psíquico y la culpa por las fantasías agresivas hacia los objetos amados (Klein, 1935, 1936, 1937, 1940, 1946, 1952, 1955).

La repetición de las experiencias positivas ayuda al infante a supe-rar su sentimiento de pérdida. Todo aquello que simbolice la ausencia y la reaparición permite que el niño integre un sentimiento de seguridad. La disminución de la agresividad y las actitudes reparatorias (en la fanta-sía y en la realidad) ayudan a disminuir la angustia depresiva. Cuando la reparación fracasa (por factores internos y/o externos) se puede producir una regresión en la posición esquizoparanoide o en la situación de pér-dida de objeto (depresión).

 

Ante angustias insoportables persecutorias y/o depresivas pueden también instalarse defensas con organizaciones patológicas narcisistas, obsesivas, histéricas, maníacas, perversas, psicosomáticas y psicóticas. Por ejemplo, en casos de defensas maníacas se producen la negación de la pérdida, la idealización (del pecho bueno en un pecho ideal, omni-presente e inagotable), el control omnipotente sobre el objeto (que daría ilusión de seguridad) y como consecuencia el sentimiento de triunfo so-bre el objeto y su desprecio (Steiner, 1987).

 

Para Klein, la envidia primaria, como la agresión, serían constitu-cionales (y no resultado de la frustración) y resultarían de las pulsiones de muerte (Klein, 1957). La envidia se generaría por la voracidad ante un pecho imaginado inagotable, y se transformaría en odio y en pulsio-nes destructivas contra la fuente de la bondad. Otra fuente de la envidia es la rivalidad que aumenta las ambiciones. Las pulsiones hostiles del analizando por envidia y rivalidad pueden inducir una intolerancia a reci-bir algo bueno que el analista tiene y da, y pueden provocar las reaccio-nes terapéuticas negativas para atacar al proceso y al vínculo (ya no son defensas sino ofensas). Algunas defensas contra la envidia serían: 1. la desvalorización del objeto para disminuir el ataque envidioso; 2. la des-valorización de la propia persona como forma de negar la envidia; 3. despertar envidia en otras personas para no sentir la propia, lo que lleva a una incapacidad de gozar con los propios logros por la culpa generada y por temor a dañar a los objetos amados, que también puede explicar el temor al éxito; 4. sofocar tanto los sentimientos envidiosos como los de amor, lo que se expresa en indiferencia y aislamiento emocional.

El sentimiento de gratitud y el amor hacia el objeto total se ad-quiere por el reconocimiento de ser amado, ser comprendido emocional-mente, ser “creado” y criado por la bondad de los padres, incluyendo su sexualidad. Los sentimientos de gratitud se acompañan de preocupación por el objeto, de culpa y reparación, y de responsabilidad. Son también fuentes de la generosidad, de capacidad de amar y crear que permiten el reconocimiento de la propia bondad.

 

Klein describe el sentimiento de soledad (1963) como una sensa-ción intensa de soledad interna incluso estando rodeado de amigos o recibiendo afectos. Este sentimiento resultaría del anhelo omnipresente de un inalcanzable estado interno perfecto, que derivaría de angustias paranoides y depresivas.

 

Klein considera la angustia de muerte como producto de angustias psicóticas de desintegración, y no como Freud la conceptualizaba: resul-tante de la transformación de angustia de castración edípica o castra-ción social. La despersonalización sería otra manifestación de la angus-tia de desintegración.

Para Klein existe una psicosis (posición esquizoparanoide) y una neurosis infantil en el desarrollo de todos los niños que se expresan en grados diferentes. La psicosis y la neurosis infantil y la posición depresi-va se superarían normalmente cuando comienza el período de latencia, cuando se han obtenido las modificaciones cuantitativas y cualitativas de las angustias arcaicas (angustias persecutorias y depresivas) y edípicas.

De otra parte, la posición depresiva nunca acabaría de elaborarse totalmente durante la vida y un sujeto puede tener una regresión en la posición esquizoparanoide y/o crear defensas con formaciones patológi-cas ante situaciones adversas. Porque, para Klein, persisten las angus-tias psicóticas en alguna capa profunda de todo ser humano como res-tos de angustias psicóticas de la primera infancia. Reaparecen en las pesadillas, en los procesos regresivos psicóticos y ansiedades extremas que experimentan los pacientes durante el tratamiento, aunque se trate de estructuras neuróticas. Bion les denominará más tarde como la “parte psicótica de la personalidad” a esos restos en cada individuo.

 

En Klein, la idea del conflicto mental cambia, no es una lucha entre las pulsiones y las defensas sino entre sentimientos de amor y odio que se enfrentan en el vínculo emocional con los objetos (internos y exter-nos). La emocionalidad es la base del funcionamiento psíquico y las fantasías inconscientes dan significación permanente al acontecer men-tal. Las pulsiones tienen sentido en la medida en que están dirigidas a los objetos (Stein, 1990). Klein no acepta el narcisismo primario ni la existencia de procesos anobjetales. Considera que existen “estados narcisistas” cuando la libido retorna a los objetos internos idealizados. De otra parte, las identificaciones omnipotentes introyectivas y proyec-tivas se volvieron, en el pensamiento postkleiniano, sinónimos de rela-ciones objetales narcisistas (Hinshelwood, 1989).

La casi totalidad del pensamiento psicoanalítico postfreudiano, ini-ciado principalmente por Klein, reconoce la importancia crucial que tiene la relación emocional con la madre en las etapas tempranas de la vida.

De otra parte, Klein remplazó la oposición freudiana clásica de re-presentación y afecto por la unidad elemental de afecto fantaseado (relaciones objetales entre el yo y los objetos internalizados y entre los objetos internalizados) subyacente en todo lo que dice un paciente. Klein centró siempre su atención en las angustias del paciente, y no única-mente las manifiestas sino también las latentes. Según ella, la interpre-tación debe dirigirse en cada sesión, desde el inicio del tratamiento, hacia esas angustias prevalentes y mecanismos de defensa caracte-rísticos de la relación de objeto fantaseada (punto de urgencia). El insight consiste en juntar emociones cariñosas y hostiles hacia un mismo objeto, con los consiguientes sentimientos de culpa y respon-sabilidad. La terapia psicoanalítica tiene metas de elaborar o reelaborar las posiciones esquizoparanoide y depresiva, tolerando la angustia y el dolor mental que producen, y “penando” por los objetos perdidos para siempre (elaborando el duelo de la separación de la madre, el destete y otras pérdidas reales o fantaseadas) (Coderch, 1995).

 

IV.2. W. R. Bion

 

Wilfred R. Bion (1961, 1962, 1963, 1967, 1974, 1977, 1981), uno de los psicoanalistas postfreudianos más creativos, sitúa los afectos en un estado de conexión con el pensamiento. La función alfa transformaría los datos sensoriales y emocionales en elementos alfa que pueden ser utilizados en el pensamiento inconsciente, los sueños, los recuerdos, y en la represión (Grinberg y col., 1972). La función alfa (función psicoa-nalítica de la personalidad) se desarrollaría en el infante con la ayuda de la función de reverie de la madre, en una relación de contenido y conti-nente que implica principalmente una comunicación emocional. Bion describe el “terror sin nombre” como el tipo de angustia que puede tener un bebé que ha proyectado su miedo a morir en su madre y ésta, en lugar de metabolizar este temor con su función de reverie devolvién-doselo mitigado, despoja al sentimiento del niño de su significado espe-cífico y le devuelve un “terror sin nombre”, que es mucho más grave que el miedo a morir que antes sentía el bebé.

Los fenómenos sensoriales y emocionales que no se transforman en elementos alfa se sienten como “cosa en sí”(elementos beta) y no pueden reprimirse ni utilizarse al servicio del pensamiento, sino son evacuados por identificación proyectiva patológica, acting outs indivi-duales o actitudes grupales de supuestos básicos, alucinosis, objetos “bizarros”, y por trastornos psicosomáticos (De Bianchedi, 1998).

Según Bion, la parte psicótica de la personalidad se refiere más a un estado mental que a un diagnóstico psiquiátrico, ya que para él (co-mo M. Klein) cualquier individuo posee en potencia aptitudes mentales y reacciones derivadas de la parte psicótica de su personalidad. Las par-tes psicóticas de la personalidad se deben, de un lado, al predominio de la pulsión de muerte, y del otro, a la incapacidad de la madre de cumplir con su función de reverie, o sea recibir, contener y modificar las emocio-nes violentas proyectadas por el lactante. La personalidad psicótica implica un recurso masivo del mecanismo de identificación proyectiva que se convierte en patológica, con el cual se expulsa todo lo que se refiere a la frustración y al dolor. La parte psicótica de la personalidad proyecta montos masivos de afecto y sus objetos “bizarros” y los reintro-yecta utilizando identificación proyectiva inversa, que inunda y altera el desarrollo del pensamiento, porque este giro se vive como una pene-tración agresiva y dolorosa del objeto en represalia al ataque inicial.

La parte psicótica también se manifiesta con actitudes de ataques al vínculo, crueldad, perversión, esterilidad, curiosidad obstinada, estupi-dez y orgullo transformado en arrogancia, en lugar de autorespeto y au-tovaloración.

La experiencia emocional llamada “pánico psicótico” (Bion, 1967) puede ser concebida como el fracaso de una parte de la mente para ac-tuar como continente de emociones muy violentas (terroríficas) que no pueden ser toleradas. Otro concepto de Bion sobre los afectos es la “turbulencia psicológica” que corresponde al sufrimiento doloroso que puede experimentarse al pasar de la “transformación en K”, que otorga un conocimiento intelectual de una situación dada, a las “transformacio-nes en cero (O)”, que llevan a un insight o experiencia vivencial (emocio-nal) mucho más profunda y abrumadora.

 

Cambio catastrófico es un término elegido por Bion para describir los eventos que desequilibran demasiado (con violencia) a un sistema (continente) en equilibrio relativo por la introducción de nuevas fuerzas (nuevos contenidos, nuevas ideas, nuevas creencias, nuevas interpreta-ciones…). El sistema puede ser la mente de una persona, un grupo o una sociedad. El cambio catastrófico puede dejar el sistema en desor-den total o en caos, o puede también favorecer el crecimiento posterior cuando el sistema se reorganiza incluyendo las nuevas fuerzas.

La pasión, para Bion, al contrario de muchos otros que la conside-ran como una emoción primitiva y violenta, es una emoción expresada con intensidad y calidez pero sin violencia, entre dos mentes vinculadas, que derivan de los vínculos L (amor), H (odio) y K (conocimiento). La contraparte de la pasión es la falta de emocionalidad. El odio a las emo-ciones genera vínculos lógicos y desapasionados, pero sin vida, perver-sos, crueles y estériles (De Bianchedi, 1998).

 

Para Bion, el terapeuta debe tener una función de reverie y de conti-nente para recibir, contener las emociones violentas proyectadas de su paciente y devolverlas desintoxicando, mitigando y dando sentidos. Su consejo en la sesión de “no memoria no deseo” se refiere, en mi opi-nión, a tener nuestra mente abierta en cada sesión para poder recibir, contener y dar sentidos a las nuevas emociones del paciente, y no con-dicionarnos con nuestras representaciones anteriores y nuestros deseos personales. De otra parte, Bion considera que las angustias y las actua-ciones de los pacientes durante las separaciones de su analista se ex-plican por la pérdida de la función continente auxiliar del analista.

 

IV.3. D. Meltzer

 

Donald Meltzer (1967) considera que todo el proceso psicoanalítico es el análisis (modulación y modificación) de los conflictos, las angustias y las otras emociones intolerables conscientes e inconscientes. Durante el desarrollo del proceso psicoanalítico, el analista es utilizado como un “pecho-inodoro” por el paciente para depositar en él las ansiedades y emociones intolerables. Mientras que en su última fase se elaboran las ansiedades depresivas de separación final (destete), el dolor de pérdida del objeto nutricio (analista) y el paso del tiempo.

Meltzer (1973) describe distintos padecimientos psíquicos incluidos en la denominación amplia de ansiedades paranoides de la posición es-quizoparanoide como la confusión, ansiedad catastrófica, desesperanza, desvalimiento, persecución, terror, etc. La angustia persecutoria no deri-varía solamente de las relaciones con objetos malos y dañinos sino tam-bién de áreas narcisistícamente dominadas por partes malas del self. Esas partes malas del self estarían bajo el dominio de los impulsos del instinto de muerte, idealizarían la violencia y dominarían a las partes buenas de la personalidad por intimidación o seducción. Esta organi-zación sería típica de individuos fronterizos y francamente psicóticos.

Meltzer (1984) considera que las emociones y motivaciones hacia los objetos (el amor y el odio, los celos, la envidia y la reparación) son el centro de los problemas de la vida mental. Piensa que la transferencia (y los sueños) no es tanto revivir el pasado (como proponía Freud) sino desplegar el mundo interno (realidad psicológica) en que cada persona vive su actualidad.

 

IV.4. H. Rosenfeld

 

Herbert Rosenfeld (1965, 1987) intentó elaborar una teoría sobre el narcisismo dentro del enfoque kleiniano. Opina que el rasgo distintivo de los estados narcisistas es una identificación omnipotente por proyec-ción o introyección, consumada con violencia que borra el límite entre el yo y el objeto, provocando así una pérdida de percatación de la realidad interna y externa, como ocurre en la posición esquizoparanoide. Piensa que en las relaciones narcisistas de objeto se erigen defensas contra toda noción que implique una separación que conduce a tener senti-mientos de necesitar del otro, de dependencia, de reconocimiento de la independencia y de la bondad del otro. Todo lo anterior se produce para evitar la ansiedad, la agresión y el dolor producidos por las frustraciones inevitables de la separación y para evitar los sentimientos de envidia o de celos que se pueden despertar. Las relaciones narcisistas de objeto rechazan la envidia y los celos que son difíciles de tolerar.

Rosenfeld, al lado de reconocer la reversión de la libido sobre el yo en el narcisismo que lleva a una autoidealización por identificaciones omnipotentes introyectivas y proyectivas con objetos buenos y sus cuali-dades, elaboró la idea del aspecto agresivo del narcisismo debido a la envidia y a la reversión del instinto de muerte sobre el yo. Denominó a esto último narcisismo negativo o destructivo y lo relacionó además con la reacción terapéutica negativa. En este caso se formaría una idea-lización de las partes destructivas omnipotentes del self (como una “ma-fia”). Esas partes se opondrían contra toda relación objetal libidinal y toda parte libidinal del self que experimente la necesidad de un objeto y el deseo de dependencia de éste (Hinshelwood, 1989).

Rosenfeld, en su última obra “Impasse e interpretación” (1987) cam-bió bastante su posición sobre los fracasos en los tratamientos psicoa-nalíticos introduciendo los errores y aún de efectos iatrogénicos de los psicoanalistas.

 

De otra parte, Rosenfeld describió dos tipos de confusión y sus angustias correspondientes: la confusión primaria sería la no discrimina-ción entre el objeto bueno y malo; y la secundaria sería la no discrimina-ción entre el self y el objeto, debida a la identificación masiva proyectiva o introyectiva (Steiner, 1989; Tuckett, 1989).

 

IV.5. H. Racker

 

Heinrich Racker (1960) es uno de los primeros psicoanalistas, sino el primero, que amplió la conceptualización de la contratransferencia y su uso como instrumento terapéutico. Demostró la importancia de la transferencia y sobre todo de la contratransferencia como instrumento afectivo. Consideró el concepto de contratransferencia en su sentido amplio que incluye el conjunto de los estados emocionales que tiene el analista dentro de la situación psicoanalítica. Esto incluye la contratrans-ferencia restringida donde los conflictos inconscientes del analista entor-pecen el proceso analítico, la contratransferencia como reacción a la transferencia del paciente y la contratransferencia como resultado de la interacción entre ambos. Consideró la contratransferencia como instru-mento de observación y fuente para la construcción de las interpretacio-nes. Lo anterior implica que el analista procura investigar sus propios afectos como ecos empáticos del analizando, viviéndolos en una suerte de identificación con el self del analizando, o identificación con el efecto que ese self desea tener sobre el analista.

Racker diferenció la contratransferencia concordante y la com-plementaria según que el analista se identifique con las partes del pa-ciente (ello, yo, superyó) o con sus objetos internos, respectivamente.

Describió también la neurosis de contratransferencia y la contra-rresistencia que se producen en el analista. Racker propuso que el analista inspeccione y discrimine todos esos aspectos de su contra-transferencia antes de formular sus interpretaciones sobre el material que trae el paciente.

 

IV.6. L. Grinberg

 

Uno de los aportes de León Grinberg fue el concepto de la contrai-dentificación proyectiva como reacción emocional y su actuación por el analista ante la identificación proyectiva masiva de un paciente. Aña-dió posteriormente el concepto de un umbral crítico, variable según el psicoanalista, a partir del cual se produciría la contraidentificación pro-yectiva y su actuación (Grinberg, 1976). Este umbral dependería, en cada caso, de la personalidad del analista, de su análisis previo y del grado de conocimiento o conciencia que tenga de este fenómeno.

 

Otro de los aportes de Grinberg (1983) es su discriminación entre la culpa persecutoria y la culpa depresiva. La culpa depresiva requiere un yo integrado para ser vivenciado plenamente y utilizada con sus efec-tos reparadores, mientras que la culpa persecutoria se evidencia en for-ma precoz, aun con un yo débil e inmaduro, y se incrementa en forma automática junto con las angustias de la posición esquizoparanoide o ante cualquier frustración o fracaso en la evolución hacia la posición de-presiva. Es el tipo de culpa que colorea el cuadro de toda neurosis o psi-cosis determinando inhibiciones de toda índole, o actitudes masoquistas extremas. En la culpa persecutoria el sujeto puede apaciguar (y no repa-rar) un objeto temido y perseguidor; mientras que en la culpa depresiva domina la preocupación por el objeto y por el yo, la pena, la nostalgia, la responsabilidad y la reparación.

 

IV.7. J. Bleger

 

José Bleger, en su obra audaz “Simbiosis y ambigüedad. Estudio psicoanalítico” (1967), para explicar principalmente las angustias de estados confusionales, propuso una posición que existiría antes de la posición esquizoparanoide kleiniana (antes de la discriminación del ob-jeto bueno y malo, yo y no-yo): la posición glischrocárica (glischros = viscos; karion = núcleo) que se caracteriza por el objeto ambiguo o aglu-tinado (núcleo aglutinado o parte psicótica de la personalidad), la ansie-dad confusional catastrófica, las defensas de clivaje (splitting), inmovi-lización y fragmentación, y por estados confusionales en casos de fija-ción o regresión a esta posición.

El núcleo aglutinado o ambiguo se formaría durante los primeros estadios de la vida donde existe una indiferenciación primitiva por una estructura que incluye siempre al sujeto y su medio. El remanente de núcleos de esta indiferenciación primitiva en una personalidad “madura” es responsable de la persistencia de la simbiosis. La invasión masiva del yo más integrado por este núcleo aglutinado desorganiza el yo con sensaciones de confusión, obnubilación, estado crepuscular, desperso-nalización, aniquilamiento y desintegración (crisis de pánico). Una invasión de menor grado se manifiesta por intensificación de la obser-vación y control, insomnio, y perplejidad, o refuerzo de la disociación entre el yo más integrado y el núcleo aglutinado que se manifiesta por desconcierto, escalofrío, lipotimias y ausencias. El sujeto utilizaría la proyección de este núcleo como defensa principal y el control se lograría evitando la reintroyección por: a. simbiosis y control del depositario; b. bloqueo afectivo por el autismo y la disociación cuerpo-mente; c. defen-sas frente a la ruptura de simbiosis por mecanismos de enamoramiento, fobias, hipocondría, enfermedades psicosomáticas y actuación psico-pática.

La personalidad con núcleo ambiguo tendría un déficit en la utiliza-ción de la represión y de la ansiedad como señal de alarma. En lugar de angustia señal se reaccionaría directamente con pánico.

El temor a la soledad y a la claustrofobia resultarían por el temor a reintroyectar todo lo proyectado previamente. El miedo a dormir se ex-plicaría como miedo al descontrol de la disociación (equivalente a un retorno de lo reprimido).

El objeto aglutinado no es confuso sino indiscriminado, pero cuando deja de estar inmovilizado o controlado es un objeto que confunde, pro-duciendo también una vivencia de lo siniestro (espeluznante, retorno de lo reprimido, borramiento de límites entre lo externo e interno, confusión, amenaza de locura). La necesidad del depositario se impone como una relación simbiótica u objeto acompañante en la agorafobia. En la simbio-sis se produce una fusión entre lo proyectado y el depositario con una identificación proyectiva masiva y mutua. Cuando se pierde el objeto protector simbiótico aparece la catástrofe, el pánico de quedar a la mer-ced de la muerte y la aniquilación. No hay posibilidad de deprimirse ni de activar defensas graduadas. La simbiosis, que es, en la última instancia, la inmovilización y el control del objeto aglutinado, preserva de una frag-mentación psicótica destructiva, aniquilante. El autismo es una nega-ción omnipotente de la dependencia simbiótica. La simbiosis y el autis-mo siempre coexisten.

En las personalidades ambiguas faltarían, en la más temprana in-fancia, depositarios “confiables”, que tendrían que haber cumplido dos roles fundamentales: uno, el de servir de depositario a la parte psicótica (ambigua) de la personalidad; y, segundo, y en función de lo anterior, permitir la interiorización por una discriminación de la experiencia de objetos y de núcleos del yo, que devuelve “sentidos” o “significados”, y que al mantener “fijada” la ambigüedad pueda permitir identificaciones estables. Cuando la relación simbiótica ha sido deficitaria, distorsionada o excesiva, hay un escape prematuro de esta simbiosis muy agobiadora y asfixiante con el resultado de que la simbiosis no queda resuelta o satisfecha.

La función del tratamiento psicoanalítico es proveer una simbiosis segura que faltó o fue distorsionada, y resolverla gradualmente. Es el encuadre (que incluye la persona del analista) que cumple fundamental-mente esta función donde se deposita inicialmente la parte psicótica de la personalidad. La desimbiotización progresiva de la relación analis-ta-paciente sólo se alcanza con el análisis sistemático del encuadre. En este caso no se interpreta lo reprimido ni lagunas mnésicas sino lo que nunca formó parte de la memoria.

 

IV.8. H. Garbarino

 

Hector Garbarino (1968) propuso una fase umbilical, similar a la fa-se de indiscriminación descrita por Bleger, para explicar las angustias confusionales, la simbiosis y las fobias. Garbarino designa el período entre el tercer mes de la vida intrauterina y el momento en que se corta el cordón umbilical como período “umbilical”, y considera que los fóbicos y los “simbióticos” regresan a este período con fantasías de necesitar un”‘cordón umbilical” (ayuda y suministro de otra persona) para sobre-vivir. Denomina núcleo confusional o núcleo muerto-vivo a las partes indiscriminadas y persistentes que estarían formadas por partes vivas y muertas del yo y de los objetos, mezcladas en forma indiscriminada. Esas partes predominarían en los fenómenos confusionales, fóbicos y simbióticos.

 

IV.9. T. Ogden

 

Más recientemente, Thomas Ogden (1989, 1991) amplió también la teoría kleiniana de dos posiciones proponiendo una posición autista-contigua más primitiva que tendría tipos específicos de defensa, formas de relaciones de objetos y angustias características. Considera que la posición autista-contigua tiene un período de primacía anterior a los de las dos organizaciones psicológicas descritas por Klein, sin embargo coexiste dialécticamente con éstas en la vida psicológica. En esta posi-ción la madre y el infante no estarían separados totalmente, y corres-pondería a la fase de autismo normal o autosensual descrita por Tustin (1987, 1991). El infante se relacionaría con “formas y objetos autistas” antes de la construcción de su mundo interno con objetos para crear una sensación de delimitación de la experiencia sensorial de su sí-mismo rudimentario. La angustia autista-contigua involucra la experiencia de la desintegración inminente de la cohesión y de la superficie sensorial, sensación de tener fugas, de estarse disolviendo, desapareciendo o cayendo en un espacio sin límites ni forma, y temor constante de enlo-quecerse. Son también sentimientos aterradores de estar pudriéndose, que los esfínteres y otros mecanismos que uno tiene para retener el contenido corporal (la saliva, la orina, las heces, la sangre, etc.) están fallando, y la angustia asociada a caerse mientras uno duerme. La “se-gunda piel”, propuesta por Bick (Bick, 1968; Kogan, 1988), se formaría para intentar crear un sustituto para un self en desintegración y la dete-riorada sensación de la superficie de la piel. De la misma manera, la identificación adhesiva y los procesos de imitación serían las relaciones objetales predominantes en un modo autista-contiguo, y se utilizarían para aliviarse de la angustia de desintegración. Las sensaciones, las emociones y los síntomas de esta posición se observan con frecuencia en pacientes graves.

Esta posición autista-contigua es bastante similar (existen muchas manifestaciones convergentes), en mi entender, a la posición autista y simbiótica de Mahler y a la posición de simbiosis de Bleger o a la fase umbilical de Garbarino.

 

Nota: Parte de este capítulo se publicó en: Yildiz I. (2007). Teorías sobre afectos y síntomas II. Psicología del yo, Klein y postkleinianos y el grupo “inde-pendiente”. Psicoanálisis (APC), XIX, (1), 56-88.

 

V. AFECTOS Y SÍNTOMAS SEGÚN EL GRUPO “INDEPENDIENTE” O “INTERMEDIO”

 

En los años cuarenta, con la subdivisión de la Sociedad Británica de Psicoanálisis en escuela kleiniana (escuela inglesa) y freudiana (escuela de Viena), algunos psicoanalistas como Fairbairn, Guntrip, Balint y Win-nicott se distanciaron progresivamente de esos dos grupos, dándose más autonomía en sus teorizaciones. A ese pequeño grupo de psicoa-nalistas lo llamaron el grupo intermedio, independiente o británico (Villar C., 1993).

 

V.1. W. R. D. Fairbairn

 

Ronald Fairbairn (1952) fue el primer psicoanalista que rechazó ra-dicalmente la idea de Freud sobre la meta de la libido como buscador de descarga y placer, y propuso que la libido es, principalmente, buscador de objeto. Además no aceptó la existencia de pulsiones de muerte y consideró que la agresividad es una reacción a las frustraciones.

Fairbairn destacó los factores esquizoides (división de los objetos y del yo) en todas las personas. La libido está siempre ligada a relaciones objetales que implican emociones. Además consideró que el origen de todas las condiciones psicopatológicas debe buscarse en las perturba-ciones de las relaciones de objeto en desarrollo. Según Fairbairn, las neurosis son intentos de establecer relaciones adecuadas con otras per-sonas y con el mundo.

El fóbico externalizaría los objetos malo y bueno e intentaría huir del objeto malo y refugiarse en el objeto bueno. El histérico externalizaría el objeto bueno y se aferraría a él en su mundo externo, al mismo tiempo internalizaría y rechazaría su objeto malo en su mundo interno. La con-versión histérica se caracteriza por la sustitución de un problema perso-nal con objetos internos significativos en un estado corporal, es una reacción a situaciones específicas externas actuales traumáticas que favorecen una reactivación de una situación reprimida. Además, con-sidera que la histeria es próxima a la fase oral. Los síntomas psicosomá-ticos y la anorexia nerviosa pueden también ser equivalentes a las con-versiones histéricas (Fairbairn, 1953).

 

V.2. M. Balint

 

Michael Balint (1967, Stewart, 1989) destacó la importancia de la re-lación emocional sintónica y no verbal entre la madre y el hijo en el pe-ríodo preedípico. Denominó amor primario la necesidad y el sentimien-to del infante de ser comprendido y amado sin exigencias y sin explica-ciones verbales, lo que sería también el anhelo último de todos los adul-tos. Consideró que se produce una falla básica como consecuencia de falta de armonía entre la madre y el infante en este período preverbal, donde no se formarían conflictos sino un hueco o una falla (déficit). La falla básica se reactivaría en la situación psicoanalítica por regresión con sentimiento de un vacío interior, de haber perdido algo irrecuperable, con gran susceptibilidad ante imperfecciones del analista y también con exigencias inhabituales al analista. Balint aconseja en esas situaciones acompañar al paciente, en abstinencia, pero con comprensión y sin in-terpretaciones perturbadoras. Piensa que la revivencia de la falla básica en la situación psicoanalítica no colma el hueco o el déficit pero ayuda a cicatrizar y a restañar para que duela menos que antes. Opina que cuando se elabora la falla básica en la situación psicoanalítica el pacien-te progresa con un sentimiento de renacimiento (nuevo comienzo).

 

V.3. D. W. Winnicott

 

Donald W. Winnicott no elaboró expresamente una concepción del afecto, pero no hace otra cosa al referirse al desarrollo emocional pri-mitivo (1945, 1958b, 1965, 1984, Davis, 1987, Golse, 1987). Destacó las comunicaciones afectivas entre la madre y el hijo. La importancia que dio a los afectos de los dos participantes de la situación analítica lo llevó a escribir su artículo “El odio en la contratransferencia” (1947).

Según Winnicott, el proceso de maduración emocional se realiza se-gún tres esquemas principales (1945, 1949b, 1952, 1965):

1. El proceso de integración que conduce al infante a un estado de unidad, constituyendo el yo y el self. Cuando el ambiente falla en el pro-ceso de integración el yo permanece inmaduro y las experiencias instin-tivas favorecen el desmembramiento del yo. Entonces el niño siente una angustia extrema, de la que se defiende recurriendo a la desintegración, es decir, la producción activa de un estado de caos para luchar contra la no-integración, como ocurre en el caso de ciertos niños psicóticos.

2. La personalización o interrelación psicosomática, es la instalación de psique en el soma y el desarrollo del funcionamiento mental.

3. La edificación de las primeras relaciones objetales que desembo-ca en la capacidad de utilizar el objeto.

Estos tres procesos son intrincados, y todos participan en la consti-tución del yo. También permiten al niño llegar a lo que Winnicott designa como “la capacidad de estar solo”.

 

Winnicott diferencia tres fases en la evolución de la relación madre-hijo (1952): 1. La fase de dependencia absoluta, corresponde a los cinco primeros meses. El niño está fusionado con su madre. 2. La fase de de-pendencia relativa, se extiende entre el sexto mes y el fin del primer año (fase de desilusión óptima). 3. Hacia la independencia, que comienza al inicio del segundo año.

Al inicio, el bebé es cruel, sin inquietud, sin compasión o preocupa-ción por el objeto, tiene satisfacción de autoexpresión (período de amor instintivo o de preinquietud). Mientras que en la fase depresiva (klei-niana) empieza la inquietud y compasión por la madre. La madre de la relación dependiente (anaclítica) es, asimismo, el objeto del amor instin-tivo (biológicamente impulsado).

 

Winnicott considera que la agresividad está presente antes de la integración de la personalidad y que en su origen es casi sinónimo de actividad y un cierto potencial innato de motricidad primitiva. La frustra-ción (desilusión óptima) tiene como consecuencia que el lactante odie el objeto y este odio (agresividad) es lo que conduce al niño a la manifesta-ción del deseo y a la diferenciación de su self respecto del mundo exte-rior. Así, para Winnicott, la agresividad tiene un valor totalmente positivo en la creación del objeto y en la individuación de sí mismo. Winnicott descarta la pulsión de muerte y considera que la agresión humana es producto de fallas ambientales.

 

Winnicott (1965) describe su concepto de holding (sostenimiento fí-sico y emocional) del bebé por la madre como una conducta emocional que facilita el desarrollo emocional primitivo. La madre funciona como un yo auxiliar hasta tanto el bebé logre desarrollar sus capacidades innatas de integración y síntesis. Después de dejar vivir al bebé el período de ilusión (omnipotencia) la “madre suficientemente buena” desilusiona progresivamente.

Según Winnicott (1949a, 1952) existen tres tipos de angustia que resultan del fracaso de holding: 1. La no integración, que se trasforma en un sentimiento de desintegración; 2. La falta de relación entre la psi-que y el soma, que se transforma en un sentimiento de despersonaliza-ción; y finalmente, 3. El sentimiento de que el centro de gravedad de lo consciente se desplaza desde el núcleo a la cáscara que lo envuelve, desde el individuo a la técnica de cuidado, generando un falso self (Winnicott, 1960a).

 

Cuando ha fallado la ilusión durante la fase de dependencia absolu-ta puede ocurrir el replegamiento (personalidad esquizoide). La ausencia materna (física o emocional) da origen a una fantasía en que tanto el reencuentro como el reemplazo son impensables. Toda la vida quedará marcada por una vivencia de pérdida irreparable y sin esperanza. La otra posibilidad es el aferramiento patológico a un único objeto que sus-tituye a la madre, como cronificación patológica del objeto transicional (fetichización) (Winnicott, 1951). En esta alternativa no hay proceso simbólico y se produce la concretización del vínculo con la realidad y con los otros (extrovertidos con falso self). La vida se condena al hacer y al tener como únicas formas de relación sin contacto emocional con el mundo interno (Winnicott, 1971).

 

Cuando el holding (estable, seguro y confiable) fracasa, la continui-dad existencial se interrumpe y el infante vive amenazado por las an-gustias primitivas. Esta experiencia con las angustias primitivas deja una marca traumática en el psiquismo. La organización de defensas tempranas de emergencia genera una escisión del self con el fin de mantener sitiado el trauma, que queda así inscrito en el inconsciente, sin acceso al recuerdo ni a la palabra, pero con la potencialidad de reac-tualizarse posteriormente.

Winnicott llamó “angustia inconcebible” (o agonías primitivas) a aquellas ansiedades muy primitivas a las que se halla expuesto el bebé en la etapa de dependencia absoluta, en ausencia del holding. Éstas forman la matriz de las angustias psicóticas. Las clasificó según varias modalidades de vivencia subjetiva: fragmentarse, desintegrarse, caer interminablemente, no tener relación con el cuerpo, confusión, no tener orientación en el espacio. El temor al derrumbe es un fenómeno uni-versal y es el temor a la falla en la organización de las defensas que mantiene unida la integración yoica. El paciente en regresión pasaría por un período de desintegración reviviendo las angustias primitivas (Win-nicott, 1954, 1955).

 

Las patologías de la capacidad para estar a solas en presencia del otro son, en un extremo, el aislamiento esquizoide o narcisista, y en el otro, la dependencia patológica, las adicciones a sustancias, objetos o personas.

Winnicott pone en evidencia las similitudes entre la madre suficien-temente buena y el terapeuta en su función de espejo y de holding en la consecución del paso de la dependencia a la autonomía, del acceso a la capacidad de jugar conjuntamente, del descubrimiento de sí (verdadero self) a través de la creatividad. Winnicott afirma que jugar es un trata-miento en sí. Considera la situación psicoanalítica como un juego parti-cular, un juego serio, donde se solapan dos áreas de juego, la del pa-ciente y la del terapeuta. El trabajo terapéutico consiste en hacer posible el juego ahí donde antes no le era, es decir, restituir al paciente la “ca-pacidad de jugar” (Winnicott, 1971).

 

Winnicott aconseja tomar conciencia del odio en la contratransferen-cia y hacer frente a la transferencia del paciente sin morirse ni vengarse (1947, 1960b), como los padres suficientemente buenos ante sus hijos (1993, 1994). Cuando el odio en el analista se reprime puede manifes-tarse como formaciones reactivas (sentimentalismo) en forma de hora-rios insostenibles, honorarios simbólicos, intervenciones y actuaciones apaciguadoras. El exceso de cuidado puede paralizar al analista gene-rándole sentimientos de desesperanza y depresión.

 

De otra parte, Winnicott considera como orgasmos yoicos las vi-vencias de plenitud emocional y el éxtasis, espiritual o estético en los campos creativos y culturales. Son también experiencias satisfactorias que se despliegan en ciertos momentos de empatía con el otro, en la relación amistosa, o en el vínculo amoroso fuera de los momentos de perentoriedad del deseo sexual. Se caracterizan por una vivencia de placer máximo y por una mínima descarga pulsional. Los orgasmos del yo trascienden el concepto de sublimación freudiano, ya que no se trata sólo de las pulsiones eróticas y agresivas sublimadas del ello, sino de una calidad particular de placer que proviene del yo. La alegría de jugar de los niños corresponde a uno de esos placeres (Abadi, 1996).

 

 

 

 

 

V.4. Algunas consideraciones personales

 

A lo largo de esta revisión de teorías sobre afectos y síntomas nos damos cuenta de qué manera se han ampliado y enriquecido las teorías de Freud. Los afectos se limitaban principalmente al placer de la descar-ga pulsional y al displacer de la frustración. Y los síntomas se producían por conflictos intersistémicos y entre las diferentes instancias y la reali-dad exterior.

 

Los psicólogos del yo reorganizaron y ampliaron el modelo estructu-ral de Freud. Enfatizaron más el papel de la realidad exterior añadiendo el punto de vista adaptativo. Conceptualizaron mejor el narcisismo y los afectos y síntomas relacionados por la separación del concepto del self y del yo. Erikson, con su descripción convincente de ocho edades del hombre, demostró que el desarrollo emocional no se limita a los prime-ros años de la vida, sino continúa formándose y/o remodelándose duran-te toda la vida.

De hecho, uno de los representantes de esta escuela, Heinz Kohut, desarrolló un nuevo enfoque sobre el narcisismo normal y patológico. Otto Kenberg desarrolló otro nuevo enfoque psicoanalítico tomando par-tes de conceptos de psicología del yo y de M. Klein. Desarrollaré en ca-pítulos diferentes las teorías de estos dos autores por la originalidad de sus aportes y sus impactos significativos en el psicoanálisis durante las tres últimas décadas (Capítulos IX y XII, respectivamente).

Klein y sus seguidores ampliaron enormemente las relaciones obje-tales y los afectos asociados que Freud ya había empezado a describir. Dieron también mayor importancia a las fantasías y los afectos fantasea-dos (realidad psicológica del mundo interno). Con las nuevas compren-siones de esta escuela fue también posible tratar psicológicamente (psi-coanalizar) a los niños, los psicóticos y la parte psicótica de los analizan-dos.

Los psicoanalistas “independientes” tuvieron también sus aportes originales. Winnicott, como Bion, es uno de los primeros psicoanalistas que enfatizó intensamente la importancia de la función materna en el desarrollo biopsicosocial del infante. Para ellos, lo que cada sujeto logre hacer con sus emociones depende principalmente de algo que viene de afuera y se internaliza, una capacidad que la madre debe proporcionar (función de espejo, holding físico y emocional para Winnicott; función continente, función alfa y función de reverie para Bion). El desenlace patológico depende tanto de que el niño tenga muchos problemas inter-nos, como de la madre perturbada emocionalmente. Ni Freud, ni Hart-mann, ni Klein habían considerado suficientemente el papel que podían tener las perturbaciones emocionales de los padres en la génesis de las psicopatologías en los hijos. En coherencia con estas teorías, se amplia-ron también las funciones del psicoanalista: no tiene que hacer solamen-te consciente lo inconsciente sino tiene que ejercer también las funcio-nes de holding, espejamiento, continente, reverie y función alfa. De esta manera el analista no solamente devela las representaciones reprimi-das, disociadas, renegadas y contradictorias sino también da sentidos (creando representaciones) a las sensaciones y las emociones desbor-dantes del pasado y a los hechos nuevos de los pacientes.

 

Nota: Parte de este capítulo se publicó en: Yildiz I. (2007). Teorías sobre afectos y síntomas II. Psicología del yo, Klein y postkleinianos y el grupo “inde-pendiente”. Psicoanálisis (APC), XIX, (1), 56-88.

 

VI. LA PSICOLOGÍA EXISTENCIALISTA

 

La corriente de psicología existencialista considera que la angustia es inherente a la condición humana (angustia existencial) (Arango Ja-ramillo, 1963). La angustia surge por la amenaza a un valor que el indi-viduo considera esencial para su existencia, como su personalidad; es la experiencia de la amenaza de un inminente no ser. La angustia de la disolución del sí mismo no es algo que les sucede sólo a los neuróticos sino que también se refiere a la naturaleza normal de la angustia. La angustia apunta al centro mismo de la autoestima, al sentido del valor del sí mismo.

La voluntad de poder implica que el individuo se realice a sí mismo, que el ser afirme su existencia, que realice sus potencialidades (su po-der). No es suficiente saber que el hombre reacciona: hay que saber cómo siente, cómo ve su mundo, por qué vive, qué teme, por qué mori-ría voluntariamente.

El análisis y la psicoterapia existencial de Biswanger (Arango Ja-ramillo, 1963, p.330) considera que existen neurosis existenciales que no se originan ni en debilidades del yo, ni en traumas reprimidos, ni en estrés vitales, sino en la misma incapacidad del individuo de encontrarle sentido a la vida, lo cual hace que ella transcurra dentro de una modali-dad inauténtica de existencia. Las terapias que sólo aspiran a ajustar al individuo al ambiente cultural pueden hacer desaparecer la angustia por-que la angustia sólo puede hacerse presente cuando hay libertad: si el paciente abandona su libertad de escoger, la angustia desaparece. En oposición a las líneas de pensamiento determinista, el existencialismo, en su enfoque terapéutico, trata de recobrar la libertad del hombre. Además, Sartre (1943) considera que el hombre está “condenado” a ser libre y responsable, en consecuencia, la angustia ante la libertad y la responsabilidad es inevitable.

 

El concepto de libertad sigue siendo polémico. Sabemos que Freud fue inicialmente un determinista a ultranza. Nosotros seguimos pensan-do y trabajando en psicoanálisis en gran parte con el determinismo psi-cológico, sin embargo tratamos que el analizando tenga también cada vez más libertad para que no siga repitiendo el pasado.

Pienso que el ser humano, además de todos los factores determi-nantes de su pasado, puede devenir capaz de elegir con cierto grado de libertad y crear nuevas representaciones y nuevas posibilidades. En la naturaleza, hasta probar lo contrario, no parece existir intencionalidad (teleología), pero, en el ser humano surge intencionalidad consciente en su evolución cultural que puede determinar su futuro con cierto grado de libertad. Así, el ser humano puede elegir entre la construcción y la des-trucción, la vida y la muerte (suicidio), “el bien y el mal” (definidos cultu-ralmente).

 

VII. LOS CULTURALISTAS

 

Karen Horney, Harry Stack Sullivan y Erich Fromm iniciaron, en 1934, un movimiento psicoanalítico por desacuerdos con algunas teorías freudianas y para enfatizar la importancia de las relaciones interpersona-les y culturales en la estructuración de la personalidad normal y patológi-ca (Mandolini, 1992, Roudinesco y Plon, 1997).

 

VII.1. K. Horney

 

Para Karen Horney, el agente de la génesis de las neurosis no es el complejo de Edipo, ni el impulso de placer, sino todas las influencias ad-versas que hacen al niño sentirse desamparado e indefenso y lo llevan a concebir el mundo como algo amenazador. Lo fundamental de la angus-tia y de la neurosis no reside en los impulsos eróticos en sí sino en los impulsos hostiles (conscientes e inconscientes) vinculados a ellos.

Según Horney, la angustia básica se genera por un medio ambien-te que no da seguridades afectivas y despierta la hostilidad básica y su represión. El niño reprime su hostilidad (que produce angustia) por te-mor de perder a la persona necesitada y/o a su amor, y por temor a ser un niño malo.

La angustia básica produce aislamiento emocional, destruye la auto-confianza, genera conflicto entre el deseo de confiar en los demás y la desconfianza adquirida, y, por último, constriñe a la persona a dedicar casi toda su energía para recuperar la seguridad perdida. Entonces, la persona busca protecciones (defensas) contra la angustia básica. Trata de procurar cariño de otros de cualquier forma, “si me quieres no me harás daño”; o se somete o hasta permite que se abuse de ella, “si cedo no me harán daño”; o busca poderío físico, económico, intelectual, etc., “si soy poderoso, nadie podrá dañarme”; y la persona que ha fracasado en sus intentos anteriores puede aislarse y desvincularse emocional-mente, “si me aíslo, nada podrá dañarme”.

Para Horney, el narcisismo es el resultado de conflictos interperso-nales, es decir, de raíz “cultural” y no biológica como consideraba Freud. Es una defensa para no sentirse abrumado por sensaciones de impoten-cia e insignificancia generadas por un ambiente hostil.

 

VII.2. H. S. Sullivan

 

Harry Stack Sullivan (1944) elaboró una teoría de relaciones inter-personales considerando al ser humano como producto de esas rela-ciones. Los fines principales de la conducta humana son la seguridad y la satisfacción en sus relaciones interpersonales.

 

VII.3. E. Fromm

 

Erich Fromm(1941, 1947, 1951, 1976) considera que las inclinacio-nes humanas más bellas, así como las más repugnantes, no forman par-te de la naturaleza humana fija y biológicamente dada sino que resultan de los procesos sociales que crea el hombre. La sociedad no se limita a cumplir una función represora sino que posee también una creadora, mucho más importante.

La satisfacción del instinto no es el problema básico del hombre. Relacionarse con el mundo externo (personas, ideas, valores, normas culturales, etc.) y evitar la soledad es también una necesidad. La posi-bilidad de ser abandonado es la amenaza más seria que siente el niño. Los adultos necesitan también pertenecer a alguien o a algo.

El autor considera la destructividad como una defensa contra los sentimientos de debilidad e impotencia. Cuando más se realiza una per-sona menos agresividad tendría (Fromm, 1964).

Fromm considera que la sociedad capitalista y supercapitalista es-tán enfermas, porque en esas sociedades el ser humano se volvió al servicio de la industria y del mercadeo (enajenación). Además, el ser humano tendría miedo a la libertad por temor a asumir su responsabili-dad, lo que favorece su enajenación como individuo y como sociedad.

 

VII.4. Algunas consideraciones personales

 

Como es conocido, en los tiempos de luchas de escuelas psicoana-líticas (dogmatismos), los culturalistas fueron marginados de la organiza-ción internacional de psicoanálisis. Sin embargo, actualmente se recono-ce cada vez más la influencia del otro y de la cultura en la constitución psicológica del devenir humano (Laplanche, 1992; Bleichmar, H., 1983; Bleichmar, S., 2000; Berenstein, 2001, 2004). Hay que reconocer el gran mérito de estos autores de llamar la atención muy tempranamente sobre la importancia del otro y de los otros en la constitución muy compleja y enigmática de la mente humana, o de la humanización. Yo pienso que el homo sapiens ha evolucionado y evoluciona mucha más rápido cultural-mente que biológicamente. Con la afirmación anterior no insinúo el des-conocimiento de instintos y pulsiones en el homo sapiens para su auto-conservación y reproducción, sino enfatizo que el devenir humano (ina-cabado e inacabable) depende mucho más de sus relaciones interper-sonales y de su cultura de pertenencia (que están también en evolución permanente) que su herencia genética y sus funciones biológicas.

Si aceptamos que los padres son generalmente “moldeados” por la cultura dominante, entonces hay que tomar en cuenta mucho más las consideraciones de los “culturalistas” que incluyen el papel del proceso social en la estructuración de la personalidad y en la génesis de psico-patología.

Aunque Lacan no esté incluido oficialmente dentro de los culturalis-tas, es el culturalista más radical dentro de todos los grandes pensado-res psicoanalistas. En efecto, ha defendido que el inconsciente está es-tructurado como lenguaje, es decir, un producto de cultura. De hecho, sin la inscripción y la prohibición del otro (la madre) o de otros (padre y cultura) no se constituye el inconsciente del cachorro humano como inconsciente reprimido, vale decir, no se humaniza.

 

VIII. J.-M. LACAN Y “POSTLACANIANOS”

 

No intentaré sintetizar las teorías sofisticadas de Lacan, sino incluiré algunas de sus ideas relacionadas con afectos y síntomas (Fages, 1973; Nasio, 1983; Dor, 1985a, 1985b; Brousse y al., 1987; Golse, 1987, Borch-Jacobsen, 1990; Hamburg, 1991; Chemama y al., 1995; Rou-dinesco y al., 1997). En la sección siguiente describiré con más amplitud las teorías de Bleichmar (1983), inspiradas por el lacanismo, sobre el narcisismo y los afectos y los síntomas relacionados.

 

VIII.1. J.-M. Lacan

 

Jacques-Marie Lacan consideró el sujeto principalmente alienado (descentrado) en el deseo del Otro (sujeto del inconsciente) con obliga-ción de insertarse en un lenguaje ya preexistente o sea la cultura.

Lacan describió una fase de espejo en el desarrollo del infante (entre 6 y 18 meses), al final de la cual conquista su identidad y supera la fantasía del cuerpo fragmentado y la vivencia de dispersión angustio-sa. En opinión de Lacan, las psicosis infantiles pueden concebirse como un fracaso de esta experiencia clínica del estadio del espejo, y pueden aparecer esas angustias primitivas en ciertas experiencias de desperso-nalización (Lacan, 1966a).

Lo más importante es que la fase de espejo se desarrolla no sola-mente por la existencia material de espejos en el entorno sino y sobre todo a partir de relaciones interpersonales emocionales (la mirada y la función espejante de la madre), en las que se funda finalmente la subje-tividad del niño y también de los adultos. Porque la mirada y el recono-cimiento del otro da al sujeto su identidad. La mirada debe entenderse como una metáfora general: es lo que piensan de mí, el deseo del se-mejante, el puesto en la familia, en el trabajo y en la sociedad. El yo se formaría por la identificación en el otro y mediante el otro. También se inicia aquí la temática de la alienación del sujeto. Como la identidad, el narcisismo también se construye y se mantiene gracias a las relaciones interpersonales.

Lacan considera que la castración (simbólica) es la separación del niño (o de la niña) de la madre por el padre (función paterna). Esta se-paración es un sacrificio que hay que pagar para convertirse en un suje-to con acceso al orden simbólico y a la cultura (La Ley del padre, el Otro). Si no se realiza esta castración simbólica se produce una forclu-sión del Nombre-del-Padre, la ausencia de la metáfora paterna y el niño se queda en la fusión con la madre, en lo imaginario, la perversión (mi deseo es La Ley) y la psicosis. Dentro de esas consideraciones, la an-gustia se genera por temor a asumir la castración simbólica, a no ser ya el falo de la madre o a no tener el falo. Hay que precisar que el falo no es el pene sino es lo que completaría al sujeto, el poder y La Ley. Es un atributo paterno y significante primero de toda la cadena de los signifi-cantes inconscientes y conscientes. Querer ser el falo del otro es tener la ilusión de colmar todas las necesidades, deseos, demandas o faltas de otra persona.

Para Lacan, el deseo humano no remite a la satisfacción o a la gra-tificación de las necesidades biológicas sino al anhelo (deseo) de placer o goce simbólico (significante) de ser deseado y amado. Una de las ver-tientes del deseo humano es buscar constituirse en objeto de deseo (representante del falo) de su semejante. Allí estaría una de las bases del amor y, en caso de su frustración, del odio.

El objeto a (la madre, el otro con “o” minúscula) es el objeto de la pulsión, de descarga y de satisfacción de necesidades, y acaba creando el deseo. En realidad, lo que se busca y lo que se pide (La demanda) en el querer ser el deseo del otro es ser reconocido, deseado y amado co-mo el único objeto de deseo (el falo) del Otro. La herida narcisista estalla ante la frustración de la demanda, y aparece la agresión. Aunque la pul-sión pueda encontrar o no una satisfacción total, el deseo imaginario y simbólico nunca puede colmarse totalmente y definitivamente (falta-de-ser, condición de existencia del sujeto separado del complemento mater-no), salvo en momentos de fusión amorosa (o mística) y de manera tran-sitoria.

Lacan considera que todas las formaciones del inconsciente (sue-ños, chistes, olvidos, lapsus y síntomas) son metonimias y/o metáforas del deseo (incluyendo la formación del compromiso que da cierto grado de satisfacción), es decir del significante primario, y en consecuencia, son dirigidos a otras personas significantes.

Considera que el amor es una ilusión o un malentendido de creer ser Uno con el otro. Se tomaría cualquier otro por el objeto a que daría satisfacción imaginaria al goce de formar Uno con el otro. La angustia surge por darse cuenta de la falta y del vacío que no se puede colmar.

Para los lacanianos, el yo-ideal se construye por la mirada admira-dora incondicional del otro (madre) y el ideal del yo por las exigencias del Otro para otorgar la misma admiración. El ideal del yo implica la identificación simbólica con la Ley del padre, el Otro, e implica abandono del deseo incestuoso.

Según Lacan, la tristeza y el dolor de la pérdida (el duelo) se deben a las consecuencias de la desaparición de alguien que se había conver-tido, sin saberlo nosotros, en el soporte ilusorio de nuestra carencia (ob-jeto a).

 

Según Lacan (1966b), la agresividad se produce cuando es cues-tionada la imago especular que se ha construido. La agresividad surge del encuentro entre esta identificación narcisista (el orden imaginario, yo-ideal omnipotente) y las fracturas, las escisiones, las rupturas a las que esta imago es sometida.

Lacan, con su teoría de lo imaginario, da un vuelco al problema, siempre polémico en psicoanálisis, de la agresividad humana. Propone que todo cuestionamiento o crítica de nuestras fascinaciones especula-res da una visión paranoica del mundo. Basta decirle a alguien que no tiene razón, que no es quien cree, para que surja la agresividad. Lacan considera la pulsión de muerte como expresión del narcisismo frustrado. Al quitar la biología como factor explicativo para la agresividad, queda sólo el efecto de la estructura narcisista (Bleichmar et al., 1989).

Kohut desarrollará posteriormente teorías muy similares sobre la a-gresión y la destructividad humana.

 

Aunque no compartamos la totalidad de las teorías de Lacan, me-nos su técnica con sesiones de duración variable, es necesario recono-cer que revolucionó la comprensión del devenir humano, demostrando la importancia y la prioridad del otro (Otro y la cultura de pertenencia) en el proceso de la constitución del psiquismo humano (humanización), su evolución y sus funcionamientos normales y patológicos.

 

VIII.2. Consideraciones de H. Bleichmar sobre los afectos y sínto-mas relacionados con el narcisismo

 

Hugo Bleichmar, en su obra “El narcisismo. Estudio sobre la enun-ciación y la gramática inconsciente” (1983), considera que el narcisismo (amor del sujeto por su imagen) se construye en la intersubjectividad, por la mirada admiradora y el discurso del otro. Considera también que muchos afectos dolorosos (y síntomas) tienen su origen en la dificultad o la imposibilidad de alcanzar las aspiraciones narcisistas, y muchos afec-tos placenteros o exaltación de autoestima se originan por los reconoci-mientos y realizaciones narcisistas.

El autor diferencia los objetos de la satisfacción de la pulsión de los objetos de la actividad narcisista. Los objetos de la pulsión satisfacen la zona erógena mientras que los objetos de la actividad narcisista exal-tan el yo. Cuando la mirada del otro cuenta y se produce un placer adi-cional, el objeto ya no sólo origina placer de órgano sino además otorga placer narcisista. El sujeto busca incesantemente los objetos de activi-dad narcisista (piano para el pianista, actividad deportiva para el depor-tista, estudiantes para el docente, etc., etc.). En última instancia, todo puede servir para satisfacer el deseo narcisista, cuya esencia es la de sentirse único, diferente, superior a todos los demás, recibiendo una mirada que así lo atestigüe.

Muchas veces el narcisismo adquiere prioridad sobre la satisfacción biológica. En el narcisismo todo está en el orden de la significación, en la mirada del que puede otorgar reconocimiento con su admiración. Ante la ausencia de la actividad narcisista se produce un profundo desequili-brio en el sujeto que puede conducir a la irritación, al aburrimiento, a la apatía y a la depresión. Las angustias narcisistas surgen cuando en-tran en peligro las aspiraciones narcisistas, mientras que la depresión narcisista ocurre cuando fracasan las defensas narcisistas.

Sostiene que el yo ideal, que posee todas las perfecciones, es creado por un discurso desarrollado por la pasión del enunciante (la madre con un amor incondicional). Mientras que los ideales (ideal del yo) se constituyen a partir del momento en que el otro deja de ser un admirador incondicional para pasar a convertirse en alguien que exige al sujeto la adecuación a determinadas normas para obtener la admiración. Parte importante de la llamada angustia existencial se revela como de naturaleza narcisista. El deseo insaciable de ser un yo ideal único produ-ce un sujeto que no encuentra paz al no poder mantener la admiración incondicional del otro o del superyó.

En casos de mayor susceptibilidad narcisista, las menores objecio-nes por parte del otro despiertan la angustia señal para evitar caer en la situación traumática narcisista de impotencia y desvalimiento.

 

El autor considera tres tipos principales de trastornos del narci-sismo: 1. Fallas de narcisización; 2. Operaciones defensivas ante las ansiedades narcisistas, y 3. Fracaso del narcisismo y su no compensa-ción que producen depresión narcisista y eventualmente el suicidio.

 

VIII.2.1. Fallas de narcisización

 

La catexis narcisista se define como el complejo ideativo-afectivo que forma parte de la representación global del sujeto o de un aspecto de él, y es inducida por la aprobación, la valorización y la admiración del otro. La narcisización de un atributo convierte a éste en algo similar a una zona erógena, buscándoselo para activar el placer narcisista. La narcisización es el alimento de las funciones yoicas, ya que provoca el anhelo de repetirlas. Cuando la narcisización es excesiva (hipernarci-sización) da lugar por exceso de gratificación a una fijación a este tipo de goce (por ej. exhibicionismo primario). En lugar de narcisización pue-de ocurrir la descalificación primaria: mirada crítica y displacer del otro significativo desde el comienzo de la vida del niño. La descalificación y el rechazo producen una herida siempre presente, que se vigila para evitar el dolor temido. La tercera posibilidad de falla en la narcisización es la indiferencia de un aspecto del sujeto para el otro significativo, lo desatiende. Cuando la indiferencia es total deja un vacío en el sujeto, constituyendo un déficit primario.

 

VIII.2.2. Operaciones defensivas ante las ansiedades narcisistas

 

Las ansiedades narcisistas (como señal de angustia) surgen ante las posibilidades de heridas narcisistas traumáticas.

El autor considera que los mecanismos de defensa son operaciones tendientes a que la conciencia no se entere de alguna pulsión o algo do-loroso. Pero el psiquismo tiene a su alcance otras operaciones defensi-vas tendientes a: 1. Evitar el displacer narcisista (evitación de una situación temida por el narcisismo, renuncia narcisista, retracción narci-sista, desnarcisización); 2. Inventar placeres narcisistas que compen-san el displacer narcisista latente (megalomanía, exhibicionismo se-cundario, donjuanismo, ninfomanía, rabia narcisista, negativismo, cultivo de resentimiento, abuso de poder, sadismo, masoquismo narcisista, idealización del ideal con actitud de denigración crónica y descalificación del objeto); 3. Buscar experiencias de satisfacción sustitutiva (adic-ciones, bulimia, masturbación compulsiva, perversiones compulsivas). El sujeto busca también experiencias placenteras que no se relacionan ne-cesariamente con el sufrimiento narcisista.

 

El autor describe un concepto nuevo muy significativo, el maso-quismo narcisista, que es diferente del masoquismo moral descrito por Freud. En el masoquismo narcisista, la persona se sentiría orgullosa y superior a otros por renunciar a satisfacciones, por verse sufriendo y sacrificándose por los demás. Mientras que en el masoquismo moral no existe el sentimiento de superioridad sino sentimiento de culpa (inferiori-dad) y vive rechazado por su superyó, y para volver a ganar el favor de éste realiza el acto expiatorio como una obligación. El placer del maso-quismo moral está dado por el perdón que se logra, por ser admitido entre los buenos por el superyó. Mientras que el placer del masoquismo narcisista está dado por elevarse por encima de los otros por hipernarci-sización del autosacrificio. Ese concepto de masoquismo narcisista es similar al narcisismo moral descrito por Green (Ver X.7.3).

 

Las expectativas ansiosas de fracaso en funciones narcisizadas pueden llevar a las fobias narcisistas que pueden terminar en una des-narcisización o déficit secundario de las funciones para evitar el displa-cer y la angustia (impotencia sexual, eyaculación precoz, frigidez, miedo escénico, tartamudez). A veces el desinterés (desnarcisización secun-daria) hacia una parte o la totalidad del yo se transforma en odio por la frustración que produce en el narcisismo. El odio del sujeto contra sí mismo puede llegar a alcanzar tal intensidad que puede conducir al suicidio. Otra forma de suicidio o de autoagresión de causa narcisista puede ocurrir para evitar la vergüenza del fracaso ante los demás.

A veces la ansiedad narcisista perturba funciones complejas como la propia actividad de pensar, de lenguaje, de representación del cuerpo, induciendo estados mentales de confusión, obnubilación y despersona-lización.

La renuncia, después de fracasos repetidos, aparece como una for-ma de evitar el dolor narcisista. Las personalidades maníacas inician muchas cosas pero no perseveran y abandonan ante las dificultades del camino. Los depresivos y melancólicos pueden no emprender nada nuevo para evitar más sufrimiento narcisista, por temor al fracaso.

 

El autor considera la agresión como necesaria para la sobreviven-cia biológica y para la autoafirmación. Piensa que no hay necesidad de referirse a un instinto de muerte. Considera que la agresión, la destruc-ción o la autodestrucción se generan como reacciones para restablecer el narcisismo herido. El sadismo puede ser utilizado para compensar viejas heridas narcisistas (identificación con el agresor). El abuso de poder tiene el significado de recuperar un sentimiento de superioridad sobre el otro, de afirmación narcisista. La pelea sirve para recuperar en la fantasía el sentimiento de poderío de que se carece en la realidad.

La furia narcisista descrita por Kohut, que aparece en forma de estallido brusco o de venganza retardada, no es simple descarga de agresividad frente a la frustración o a la ofensa recibida sino que es un intento de salir de la situación traumática narcisista. Nada más humillan-te que el sentimiento de impotencia porque afirma que el yo no es capaz de ser aquello que debería ser. La rabia sentida pero no expresada ni actuada puede sentirse como una nueva demostración de impotencia, lo que deteriora más la autoestima. El sujeto humillado, si no restaña su decepción por otros medios, busca vengarse, porque el que lo humilló ha sido ubicado por ese sujeto humillado en el lugar que sería digno de valor; es decir, valoración del lugar donde a su vez el sujeto puede hu-millar al otro en venganza.

Los estallidos de indignación y de rabia permiten al sujeto sentir que está en la posición justa. Otra forma de reafirmación narcisista es el cultivo de resentimiento que refuerza el disgusto (no perdona) procu-rando placer narcisista porque el sujeto se reafirma en su razón frente al otro, se pone en una posición superior al otro, de ser aquel que rechaza al otro.

Cuando la furia narcisista no se puede manifestar abiertamente, aparece a veces en forma de negativismo. En este caso el sujeto se opone a su propio deseo para no satisfacer el del otro. Esto puede ex-plicar algunas formas de anorexia, dificultades en la sexualidad, el trabajo, el estudio, etc. Mediante el negativismo se adquiere el senti-miento del que no se somete al dominio del otro y de ser uno el que manda.

 

VIII.2.3. Falla del narcisismo

 

Cuando fracasa el narcisismo (la realización del yo ideal y/o ideal del yo), y no son suficientes los mecanismos de defensa y operaciones defensivas específicas descritas contra las ansiedades narcisistas, se produce depresión narcisista, melancolía y eventualmente el suicidio. La autoagresión, incluyendo el suicidio, se hace siempre por un amor pa-tológico al otro polo de la oposición, “yo o el otro”: se agrede por culpa, amor esclavo al otro (masoquismo moral) o porque el sujeto no se ve como digno de vivir al no estar a la altura de un ideal. El sujeto escindido obtiene placer en la autoagresión pues mediante el ataque logra sentir que no está de acuerdo consigo mismo, que hay una parte de sí diferen-te del yo que merece repudio. Se explica de este modo el placer del me-lancólico en la persistencia de los ataques contra sí mismo. El placer narcisista por identificarse ilusoriamente con el que critica es más impor-tante (en el nivel inconsciente) que el dolor que experimenta en la con-ciencia por sus autodescalificaciones.

 

IX. LA PSICOLOGÍA DEL SELF

 

Heinz Kohut (1969, 1971, 1977, 1984) construyó un nuevo enfoque psicoanalítico que denominó “psicología psicoanalítica del self”. Redefi-nió el self (sí-mismo) como el núcleo de la personalidad, un contenido del aparato psíquico que forma parte tanto del yo como del ello y del superyó. Un self bien cohesivo sería la condición de salud mental, mien-tras que un self poco o no cohesivo sería la causa de mecanismos de defensas y compensatorios, trastornos de personalidad (de carácter) y de enfermedades mentales.

Según Kohut, el self y su cohesión se desarrollan y se construyen gracias a las relaciones narcisistas con los objetos arcaicos e infantiles (objetos del self) por la interiorización transmutadora de esos objetos y de sus funciones que inicialmente espejan con empatía la grandiosidad del infante (self grandioso), se dejan idealizar (imago parental idealiza-da) y permiten vivencias gemelares de alter-ego. Para Kohut, un objeto de self es un objeto narcisista, es decir que está catectizado por la libido narcisista, hace parte (fusionado) del bebé y del infante. Las internaliza-ciones transmutadoras de funciones de objetos del self se realizan pro-gresivamente por frustraciones óptimas (no traumáticas) por parte de esos objetos que progresivamente transforman el sostén exterior de autoestima a las fuentes interiores. El narcisismo primitivo sostenido inicialmente por los objetos arcaicos del self se transforma progresiva-mente en estructuras de la personalidad madura (narcisismo maduro): el self grandioso se transforma en ambiciones realizables; la imago pa-rental idealizada en ideales alcanzables; y la gemelaridad en capacida-des, talentos y habilidades personales para realizar las ambiciones y los ideales. Esta transformación del narcisismo primitivo en un narcisismo maduro permite al sujeto sentirse satisfecho de sí mismo, de sus reali-zaciones y de su vida, y tener creatividad, humor y sabiduría.

De otra parte, para Kohut, la salud mental depende, durante toda la vida, de la capacidad de obtener respuestas empáticas de objetos del self más maduros en momentos de necesidad (especulares, idealizados y gemelos). Los objetos del self pueden también encontrarse simbólica-mente en ideales culturales, sociales, deportivos y científicos (González, 1993). Según Kohut, el amor del objeto fortalece al self y un self fuerte permite vivir más intensamente el deseo y el amor (Kohut, 1984).

La explicación metapsicológica de la conducta incluye los puntos de vista dinámico, económico, tópico, estructural (tripartitos), genético, a-daptativo y objetal. Kohut introdujo un nuevo modelo de la mente: el del self y los objetos del self.

 

Para Kohut (1977), las alteraciones primarias del self donde no se forma un self nuclear o no se logra la cohesión suficiente del self inclu-yen las psicosis, los estados fronterizos, las personalidades esquizoides y paranoides, y dos clases de trastornos narcisistas: los de la persona-lidad (hipersensibilidad a heridas narcisistas con reacciones autoplásti-cas) y los de la conducta (con síntomas aloplásticas como perversiones, delincuencia, adicciones, etc.).

Kohut describió el trastorno narcisista de la personalidad como una perturbación caracterológica nueva que se manifiesta, entre otros, por: 1. Una vulnerabilidad específica en la autoestima que les hace ex-tremadamente lábiles ante las desilusiones y las dificultades; 2. Pérdida de humor, tendencia a los ataques de ira incontrolados; 3. Vaga sinto-matología somática (hipocondría); 4. Sentimientos de vacío y desinterés y sensación de insatisfacción con los logros. En esos casos la cohesión del self sería vulnerable a la fragmentación ante las experiencias de frustración y las pérdidas de la autoestima. La formación de un self de-fectuoso se debería principalmente a la falta de respuestas empáticas por los objetos del self que perturban los procesos de internalización transmutadora a lo largo de las diferentes etapas del desarrollo (infancia y adolescencia), sin excluir factores constitucionales. Las deficiencias del self se deben a su insuficiente catectización con la libido narcisista, lo cual impide el desarrollo de las estructuras de su cohesión.

La función del narcisismo es mantener la cohesividad y la estabili-dad del self, así como una positiva tonalidad afectiva de las autorepre-sentaciones, es decir la autoestima. La autoestima es un concepto ex-periencial (afectivo-cognitivo) que se refiere al sentimiento de aproba-ción y aceptación de sí mismo que inducen sentimientos de bienestar o malestar, mientras que el narcisismo es un concepto metapsicológico.

La alteración de autoestima puede deberse a un desorden narcisista o a un conflicto intersistémico. En la depresión se disminuye severamen-te la autoestima con la convicción de que el self es despreciable o defec-tuoso (hipocondría), o de que los objetos externos o posesiones perso-nales están dañados o perturbados (González, 1993).

 

Los trastornos secundarios del self incluyen aquellas reacciones agudas o crónicas de un self previamente establecido. Generalmente son fracturas del self ante situaciones de estrés, ya sean en la niñez, en la adolescencia, en la madurez o en la senectud. Comprenden las psico-neurosis clásicas.

 

Según Kohut (1977) el complejo de Edipo y la angustia de castra-ción surgen sólo cuando el desarrollo de la libido narcisista no ha resul-tado suficientemente exitoso.

Kohut describió dos tipos de angustia: una, propia de la persona cuyo self está intacto y que se experimenta como una respuesta al peli-gro específico (amenazas de pérdida de objeto, pérdida del amor del objeto, culpabilidad y castración ante la desaprobación superyoica); y otra, que comprende las ansiedades experimentadas por quien se está dando cuenta de que su self está comenzando a desintegrarse.

Kohut considera que la angustia más profunda no es la de castra-ción sino la de desintegración y que la primera surge cuando la segunda no ha sido suficientemente neutralizada por la actitud empática de los objetos del self de la infancia. La ansiedad arrolladora durante la cual se experimenta el terror al aniquilamiento no se debe al miedo a los impul-sos sino que se debe a la percepción anticipatoria de la ruptura del self. La angustia como resultado de la amenaza a la cohesión del self se ori-gina en los defectos y debilidades estructurales del self, en las circuns-tancias donde se experimenta a sí mismo como aislado o carente de los aportes del objeto del self.

Los estados de fragmentación del self en los casos de trastornos narcisistas de la personalidad pueden ocurrir básicamente en tres nive-les: Primero, bajo la forma de una depresión vacía, muchas veces sin llanto, con afectividad plana, sin aparente culpabilidad, sin ansiedades de superación y sin deseos reparativos. Segundo, es el de la angustia desintegrativa, caracterizada por un estado de ansiedad constante, te-mor culposo y pánico, disociaciones y sensaciones de fin del mundo, seguido por mal funcionamiento mental (pérdida de memoria, deficien-cias en los juicios de realidad, disminución en la capacidad de la función sintética). Tercero, es la hipocondría que refleja un self que ha perdido su catexis narcisista y su cohesión. Si un paciente se encuentra en me-dio de una reacción aguda de fragmentación puede sentir sensaciones corporales inusuales (regresiones a niveles prepsicológicos o somatiza-ciones) como los síntomas de despersonalización, dificultad en regular la temperatura corporal, otros síntomas psicofisiológicos como vómito, diarrea, sudación, temblor, afonía, balbuceo, decaimiento, desmorona-miento, desmayo, etc. (González, 1993).

 

Según Kohut, las personalidades narcisistas no están dominadas, en general, por sentimientos de culpa. Tienden predominantemente a sentirse abrumadas por la vergüenza, es decir que reaccionan a la irrupción de los aspectos arcaicos del self grandioso. Ante las frustracio-nes o derrotas de sus ambiciones exhibicionistas, estos individuos expe-rimentan vergüenza devastadora; si se comparan con un rival exitoso sienten envidia intensa y, al final, pueden tener impulsos autodestruc-tivos por cólera narcisista (Kohut, 1971).

En casos de trastorno narcisista de la conducta, las necesidades de reconocimiento inducen actitudes de arrogancia y altanería, así como conductas desviadas, actuaciones y adicciones, denotando la angustia de buscar a toda costa encuentros posteriores con un objeto de self ar-caico.

De otra parte, los cuadros maníacos se explicarían por una inunda-ción del yo por catexias narcisistas arcaicas del self grandioso y exhibi-cionista.

 

Kohut (1977) ve la destructividad humana como el producto de una amenaza o evidencia de desintegración del self que, si bien primitivo, no es psicológicamente primaria. Considera que la agresión no destructiva es un elemento constitutivo de la autoafirmación desde la infancia hasta el self maduro del adulto. Esta agresión se mitiga cuando se alcanzan las metas buscadas y la autoafirmación. Considera que la destructividad humana (sea que esté ligada con un síntoma o rasgo de carácter o ex-presada en forma sublimada o con inhibición de la meta) es secundaria. La rabia destructiva está motivada por una seria herida que sufre el self, pone en peligro su cohesión, en particular una herida narcisista infligida por el objeto del self de la infancia. Opina también que la confianza del bebé es innata, puede dañarse y restablecerse posteriormente según sus relaciones interpersonales.

La furia narcisista se caracteriza por un odio destructivo, de resen-timiento, deseos de venganza y una crueldad despiadada, mientras que las agresiones movilizadas para eliminar un obstáculo que se opone a los objetivos no necesitan herir innecesariamente al oponente y desapa-rece totalmente cuando se alcanza el objetivo perseguido (Kohut, 1984)

 

Kohut considera que “la alegría se experimenta con referencia a una emoción más amplia, como, por ejemplo, la emoción provocada por el éxito, mientras que el placer, por intenso que sea, se refiere a una ex-periencia delimitada, como la satisfacción sensual. La alegría no es pla-cer sublimado. La alegría se relaciona con experiencias del sí mismo total, mientras que el placer se relaciona con experiencias de partes y de elementos constitutivos del sí mismo” (Kohut, 1977, p.46).

 

Kohut piensa que la angustia de muerte está vinculada con la an-gustia de fragmentación, desintegración o aniquilamiento del self. En este caso, lo que se teme no es la extinción física sino “la pérdida de humanidad”, vale decir, la muerte psicológica. Es una angustia indes-criptible.

No sólo el temor a la pérdida del amor o a la muerte sino también el temor a la pérdida del contacto con la realidad o a la psicosis pueden compararse con este sentimiento de horror que la psicología del self entiende como una angustia de desintegración.

De otra parte, existen casos donde no predomina la supervivencia física fálico-exhibicionista como ideal, sino incluso la muerte y la pasivi-dad martirológica pueden tolerarse con un cierto brillo de autorrealiza-ción (como narcisismo moral descrito por Bleichmar). Por el contrario, existen casos con éxitos y victorias sociales aparentes, pero con pre-dominio del abandono del núcleo del self, la sensación de falta de sen-tido y la desesperanza.

La psicología clásica explica la neurosis estructural y la depresión culposa, o los conflictos del Hombre Culpable. La psicología del self ex-plica la patología del self fragmentado y del self vaciado (depresión va-cía, es decir, el mundo de ambiciones sin imagen especular, el mundo vacío de ideales), o sea los trastornos psíquicos y las luchas del Hombre Trágico.

 

Kohut propone la necesidad de un narcisismo sano, un amor a sí mismo con sus limitaciones humanas, diferente del narcisismo patoló-gico con poco amor a sí mismo que induce baja autoestima y aislamien-to por temor al vínculo afectivo (esquizoide, paranoide), o por defensas contra la baja autoestima y al vacío (formaciones reactivas) en forma de exhibicionismo infantil, exhibicionismo peligroso, perversiones, adiccio-nes, arrogancia y destructividad, o con amor exagerado a una imagen trastornada de sí mismo, inflada ilusoriamente, en forma de megaloma-nía y delirios de grandeza.

Para Kohut, el narcisismo sano o maduro es un fenómeno afectivo-cognitivo que se construye con el vínculo interpersonal. Es la relación amorosa de la madre y del padre la que “carga” al hijo con el amor hacia sí mismo, base de la confianza y la alegría de vivir. Es similar a lo que describió Lacan como estadio de espejo y la mirada del otro que forma y mantiene la identidad y el narcisismo (Hamburg, 1991).

 

Las nuevas teorías tienen consecuencias en la técnica psicoanalíti-ca. Para Kohut (1984), la empatía y la comprensión se vuelven más im-portantes que la interpretación. La interpretación sirve únicamente para que el analizando se sienta comprendido, reconocido. Según Kohut, los factores curativos son las frustraciones óptimas del analista que crean estructuras psicológicas en el analizando por el proceso de internaliza-ciones transmutadoras. Para Kohut, la experiencia psicoanalítica, la elaboración transferencial, es una nueva oportunidad de maduración afectiva. Es similar a una “experiencia emocional correctiva” de Alexan-der, pero sin necesidad de dar satisfacciones materiales ni pedagogía al paciente, sino “permitiendo y aguantando” las transferencias narcisistas con frustraciones óptimas, en lo posible sin provocar nuevas heridas narcisistas traumáticas (efecto iatrogénico del analista) que producen más regresiones, impases y/o interrupciones del tratamiento.

 

Considero que la creatividad de Kohut y de otros que participaron para la construcción de la Psicología Psicoanalítica del Self fue muy importante en el psicoanálisis para comprender, cada vez más, la in-mensa complejidad del funcionamiento mental del devenir humano. Pienso que la existencia y la evolución de diferentes formas del nar-cisismo normal y patológico diferencian mucho más el devenir humano del de los animales, que las vicisitudes de pulsiones de autoconser-vación y sexuales. Una mayor comprensión del narcisismo puede tam-bién ayudarnos a comprender mejor no solamente el amor sino también el odio, el abuso de poder, la agresión y la violencia específicamente humanos (agresión destructiva descrita por Kohut), es decir “innece-sarios”, desmedidos, vengativos, crueles, que no se observan en el resto del reino animal. Si la hipótesis de Kohut sobre el origen secundario de la destructividad humana se verifica, podemos descartar la pulsión de muerte freudiana y construir mejores modelos explicativos, y por ende, tener mayores posibilidades de prevención y de tratamiento de la agre-sividad y la destructividad humana.

 

Nota: Parte de este capítulo se publicó en: Yildiz I. (2008a). Teorías sobre afectos y síntomas III. Psicología psicoanalítica del self y aportes de Otto Kern-berg. Psicoanálisis (APC), XX, (1), 101-124.

 

X. A. GREEN

 

En esta sección expondré aportes de otro psicoanalista francés (al lado de Lacan) sobre los afectos y síntomas. André Green, como la ma-yoría de los psicoanalistas franceses, fue influido, para no decir impacta-do, por el lacanismo, aunque no compartiera las ideas de Lacan.

Green es uno de los psicoanalistas que ha escrito más sobre los afectos. No solamente trató de integrar las pulsiones de vida y de muer-te y los afectos relacionados en la teoría del narcisismo sino también elaboró teorías propias (Green, 1973, 1983, 1984a, 1984b, 1986, 1993, 1997, 1998; Rojas, 1997, 2000).

 

Green considera que los afectos habilitan al yo para vivenciarse a sí mismo en su relación con el cuerpo y para comunicarse con los demás. Además, el afecto puede sustraerse del control del yo, que es capaz de inhibir la acción pero no siempre puede evitar ser “inflamado” por los afectos. El origen de los afectos sería el ello y el yo trataría de dominar-los. Generalmente, los afectos son más tormentosos y masivos en los niveles pregenitales y en casos de labilidad afectiva.

Green (1973, 1998) considera tres modalidades principales de la vida afectiva: 1. Los sentimientos que tienen intención de significar; son afectos señales que tienen una función semántica en el yo y para los otros. 2. Las emociones que trastornan la cohesión interna de los mensajes vivenciados o transmitidos; son afectos traumáticos que de-sorganizan las comunicaciones destruyendo las estructuras productoras de sentido. En estos casos, las mociones pulsionales provenientes del ello quiebran las barreras yoicas. Esos afectos abrumadores e invasores toman el lugar de representaciones, dominan al yo y destruyen la organi-zación psíquica (indiscriminación de representaciones y afectos). 3. Las pasiones (locuras privadas) se refieren a una relación con un objeto concebido como único e irremplazable.

 

X.1. Indiscriminación de representaciones y de afectos

 

Green (1998), hipotetiza que la indiscriminación de los afectos y las representaciones (de cosas, objetos, imágenes, ideas) intervienen en los casos de “desborde” de los afectos que desorganizan al yo en forma de despersonalización, ataques de pánico, terrores sin nombres, somatiza-ciones y desafectación. En las estructuras fronterizas y psicóticas y en las formas extremas de angustias se encuentran fallas en la actividad representacional y en la discriminación de las representaciones y afec-tos.

Esas indiscriminaciones se deben a traumas severos de la niñez o disfunciones crónicas sutiles de la relación madre-hijo. En esos casos, el objeto se siente como fuente de profunda desconfianza y de peligro per-manente. Las mismas personas tienen una extrema vulnerabilidad narci-sista y una posición fóbica central al destape de angustias primitivas por la asociación libre.

La confusión de los afectos es una de las manifestaciones de la in-discriminación de afectos y representaciones que se refleja en la contra-transferencia por perplejidad. En esos casos graves, la asociación libre se vuelve una amenaza de desorganización. Faltarían en esas personas las formaciones intermediarias que hacen puente entre la actividad psí-quica inconsciente y la consciente.

 

Según Green, cuando los afectos son inaceptables por el superyó o amenazan en desorganizar al yo (pérdida de control) se producen:

a. Defensas contra los afectos. Todos los mecanismos de defensas, pero los siguientes son especialmente utilizados: 1. Represión, el aisla-miento del afecto. 2. Proyección. 3. Expulsión por el acto (acting out). 4. Somatización. 5. Delincuencia. 6. Forclusión de los afectos, que es una forma de negación radical (desafectación o helada afectiva);

b. Ligazón de los afectos a los sucesos de la vida real y a las rela-ciones con objetos externos para evadir la asociación libre; y

c. Transferencia de los afectos a la relación con el analista inducien-do resistencia y otras manifestaciones de la transferencia. Para evitar tomar conciencia en la transferencia de los afectos, el paciente puede tener alucinaciones negativas del pensamiento en forma de negativis-mo activo (no quiere saber nada) o pasivo (olvida la interpretación mien-tras escucha, o la interpretación le “resbala”). En otros casos se mani-fiesta por disfuncionalidades del pensamiento, hipocondriasis, acting outs o por estados psicosomáticos con alexitimia.

 

Según Green, cuando ocurre la indiscriminación de representacio-nes y de afectos puede manifestarse en las siguientes formas particula-res:

1. El sentimiento de “desborde” de los afectos. El sujeto siente la invasión afectiva y el dolor de impotencia para luchar contra esta inva-sión, sensaciones de despersonalización o alucinaciones con estados indecibles de amenaza de aniquilamiento. En esos casos, el cuerpo inundado por el afecto siente una amenaza de explosión y desinte-gración.

2. Las perturbaciones de las percepciones externas (desrealiza-ción).

3. Para defenderse de los afectos destructivos o autodestructivos puede llegar a un bloqueo afectivo con desafectación. Para evitar el do-lor narcisista el sujeto puede llegar a no esperar nada de nadie para no tener que perder nada y para evitar cualquier decepción.

4. El status del objeto no consigue jamás una forma aceptable, aún con el objeto de simbiosis se siente decepcionado y perseguido perma-nentemente. No puede abandonar al objeto simbiótico ni admitir que él puede abandonarlo. Existe un gran temor a la libertad. A veces el pa-ciente no puede abandonar a su domicilio.

 

En los casos de indiscriminación de afecto y representación, la con-tratransferencia, reflejo de la transferencia, es particularmente insopor-table, oscilando entre lo inaprehensible y el sentimiento de encontrarse prisionero de una situación sin solución. En esas situaciones, el analista no debe limitarse a revelar un sentido oculto sino debe construir o crear un sentido nunca formado antes.

 

X.2. Locuras privadas (pasiones) y locuras públicas (psicosis)

 

Green, en su obra “De locuras privadas” (1986), considera que to-das las vicisitudes de Eros adolecen de un potencial de locura. En la locura hay que marcarel elemento afectivo, pasional, que modifica la relación del sujeto con la realidad, elige un objeto parcial o total, adhiere a él más o menos exclusivamente, reorganiza la percepción del mundo en torno a él, lo envuelve en un aura que lo convierte en el único y el irremplazable, cautiva al yo y lo aliena, se forma de él una representa-ción interior obsedante y sobreinvestida, constituye la lógica que justifica su estado interior. No sólo la pasión arrastra al yo sino que ese mismo yo es ciego y ya no es consciente que ha sido desbordado. La pasión domina al sujeto y comanda sus acciones. Junto a las pasiones eróticas, las pasiones narcisistas traen consigo efectos no menos alienantes: muchos mueren a causa de su ambición insaciable. Esta misma locura surge también en las estructuras antieróticas: obsesivas, depresivas, toxicomanía y suicidio.

El objeto de pasión es una metáfora de la madre. La pérdida del ob-jeto de la pasión puede traer consigo una inhibición de las grandes fun-ciones biológicas, como en la depresión y la melancolía.

El narcisismo no es sino la pasión de la imagen de sí y de las for-mas que en ella se encarnan. Las angustias “arcaicas” son los afectos de las pasiones narcisistas allí donde no es posible ninguna diferencia-ción entre el yo y el objeto, allí donde el amor y la destructividad afectan al mismo tiempo al yo y al objeto.

 

Green considera que las locuras (las pasiones) son diferentes de las psicosis (los fronterizos estarían entre la locura y la psicosis). La locura, que es constitutivo de los humanos, está ligada a las vicisitudes del Eros primordial siempre en conflicto con las pulsiones destructivas. Cuando Eros sale vencedor del combate, es decir, cuando la pasión que habita a Eros consigue ligarse, la psicosis queda conjurada. Por el contrario, cuando las pulsiones de destrucción prevalecen sobre Eros, la desli-gazón prevalece sobre la ligazón y la psicosis triunfa.

La psicosis se instala cuando la locura materna no se manifiesta en forma de amor sino en una actividad pulsional intensa, no contenida, ya sea bajo una forma directa, ya sea bajo la forma disfrazada de la angus-tia o de las defensas frente a ésta que impiden el ejercicio de su papel del yo auxiliar, continente y de espejo. En esos casos, el yo del infante no solamente tiene que luchar contra la fuente interna de locura (sus pulsiones), sino también contra la fuente externa de locura (pulsiones de la madre: sobreprotección, intrusión, penetración, posesión, indiferencia, imprevisibilidad). Sin saber cómo hacer frente al peligro ni dónde está, el yo empieza a utilizar las pulsiones destructivas. Estas se vuelcan ora sobre el objeto externo, ora sobre el objeto interno, y aun sobre el yo. Es ahí donde aparecen no sólo las angustias narcisistas de la locura priva-da sino las angustias psicóticas de la locura pública, o sea la psicosis. La movilización de las pulsiones destructivas en la psicosis es el recurso supremo de la actividad contra la pasivización por un objeto fusional (pasional) en el cual ya no es posible descansar.

De otra parte, Green considera que normalmente no existe el par madre-hijo sin un padre en alguna parte. Cuando la madre quiere borrar toda huella del padre en el hijo (forclusión del Nombre del Padre) se pro-duce una estructura psicótica. La función del padre es limitar la locura materna normal en el tiempo y transformarla hacia la separación del hijo (castración simbólica de la madre y del hijo).

 

La transferencia psicótica se singulariza por su carácter destructivo del marco analítico y de la comunicación con el analista. La paranoia es su representante más radical, todo es la obra del Otro. El psicoanálisis no se produce sino cuando la locura del sujeto, y en ciertos casos su psicosis, entran en el campo de la transferencia. Esto porque la locura neurótica más pura puede contener algún elemento psicótico (núcleo psicótico) y, a la inversa, hay locura en la psicosis más declarada.

 

X.3. Carácter narcisista y angustia de intrusión

 

Green (1983) considera que el carácter narcisista (amor exagerado a la imagen de sí mismo, autoidealización), con su coraza o caparazón (frialdad, distancia, indiferencia), se produce por los sufrimientos traumá-ticos con los objetos primitivos; es un dispositivo protector antiestímulo psíquico y preventivo frente a nuevos traumas, para proteger zonas sen-sibles, vulnerables que amenazan con despertar el dolor. Pero la arma-dura tiene sus puntos débiles o fallas, y el objeto los descubre y puede vengarse de su indiferencia. Entonces el sujeto narcisista se verá toma-do entre la angustia de separación (angustia de castración narcisista) y la angustia de intrusión. Las angustias ante la intrusión, de ser poseído, sometido, invadido, impotente y afligido dan origen a un pánico interior que opera como una tormenta afectiva masiva.

 

X.4. Narcisismo de vida y narcisismo de muerte

 

Green (1983, 1984a) considera como narcisismo de vida o narcisis-mo positivo la ligazón de pulsiones de vida y de muerte en las investidu-ras de sí mismo y del objeto (función objetalizante) que interviene en todas las emociones y pasiones involucradas en las relaciones con el Otro y el otro (objeto narcisista).

En el narcisismo de muerte o negativo, predomina la pulsión de muerte, induciendo una desligazón de dos pulsiones principales, llevan-do al sujeto a un deseo de no deseo para evitar más sufrimientos narci-sistas por fracasos repetidos o insuperables, a la aspiración de la re-ducción de tensiones a nivel cero, al deseo de Nada y a no vivir (princi-pio de Nirvana de Freud), a la desinvestidura de sí mismo y del objeto (función desobjetalizante). El narcisismo de muerte se manifiesta, en sus diferentes grados, por ascetismo, afánisis (desaparición del deseo sexual), anorexia mental, alexitimia y pensamiento operario de las per-sonalidades psicosomáticas, melancolía, autismo, y en las formas no paranoides de las psicosis crónicas donde se acerca a una forclusión total de los afectos.

 

X.5. Angustias narcisistas

 

Cuando fracasan los mecanismos de defensas del narcisismo de vida y de muerte aparecen las angustias narcisistas en forma de dolor mental, hipocondría, depresión (por decepción del objeto y, más regre-sivamente, el sentimiento de fracaso del yo frente a las exigencias del ideal del yo) y/o sentimientos de fragmentación o despersonalización. La despersonalización es una defensa contra la psicosis, no un estado psi-cótico. La fragmentación pasajera puede ser también una defensa con-tra la depresión. El medio de salir de las angustias de fragmentación es procurar, a cualquier precio, un objeto sustitutivo presente e incorporable (volver a la fusión o simbiosis).

 

X.6. El dolor psíquico

 

El dolor corporal es de índole narcisista, y el dolor psíquico resulta también de la pérdida de un objeto con investidura narcisista. La angus-tia es una señal de peligro, mientras que el dolor psíquico ya es una herida ocurrida. La hemorragia narcisista corre por la llaga del narcisi-smo herido, cortado. El yo experimenta una pérdida y hasta un vacia-miento de su sustancia, su consistencia queda sentida, es decir que la unidad narcisista está amenazada. El yo se lastima, se mortifica en su lucha para asir el objeto. A diferencia de la melancolía, no hay aquí indignidad ni autoreproche sino un sentimiento de perjuicio y de injus-ticia. Ese estado de dolor psíquico es el producto de traumas acumula-tivos. Cuando se reabre una herida narcisista principal, se vive un es-tado interno de trauma continuo.

 

X.7. Formas diferentes (subestructuras) del narcisismo

 

Green (1983), a parte de subdividir el narcisismo en narcisismo de vida y de muerte, describe cinco formas particulares del narcisismo: 1. Narcisismo corporal; 2. Narcisismo intelectual; 3. Narcisismo moral; 4. El genero neutro; y 5. Complejo de madre muerta.

 

X.7.1. Narcisismo corporal recae sobre el sentimiento del cuerpo y sus representaciones. El cuerpo es utilizado por la mirada del Otro, para se-ducirlo y para sentirse aceptado.

 

X.7.2. Narcisismo intelectual se manifiesta en la investidura del domi-nio intelectual, con una confianza abusiva en éste, desmentida a menu-do por los hechos. Es una omnipotencia del pensamiento que pone los procesos secundarios al servicio de esta tarea. Es una forma de autosu-ficiencia y de valorización solitaria utilizada para el dominio y/o la seduc-ción intelectual.

 

X.7.3. Narcisismo moral se produce por la investidura narcisista del objeto idealizado con predominio del orgullo, honor y megalomanía, mientras que el masoquismo moral se produce por la culpa, como lo había descrito Freud. El narcisista moral encuentra una satisfacción libi-dinal por el sentimiento de ser mejor por la renuncia y la privación. La autoprivación se convierte en la mejor valla protectora frente a la castra-ción y al sufrimiento. Intenta proporcionar al ello y al yo el medio de ha-cerse amar por un superyó exigente y un ideal del yo tiránico. Pero cuando el objeto ideal narcisista decepciona se genera humillación, vergüenza, furia y eventualmente suicidio.

Green contrapone la culpa a la vergüenza. La culpa es la interna-lización de la idea de falta, de un mal moral o de pecado, es el resultado de la transgresión de lo divino, de la Ley, como ocurrió con Edipo, que lleva a la responsabilidad, a la justicia, al castigo y a la expiación de la culpa (reparación). En cambio, la vergüenza es deparada por una fatali-dad, es una señal de la envidia de los dioses y no aceptación de la Ley del Padre. Las relaciones entre la vergüenza y la culpa son muy comple-jas, pero el carácter destructor de la vergüenza es mayor: la culpa se puede compartir, la vergüenza no se comparte. Uno puede tener ver-güenza de su culpa, se puede sentir culpable de su vergüenza. La ver-güenza adquiere a menudo un carácter irreparable.

En algunos casos de narcisismo moral predomina la autoprivación, el ascetismo, el rechazo de la “carne” para acercarse a Dios (ideal del yo). Otras manifestaciones del narcisismo moral son la denegación de los deseos orales o sexuales (horror al sexo) y/o un mesianismo con una convicción de la superioridad sobre la gente del común. Existe un orgullo inmenso tras las formas engañosas de una humildad intensa.

El narcisismo moral tiene similitudes con el masoquismo narcisista descrito por H. Bleichmar (VIII.2.2).

 

X.7.4. Género neutro

 

El conflicto sobre la identidad sexual puede encontrar una salida en una posición de anulación del deseo sexual y de la identificación sexua-da. En este caso se genera una fantasía del género neutro, ni masculi-no, ni femenino. Este aplastamiento de pulsiones hace que las inclina-ciones idealizantes y megalomaníacas del sujeto no se orienten hacia el cumplimiento del deseo sexual sino hacia la aspiración a una ilusión de autosuficiencia. Esta fantasía de neutralidad es una defensa, construida con la ayuda de todos los recursos de un narcisismo intemperante, lleva las marcas del despotismo absoluto de un ideal del yo tiránico y megalo-maníaco.

Esta fantasía acaso es elaborada sobre la percepción de la fantasía materna, que desea que su hijo no sea; que no sea ni sexuado, ni vivo. Pero la procura del amor materno se aúna a una sed inextinguible de amor y a una sensibilidad exacerbada hacia toda manifestación de re-chazo por parte del objeto amado, sea este un sustituto materno o pa-terno. Así las cosas, la salvación sólo aparece en la fantasía del género neutro, en esos estados de indiferenciación sexual, como una manifes-tación de obediencia al deseo de la madre y de venganza hacia ella, en un rechazo violento de la madre.

A la fantasía del género neutro confluyen el mito de hermafrodita, el símbolo del Fénix, andrógino, autoengendrador e inmortal. La totalidad es salvada y es negada la falta.

 

X.7.5. Complejo de madre muerta

 

Según Green, el “complejo de la madre muerta” (1983) se produce en el hijo (o en la hija) por una depresión repentina de la madre que disminuye su interés por este durante los primeros años de vida (sobre todo durante el segundo y el tercer año). En este caso se produce una pérdida repentina de amor de la madre sin que el infante pueda com-prender. Ese complejo se produce más completamente cuando el padre también es inaccesible afectivamente al hijo. El hijo intenta en vano reparar la madre absorbida por su duelo, se siente impotente y lucha contra sus propias angustias de pérdida de amor con agitación, insom-nio o terrores nocturnos. Cuando el infante se siente impotente se pro-duce una serie de mecanismos de defensa: 1. La desinvestidura del objeto materno (asesinato psíquico sin odio) y la identificación incons-ciente con la madre deprimida (“muerta”); 2. La no comprensión de tris-teza de la madre favorece la fantasía en el hijo de que el padre es el causante, lo que crea un Edipo precoz; 3. La reticencia en amar al ob-jeto, el bloqueo del amor y la utilización del otro únicamente como objeto de placer sensual; 4. El desarrollo precoz de capacidades intelectuales y de fantasear para adivinar o anticipar las reacciones de la madre (forma-ción de falso self). Más tarde, cualquier herida en la vida amorosa des-pierta un dolor psíquico y se asiste a un resurgimiento del sentimiento de fracaso, de incapacidad. “Nunca he sido amado” se convierte en una nueva divisa a la que el sujeto se aferra y se esfuerza en verificar en su vida amorosa ulterior. Es un duelo imposible. La pérdida narcisista (heri-da de omnipotencia narcisista), el fracaso de simbiosis y la separación mal consumada no permiten adquisición de constancia objetal, creando un estado de vacío doloroso.

 

X.8. Trabajo de lo negativo

 

Green (1993, 1997, 2000) desarrolla otro concepto nuevo, trabajo de lo negativo, para explicar muchas manifestaciones psicológicas.Se puede decir que el trabajo de lo negativo abarca, de una parte, la nega-tivización o la supresión por la mente de algo presente, como ocurre en la alucinación negativa o aun en la represión; y de otra, la investidura de algo que desapareció dejando un hueco, como en casos del complejo de la madre muerta y de resentimientos que no permiten investir libidinal-mente nuevos objetos. Estos sujetos se identifican con el hueco dejado por la desinvestidura y no con el objeto. Para ellos la madre “perdida” traumáticamente y el hueco dejado serían más reales que el objeto vivo y presente: como si el hueco, la falta y el duelo se transformaran en ob-jetos de identificación y de investidura, en detrimento del objeto faltante. De la misma manera, la investidura de “aspectos negativos de las rela-ciones” presenta una notable intolerancia al duelo.

El trauma no es sólo algo que ha ocurrido ? en el sentido clásico del traumatismo (por seducción sexual o por un acto agresivo) ? sino algo que no ocurrió a causa de una ausencia de respuesta por parte del obje-to. Lo único real sería el hueco; es decir, la ausencia, la vacuidad doloro-sa, la futilidad o la muerte.

La elaboración o la reparación del trabajo de lo negativo sería la creación de una escena en la que puede desarrollarse una represen-tación, como una positivización de la negatividad. Esa elaboración se realizaría con los procesos de soñar, los duelos normales, los juegos y la elaboración psicoanalítica. Para elaborar el trabajo de lo negativo en el proceso psicoanalítico hay que buscar sentidos al sentimiento de va-cío (crear sentidos y no descubrir únicamente los sentidos ocultos y lo inconsciente) y ligar las pulsiones a los objetos (función objetalizante), buscando la intrincación de las pulsiones eróticas y destructivas, reco-nociéndolas, discriminándolas, aceptándolas y elaborándolas (Green, 1998).

 

Green considera que la negativización ocurre también en la forma-ción del inconsciente con la represión y en otros procesos donde inter-vienen otras defensas que llama primarias, como la forclusión (nadifica-ción o exclusión radical), desmentida (renegación) y la negación. Sostie-ne que el vinculo -K, el pensamiento operario, la alexitimia, el negativis-mo, la reacción terapéutica negativa, el narcisismo negativo y las “neuro-sis de vacío” contienen procesos de negativización.

 

XI. AFECTOS EN AUTISMO Y EN PARTES AUTISTAS DE LA PER-SONALIDAD SEGÚN F. TUSTIN

 

Frances Tustin ha estudiado el autismo psicogénico infantil y las partes autistas de la personalidad (Tustin, 1987, 1991).

Describe un “autismo primario normal” (o estado de autosensuali-dad) que sería anterior al pensamiento, en el cual el neonato, sin tener conciencia de ello, viviría centrado en sí mismo (indiferenciación) en un “solipsismo postnatal normal”. Los órganos perceptivos darían lugar a una suma de sensaciones no-integradas. La vida psíquica y las instan-cias se aportarán más tarde por la madre. El nacimiento psicológico ven-dría a continuación de los procesos de gestación “extrauterina” (Mahler), gracias a una madre “suficientemente buena” (Winnicott).

Los autismos patológicos serían un modo de defensa contra el do-lor intolerable de la separación, contra el desgarro de la pérdida sobre-venida demasiado pronto o mal preparada.

El autismo secundario de “cascarón” o “encapsulado” se caracteriza por una retracción y una inhibición debidas a la imposibilidad que tiene el niño para soportar el shock de la separación. La elaboración de un “caparazón”, una piel rígida, aislaría y protegería su hipersensibilidad como una barrera entre el yo y el no-yo. Tustin utiliza el concepto de alucinación negativa (en la vivencia autista) para evocar el esfuerzo realizado por el niño para colmar el agujero, el desgarrón originado de una vivencia traumatizante de una separación corporal insoportable.

El autismo secundario “regresivo” o “confusional” correspondería a la esquizofrenia infantil precoz. Después de un desarrollo normal hasta un cierto punto, la protección contra el terror provocado por la separa-ción determinaría una regresión a un estado en el que los límites entre el yo y el no-yo se vuelven borrosos e inconsistentes.

Según Tustin, antes de un sentimiento seguro de “continuidad de existir”, las angustias traumáticas son terrores tan elementales como los de disgregarse, “caer en un abismo”, estrellarse con daño, esparcir-se, explotar, tener experiencia horrorosa y estupefacta, terror pasmante, agonía, disolución, esparcimiento sin control, sensación del abandono del cuerpo, sentimiento de identidad bajo amenaza, sentirse flotando. El autismo es una defensa contra las sensaciones anteriores, contra la psi-cosis. Estos terrores se han experimentado en un estado preverbal, prei-mágenes y preconceptual. Las reacciones de encapsulamiento protegen a la parte dañada y taponan el miedo de ser muerto o el peligro de muerte. Esos peligros de muerte son peores que la muerte, son amena-zas de un aniquilamiento total, son angustias y terrores ilusorios pero reales (inefables), son terrores sin nombres (Bion).

 

Los autistas parecen “carecer de afectos”. No fueron capaces de tramitar la pena y el duelo producidos por la pérdida. La parte autista desmiente la dependencia, de la cual resulta una autosuficiencia pato-lógica.

Las reacciones de evitación producidas ante esas experiencias ca-tastróficas insoportables se convierten en barreras autistas al funciona-miento cognitivo y afectivo en las personalidades neuróticas. Esas expe-riencias y las reacciones se tienden a repetir en posteriores situaciones de la vida en que las expectativas de éxtasis que se habían formado se hacen añicos contra el suelo en contacto con la realidad. Estas personas compensan su no admitido sentimiento de haber recibido un daño irre-parable por medio de expectativas perfeccionistas sobre ellas mismas y otras personas. Pueden también desembocar en reacciones fóbicas. Una fobia es el terror a una parte específica del mundo exterior; en cam-bio, el autismo es terror al conjunto casi del mundo exterior, en particular a la madre. Las defensas maníacas o los congelamientos de los senti-mientos (alexitimia) serían también reacciones ante esas experiencias catastróficas insoportables.

La situación de desilusión trágica se repite en la transferencia. Es indispensable comprender la necesidad que los mueve a obrar así y ha-cer que se sientan amparados en un vínculo cálido, firme, sano, solícito y disciplinado para que el paciente entre en contacto con estados autis-tas o sus partes autistas, y aliviar al paciente neurótico de su miedo de un cataclismo que ya ha ocurrido. Cuando “sale” de su autismo o de su parte autista el paciente entra en una simbiosis que hay que tolerar y tratar. Los llamados “estados de pánico” se asemejan mucho a los ex-perimentados por los niños aquejados de autismo psicógeno cuando emergen de su encapsulación autista. Esta encapsulación les protegía del pánico.

 

En esas descripciones constatamos de qué manera extrema el ser humano puede disminuir o “cortar” sus relaciones para protegerse de angustias intensas y de dolores psicológicos no aguantables, a veces aislándose concientemente (actitud como autista), otras veces “hacién-dose” realmente autista.

 

XII. O. KERNBERG

 

Otto Kernberg construyó una teoría de desarrollo y de psicopatolo-gía que combina (con modificaciones) las fases de desarrollo que descri-bió Mahler, las diferencias entre el self y el objeto de Jacobson, los pro-cesos de autonomía primaria de Hartmann y los modelos de los objetos internos de Fairbairn y de Klein (Kernberg, 1977). Reformuló también la teoría freudiana de los dos instintos principales combinándola con las teorías etológicas y neuropsicológicas. Además, buscó cierta convergen-cia no solamente entre las teorías sino también entre las técnicas psi-coanalíticas contemporáneas (Kernberg, 1993).

El autor considera que la mente humana se estructura a partir de la internalización de las relaciones con los objetos importantes. Junto con la imago del objeto (objeto parcial) se introyecta la parte del sí mismo que se relaciona, el estado afectivo que caracteriza esa relación (el vín-culo) y un componente cognitivo (ideativo) que explica la relación. La relación de papeles recíprocos entre el self y el objeto, enmarcada por el afecto correspondiente, se expresa por lo general como una fantasía o un deseo (Kernberg, 1995b).

Kernberg (1977) considera 5 fases en el desarrollo afectivo y cogni-tivo:

1. “Autismo” normal o período indiferenciado primario (primer mes de la vida).

2. “Simbiosis” normal (hasta octavo mes) o período de representa-ciones primarias indiferenciadas del self con el objeto. Las representa-ciones indiferenciadas del self con los objetos, tanto las investidas agre-sivamente como las investidas libidinalmente, construidas en forma separada cada una de ellas, caracterizan la capa básica del incons-ciente dinámico y reflejan la simbiosis temprana. La psicosis sería una fijación o regresión en estas dos primeras fases.

3. Diferenciación entre las representaciones del sí mismo y las re-presentaciones objetales (8 a 36 meses). Los fronterizos funcionarían principalmente en este nivel de desarrollo sin la maduración de fases siguientes.

4. Integración de las representaciones de partes del sí mismo (en un sí mismo total) e integración de las partes de las representaciones obje-tales parciales (en un objeto total). Al mismo tiempo, se desarrollan las estructuras intrapsíquicas superiores (por ejemplo, el superyó) derivadas de las relaciones objetales (de 36 meses al final del período edípico, de 6 a 7 años). En esta fase se adquiere principalmente la represión, la constancia objetal (objeto total) y la identidad personal.

5. Consolidación de la integración del superyó y del yo (después de 6 a 7 años).

 

Kernberg enfatiza que las remodelaciones de estas estructuras pro-siguen durante toda la vida, según las relaciones interpersonales, y nin-guna de las estructuras y los funcionamientos primitivos desaparecen totalmente.

Generalmente, en las primeras tres etapas, los estados afectivos son difusos y abrumadores. No se observan esos estados afectivos, de manera tan inmodificada, en los adultos normales y neuróticos. Sin em-bargo, en el curso de todo análisis y en momentos de profunda regre-sión, se hace posible detectar y analizar vínculos objetales pasados re-primidos que conservan sus primitivas representaciones del self y/con el objeto ligadas con afectos primitivos.

La neutralización de las pulsiones implica la integración de relacio-nes objetales parciales internalizadas (idealizadas y persecutorias), lle-vando a un concepto integrado de self (identidad) y de las demás perso-nas importantes (objeto total). También lleva a la integración de los esta-dos afectivos derivados de las series libidinales y agresivas, facilitando una manifestación afectiva más modulada, discreta, elaborada y comple-ja de la fase de constancia objetal, hacia el final del período edípico (6 a 7 años).

 

Kernberg sostiene que la concepción biológica actual de los instin-tos puede aplicarse a la teoría psicoanalítica; es decir, las disposiciones innatas de patrones de comportamiento, activadas bajo condiciones ambientales específicas que llevan a una secuencia de activación de conductas de exploración y de consumación. Esta aplicación conllevaría la teoría de pulsiones en el ser humano, específicamente la libido y la agresión, a sistemas motivacionales como en los animales, donde se combina lo instintivo y lo ambiental. La capacidad tanto para el amor co-mo para el odio serían innatas, y las dos requerirían del ambiente para activarse y desarrollarse (Kernberg, 1995a).

Kernberg considera que los afectos son componentes instintivos de naturaleza psicofisiológica del comportamiento humano, es decir, dispo-siciones innatas que emergen en los estados más tempranos del desa-rrollo y que se organizan progresivamente como parte de las relaciones objetales tempranas en afectos que satisfacen, gratifican y dan placer (libido como pulsión dominante), y en afectos dolorosos y aversivos que a su vez se organizan en agresión como pulsión dominante. En esta lí-nea de pensamiento, los afectos se desencadenan en primer término por experiencias fisiológicas y corporales, y posteriormente por el desa-rrollo de las relaciones objetales. La función biológica instintiva básica de los afectos es la comunicación entre la cría y el cuidador, y posterior-mente entre los individuos.

El bebé tendría una disposición innata al apego emocional (vínculo afectivo) que requeriría de una estimulación externa para activarse (ver también Bowlby en la sección XIII.1 y Llinás en la sección XIII.3). De igual manera, se activaría la disposición a la ira y a la protesta furiosa cuando las circunstancias externas frustran sus necesidades o sus de-seos. Los afectos primitivos serían sistemas motivacionales originarios que implican un acercamiento a la fuente de satisfacción y de placer (placidez de la gratificación) o un alejamiento o una destrucción de fuen-te de malestar y de dolor (aversión al dolor o a la frustración). De otra parte, los afectos incluyen además un componente cognoscitivo, fenó-menos neurovegetativos de descarga, activación psicomotora y un pa-trón característico de expresión facial que sirve para comunicarse con otros. Podemos considerar que todas estas predisposiciones innatas facilitan ante todo la autoconservación.

 

Según Kernberg (1995a), la excitación sexual y el deseo erótico constituyen los afectos centrales de la libido, que derivan del afecto pri-mitivo de placidez (elación) y de fusión del bebé, al contacto corporal íntimo con la madre. Se desarrollan también otros afectos libidinosos: el anhelo intenso, la ternura y la preocupación. Mientras que la agresión como pulsión, se desarrolla a partir de la respuesta primitiva de llanto, que se transforma primero en el afecto de ira y posteriormente en parte de la tristeza. El odio es un aspecto posteriormente estructurado de la ira, y la envidia es un desarrollo específico y estructural del odio.

La función más primitiva de ira es la lucha para eliminar la fuente de irritación o de dolor. Por lo tanto, la ira es siempre secundaria a la frus-tración o al dolor (Kernberg no acepta la existencia de pulsión de muer-te). Con el desarrollo biopsicosocial, la función de la ira se hace más compleja. Así, una segunda función de la ira es la eliminación de obstá-culos o barreras que se oponen a la gratificación (real o simbólica). Una tercera función consiste en la eliminación del objeto malo, fuente su-puesta de frustración deliberada por colocarse entre el self y la gratifica-ción. En un momento más avanzado del desarrollo, el deseo ya no es el de destruir al objeto malo sino el de hacerlo sufrir (en el sadismo, el pla-cer se fusiona con el dolor en el otro). En un nivel posterior del desa-rrollo, el deseo de hacer sufrir al objeto malo se transforma en el deseo de dominar y controlar a ese objeto, para evitar los temores de persecu-ción que produce; entonces, mecanismos obsesivos de control pueden regular la supresión o la represión de la agresión. Finalmente, en los aspectos sublimatorios de la respuesta agresiva, la búsqueda de auto-nomía y de autoafirmación para liberarse del control externo, reflejan características de las implicaciones autoafirmatorias originales de ira.

El odio surge como derivado estructurado, crónico y estable del afecto de la ira (que es aguda, transitoria, desorganizadora) en respues-ta al sufrimiento, al dolor o a la agresión del otro. El odio, como la ira, tiende a destruir un objeto malo, hacerlo sufrir y controlarlo. Una conse-cuencia casi inevitable del odio es la venganza contra el objeto frustran-te o agresivo. Los miedos retaliatorios paranoides son, por lo general, inevitables acompañantes del odio intenso, por lo que los rasgos para-noides, los deseos de venganza y el sadismo van juntos.

La envidia sería una complicación del odio, surgiría como resultado de la convicción de que el objeto no da suficiente, teniendo más, lo que llevaría a la avidez y a la voracidad.

 

La falta de sintonía de la madre con el infante puede llevar a una falta de organización de los patrones afectivos tempranos o a su desor-ganización. Lo que puede llevar a distorsiones profundas y primitivas de las relaciones objetales internalizadas. De otra parte, los factores cons-titucionales pueden aumentar la sensibilidad del niño y activar patológi-camente los afectos. Más importante aún, las experiencias traumáticas y las patologías severas en las relaciones objetales tempranas activan los afectos agresivos y determinan un predominio de agresión generalizada sobre el desarrollo libidinal. Y traen como consecuencia estados de pa-tología severa como las psicosis, los casos de narcisismo maligno, las organizaciones fronterizas de la personalidad, los tipos severos de per-versión y en algunos trastornos psicosomáticos.

Las experiencias traumáticas posteriores pueden transformar retro-activamente experiencias tempranas, volviéndolas traumáticas de mane-ra secundaria, por lo tanto, no es tan importante el momento sino el he-cho de que se cristalice una relación de objeto internalizada cargada de ira.

 

Los pacientes con organización fronteriza de la personalidad suelen adolecer de deficiencias en su capacidad de experimentar culpa y preo-cupación por los objetos debido a la falta de integración del superyó. Sus reacciones depresivas asumen la forma de rabia impotente y sen-timiento de derrota ante fuerzas externas, más que duelo por la pérdida de objetos buenos y pena por la propia agresión hacia ellos mismos y hacia los demás (Kernberg, 1975).

 

Kernberg considera que existen narcisismo normal infantil y narcisis-mo normal adulto, así como diferentes grados de narcisismo patológi-co (organización narcisista de la personalidad o del carácter). Piensa que el narcisismo patológico se debe a una carga libidinal exagerada sobre una estructura patológica del sí mismo. Este sí mismo grandioso patológico contiene representaciones del sí mismo real, del sí mismo ideal, y representaciones objetales ideales. Las representaciones objeta-les y del sí mismo devaluadas o agresivamente determinadas son escin-didas o disociadas, reprimidas o proyectadas. La resolución psicoanalí-tica del sí mismo grandioso patológico trae a la superficie relaciones objetales y operaciones defensivas primitivas, características de etapas del desarrollo que anteceden a la constancia objetal, muy similares a las de pacientes con organización fronteriza de la personalidad.

Kernberg clasifica en tres niveles la organización narcisista patoló-gica de la personalidad. Al nivel de funcionamiento más alto de las per-sonalidades narcisistas existe una buena adaptación superficial, pero con sentimientos crónicos de vacío o aburrimiento, una necesidad de-sordenada de tributo de los demás y de éxito personal. El nivel medio del espectro de la psicopatología narcisista corresponde a los casos típicos donde los rasgos narcisistas son más evidentes y pueden llegar a tener, con tiempo, reacciones depresivas crónicas con un sentido en aumento de vacío y de haber desperdiciado la vida, o rasgos hipoma-niacos para defenderse contra la depresión.

En los pacientes narcisistas la envidia consciente e inconsciente es la principal expresión afectiva de la agresión. Idealizan a algunos de quienes esperan abastecimientos narcisistas, y menosprecian y tratan con desprecio a aquellos de quienes no esperan nada. Sus relaciones con los demás son frecuentemente explotadoras y parasitarias. A causa de su gran necesidad de tributo y adoración de los demás, a menudo se les considera como excesivamente dependientes. Pero son incapaces de depender de nadie a causa de una profunda desconfianza subyacen-te y devaluación de los demás, y un “echar a perder” en forma incons-ciente aquello que reciben, que está relacionado con conflictos sobre la envidia inconsciente. De todos modos, debajo de la estructura protectora del sí mismo grandioso patológico (desarrollo anormal del amor a sí mis-mo y por los demás) revelan los conflictos típicos de la organización fronteriza de la personalidad.

En el nivel más grave de la patología narcisista existen además ras-gos fronterizos abiertos, o sea la difusión de la identidad con una incapa-cidad notable para la comprensión intuitiva y la empatía emocional con los demás, la falta de control de impulsos, la intolerancia a la ansiedad, poca capacidad sublimatoria, la disposición a reacciones de rabia cróni-cas o explosivas (rabia narcisista) o las distorsiones gravemente para-noides. Cuando las relaciones objetales parciales disociadas se conden-san con pulsiones sexuales parciales se manifiestan las fantasías y acti-vidades perversas polimorfas sádicamente infiltradas.

Según Kernberg, en los trastornos de personalidad con organización narcisista patológica y con estructuras francamente fronterizas crece la intensidad de la agresión, alcanzando su máxima expresión en el síndro-me del narcisismo maligno. El narcisismo maligno se debe a una con-densación de agresividad primitiva con un self grandioso patológico y se manifiesta por actitudes antisociales, crueles, paranoides, explosivas, homicidas, autodestructivas con automutilación y suicidas. El sujeto tendría sentimientos de triunfo sobre el temor al dolor, al sufrimiento y a la muerte personal. Gozarían también con su crueldad, infligiendo sufri-miento y temor sobre los demás, sin sentir culpa ni vergüenza. La identi-ficación con un objeto cruel omnipotente les daría el poder, el goce, y una sensación de liberación del miedo, dolor y temor, y la convicción de que la gratificación de la agresión es la única manera significativa de relacionarse con los demás (Kernberg, 1975, 1984).

 

Kernberg, en su obra “Relaciones amorosas. Normalidad y pato-logía” (1995b), trata ampliamente los afectos relacionados con la identi-dad genérica, la bisexualidad psicológica, la excitación sexual, el deseo erótico y todos los afectos complejos que se manifiestan intensamente en las relaciones amorosas normales y patológicas.

Enfatiza que la identidad se construye a partir de identificaciones con la relación que tiene con un objeto, y no con el objeto en sí. Esto im-plica una identificación con el self y con el otro en su interacción, asimis-mo una internalización de los roles específicos de esa interacción.

Considera que la excitación sexual es un afecto específico que constituye el “bloque constructivo” central de la pulsión sexual o libidinal como sistema motivacional general. De otra parte, considera que la excitación sexual es el afecto sensual básico de un fenómeno psico-lógico más complejo, a saber: el deseo erótico, en el cual la excitación sexual se vincula a la relación emocional con un objeto específico. La excitación sexual y el deseo erótico son afectos complejos como el or-gullo, la vergüenza, la culpa y el desprecio (afectos primitivos serían la elación, la ira, la tristeza, la sorpresa y el asco).

La agresión interviene en la experiencia sexual en sí. Penetrar y ser penetrado incorpora la agresión al servicio del amor en la excitación se-xual y el orgasmo. El deseo erótico implica también un anhelo de intimi-dad, fusión y mezcla que obliga cruzar una barrera y convertirse en uno con el objeto elegido. En la fusión del orgasmo se produce también la sensación de superar temporalmente la barrera que separa a los dos in-dividuos, hay completamiento y goce, y una sensación de haber logrado una trascendencia intersubjetiva. De otra parte, el deseo erótico incluye un elemento de entrega, de esclavitud respecto del otro, mientras tam-bién se es dueño del destino del otro. La medida en que esta fusión agresiva es contenida por el amor depende de la mediación del superyó, el guardián del amor que contiene la agresión. En la pasión sexual, con el cruce de los límites corporales del self, se produce también el com-promiso con el objeto amado hacia el futuro, como un ideal que le da un significado personal a la vida. Compartir las ideas, los valores y las aspi-raciones con el otro hace la vida digna de ser vivida, y da también la esperanza de una creación y consolidación del significado en el mundo social y cultural.

 

El estado de enamoramiento enriquece al self y acrecienta su in-vestidura libidinal, porque realiza un estado ideal del self y una relación óptima entre el self y el ideal del yo. En el amor maduro se incrementan también simultáneamente las investiduras libidinales objetal y narcisista.

Kernberg considera que el amor sexual maduro es una disposición emocional compleja que integra: 1. La excitación sexual transformada en deseo erótico de la persona elegida; 2. La ternura que deriva de la inte-gración de las representaciones del objeto y del self, cargadas libidinal y agresivamente, con predominio del amor sobre la agresión y con tole-rancia a la ambivalencia normal que caracteriza a todas las relaciones humanas; 3. Una identificación con el otro que incluye la identificación genital recíproca y una profunda empatía con la identidad genérica del otro; 4. Una forma madura de idealización, junto con un profundo com-promiso con el otro y con la relación; y 5. El carácter apasionado de la relación amorosa en los tres aspectos: la relación sexual, la relación objetal y la investidura del superyó de la pareja.

 

Kernberg trata en la misma obra (1995b) las respuestas afectivas eróticas de los analistas, según sus personalidades y las diferentes mo-dalidades de las transferencias eróticas. Piensa que es útil para el ana-lista tolerar sus fantasías sexuales acerca del paciente, incluso que les permite desarrollarse como relato de una relación sexual imaginaria. Considera que, en general, la contratransferencia erótica se evapora pronto con la percatación inconsciente de los aspectos autodestructivos y rechazadores de la personalidad del paciente.

 

Considero que las teorías de Kernberg sobre la génesis y la evolu-ción de los afectos y síntomas acercan el psicoanálisis, más que antes, a otras ciencias que se ocupan también del devenir humano. El autor no solamente construyó teorías nuevas sobre el origen y la evolución de afectos eróticos, agresivos y narcisistas, sino también enriqueció la comprensión de relaciones amorosas normales y patológicas. Además, trató ampliamente un tema poco expresado (casi tabú) por los psicoa-nalistas, el surgimiento y la evolución de las contratransferencias eró-ticas particulares dependiendo de la personalidad predominante del psicoanalista.

Su teoría original sobre la organización fronteriza de la personalidad se tratará más ampliamente en la segunda parte del libro.

 

Nota: Parte de este capítulo se publicó en: Yildiz I. (2008a). Teorías sobre afectos y síntomas III. Psicología psicoanalítica del self y aportes de Otto Kern-berg. Psicoanálisis (APC), XX, (1), 101-124.

 

XIII. PERSPECTIVAS DE LA PSICOLOGÍA EVOLUTIVA Y MULTIDIS-CIPLINARIA

 

En esta sección considero las teorizaciones sobre el desarrollo emo-cional deducidas e inferidas a partir de las observaciones de los infantes y sus aplicaciones posibles en las vivencias emocionales de los adultos. Psicoanalistas como Spitz, Mahler, etc. ya habían aportado sus teorías basadas sobre las observaciones de los niños, pero los grupos de inves-tigadores de J. Bowlby y de D. Stern utilizaron métodos de observacio-nes más sistemáticos y más precisos. Además toman en cuenta los aportes más recientes de evolución biológica, etología comparada, neu-rociencias, teoría de la información, teoría cognitiva, teoría sistémica, etc.

En el enfoque multidisciplinario sobre los afectos resumo las consi-deraciones de R. N. Emde y tomo en cuenta algunos aportes de neuro-ciencias descritos por R. Llinás.

 

XIII.1. Teorías de J. Bowlby sobre el vínculo afectivo, la separación afectiva y la pérdida afectiva

 

John Bowlby (1969, 1973, 1980) propuso un modelo de desarrollo y funcionamiento de la personalidad centrado en los afectos e inspirado por la etología comparada y la teoría de evolución biológica.

Para Bowlby no hay un instinto, hay diferentes conductas instintivas. Considera que el apego es una conducta instintiva primaria distinta de la sexual y la alimentación. El comportamiento instintivo de apego (pau-tas, potenciales, o esquemas de comportamiento que se desarrollan con la interacción con el ambiente temprano) acopla principalmente para los cuidados de la descendencia y la vinculación de los pequeños a sus pa-dres. El apego se define como un lazo afectivo que une la persona a una figura específica (figura de apego); un lazo que induce conductas de apego que tienden a mantenerlos juntos en el espacio y perdura en el tiempo. Este comportamiento de vinculación, resultado tanto de una necesidad innata como de adquisición, tiene doble función: 1. Una fun-ción de protección física y seguridad emocional proporcionada por un adulto capaz de defender al niño vulnerable de todo peligro; y 2. Una función de socialización. El comportamiento de vinculación con la madre se diversifica, se amplía a figuras auxiliares, se desplaza, a lo largo de la vida, a las personas próximas, luego a los extraños y, finalmente, a gru-pos cada vez más amplios, que estructuran la personalidad.

Dentro de este modelo, los afectos sirven para: 1. Evaluar las condi-ciones internas y externas del individuo; 2. Decidir, actuar y evaluar con-tinuamente sus consecuencias; y 3. Comunicarse con otras personas (Bowlby, 1969).

 

Para que la socialización ocurra y sea positiva es necesario que se establezca una auténtica concordancia entre las demandas reales del niño (naturaleza, ritmo) y la capacidad de la madre para responder a es-tas demandas de manera apropiada. El apego sereno (o seguro) es el resultado del desarrollo y del mantenimiento de la confianza ilimitada en la accesibilidad y el apoyo que pueden brindar las figuras de apego afec-tivo, y es necesario para el desarrollo de la confianza en sí mismo y en otros, y para el desarrollo armonioso de la personalidad (Bowlby, 1969). Según Bowlby, la figura de apego debe ser accesible totalmente al niño, por lo menos en los primeros cinco años de vida.

Cuando se perturba el apego sereno, el vínculo afectivo se trans-forma en un apego ansioso o inseguro (se denomina también como apego intenso, dependencia excesiva, celos posesivos, etc.). El apego ansioso resulta de la preocupación constante del sujeto de que sus figu-ras de apego sean inaccesibles o no respondan adecuadamente. Esta preocupación ansiosa puede resultar de separaciones reales de la ma-dre o, con más frecuencia, de la acumulación de experiencias que al-teran la confianza en la disponibilidad de las figuras de apego. Por con-siguiente, el sujeto adopta la estrategia de mantenerse muy cerca de ellas con el fin de asegurarse su disponibilidad en la medida de lo posi-ble. En esos casos se observa generalmente una madre insensible a las necesidades del infante, una madre “irritable”, “imprevisible”, “sobrepro-tectora” (“intrusiva” por sus propias angustias; padres que no permiten que sus hijos salgan de simbiosis), “vengativa”, un apego ansioso de los padres al hijo (inversión del apego), amenazas explícitas o implícitas de abandono que incluyen a veces amenazas de separación de los padres y aun de suicidio de uno de ellos, etc. Así, el temor y/o la ansiedad de separación exagerada resultan de unapego ansioso o inseguro. Según Bowlby, la ansiedad que se despierta frente a la separación o pérdida de la figura de apego es una respuesta fisiológica, una señal de alarma frente a los peligros, ya que la figura de apego tiene una función bioló-gica protectora. Es un mecanismo heredado filogenéticamente y cumple un papel de supervivencia. Desde esta perspectiva, lo patológico sería la falta de ansiedad o que ésta se manifestara demasiado rápidamente o con una intensidad exagerada.

En casos de apego ansioso, en el niño crece la angustia y la cólera. La cólera es un reproche por lo que ha sucedido y un intento de disua-sión para que no se produzca otra vez una situación parecida. Cuando este comportamiento de vinculación angustiosa es muy acentuado pue-de hipotecar el establecimiento de sus capacidades de adaptación so-cial. El apego ansioso puede manifestarse en forma de fobias en los niños (escolares y otras) para justificar la cercanía o el aferramiento a la madre (o más tarde a un sustituto real o simbólico) e inducir posterior-mente más alteraciones de la personalidad.

 

Cuando la ira y los reproches no dan resultados ante separaciones o desatenciones repetitivas o prolongadas, el sujeto puede entrar en un desapego con su figura de apego anterior y puede predominar el resen-timiento y el odio. De otra parte, cuando se reprime la furia contra los padres por terror al abandono, o los impulsos hostiles contra una figura de apego, puede aumentar aun más la angustia y transformarse en fo-bias. Así, la ansiedad difusa o las fobias son consideradas como esta-dos de ansiedad acerca de la disponibilidad de la figura o las figuras de apego. Los síntomas psicosomáticos pueden enmascarar o reempla-zar las ansiedades difusas o las fobias.

 

Bowlby (1980) considera que la pérdida afectiva provoca desapego con gran resentimiento, o la tristeza y la depresión. Describe 4 fases en un duelo “normal” ante una pérdida afectiva repentina (persona, cosa, expectativa, estatus, etc.):

1. Fase de embotamiento de la sensibilidad (aturdimiento), que por lo general dura desde algunas horas hasta una semana y puede estar interrumpida por episodios de aflicción y/o cólera sumamente intensas. Pueden ocurrir ataques de pánico y de despersonalización que pueden llevar a su turno a una agorafobia. Pueden también manifestarse la ne-gación o la renegación de la pérdida.

2. Fase de anhelo y de búsqueda de la figura perdida, que dura al-gunos meses y a veces años (duelos patológicos). Puede surgir cólera e ira por aquellos considerados responsables de la pérdida y también por las frustraciones que surgen durante esa búsqueda inútil. Pueden surgir también autoreproches. Lo que predomina es una tristeza profunda de imposibilidad de reencontrar la figura perdida.

3. Fase de desorganización y desesperanza que implica una nueva definición penosa de sí mismo y de la situación. Es una fase de remode-lación de los modelos representacionales internos a fin de adaptarlos a los cambios que se han producido en la vida de la persona.

4. Fase de mayor o menor grado de reorganización.

 

En resumen, para Bowlby, no es el complejo de Edipo lo que provo-ca la estructuración de la personalidad, las angustias y los síntomas sino la posibilidad o no de tener, construir y mantener vínculos afectivos se-guros durante todo el ciclo de la vida. La conducta sexual puede presen-tarse combinada o no con la conducta instintiva de apego emocional. Además, existen variedades de vínculos afectivos: hijo-padres; padres-hijos; pareja conyugal; entre hermanos y otros miembros de familia; entre amigos; entre miembros de un grupo o una institución; entre el sujeto y sus cosas o ideales, etc.

 

Bowlby considera que “el apego íntimo a otros seres humanos es el eje alrededor del cual gira la vida de una persona, no sólo cuando ésta es un infante o un niño..., sino también durante toda la adolescencia, los años de madurez y la senectud. De esos apegos íntimos una persona extrae su fuerza y experimenta el goce de la vida y en la medida en que contribuye a ello depara fuerza y goce de la vida a los demás.” (Bowlby, 1980, p.445).

 

Bowlby da como norma básica la indicación de que el terapeuta de-be constituirse en figura de apego sereno para su paciente, ser una “ba-se segura” desde la cual se desarrollará el difícil y largo proceso psicoa-nalítico.

 

El autor muestra en sus obras que el comportamiento instintivo de apego se observa también en muchas especies animales (con resulta-dos de experimentos que apoyan su teoría). La aplicación y la integra-ción de su teoría en la psicología (normal y patológica) del devenir hu-mano parecen también convincentes. Sin embargo, no debemos reducir la complejidad del homo sapiens a las otras especies animales y deses-timar la importancia de la triangulación de la vivencia edípica en la cons-titución y devenir simbólico singular de cada ser humano (proceso de separación-individuación, aceptación de la ley del padre y del orden simbólico, creación de cultura y su transmisión).

 

XIII.2. Teorías de D. Stern sobre los diferentes sentidos del self y los afectos relacionados

 

Daniel Stern (1985) describe el desarrollo de un mundo interperso-nal en el infante como resultado de relaciones íntimas del self con los otros. El mundo interpersonal del infante es en gran medida un mundo afectivo, en el cual el desarrollo es estimulado mediante la “entonación afectiva” (sintonía afectiva) de la madre, es decir, por la capacidad de respuesta intersubjetiva de la madre tanto a los “afectos categóricos” (las emociones claramente distinguibles) como a los “afectos de vitali-dad” (cambios de intensidad, excitación y ritmos de las emociones) de su infante. Las representaciones de las interacciones con los cuidadores primarios del infante se generalizan, y orientan las expectativas y con-ductas posteriores.

 

Stern extrae inferencias sobre la vida subjetiva del infante a partir de los datos observados e intenta crear un diálogo entre el infante revelado por la observación y el reconstruido por la clínica psicoanalítica del adul-to.

El autor adjudica un rol central al sentido de sí mismo (self), y su contraparte, al sentido del otro. Algunos sentidos del sí mismo existirían mucho antes que la autopercatación y el lenguaje. Stern diferencia cua-tro sentidos principales del self en el desarrollo: 1. Self emergente; 2. Self nuclear; 3. Self intersubjetivo y 4. Self verbal.

Considera que los procesos del desarrollo del self se producen a saltos por cambios cualitativos.

Según este enfoque, los infantes empiezan a experimentar desde el nacimiento el sentido de un sí mismo emergente. Están preconstitui-dos para darse cuenta de los procesos de autoorganización y para res-ponder selectivamente a los acontecimientos sociales externos. Normal-mente no experimentan una fase de tipo autista ni pasan por un período de total indiferenciación self/otro o una confusión entre uno mismo y el otro.

 

Entre los dos y los seis meses, el bebé consolida el sentido de un sí mismo nuclear como unidad separada, físicamente ligada y cohesiva con límites y un lugar de acción integrado, con sentido de su propia a-gencia, con afectividad del self y continuidad en el tiempo. Las experien-cias anteriores del self operan fuera de la percatación y es una integra-ción experiencial y no una construcción cognitiva. Las diferentes inva-riantes de la experiencia del self (cohesividad, agencia, coherencia, con-tinuidad, afectividad) son integradas para formar el sentido de un self nuclear. El sentido del self nuclear será el cimiento de todos los otros sentidos más elaborados del self que se agregarán más tarde. La forma-ción de un sí mismo nuclear y de otros nucleares crea un mundo inter-personal en el infante. Normalmente no hay ninguna fase de tipo sim-biótico.

Las angustias de fragmentación del self nuclear se heredan de la infancia y parecen ubicuos en los niños más grandes (miedos, pesa-dillas) y también en los adultos. Sólo en las psicosis más graves se ve una ausencia significativa de alguna de las experiencias del self nuclear. La ausencia de agencia puede manifestarse como catatonia, parálisis histérica, desrealización, y algunos estados paranoides en los que apa-rece reemplazado el autor de la acción. La ausencia de la coherencia puede manifestarse en despersonalización, fragmentación y experien-cias psicóticas de coalescencia o fusión. La ausencia de afectividad pue-de verse en la anhedonia y algunas esquizofrenias, y la ausencia de la continuidad (mismidad) aparece en los sentimientos de aniquilamiento, en las fugas y otros estados de disociación.

Es probable que en el dominio del relacionamiento nuclear los infan-tes no experimenten “angustias impensables” por quiebras potenciales del sentido de un self nuclear, pero sí pueden experimentar “agonías primitivas” por fracturas actuales. Es razonable suponer que los infantes no experimenten angustia hasta más tarde, porque el miedo no aparece como emoción completa hasta la segunda mitad del primer año de vida. El miedo en forma de angustia resulta de la evolución cognitiva que per-mite anticipar un peligro real en el futuro. Entonces, las agonías primiti-vas serían alguna forma de malestar no localizable, basada en evalua-ciones afectivas de una situación, y no de las evaluaciones cognitivas.

El sentido del self con el otro o estar con el otro puede experimen-tarse de muchos modos, como coalescencia, fusión, puerto seguro, ba-se segura, ambiente sustentador, estados simbióticos, objetos del self, fenómenos transicionales y objetos catectizados. El estar con el otro es una creación mutua, un “nosotros”, o un fenómeno self/otro. El otro para el infante es un regulador del self que puede ser fuente de una espiral de retroalimentación positiva y/o negativa. La seguridad o apego seguro (o ansioso) son también experiencias creadas en reciprocidad. El self puede también ser regulado por cosas inanimadas que han sido personi-ficadas como los objetos transicionales en los infantes o los fenómenos transicionales en los adultos.

 

Aproximadamente entre los siete y los quince meses se busca y se crea la unión intersubjetiva con el otro (el sentido de un sí mismo sub-jetivo). Este proceso envuelve el aprendizaje de que la propia vida sub-jetiva (los contenidos de la propia mente y las cualidades de los propios sentimientos) pueden compartirse con el otro. Se crea un proceso empá-tico como puente entre dos mentes, y una capacidad para la intimidad psíquica (la revelación recíproca, la permeabilidad o interpenetrabilidad que se producen entre dos personas). Además, la intersubjetividad es reforzada por la necesidad de seguridad (supervivencia) y logro de vín-culos afectivos. No es un período evolutivo de ganar independencia, autonomía o separación-individuación.

En esos estados preverbales se comparten la atención, las intencio-nes y los estados afectivos. Se acepta que desde temprano los afectos son el medio y el contenido primarios de la comunicación y la comu-nión. La comunicación tendría un propósito de informar y cambiar al otro, mientras que la comunión simplemente comparte. El proceso de compartir estados afectivos es el rasgo más general y clínicamente más pertinente del relacionamiento intersubjetivo. El autor llama entona-miento afectivo (o sintonía afectiva, resonancia afectiva, responsividad empática, apareamiento afectivo) la capacidad de la madre de compren-der y reflejar especularmente las emociones de su infante.

El entonamiento afectivo de la madre ayuda al infante a reconocer que los estados emocionales internos son formas de la experiencia hu-mana, compartibles con otros seres humanos. Los estados emocionales que nunca son objeto de entonamiento se experimentan a solas, aisla-dos del contexto interpersonal de la experiencia compartible.

De otra parte, el entonamiento y el desentonamiento selectivos par-ticulares de una madre determinan cuáles conductas abiertas caerán dentro o fuera del ámbito intersubjetivo, y explican el infante que se con-vierte en el hijo singular de esa madre. Además, el estado afectivo de la madre determina o modifica también el estado afectivo del infante. Los deseos, los miedos, las prohibiciones y las fantasías de los padres bos-quejan las experiencias psíquicas del niño y crean la idiosincrasia fa-miliar (intergeneracional) y cultural (transgeneracional) de maneras de sentir, pensar y expresar las emociones. La creación del “falso self” se explicaría también por entonamientos selectivos de los padres.

Cuando la intersubjetividad afectiva (entonamiento) es imposible (en casos de madres deprimidas o psicóticas) sobreviene una soledad que se vive en grados leves en los trastornos de carácter y en las neurosis, y en forma más grave (soledad cósmica) en estados de psicosis. Puede coexistir una falta de sintonía afectiva de la madre al lado de los cuida-dos extremos de necesidades físicas y fisiológicas del infante. Así, de las dificultades de relacionarse intersubjetivamente surgirían las neu-rosis (aun antes de la capacidad de simbolización), las malformaciones caracterológicas y las patologías del self.

 

El sentido de un self verbal empieza a formarse después de la constitución del sentido del self intersubjetivo, gracias también a las re-laciones interpersonales. El lenguaje verbal crea significados (simboliza-ción) compartibles sobre el sí mismo y el mundo. El significado resulta inicialmente de negociaciones interpersonales entre el cuidador y el niño. Tales significados crecen, se desarrollan y cambian en las inte-rrelaciones con otros mediadores socializantes.

Todas las experiencias y memorias de coherencia, mismidad, conti-nuidad e intersubjetividad existen inicialmente sin palabras. Las expe-riencias y los conceptos aparecen primero y las palabras se vinculan después a ellos.

Con la adquisición del lenguaje verbal aumentan los modos posibles de estar con otro. El lenguaje permite también al niño empezar a cons-truir un relato de su propia vida. El lenguaje verbal es también una espa-da de doble filo: sirve no solamente como una nueva forma de relaciona-miento sino también como un problema para la integración de la expe-riencia del self y la experiencia del self con otro. Puede también convertir partes de la experiencia en menos compartibles consigo mismo y con otros, porque muy pocas veces el lenguaje verbal aprehende perfecta-mente la experiencia total. En el dominio del relacionamiento verbal sólo muy parcialmente se puede abarcar la experiencia de los dominios del relacionamiento emergente, nuclear e intersubjetivo, que permanecen independientes del lenguaje verbal. De modo que el lenguaje verbal pro-voca una escisión en la experiencia del sí mismo. Además, es muy difícil poner en palabras y comunicar los afectos, como formas de conocimien-to personal. Es más fácil rotular las categorías de los estados afectivos (triste, alegre) que los rasgos dimensionales o de graduaciones (cuán triste, cuán alegre).

De otra parte, lo que se dice y lo que se significa tienen una relación complicada en el dominio interpersonal. Las señales diferentes se pro-ducen simultáneamente en diversos canales significativos: el lingüístico (pragmática y semántica), el paralingüístico (tono, volumen, énfasis), el facial (categoría de afecto y plenitud del despliegue) y el gestual.

 

Los cuatro sentidos de sí mismo descritos no se ven como fases su-cesivas que se reemplazan una a otra. Una vez constituido, cada senti-do de sí mismo sigue activo y en pleno funcionamiento durante toda la vida. Todos continúan creciendo y coexistiendo. La experiencia social subjetiva resulta de la suma e integración de la experiencia en todos los sentidos de sí mismo.

 

La génesis de los problemas psicológicos puede tener una historia evolutiva que llega a la infancia, pero no necesariamente. El desarrollo de los sentidos del self continúa sin cesar, constantemente puesto al día. El sistema está también abierto al daño patógeno, crónico o agudo. Esta manera de ver no predice que las influencias ambientales dañinas en los períodos formativos de los diferentes sentidos del self darán por resultado una patología relativamente mayor, o una patología menos fácilmente reversible, que las injurias ulteriores.

La naturaleza del enfoque terapéutico determina qué dominio de la experiencia aparecerá como el primariamente puesto en aprietos. El te-rapeuta, en virtud del enfoque que elige, encuentra la patología predicha por su teoría etiológica. Si las teorías guías (modelos) son más abar-cativas, el terapeuta puede tratar a los pacientes con más eficacia.

 

En un escrito posterior, Stern y col. (1998), consideran que gran par-te de los efectos terapéuticos duraderos tiene lugar dentro del conoci-miento relacional implícito compartido entre el paciente y el analista, co-mo resultado de “momentos de encuentro” que inducen cambios en este campo relacional intersubjetivo, o sea no verbal, no interpretativo. Son cambios diferentes de los cambios producidos por la interpretación que hace consciente lo inconsciente. Además, los momentos de encuen-tro se producirían fuera de la relación transferencial-contratransferencial ante situaciones nuevas (momentos de ahora) en la situación psicoa-nalítica, con una respuesta espontánea del analista en sintonía emocio-nal con el paciente, compromete la personalidad total del analista (como una risa compartida con el paciente ante algo gracioso, u otra actitud no interpretativa del analista), y fuera de su “técnica habitual”. Los momen-tos de encuentro introducen nuevos modos o cambios en los modos de relacionamiento intersubjetivo implícito entre el paciente y el analista.

Sin embargo, los momentos de ahora pueden fracasar y tener, entre otras posibilidades, un efecto destructivo sobre el tratamiento debido a la reacción no empática y/o a veces defensiva del analista, produciendo un efecto iatrogénico.

 

XIII.3. Perspectiva multidisciplinaria sobre los procesos afectivos

 

Robert N. Emde (1987) considera la regulación afectiva (según lo placentero y lo displacentero) como una motivación innata. El hecho de que determinadas pautas emocionales bien deslindadas sean transcul-turales (pautas faciales de alegría, ira, miedo, tristeza, asco, sorpresa e interés) implica la universalidad de la experiencia para un conjunto de emociones básicas y su preprogramación biológica. Mientras que otras emociones son modeladas más por los recuerdos y las evaluaciones cognitivas (el orgullo, el sentirse ofendido, la vergüenza, la culpa, la en-vidia, los celos, etc.). Los procesos afectivos son un aspecto del funcio-namiento mental que, prestando un sentido de continuidad en el tiempo, determinan la importancia y el valor de los acontecimientos vividos por un sujeto.

El autor postula la existencia, de origen biológico, de un núcleo a-fectivo de la experiencia del self. Este núcleo afectivo procura continui-dad a la experiencia, a pesar de la diversidad de cambios, procura tam-bién la capacidad de comprender a sí mismo y al otro. El mismo núcleo proporciona la base para la comunicación de necesidades, intenciones, frustraciones y satisfacciones del bebé con el cuidador. El núcleo emo-cional del self brinda influencias automáticas continuas sobre la expe-riencia; se liga a las múltiples experiencias con otros cercanos mediante las experiencias emocionales reiteradas que se internalizan en el curso del desarrollo temprano. Los cambios del self afectivo son considerados como factores integradores que promueven la consolidación del fun-cionamiento adaptativo en un nivel de organización más elevado.

Destaca la importancia de una psicología del “nosotros” (una dialéc-tica yo-tú) y considera que el referenciamiento social del infante tiene función adaptativa en cuanto facilita el desarrollo del self, sosteniendo y extendiendo modelos operantes de los tres aspectos dinámicos del sis-tema del self: 1. La experiencia del self; 2. La experiencia del otro; y 3. La experiencia del self con el otro o “nosotros”.

Los afectos son considerados cada vez más como estados com-puestos que incluyen sentimientos de placer y displacer. Arraigan en la biología, son evaluativos, incluyen cogniciones, operan inconsciente-mente tanto como conscientemente, y en general organizan el funcio-namiento mental y la conducta. La formulación del afecto como señal expone su papel regulador con un funcionamiento automático (angustia señal, depresión señal, afectos positivos de señal). Con esto los afectos son considerados adaptativos. En la vida cotidiana, al lado de las emo-ciones extremas, los afectos regulan el interés, el compromiso, el abu-rrimiento, la frustración y las otras coloraciones de estados de partici-pación en el mundo, siguiendo un continuo de placer-displacer.

 

Según Emde (1999), en la perspectiva multidisciplinaria, existe una convergencia en términos de un modelo organizativo de las emocio-nes. Los procesos emocionales son parte de sistemas complejos dentro de los cuales se da una interacción con otros procesos que se integran dinámicamente. Existen múltiples circuitos de retroalimentación dentro y entre los sistemas mentales como la percepción, la motivación, las emo-ciones, la cognición y la acción, siendo característica su regulación mu-tua. Existe consenso general en las investigaciones multidisciplinarias de las emociones sobre tres puntos de vista:

1. Organizativo/adaptativo, considera que las emociones son pro-cesos activos y tienen normalmente una función adaptativa reguladora, pero ocurren también “desregulaciones” en ciertas circunstancias por “insuficiente” emoción o por “demasiada” emoción. Se introducen tam-bién “nuevas” emociones en el curso del desarrollo y durante el proceso psicoanalítico.

2. Complejidad, considera que los componentes y configuraciones de las emociones tienen sentido y son generalmente complejos, no li-neales (teoría de complejidad) (Capra, 1996; Wagensberg, 1998; Sán-chez Medina, 2002b; Núñez Sánchez, 2003). Los componentes de las emociones pueden darse con diferentes configuraciones, según el indi-viduo y el contexto.

3. Procesal o relacional, sostiene que todos los procesos de la emoción implican relaciones entre la persona (sus metas) y su medio adaptativo.

 

Emde (1999) trata las influencias integradoras de los procesos afectivos para el desarrollo y para el psicoanálisis. El autor revisa el modo en que los procesos afectivos brindan influencias integradoras pa-ra el cambio, así como para la continuidad dentro del desarrollo tem-prano. Los procesos afectivos serían como “incentivos” para la integra-ción o “psicosíntesis”. Señala seis períodos de transición durante los primeros cuatro años del niño. Estas transiciones son momentos del desarrollo en que predominan los cambios, que son duraderos y que implican una importante reorientación en las relaciones entre el sujeto y su medio. Aparecen nuevos modelos de procesos emocionales y nuevas señales emocionales, los que brindan un encuadre para otros cambios que han de producirse en el niño y en el rol de éste dentro de la familia. Los nuevos patrones de emoción en virtud de sus funciones de señala-miento (internas y externas) sirven para promover nuevas conexiones. Los seis períodos de transición son:

1. Después del nacimiento predomina el llanto, que comunica nece-sidades fisiológicas (hambre, sed, dolor, frío, calor, etc.).

2. La sonrisa social mutua y mayor capacidad de contacto visual marcan otra transición a los dos o tres meses (Spitz).

3. La angustia ante los extraños y la angustia de separación se dan hacia el final de la transición de los seis a los ocho meses (Spitz).

4. Empezar a caminar y sus consecuencias emocionales marcan la transición que se extiende entre los diez y los trece meses (Mahler).

5. La transición de 18 a 22 meses contiene los comienzos de la con-ciencia autoreflexiva y el lenguaje con múltiples palabras, incluyendo el “no semántico”. Aparecen también las emociones morales tempranas, como la angustia ante las violaciones de los parámetros, las acciones prosociales (empatía con otros) y la vergüenza.

6. En la transición de los 3 a los 4 años se adquiere capacidad na-rrativa para la experiencia cargada de emociones, creando también sentido afectivo a las situaciones conflictivas o inesperadas.

Nuevos modelos emocionales llevan a nuevas conexiones durante los momentos de transición en el desarrollo, y las señales emocionales cotidianas guían las conexiones con nuevas experiencias. Además, los procesos afectivos están ligados al desarrollo cognitivo y promueven los cambios propios del desarrollo en un sentido cotidiano, no sólo en los momentos de transición.

 

Emde considera que las emociones positivas son autoenriquece-doras, indican un placer en la organización creciente, con señales tanto internas como externas que brindan retroalimentación positiva entre el self y los otros. Las emociones de angustia, impotencia, miedo, enojo, tristeza, depresión, asco, vergüenza, culpa y otras señales emocionales negativas, son generalmente defensivas y de automantenimiento. Es decir, que normalmente sirven como funciones de alerta defensiva y de protección, funcionando para mantener un sentido de estabilidad y cohe-rencia.

Para cada emoción existiría una amplia gama de prototipos que va-rían según la experiencia individual, el contexto de las situaciones y el contexto cambiante en el cual se da el desarrollo. Al lado de pautas emocionales compartidas entre los seres humanos, hay evidencias de una variación individual significativa en el estilo de las respuestas emo-cionales de cada sujeto, lo que le brinda un sentido de originalidad de la propia experiencia.

 

Los procesos emocionales continuos están permanentemente ac-tivos en relación con los sistemas de la memoria, aunque se construyan y reconstruyan de manera relevante en cada circunstancia en particular al ser evocados. Dado que las emociones están ligadas a las experien-cias de relaciones en el pasado, tienden a activarse en circunstancias presentes que resulten similares. Eso lleva a la idea de esquemas emo-cionales del self en relación con otros. El núcleo afectivo del self pue-de pensarse como un conglomerado de dichos esquemas, que incluyen los inconscientes reprimidos y no reprimidos que pueden activarse auto-máticamente.

Los esquemas emocionales son representaciones prototípicas del self en relación con otros, construidas mediante repeticiones de episo-dios en estados afectivos compartidos. La complejidad del desarrollo va aumentando y los diferentes esquemas se ligan con diversas categorías de emociones y situaciones de relación. Se modifican continuamente en un funcionamiento adaptativo, presentan cambios y también continuidad en medio de nuevas experiencias a nivel interpersonal. Dichos esque-mas vienen a ser la base para la organización del self y para la trans-ferencia.

El funcionamiento reflexivo se refiere a la capacidad de apreciar es-tados mentales (es decir, sentimientos, creencias e intenciones) tanto en otros como en el propio self. Esta habilidad se usa en la interpretación de las acciones de los otros y proporciona una coherencia continua a la autoorganización. Sus orígenes en el desarrollo tendrían relación con los intercambios de afecto en una ida y vuelta entre los padres y el niño. Por lo tanto, cuando una madre devuelve “en espejo” la expresión afectiva de su hijo, la representación en la madre del afecto del niño es represen-tada por el niño y es registrada en la representación del estado de su self.

 

La conceptualización de Bowlby de un sentido de seguridad se re-fiere a un trasfondo emocional continuo. En el sistema de apego se mo-nitorea la accesibilidad de la figura de apego, incluso sin tener concien-cia de ello, según lo que se conceptualiza como “modelos de apego en continua modificación”. Dichos modelos son conjuntos de expectativas que incluyen las representaciones del self en relación con los otros y están ligadas por afectos que pueden ser autoenriquecedores (como en el apego seguro) o de automantenimiento/defensivos (como en el apego ansioso). La teorización de Kernberg de que surgen en la infancia unida-des básicas de motivos integrados en las cuales participan el self, el ob-jeto, el afecto y la cognición pueden equipararse a esquemas de emo-ciones del self en relación con los otros. El mundo interpersonal del infante, descrito por Stern, es también un desarrollo íntimo del self en relación con los otros.

 

Las consecuencias clínicas del modelo de esquemas emocionales del self en relación con los otros, surgen de la consideración de la situa-ción psicoanalítica como un proceso en desarrollo, como una experien-cia intensa que depende del establecimiento de un tipo de intimidad afectiva entre el paciente y el terapeuta. Efectivamente, las comunica-ciones emocionales sirven para la formación de la situación psicoanalíti-ca, su mantenimiento, sus interrupciones, sus reparaciones y sus desen-laces. Los sentimientos de seguridad y de confianza permiten asociacio-nes libres con la experiencia del presente y del pasado. Progresivamen-te se van activando los esquemas emocionales del self en relación con los otros que son importantes. Las experiencias afectivas en el aquí y el ahora adquieren una nueva relevancia y se hacen posibles “nuevos co-mienzos” (Balint, 1967) o reorganizaciones de estos esquemas. Nuevos componentes y configuraciones emocionales suelen emerger en nuevos contextos de relaciones y, sobre todo, en el proceso psicoanalítico. Los nuevos comienzos necesitan de sintonía afectiva del analista con el pa-ciente. Las influencias integradoras de los procesos afectivos en psicoa-nálisis operan principalmente en forma no consciente.

Emde enfatiza la importancia motivacional del vínculo afectivo de los cuidados, que proporciona un núcleo afectivo del self en relación con los otros. Un déficit de disponibilidad emocional en el vínculo temprano de cuidados se asocia a una restricción de la experiencia y al riesgo de trastornos del self en el ulterior desarrollo. La disponibilidad emocional del terapeuta dentro del proceso psicoanalítico puede permitir al pacien-te “experiencias emocionales correctoras” con sentimientos de “nuevos comienzos”.

 

Según Emde (1999), una nueva teoría sobre el desarrollo humano, inspirada en la teoría de la evolución biológica y de la inteligencia artifi-cial, considera que existen varios caminos para resultados adaptativos posibles que pueden darse ante una variedad de condiciones biológicas y ambientales adversas. Esta línea de pensamiento se relaciona con el papel esencial de la imaginación, la creatividad y la autodeterminación.

Aunque los psicoanalistas suelen concentrarse en las rigideces y re-peticiones propias de la mala adaptación, se ha llegado a apreciar que el ser humano se caracteriza por una habilidad para construir alternativas imaginadas, así como mundos internos que pueden tener resultados creativos con los otros. En el proceso del psicoanálisis, las “experiencias como si” de la transferencia brindan oportunidades de mejorar las alter-nativas. Lo anterior no es posible sino mediante el trabajo interpretativo y afectivamente orientado del analista.

 

En esta revisión de la perspectiva multidisciplinaria sobre los afectos y síntomas no incluyo los conocimientos sobre los circuitos cerebrales, el sistema neuroendocrino, los neurotransmisores involucrados y los psi-cofarmácos utilizados en esta área. Comentaré únicamente que, cada vez se conocen más las estructuras y los caminos neurológicos para el procesamiento emocional de la información. Aunque las ubicaciones cerebrales del funcionamiento emocional y vegetativo puedan centrarse en las áreas filogenéticamente más antiguas de las amígdalas y la cir-cunvalación anterior del cerebro, hay inputs cruciales desde la corteza frontal (para anticipar, categorizar y planear acciones), el hipocampo (para conectar recuerdos) y el hipotálamo, y existen interacciones con el sistema hipotálamo-pituitario-endocrino, el sistema nervioso autónomo y los núcleos neurotransmisores ampliamente distribuidos en el resto del cuerpo. También son importantes las conexiones de retroalimentación desde el resto del cuerpo y particularmente desde los músculos de la cara y las extremidades (Guyton, 1986; Shepherd, 1988; Malenka y col., 1989; Chiozza, 1998; Emde, 1999; Pally, 2000, Pinzón Junca, 2008).

El sistema nervioso, mediante sus conexiones, genera tramas que relacionan resultados pasados y futuros, que incluyen toda una riqueza de conocimiento afectivo sobre el self en relación con los otros. La base neural del self implica un proceso continuo de creación de referentes in-ternos que incluye las representaciones de una identidad hecha de re-cuerdos del propio pasado autobiográfico y futuros posibles, de estados del cuerpo y de estados emocionales propios del trasfondo. Por lo tanto, el funcionamiento de un sentido del self implica una actividad coordinada de múltiples regiones del cerebro y del cuerpo, y resulta de la recons-trucción continua, que rara vez es consciente.

 

Rodolfo R. Llinás, en su obra “El cerebro y el mito del yo. El papel de las neuronas en el pensamiento y el comportamiento humanos” (2003), considera que las emociones constituyen ejemplos de eventos intrínsecos del cerebro y, como tales, son patrones premotores primi-tivos. El sistema tálamo-cortical relaciona sincrónicamente las propie-dades del mundo externo referidas por los sentidos con las motivaciones y memorias generadas interiormente, crea una estructura única que se llama la subjetividad o el “sí mismo” o “el yo”. Considera que la creación del sí mismo y la emulación de las relaciones posibles del sí mismo con la realidad externa imaginada sirven para emitir juicios, prever y anticipar el futuro. Piensa que la función más importante del sistema nervioso es la predicción del futuro que favorece la supervivencia individual y de la especie.

Considera las emociones como miembros de “patrones de acción fijos” cuya ejecución es premotora, es decir que impulsan o frenan la mayoría de nuestras acciones. Así, las emociones son la razón de nues-tras motivaciones.

Piensa que el dolor físico es un estado emocional. Pero el dolor (ex-periencia sensorial) y la emoción que acompaña (malestar asociado) son disociables para el cerebro, es decir que son generados separada-mente. El malestar del dolor, como en casos de dolores psicológicos, es un estado emocional generado por el cerebro, es decir que es un evento intrínseco del cerebro que logra filtrarse a la conciencia.

Considera que el ser humano no nace como “tabula rasa” sino ya viene “precableado” (preorganización del sistema nervioso) para muchas capacidades de percepción (del mundo externo e interno), sensación y expresión emocional primitivas y de motricidad que han favorecido la supervivencia individual y de la especie. Estas herencias filogenéticas, o sea “patrones de acción fijos”, se modulan posteriormente con madura-ción del sistema nervioso en su capacidad de pensamiento, de predic-ción y de anticipación y según la experiencia individual y cultural. Como sucede con los demás patrones de acción fijas, a menudo es posible suprimir la expresión emocional.

Llinás concluye que no hay dudas sobre la esencia de las emocio-nes; es el conjunto de patrones de actividad eléctrica de las neuronas y de sus contrapartes moleculares. Considera que falta todavía mucho por conocer sobre la intrincada función del sistema nervioso, antes de co-menzar a comprender la entraña de los afectos. Aunque opine que Freud es superado, reconoce la existencia de percepciones, emociones y actitudes no conscientes.

 

XIV. ALGUNAS CONSIDERACIONES PERSONALES SOBRE LAS TEORÍAS DE AFECTOS Y SÍNTOMAS

 

Como vemos en esta serie de revisión de las teorías de afectos y síntomas, muchos ya criticaron las teorías freudianas, las suplementa-ron, las modificaron, y a veces propusieron nuevas teorías hasta opues-tas. Una teoría comprensiva (modelo, metáfora, metapsicología) es útil, pero no debe volverse un dogma. Si un modelo ya no sirve, hay que mo-dificarlo o reemplazarlo por uno mejor según los conocimientos actuales (Laverde, 1993, 1998; Sánchez Medina, 2001, 2002a).

 

Considero que el desarrollo biopsicosocial y el funcionamiento men-tal de cada sujeto son procesos complejos y no lineales (Capra, 1996; Wagensberg, 1998; Sánchez Medina, 2002b; Núñez Sánchez, 2003). La teoría de complejidad implica, al lado del determinismo, el indeterminis-mo y las nuevas propiedades emergentes en los sistemas vivos. Pienso que ningún modelo mental existente explica por sí solo la complejidad del devenir humano. Cada uno de esos modelos facilita la comprensión de algunas áreas de la mente humana casi infinita en su complejidad y en sus capacidades creativas.

 

Las investigaciones más recientes en la evolución biológica, las neurociencias y la psicología evolutiva apoyan la herencia filogenética, la complejidad de la organización creciente (teoría de complejidad), la individualidad y la singularidad con cierto grado de autodeterminación, y por ende, la indeterminación de la conducta del ser humano.

 

Ya incluí varias consideraciones personales sobre las teorías de al-gunos autores y escuelas de psicoanálisis. Aquí quiero enfatizar de nue-vo que, las investigaciones psicoanalíticas demostraron cada vez más la importancia de relaciones interpersonales (relaciones objetales, relacio-nes intersubjetivas, relaciones vinculares) no solamente en la primera infancia sino también durante toda la vida. Lo anterior implica que los conceptos de autonomía, independencia, no-apego, relación objetal sin narcisismo y de libertad absoluta para la salud mental deben remplazar-se por interdependencia o dependencia adulta (Fairbairn, 1952), narci-sismo maduro (Kohut, 1984), apego sereno (Bowlby, 1980) y una liber-tad limitada. Comparto las consideraciones de Kohut, que la salud men-tal depende durante toda la vida de la capacidad de obtener respuestas empáticas de objetos del self más maduros (es decir, narcisistas: espe-culares, idealizados y gemelares) en momentos de necesidad, y de Bowlby, que el apego íntimo sereno a otros seres humanos durante toda la vida es el eje alrededor del cual gira la vida de una persona.

 

Las observaciones más sistemáticas del desarrollo temprano reali-zadas con orientación psicoanalítica (Spitz, Mahler, Erikson, Bowlby, Stern, Emde) indican la presencia de fases sucesivas de sistemas regu-ladores cada vez más complejas, en que el self en desarrollo participa de un activo intercambio de afectos con un cuidador. Diversos autores también han indicado la centralidad de las comunicaciones y las comu-niones afectivas en la situación psicoanalítica.

 

Aunque la modernidad quiso hacer del ser humano un ser racional (desde Cogito ergo sum de Descartes) (Reale y col., 1988), Freud, el de-sarrollo posterior del psicoanálisis y la postmodernidad demostraron, y demuestran, cada vez más que el ser humano fue y sigue siendo princi-palmente un ser irracional o sea motivado y muchas veces dominado por sus sentimientos, emociones, pasiones y síntomas. Sin subestimar la importancia de los procesos secundarios y del pensamiento racional, podemos considerar al ser humano principalmente, no como había dicho Descartes (pienso por lo tanto soy), sino como un ser de afectos, dicien-do en consecuencia “Sintiere ergo sum” (siento por lo tanto soy).

 

En la segunda parte de este libro describo y discuto cómo una anali-zante vive sus sentimientos, emociones, pasiones y síntomas singula-res, y sus evoluciones durante el proceso psicoanalítico.

 

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